LOS ESCENARIOS DE LA CATÁSTROFE

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Los Estados Mayores europeos con sus corazones de piedra. Foto tomada en 2005 ante el Pergamon Museum de Berlín. Todavía lo están rehabilitando.
Los Estados Mayores europeos con sus corazones de piedra. Foto tomada en 2005 ante el Pergamon Museum de Berlín. Todavía lo están rehabilitando.

Me resisto a mirar en la televisión las imágenes de los refugiados que atraviesan los Balcanes. Me parecen insufribles. Me pongo en su lugar. Yo nunca he sido refugiado, pero sí emigrante en Australia y en Alemania, y tengo una experiencia emocional que se despierta y me turba, y eso que no he pasado ni la milésima parte de lo que esa pobre gente está sufriendo.

Me entero de la tragedia por la radio, y miro los titulares y algunas fotos de portada en los diarios digitales de diferentes países.

El impacto de esas informaciones (las que he escuchado, muy buenas) es emocional.

Y no quiero reaccionar emocionalmente al suceso. Me obligo a razonar.

Dicen los reporteros radiofónicos a los que sigo que les sorprende e indigna (he aquí lo emocional) la imprevisión de los países europeos ante la oleada migratoria.

Me permito matizar. No hay tal imprevisión. Casi todo está situado deliberadamente en el escenario adecuado. Que Grecia, Macedonia, Serbia y Hungría no esperaran la “invasión” puede entenderse. ¿Cómo van a venir aquí miles de seres humanos desesperados y hambrientos, si somos países medio arruinados?, se dirían sus incompetentes elites.

Su imprevisión es la de no haber pensado que pasarían por allí camino de Alemania y de Austria, el destino final. Allí sí les esperan, allí sí están preparados.

Entonces, ¿por qué no les ayudan en el itinerario?

Porque necesitan razones. Razones emocionales: testimonios gráficos y sonoros de familias desesperadas, exhaustas, con sus niños llorando en los brazos, con las imágenes de los desgraciados que quedan en el camino asfixiados en camiones o muertos por agotamiento.

Estos testimonios son los que les están dando los medios de comunicación, los primeros que se presentan en las catástrofes para dar cuenta de ellas y despertar las emociones de las audiencias que pueden presionar para que haya ayuda.

No envidio el trabajo de mis colegas en el teatro de operaciones. Lo que están viendo les afectará tarde o temprano. A algunos les puede convertir en reporteros de tragedias, una subsección que funciona como una máquina, casi todos son freelancer, porque la catástrofe se paga bien. A otros les puede enseñar a humanizar su oficio, a acostumbrarse a poner los datos por delante de la lágrima, a sentir piedad por lo que describen sin dejarse llevar por ella.

Pero insisto en la palabra teatro. Aquello es un terrible teatro de operaciones, un escenario. El lugar en el que se “escenifica” la tragedia. Es una representación espantosa porque lo que pasa allí no es una ficción. Pero la forma de vida que llevamos los países privilegiados y más o menos ricos obliga a los gobiernos a utilizar a los medios (encantados de dejarse utilizar en este caso) para conmover la conciencia de los ciudadanos, y prepararnos para unos tiempos difíciles.

Dicen algunos que esta catástrofe humanitaria es la peor en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Es una frase hueca. Miremos atrás, veamos la guerra yugoslava. Recuerdo haber cubierto informaciones sobre refugiados bosnios y croatas en la Comunidad Valenciana. Me impresionó un detalle que contaban quienes les asistían, que no soportaban las mascletás, porque les hacían revivir momentos en los que su vida estaba en peligro.

Fue un éxodo organizado, porque la guerra estuvo muy bien planeada desde los grandes centros estratégicos de la OTAN e imagino que de lo que queda del Pacto de Varsovia.

Otros éxodo no organizado, pero tan calamitoso y que afectó menos a Europa fue el de los kurdos. Las imágenes de aquellas pobres personas atravesando las montañas camino deTurquía justificaron la invasión de Irak.

Supongo que los estrategas de la muerte no calculaban que aquellas guerras contra Sadam Hussein darían lugar a esta catástrofe humanitaria. Aunque imagino que no tardarían en darse cuenta.

El escenario presente es el de una banda de desalmados que se dicen musulmanes que campan por sus respetos arrasando el Creciente Fértil como lo hicieron los ejércitos de Alejandro hace veinticuatro siglos, y luego tantos otros grupos armados e oriente y occidente.

Para intervenir en Siria y en Irak (de nuevo) las potencias necesitan razones, testimonios, imágenes horrendas.

Quizá me equivoque y sea un mal pensado, pero es la única explicación que se me ocurre para la imprevisión de algo que lleva meses anunciándose en otro escenario, el del mar Mediterráneo, convertido en tumba de seres humanos como usted y como yo, que huyen de la barbarie.

No tardarán, calculo, en aparecer las grandes ONGs auxiliadoras, en cuanto les den la orden y los fondos necesarios. O quizá no, para disuadir a nuevos exiliados.

Los Estados Mayores económicos, políticos y militares europeos sí prevén, sí calculan. Lo hacen cada día, ante cada acontecimiento. ¿Olvidamos la guerra en Ucrania? ¿Nos suenan lejanos los sangrientos conflictos en Chechenia, en Georgia, las bárbaras matanzas africanas, los campos de refugiados del Sahel, de Palestina?

Esos Estados Mayores necesitan escenarios espeluznantes para dar pasos en uno u otro sentido sin pillarse los dedos de los pies en algún portazo inesperado.

Confieso que, del mismo modo que no envidio a mis colegas que informan de las tragedias, tampoco me gustaría estar en la piel de un político involucrado en la estrategia internacional. Básicamente por razones morales y emocionales. Sin embargo, es la dificultad lo que aguza el ingenio. Esperemos que los seres humanos víctimas de estos éxodos presentes sean auxiliados con la debida humanidad, y que los seres humanos responsables de las decisiones tácticas y estratégicas aprendan de los errores cometidos por sus antecesores.

Mientras tanto, solo me queda estremecerme y esperar a que se den las circunstancias en las que la ayuda empiece a funcional para esas familias de ciudadanos juguete de la imprevisión y la ambición que, dicen, son los motores del libre mercado. Dios les proteja, todos los dioses, cualquier dios, hasta que lleguen los hombres a hacerlo.

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