FRANCO, PÍO MOA Y LA ABRASADORA MEMORIA

Posted on

Años de hierro y plomo
Años de hierro y plomo

De vez en cuando, mi amigo y compañero de profesión Pío Moa me envía correos con enlaces a artículos suyos.

El primero de 2016 lleva por título “Este año debe ser el de la reivindicación de Franco”.

Estoy acostumbrado a semejantes sorpresas viniendo de él, pero confieso que esta me ha desconcertado más de lo corriente, porque reivindicar a Franco requiere hoy en día algo de valor.

Si se lee el texto sin las gafas de progre miope, tiene un sentido sólido. Otra cosa es que uno esté de acuerdo con lo que Pío Moa presenta como hechos, es decir, con la selección de hechos que Pío propone para reivindicar al que fue conocido por el Caudillo.

Mi amistad con Pío Moa data de nuestra matrícula en la Escuela Oficial de Periodismo, creo que en septiembre u octubre de 1967. Nos encontramos en las oficinas de la antigua EOP, situadas a la espalda del entonces Ministerio de Información y Turismo, hoy un apropiado Ministerio de Defensa, porque es un búnker arquitectónico. Fue mi primer amigo en la escuela.

Los dos éramos unos pipiolos (yo, más), sin contacto familiar con el mundo del periodismo, y con la cabeza llena de ilusiones literarias y mediáticas y de pájaros. Esos pájaros nos condujeron a ambos al PCE (de Carrillo), cada uno por su camino, y no fue una sorpresa encontrarnos en él al cabo de un tiempo. Pío era un hombre de acción. Yo, un tipo lleno de inseguridades, en una época en la que había que tener las cosas muy muy claritas, si no querías que te arrastrara la corriente de los acontecimientos, agitada desde esferas inaccesibles para mortales comunes como nosotros.

No sé cómo, llegué a ser elegido delegado de la Escuela, en comicios libres y democráticos, en una época de refriegas estudiantiles. ¿Por qué no Pío, que valía mucho más que yo? No lo recuerdo, el caso es que me tocó a mí, según decisión del Comité Universitario del PCE. Fui un delegado efímero y sin lucimiento, que provocó decepciones personales y políticas.

Décadas después, siendo yo un soldado sin graduación del periodismo en Canal 9-TVV en Madrid, me tocó hacer una entrevista a Joaquín Estefanía, lumbrera del periodismo español progre. Y el tipo me soltó con un aire de ingenua autosuficiencia que, cuando me conoció en la EOP (creo que somos de la misma promoción), me tomó por un líder con un gran futuro, y que se sentía decepcionado. Es obvio que el futuro de Joaquín ha sido mucho más brillante que el mío, pero tampoco era como para restregármelo por la cara. Digo yo.

Vuelvo a Pío Moa.

Mis años en el PCE fueron los peores de mi vida juvenil. No porque estuviera rodeado de sectarios, manipuladores, ambiciosos y cínicos, que los había, aunque la mayoría eran personas desprendidas, si bien fuera de la insospechable realidad de aquellas esferas inaccesibles, sino porque yo me sentía un marciano, no estaba nada a gusto, y era un mal acólito.

Mi trayectoria política, por llamarle de algún modo, ha sido semejante a la de bastantes chavales de clase media baja o clase media media, que pasamos del inconformismo en el colegio de curas católicos al radicalismo crítico en el colegio de sacerdotes marxistas. Simplemente cambiamos de fe, sin el apoyo de una formación medianamente sólida..

No creo que éste fuera el caso de Pío. Pío además de un hombre de acción (en los “disturbios” de la Ciudad Universitaria de entonces se destacó por su audacia apedreando guardias a caballo), era una persona estudiosa, dialéctica, polemista, tozuda.

Al terminar la carrera dejamos de vernos.

Volví a saber de él a mi vuelta de Alemania, donde pasé seis meses trabajando en la revista “Siete Fechas”, edición internacional, un semanario del Movimiento dirigido a los emigrantes, con redacción en Colonia.

Los años que siguieron fueron de hierro y plomo, y Pío Moa fue uno de los protagonistas de aquel panorama asfixiante en el que España estuvo al borde del abismo, siendo Pío uno de los que se empeñaban en empujarla. El PCE (r) – reconstituido- y el GRAPO sucedieron al FRAP en la violencia contra el orden establecido. Algunos descerebrados les prestaron oídos y hasta esperaron que se repitiera un Octubre de 1917. No es ningún escándalo afirmar que quienes fuimos comunistas, antes de la existencia del GRAPO, confiábamos en la Revolución con mayúscula, en la Dictadura del Proletariado y en todo lo más perverso del bolchevismo. Es preciso admitirlo para entender por qué el extremismo izquierdista floreció (afortunadamente de modo efímero) en la Transición.

Nunca fui del GRAPO ni del PCE (r), me faltaban redaños además de convicción firme. Pero llegué a concederles cierta confianza, y no fui el único. Pepe Catalán, otro compañero de promoción de la EOP, está publicando una historia de la España moderna en seis volúmenes (“Crónica de medio siglo: del FRAP a Podemos”) que todavía no he leído, y que seguro rellena lo que aquí reduzco a pinceladas.

Cuando uno mira hacia detrás y percibe la insensatez en la que ha estado involucrado, da gracias a la Providencia, al Azar, al Cielo, a Zeus, a Yahvé Dios, al Nazareno, a Alá y hasta a Mahoma su profeta por habernos librado de una catástrofe.

Pues bien, se da la circunstancia irónica de que Pio Moa acabó en el GRAPO un poco gracias a mí. En mi labor de zapa del Régimen, unos pocos rojeras agitábamos la insatisfacción juvenil en una Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Obispo Perelló, donde yo había estudiado desde los 9 años hasta el PREU.

Se asomaban a ella, desde fuera, elementos de lo más singular, pescadores en aguas revueltas. Uno de ellos era un tal Manolo, que venía de Francia. En cierta ocasión que organizamos un acto subversivo (tanto como inofensivo, valga la paradoja), acudió Pío, y conoció al tal Manolo. En aquellos tiempos ese agente de lo que fuera (creo que procedía del FRAP, seguro que Pepe Catalán sabe algo) acabó organizando la OMLE (Organización de Marxistas leninistas Españoles), fragua del PCE (r) y del GRAPO. Pío estaba allí. Y también un selecto grupo de ex alumnos del Perelló, alguno de los cuales cayó acribillado a balazos por la policía.

Él mismo lo cuenta en su primer libro político, “De un tiempo, de un país”, en el que me menciona, sin citar mi nombre, y cuenta esta misma historia. Por entonces yo vivía en Australia.

Es el caso que después de los sobresaltos de los años de plomo o de hierro o de lo que cuernos fuera, poco antes de emigrar a las antípodas, yo trabajaba en “Diario de Valencia”. Y un buen día recibí aviso de Pío. No recuerdo si se presentó en la redacción (creo que sí, dándome un susto de muerte, porque acababa de fracasar el 23 F) o me llamó por teléfono. Me pedía un favor, que publicara una entrevista con él en el diario, dentro de la campaña que llevaba orquestando desde hacía meses para rehabilitarse.

Me figuro que esto lo hacía favorecido por algún tipo de autoridad con mando, porque su nombre se había hecho explícito cuando el secuestro del banquero Oriol Urquijo y el teniente general Villaescusa. Dio a entender que estaba negociando esa “reinserción” (estoy seguro de que no la llamó así, Pío es muy cuidadoso con su retórica), y que aparecer en los medios con un mensaje tranquilizador le venía bien.

Esta entrevista tiene una sabrosa anécdota. No la redacté yo, me la dio Pío hecha, manuscrita. Me limité a pasarla a máquina. Y se la entregué, firmada con un seudónimo, al director de “Diario de Valencia”, a la sazón Jesús Montesinos, quien la depositó sobre su mesa con intención de pensárselo dos veces antes de publicarla, y quizá de consultar a alguien más autorizado que él para decidir la conveniencia o no de su envío a máquinas.

Pasaba el tiempo, y la entrevista no salía. Así que le pregunté a Jesús qué pasaba con ella (a requerimiento de Pío, que la necesitaba con apremio). Montesinos me dijo que había decidido publicarla, pero que había desaparecido de su mesa.

De su mesa, sí, pero no de mi cajón, donde conservaba el original manuscrito. Lo volví a mecanografiar, y mientras lo llevaba hacia el despacho de dirección me crucé con XX, hoy periodista internacional especializado en el Oriente Medio, de reconocido y merecido prestigio. Me quise tirar una flor, y le enseñé los papeles, diciendo algo así como, “Es una entrevista con Pío Moa”. Su reacción me dejó patidifuso. Exclamó “¡Eso es mío!” Seguí andando como si no le hubiera escuchado, sobrecogido por un hecho que yo creía imposible, pobre ingenuo: que hay personas, en el periodismo o en la quincallería, en la milicia o en la fontanería, capaces de robar y hacer desaparecer algo que entienden que puede dañar su naciente prestigio.

A mi vuelta de Australia hablé un par de veces con Pío Moa, que empezaba a escorar a la derecha de un modo nada ambiguo. Esto era lo más sorprendente, la claridad de las palabras anticomunistas del antiguo comunista, porque por lo demás, el descrédito de todo lo que conservaba un eco de bolchevismo afectaba a todos los que lo habíamos llevado escondido en el fondo del corazón. Además, el PSOE en el poder fue el disolvente más eficaz, y la mayoría de quienes aspiraban a continuar en la política activa viniendo del marxismo leninismo, encontraron en las trincheras del socialismo democrático un puerto a reventar de vituallas.

Cuando decía al principio que Pío Moa es mi amigo, no era un recurso irónico. Tengo a Pío Moa por un hombre cabal, honrado, combativo, amante de la justicia, historiador competente, y nada afecto de enjuagues y componendas. De todas las acusaciones que ha recibido, la más cruel es la de mentiroso. Pío no miente. Su interpretación de los hechos es discutible, pero los hechos, como decía Lenin, creo, son tozudos.

Especular con lo que sería de España si hubiera ganado la guerra la República es una pérdida de tiempo, propio de novelas, no de textos académicos. Pero el hecho incontrovertible es que hemos llegado a consolidar la democracia, y la democracia sucedió a una dictadura (parece ser que ahora Jiménez Losantos se ha enfadado con Pío por el apelativo del general, dictador o déspota). Los franquistas decían que el Caudillo “dejó las cosas atadas y bien atadas”. No se equivocaban. A propósito o a su pesar, la España industrializada del franquismo, acabó siendo una democracia.

Si la calaña de Pío Moa fuera la que algunos se empeñan en atribuirle, habría recalado en el PSOE, y hoy sería catedrático de varias universidades.

¿Por qué se ha ido reconciliando con Franco y con el Franquismo? Hay que contar con las razones profesionales: se ha dedicado a estudiar documentos y a sacar conclusiones por completo opuestas a las dominantes en el piélago de la progresía académica. Y también hay razones psicológicas. Pío jamás podría ser un escritor pusilánime, nunca un alcahuete intelectual, por nada del mundo un historiador que huye de la polémica. La polémica forma parte de la vida de Pío Moa. Y lo más curioso es que es un hombre generoso y cordial, nada vindicativo; lo cual no quiere decir que los puyazos que recibe de famosos rejoneadores le dejen al fresco, aunque le beneficien más que le perjudiquen, en términos de venta de libros.

Lo más llamativo de esta última vuelta de tuerca de Pío sobre Franco es que ha pasado al otro lado del espejo. El Marxismo ha identificado los males de la sociedad moderna con el Capitalismo, promotor de la lucha de clases, y ha promovido todo tipo de acciones, sin ahorrar la violencia, para terminar con la plaga que chupa la sangre de los trabajadores. Por su parte, el Capitalismo, con el traje del liberalismo o con el traje de la intransigencia que tampoco ahorra violencia, ha mantenido la guerra sin cuartel, culpando al Marxismo de las grandes catástrofes sociales de la historia moderna. Lo curioso que es ambos tienen parte de razón.

Hoy, la prosperidad del Primer Mundo ha desterrado la violencia y el terrorismo a los suburbios del Tercero. Pero el combate ideológico no ha cesado. Y Pío Moa no es de los que aceptan compromisos, una vez que cree haber descubierto la Razón, se pega a ella con una energía inextinguible.

La historia cada vez menos reciente de España todavía no ha apagado sus ascuas. Por eso es natural que haya quienes vean en Franco a un monstruo, a un dictador sangriento, a un imbécil con suerte (eso está poco justificado, creo yo), y quienes le recuerden como a un santo salvador, o quienes, como Pío Moa, intenten situarle en el escenario histórico como si miraran a un abejorro que pone orden en el avispero.

Ningún país escapa de trifulcas históricas. Los franceses, con Vichy y la posguerra de los valerosos resistentes campando por sus respetos, y la guerra de Argelia. Los ingleses, con la sombra de Irlanda, el Ulster y la maldición thatcherita. Los portugueses, con la PIDE de Salazar y los intentos golpistas de los militares rojos. Los italianos, con una Democrazia Cristiana trufada de mafiosos. Los alemanes… qué vamos a decir, con una RDA que fracasó en casi todo, y una Rote Armée Fraktion que puso contra las cuerdas a Bonn, librada de males mayores por la ocupación aliada.

Si yo tuviera que escribir un currículum político de mí mismo me situaría entre los antifranquistas durante mi juventud. Un antifranquista de opereta.

No tuve ni inteligencia ni suerte en el escenario político. Dos veces di con mis huesos en Carabanchel, sin mayores consecuencias, por algo en lo que no estaba involucrado: por ir en un tren a Cercedilla con una prima mía con la que me proponía ligar, ignorante de que en el convoy viajaba un grupo de fraperos a reunirse clandestinamente en la sierra madrileña, cosa que la policía sabía; y la segunda, por asistir sin necesidad a una asamblea de trabajadores de Robert Bosch en huelga, en una iglesia de Vallecas que la poli rodeó, cazándonos como ratones.

Pío Moa, además del valor que a mí me faltaba, tuvo la suerte que me dio la espalda. Sin duda supo buscarla y mantenerla. Jamás le detuvieron. Y la vida que llevó, véase su libro mencionado, “De un tiempo de un país”, fue de personaje de “Así se forjó el acero”.

No sigo las polémicas sobre la Memoria Histórica en las que casi todos machacan a Pío, que saca a relucir la otra Memoria con abundancia de datos y argumentos. Y es que la Memoria como objeto de estudio, y la Memoria Historia como objeto de ley no pueden librarse de emociones, de pendencias, de reproches, de venganzas.

No sé quien lo dijo, pero me parece bien que los muertos entierren a los muertos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s