LA DEMOCRACIA, EN FUERA DE JUEGO

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IMG_0968El juego de la política, que estos días desarrolla las semifinales del campeonato nacional, ha perdido todo el interés para mí, igual que en su día dejó de importarme el fútbol. Y al afirmar esto establezco un paralelismo deliberado entre ambos fenómenos.

No sé si es un efecto de la edad, de la conciencia madura o del hastío ante un espectáculo que se repite con diferentes protagonistas: antes, Distefano, Puskas, Ramallets o Kubala, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Felipe González, y hoy, los que inundan las pantallas de la televisión, de los teléfonos inteligentes y de los ordenadores. Antes vestían pantalones más anchos, hoy, más ajustados, no llevaban los brazos llenos de mataduras, digo de tatuajes, no eran tan soberbios y endiosados, y tenían menos líos de faldas, o cuando los tenían lo hacían con discreción, o a los medios les resultaba indecente hablar del tema. Me refiero a los futbolistas y a los políticos.

La finalidad del juego era ganar la liga (elecciones) metiendo todos los goles posibles a sus sucesivos contrarios. Había equipos poderosos y equipos sin presupuesto que de vez en cuando hacían heroicidades. Había corrupción arbitral. Había zanganeo, manejo de la afición, sobornos a los socios incondicionales, tumultos, concentraciones de masas… Igual que ahora, aunque con menos incidencia mediática, porque los medios tenían limitaciones técnicas.

Pero no es la potencia mediática y el interés crematístico y de dominio de la audiencia lo que ha hecho de la política un juego banal, a pesar de que entre las tertulias deportivas y las tertulias políticas no existe diferencia ni formal ni de contenido. Los medios son un vehículo, como lo fueron siempre.

Lo que ha hecho de la política un juego es la profesionalización de sus jugadores. Es una de las consecuencia inevitables de la democracia inorgánica y orgánica. Se pagan millones por un delantero centro, por un pívot, por un portero, igual que se eleva al estrellato a desconocidos de la política que han mostrado ser hábiles regateadores retóricos en un estudio de televisión.

El papel de los electores en este juego es de meros aficionados. En lugar de acudir una vez a la semana al estadio a jalear o a insultar a los gladiadores del cuero vamos una vez cada pocos años a las urnas locales, regionales o nacionales. Jugamos en todas las divisiones, mejor dicho, nos dejan participar en el juego de todas las divisiones. Pero las reglas las ponen ellos.

Esta reflexión no es una protesta ni un lamento, no es una jeremiada, es una razón que comparten millones de ciudadanos, a quienes la política cada día les resulta más aburrida, y que acuden a las urnas con la paradójica resignación que los hinchas del fútbol o del baloncesto al estadio o al polideportivo: con la esperanza de que su equipo gane. Pero si comparamos a los que llenan las gradas con los que no acuden a ellas, a los que echan su papeleta en la urna con los que se abstienen de ir al colegio electoral, veremos que la diferencia no es tan grande. Lo podremos comprobar en junio si las figuras de las política que estos días regatean en el césped del Congreso no llegan a un acuerdo.

El problema, y aquí viene la diferencia, es que los equipos políticos juegan un juego en el que nos va algo más que la satisfacción de haber disfrutado de un partido victorioso, nos va la prosperidad o la miseria. Aunque por lo general nos quedamos siempre entre medias de esos extremos.

Mientras sigamos así, la democracia representativa perdurará. Sea a la italiana o a la británica, a la francesa o a la alemana. Pero si a una crisis sucede otra, la cosa empezará a ponerse fea.

No soy de los que creen que descerrajando la caja fuerte del bipartidismo y llenándola de una panoplia de equipos nuevos que recurren a la magia o a las palabras fuertes vayamos a mejorar.

Soy de los que saben que la participación de los ciudadanos en las decisiones políticas es incompatible con la mercantilización de la democracia. La democracia occidental se basa en el mercado pletórico, no en la razón práctica ni en las promesas metafísicas. Véase cómo funciona la democracia en los países con grandes desigualdades o con deficiencias sociales considerables, México, la India, Colombia, Suráfrica.

En otras palabras, la democracia es un sistema que “ha dado su juego” durante un par de siglos, en paralelo al auge del capitalismo, y que tarde o temprano dará paso a otra forma de gobierno, no sé cual. Sólo tengo la seguridad de que no será una vuelta al socialismo real, porque es un camino recorrido y estéril. Sí calculo que será una fórmula participativa más basada en la razón y la concordia, son dos instrumentos que siempre han resultado útiles.

La democracia lleva tiempo fuera de juego, en “orsay”, como decíamos en mi niñez. Pero el árbitro no se ha enterado todavía o hace que no se entera. Los goles que se marcan unos a otros son nulos.

Uno de los pensamientos más certeros que he leído sobre el tema que nos ocupa lo ha publicado un tal Cabronazi en su página de Facebook: “Llevamos ya dos meses sin recortes, sin subidas de impuestos, sin leyes represivas. La gasolina cada vez más barata y los políticos entrando de uno en uno en la cárcel. ¿Estáis seguros de que queréis que se forme gobierno?”

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