LOS NÁUFRAGOS DEL PÁRAMO

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Perdidos los pretéritos acentos

(Entra por la izquierda del escenario, con pompa funeraria, un ectoplasma vestido de mujer contemporánea, envuelto en un halo. Declama con la voz fatigada de alguien que viene caminando de muy lejos y ha presenciado muchas crueldades.)

Mujer Ectoplasma (dirigiéndose al público).- Salud, oh, anónimos amigos, extraviados oportunamente en este páramo o puerto remotísimo. Aprestaos a espiar, sin que ningún escrúpulo ni violencia os incomode, el final de unas vicisitudes que arrancaron hace casi tres décadas. (Hace una histriónica pausa.)

En aquel extremo podéis ver a un hombre de poca envergadura, que debe haber cumplido los sesenta, apeándose de un compacto vehículo. Viste un gabán largo con grotesca elegancia.

Se recuesta distendido en su automóvil, extrae de su gabán un paquete de cigarrillos, y enciende morosamente uno. Se cruza de brazos mirando hacia un caserón no muy lejano. Se diría que sopesa algo, que maquina una estrategia, que se regodea en lo que él cree el colmo de la astucia.

Aquí cerca, hacia el poniente cuajado de arreboles, se eleva con suavidad una cuesta. A mitad del declive se recorta el bulto notable de una peña oscurecida. La luz del crepúsculo invernal baña este páramo despeluchado y pobre, incapaz de producir sino hierbajos que a duras penas sirven para alimentar la lumbre.

Pero, mirad allá.

Por entre el matorral, oculto a la visión del fumador del automóvil, pasea un caminante ensimismado. Es un hombre maduro que, con ceño sombrío, debate contrarios pensamientos. Su indumentaria es rural, pero moderna, de pana y cuero, porque el ambiente es frío, aunque no gélido.

Se detiene de súbito. He aquí que ha descubierto, a cosa de cien varas, al fumador elegante. Se acerca con cautela a la negra peñota y, cubriéndose tras ella, se asoma precavido.

En sus pupilas se detecta un tintineo de alarma. Estudia intensamente al tipo recostado en el coche de lujo. Es posible que haya reconocido en el fumador a un rival, a un enemigo. En todo caso, una amenaza.

Se da media vuelta y apresura su paso en dirección al caserón mencionado. Camina en tensión. Sobre su recia figura parece descender un cielo intimidante y sangriento.

El automovilista, ignorante de que le han observado, arroja ahora la colilla al asfalto, en el que rebota, con brillo acharolado, el último fulgor del sol. A pasos cortos da la vuelta al vehículo y, en la cuneta, orina. Luego, de un bolsillo del gabán, saca un papel. Lo mira, levanta la vista hacia el caserón, vuelve a leer, y de pronto una insólita ráfaga de viento le arrebata la hoja de las manos y se la lleva hasta la cuneta opuesta. Concentrado en ese algo siniestro que baila en su cerebro, rodea otra vez el coche y echa a cruzar la carretera sin apercibirse de que viene un vehículo. Cuando reacciona, lo tiene tan encima que ha de dar un violento brinco para evitar el atropello. No obstante, el guardabarros le roza en la pantorrilla y pierde el equilibrio. Hace una especie de cabriola, y cae de bruces en el asfalto. El coche se detiene a unos metros, marcando los neumáticos en la carretera y produciendo un chirrido espeluznante.

Desciende de él un individuo con mirada de espanto. Frisa los cincuenta. Viste vaqueros y una cazadora de piel. Lleva los ojos abiertos como platos, y de albayalde el rostro, ilustrado por una corta y rala barba que cubre sus mejillas. Pero le vuelve la color cuando el herido se incorpora soplándose las palmas desolladas y batiendo con ellas el amplio y ahora sucio gabán y las perneras de los pantalones.

(La Mujer Ectoplasma se retira a un lado del escenario.)

Conductor (asustado).- ¿Se ha hecho usted daño?

Hombre del gabán.- La verdad es que bastante.

Conductor (el acento de este personaje tendrá un ligero pero perceptible eco extranjero, el de un emigrante que ha pasado muchos años fuera de España).- Discúlpeme, es que se me ha echado usted encima.

Hombre del Gabán (conteniendo la irritación y las ganas que tiene de increpar a su involuntario agresor).- Está bien. No pasa nada. Ha sido mi culpa. No debía haber cruzado. Quería recuperar sólo un papel que me ha arrebatado el viento. (Cojea hacia la cuneta opuesta y recoge el papelito enredado en una mata). No se preocupe por mí.

(Con crispados ademanes invita al preocupado conductor a meterse en su coche y a largarse, pero éste no se mueve.)

Conductor.- ¿Está seguro de que se siente bien? ¿Puede conducir? … Mire, le llevo hasta donde puedan curarle y le vuelvo a traer a su coche.

Hombre del Gabán (impaciente).- Está averiado… Bueno. Mire. Me va a llevar usted a aquella casa. Me deja en la puerta y se marcha. Olvídese de todo esto. ¿No ve que no me ha pasado nada? (Da unos saltitos, y por un instante parece que va a arrancarse a bailar.)

Conductor, (sacando un pequeño aparato del bolsillo en un brusco movimiento que pone en guardia al otro). – Aquí tiene usted mi “celular”. Úselo. Sin problemas.

Hombre del Gabán, (rechazando el artefacto como si fuera una bomba).- Se lo agradezco. No se preocupe más por mí. Déjeme en paz, se lo ruego. Lléveme a aquella casa, y ya está.

Conductor (que ha estado manipulando el aparato y dándole golpecitos).- ¡No hay cobertura! La mitad del país está sin cobertura. Esto es peor que … (murmura algo incomprensible).

Hombre del Gabán.- ¿Me lleva a la casa o qué?

Conductor.- Sí, sí. Desde luego. Disculpe.

Mujer Pálida, (dando unos pasos hacia el proscenio).- Se introducen en el vehículo atropellador y se desplazan hacia el caserón siguiendo un camino de tierra que serpentea por colinas ralas. El incendio que cubría el horizonte se va apagando poco a poco.

El automóvil, una máquina poderosa y reluciente, se estaciona en una replaza que hay delante de la alquería, un edificio secular recién revocado. Consta de planta baja y piso, con tejado de dos aguas. Las ventanas están enrejadas con un gusto ajeno al de la edificación. A un lado hay un viejo portón de carros que acaban de barnizar. En medio de la fachada, una ancha puerta con una visera o doselete de hierro forjado da a la casa un aire de estación. Al otro lado, el bosquecillo de chopos, plantados uniformemente en caballones resecos, parece un ejército de guerreros famélicos. En un cartel de madera fingidamente rústico clavado a la pared puede leerse, “El Páramo. Casa Rural.”

Hombre del Gabán (apeándose del coche y pretendiendo que el otro no lo haga).- Ya está. Puede marcharse tranquilo. Todo está muy bien.

Conductor (inquieto).- Es que no me quedo tranquilo. Permítame que le lleve a un puesto sanitario, a un médico. Debe de haber un pueblo por aquí cerca.

Hombre del Gabán (enérgico, impaciente, desde fuera, inclinado hacia el interior del vehículo).- ¡Le digo que estoy perfectamente! ¡Siga su camino!

Conductor. (Sale del vehículo, se planta delante del herido y le dice sonriente).- Es que yo me quedo aquí, precisamente. Creo… (Fijando los ojos en el cartel.) Estoy casi seguro. (Echa a andar hacia la puerta.) Déjeme ver.

(El otro se pone a su altura, renqueando levemente.)

Conductor.- ¿Quiere que le ayude? (Le tiende un brazo.)

Hombre del Gabán.- ¡No!… Gracias… (Con forzada amabilidad.) ¿Viene usted a alojarse?

Conductor (jovial).- No, señor. Vengo a despedirme de un viejo amigo.

Hombre del Gabán (sorprendido).- ¿Conoce usted al dueño?

Conductor.- Se llama Miguel Coleto. Migue, para los amigos. ¡No me diga que también viene a verle!

Hombre del Gabán (tornándose repentinamente cordial).- Estoy de paso. No tenía la intención de parar aquí. Nos conocemos desde hace mucho. Pero nos hemos tratado poco.

Conductor.- Pues yo, en veintitantos años le he visto cuatro veces. Todas seguidas en las últimas semanas. ¡Qué casualidad! Cualquiera diría que le he atropellado a la salida de un túnel del tiempo…

Hombre del Gabán.- Estaba pensando en eso, cuando se me echó usted encima. El coche se me avería precisamente aquí, delante de la casa rural de Jorg…, de Miguel. Me preguntaba por qué.

Conductor.- Hay que andarse con ojo, amigo, y mirar antes de cruzar. El pasado puede hacernos jugarretas. Tenemos una edad muy peligrosa.

Hombre.- Jodidamente peligrosa.

Conductor (tendiéndole la mano).- Javier Ayuso.

Hombre del Gabán (desprevenido, con un gesto torpe, se la estrecha).- Pedro Carrión.

Mujer Pálida (desde un extremo del proscenio).- Fijaos, querido público, que mientras conversan, se han ido acercando a la puerta con visera de hierro. Cuando se disponen a llamar, la puerta se abre y aparece el individuo sombrío que paseaba por las colinas desoladas. Su mirada, deformada por los gruesos cristales de unas gafas, está llena de interrogantes y de desconcierto.

Hombre Sombrío.- ¿Venís juntos?

(Los recién llegados guardan silencio por un largo instante, quizá esperando una bienvenida, sorprendidos por la pregunta. Finalmente, habla Javier.)

Javier.- Casi le atropello. Está herido…

Pedro.- Sólo unos rasguños…

Javier.- ¿Tienes botiquín?

Miguel.- (Luchando en su interior el desconcierto y el recelo.) Pasad. Pasad. Pero cómo es posible…

Mujer Pálida.- Ahora entran en un ancho zaguán amueblado con bastas cantareras, una rueda de carro a cada lado, dos tinajas de barro, y unas gruesas argollas colgando de los muros que sirvieron, quizá, para amarrar las mulas, o que alguien ha colocado para insinuar un casticismo que jamás tuvo el lugar. Atraviesan el zaguán hacia una puerta lateral próxima al patio, que se ve al fondo envuelto en la penumbra.

Javier.- Parece que os conocéis. Así que no os presento.

Pedro.- Ha sido una casualidad alucinante. Se me ha estropeado el coche ahí enfrente, ahí mismo. Voy de viaje a París. Esperaba cenar en Irún, antes de pasar la frontera. Y dormir en un …

Miguel (con ecos zumbones) .- Pues sí, es alucinante, sí, la casualidad.

Mujer Pálida.- Los tres hombres desembocan en una estancia oscura de la que sale una estela rojiza y un reconfortante abrazo de calor. El anfitrión acciona un interruptor y se enciende una tosca lámpara de brazos de roble que pende sobre una larga mesa maciza. Al fondo hay un ancho fogón y en un rincón, una vetusta chimenea en la que arden unos troncos. También hay un frigorífico y un lavavajillas industriales, un fregadero metálico y una vieja alacena. De las paredes cuelgan diversos arreos. Las bombillas de la lámpara son muy potentes, propias para iluminar un sitio en donde no se cocina para alimentar a una familia, sino donde se trabaja.

El hombre sombrío abre la alacena y saca unos frascos y un paquete de algodón. El silencio se hace incómodo. Una vaga tensión flota entre las cabezas de los hombres y el techo grasiento pintado en un tono crema. Quizá sea éste, oh anónimos amigos que espiáis conmigo, el momento de fijarnos en el aspecto de estos tres individuos.

Miguel, el sombrío, es robusto, aunque no alto. Luce un denso bigote pajizo, pero el cráneo lo tiene muy descubierto; sólo en los parietales peina guedejas. Su mandíbula es fuerte, y al apretarla, tic que a veces ejecuta, se le marcan visiblemente las sienes. Los ojos, grises o verdes, miran con frialdad detrás de unas gafas con montura metálica. Su expresión parece la de un hombre de carácter.

El hombre del gabán elegante, Pedro, es francamente bajito. Va afeitado, y con un abundante pelo gris cortado a navaja. Su cara es redonda, como todo su cuerpo. La nariz y la boca destacan por una estrechez disonante, cual si pertenecieran a otro rostro más delgado. Y los ojos, pequeños, miran de frente, pero de un modo tan raro que parecen hacerlo desde un rincón donde se ocultan la desconfianza y el cálculo. A veces acompaña sus manifestaciones con un cacareo nervioso.

El conductor, Javier, es el más alto. Lleva una cuidada barba cenicienta y unos lentes de cristales circulares, sostenidos por el puente en la corva nariz y por las patillas. Estas se pierden en unas largas orejas protuberantes. Su cabeza podría volar con esas diminutas alas. Tiene la frente huidiza. Su cráneo está cubierto, pero de un pelo ralo. Su mirada da la falsa impresión de ser burlona.

Pedro se cura los arañazos de las manos. Javier le observa con incomodidad, dirigiendo la mirada hacia los anacrónicos aperos domésticos y de labranza que cuelgan de los muros, cedazos, sartenes, atizadores, badilas, horcas para levantar la paja. A hurtadillas, mira al hombre sombrío.

Miguel.- Tienes el pantalón roto. Te has debido herir la pierna.

Pedro.- Nada serio. Ahora voy a verlo.

Javier.- ¿Ha telefoneado Ismael?

Miguel.- No. ¿No le has visto en el entierro?

Javier.- No he querido ir. No me habría sentido nada a gusto al lado de mi hijo. El se despedía de su madre. Yo ya lo había hecho hace tiempo.

Miguel.- ¿Esperas que venga aquí?

Javier.- No. Hemos quedado en el aeropuerto, mañana.

Miguel.- Entonces, ¿a qué has venido?

Javier.- A despedirme de ti.

Miguel.- A darme el adiós que te ahorraste hace veinte años.

Javier.- Hace veinte años, las cosas eran muy distintas. Entre tú y yo, y entre Marga y cada uno de nosotros. Ahora, Marga ya no está. Sólo quedamos tú y yo.

Miguel.- Y también tu hijo Ismael. Y mi hija Rebeca. (Señalando al que estaba curándose). Y el viejo revolucionario Perico.

(Javier saca de la alacena una botella de vino y unos vasos. Lo deposita encima de la mesa y se sienta, invitando a hacer lo mismo a Javier.)

Javier.- ¿Perico?

Miguel.- Perico no está de paso. Como tú, viene a por algo. ¿Me equivoco?

(Perico se revuelve incómodo, mirando de soslayo. Deposita en la mesa el algodón manchado de mercromina y ordena los frascos fingiendo no haber oído nada.)

Miguel.- ¿Te has curado suficiente? ¿Quieres continuar tu viaje a París, Perico?

Perico.- No puedo. El coche no arranca.

Miguel (con ironía).- Seguro que con la prisa que llevabas, lo has gripado… Haznos un favor. Ve a por él, no está tan lejos. Si no puedes ponerlo en marcha, toca el claxon y te iremos a recoger. Y si arranca, vuelves, eliges la habitación que más te guste y te instalas en ella. Hablaremos más tarde sobre lo que buscas. Déjanos un rato a Javi y a mí charlar de cosas personales.

(Sale Perico arrastrando una cola de fastidio y echando hacia detrás miradas de recelo.)

Javi.- ¡Cómo puedes estar tan seguro de que yo vengo a por algo! Sigues siendo un tipo arrogante. Sigues creyendo saber todo lo que los demás ignoramos. ¡Eres la hostia, Migue! No has cambiado. ¿Me quieres decir qué te he hecho yo, qué te hice yo?

Migue.- Me robaste la novia. ¿Te parece poco?

Javi.- ¡Te podía haber robado la moto, el traje, la cartera! O haberte regalado una montaña de oro y un harén. Siempre has sido una fiera difícil de contentar, Migue, coño. Que han pasado veinte años, que Marga está muerta…

Migue (en un tono sentencioso).- Y ahora, me has querido robar a mi hija.

Javi (Sorprendido e indignado).- ¿Yo? ¿Robarte a Rebeca? ¡Qué pasa! ¿Eres un patriarca gitano?

Migue (en un tono neutro, de circunstancias).- Te la presenté para que la orientaras, para que le hicieras un favor, para que la ayudaras a salir del marasmo mental que tiene, a elegir un camino en la vida. ¡Y te enrollas con ella! Y encima te la quieres llevar a Australia

Javi (sacando del bolsillo de la cazadora un billete de avión).- ¿Y eso, quién te lo ha contado? (Agita el billete delante de las narices de su amigo.) ¿No ves que viajo solo? ¡Solo!

Migue.- Me lo dijo Ismael… sin quererlo, ingenuamente. (Javi clava en él una mirada desconsolada e incrédula.) Quizá porque esperaba ser él quien se enrollara con Rebeca, y no ha querido enfrentarse a su propio padre. Por naturaleza, le tocaba a él, no a ti.

Javi.- ¡Por naturaleza! Lo dices como si fueras un sociólogo. Para ti el afecto siempre ha sido un accidente. Mira, Migue. Yo no he venido a dar explicaciones sobre mi vida a nadie. Si Rebeca quiere venir a Australia conmigo, lo hará. Puede decidirse sin que nadie le dé consejos. Y si quiere consejos, que los pida. Tiene a su padre aquí y a su madre en Bruselas. ¿Vale? Venía con la intención de darte un abrazo y de decirte adiós. Y de invitarte a Australia una vez más. Pero si tanto te cuesta poner a un lado tu orgullo… me largo por donde he venido y te quedas con ese fucking Perico al que casi atropello. Le das lo que viene a buscar o se lo niegas, y a tomar por saco.

(Javi, que se ha ido encendiendo, guarda de un manotazo el billete en la cazadora, y hace ademán de levantarse e irse.)

Migue (alarmado).- ¡Dónde vas! ¡Espera! ¡Coño! ¡Por el amor de Dios! No te guardo ningún resentimiento porque te casaras con Marga. Eso ya pasó.

Javi.- Sí. Ya pasó. Pero tú me lo hiciste pasar muy mal a mí. Llegaste a acusarme en el Partido de fraccionarismo. Y no dijiste que era un revisionista, porque los revisionistas eran ellos, bueno, vosotros. Tú eras entonces un carrillista ortodoxo. Marga era prochina, vale. Pero yo era del Atlético de Madrid, y a nadie se le ocurrió descalificarme por “colchonerista”. Al menos, que yo sepa. (Se sirve más vino.)

Migue.- Es que entonces nos tomábamos las cosas muy a la tremenda. No era culpa nuestra. Era culpa de los tiempos. O eras progre o reaccionario o ignorante… Quítate la chaqueta, hombre. (Caviloso.) Es verdad, Marga era prochina…

(Javi cuelga la cazadora de la punta de una de las horcas sujetas al muro y vuelve a la mesa junto a Migue.)

Migue (sirviendo en los vasos vacíos).- ¿Por qué se haría prochina? Quizá por fastidiarme.

Javi.- Has tenido tiempo de averiguarlo. ¿Cuántos años pasasteis juntos desde que salió de la cárcel? ¿Doce? Todavía sigues convencido de que sólo te quiso a ti. De que hacía tonterías solo para provocarte. Eso es imposible. Pudo haber jugado contigo un tiempo, cuando erais adolescentes. Pero cuando yo entré en escena, se quedó conmigo porque quiso y porque me prefirió a mí, por doloroso que te resultara. Conmigo nunca jugó a nada de eso. Ahora, eso sí, se hizo prochina.

Universitaria brillante, de buena familia, resuelta a no ser igual que su madre, horrorizada por la voluntad de su padre de enriquecerse cada día más. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Prochina. Los del PCE éramos más sensatos, clase media, clase obrera… Lo impensable es que acabara como acabó. Ni tú ni yo nos dimos cuenta de que Marga, con todos sus defectos, era una mujer consecuente.

Migue.- Yo sí lo sabía. A ti te engañó. La conociste en un partido de fútbol, y creíste que era una chica corriente. Espabilada, progre, pero corriente, de esas a las que uno puede ir concienciando poco a poco, introduciéndola en seminarios de marxismo, pasándole de vez en cuando un “Mundo Obrero”, deslumbrándola con la aureola del héroe antifranquista y el brillante panorama del futuro socialista. Pero Marga era una tía de acción.

Javi.- Te doy la razón. En eso, te la doy. Lo que no entiendo es qué vio en mí que tú no tuvieras.

Migue.- Yo era demasiado serio, demasiado adulto. Me veía viejo. Tú tenías gracia, sabías contar chistes, te emborrachabas, transgredías costumbres insignificantes y te burlabas de todo, hasta del Partido. Eras un tío simpático. Supongo que Rebeca habrá caído seducida del mismo modo. El exótico productor de una televisión desconocida, pero con aroma de las antípodas. Channel Seven! Suena como un susurro mefistofélico en los oídos de una chavala que tiene una idea fantástica del periodismo.

Javi.- ¿Y por qué no se te ocurre que puede haber sido al revés? Que la ingenuidad, la fuerza de una chavala entusiasmada con un sueño me ha seducido a mí. Yo la he apeado de fantasías mediáticas. Le he empujado a ver las cosas como son. Y te aseguro que no he tenido que hacer un gran esfuerzo. Los chicos de ahora diferencian muy bien entre las series y la realidad. Saben que la realidad es dura, y que la ficción es sólo una forma de pasar el rato. Son escépticos, y es bueno que lo sean. Así no se desengañarán ni construirán castillos en el aire.

Migue.- No creo que ni tú ni Marga ni yo los construyéramos. Nos dedicábamos a lo contrario.

Javi.- ¡Pero cómo tienes la cara de decir eso! Nos tragábamos auténticas ruedas de molino. Y las vendíamos como si fueran neumáticos Michelin rodando suavemente hacia las puertas del Paraíso Socialista.

Migue.- La mayor bobada que hicimos fue creernos que la Utopía podía realizarse. En todo lo demás éramos unos impostores. Todo lo que hasta el siglo XX había hecho la Humanidad era un puro fracaso, una sucesión de injusticias. Nuestro destino era realizar la verdad. Mandar la filosofía al cuerno y aplicar de una vez el pensamiento, por cruel que fuera el resultado.

Javi.- ¡No me fastidies que es verdad lo que me han dicho!

(Migue le mira con descaro, invitándole a que revele la humillante confidencia que él ya imagina. Pero como Javi tarda en hablar, lo hace él.)

Migue.- Que me he vuelto un carca, un intelectual de la derecha. Pues que les zurzan, si yo soy de derechas. Lo único que persigo es desvelar la verdad, no realizarla. Desgarrar el celofán de mentiras que la izquierda ha ido derramando sobre los hechos históricos, con el propósito deliberado de envolver la realidad, y de confundir para que no se noten sus atrocidades.

Javi.- Si escribes una novela, procura que sea buena. Me gustaría decir que he sido amigo del Dostoievski español.

Migue.- ¡Yo no escribo novelas! Exhumo documentos, los presento como son y dejo que las gentes honradas concluyan por su cuenta.

(En ese instante se oyen los vocinazos apagados de un claxon distante.)

Migue.- ¿Será verdad que se le ha averiado el coche a ese sinvergüenza?

Javi.- ¿Quién es? ¿De qué le conoces?

Migue.- Vamos. Enseguida lo vas a saber.

Mujer Pálida.- Vedlos como salen, dejando en suspenso una moderna controversia: ¿tuvo algo de bueno el comunismo? ¿Merece la pena la derecha?

Los viejos amigos llegan a la carretera en el coche de Javi. Pero, ¡sorpresa, perplejidad y alarma! Fijaos en lo que ha estado haciendo impunemente el tal Perico mientras los otros discutían sin verle. No ha intentado arrancar el automóvil. Con un trocito de rama ha manipulado la válvula de dos de los neumáticos y les ha sacado el aire por completo. ¿Cuál será su propósito?

Hay que esperar. Es imposible averiguarlo en este instante. En el oscuro páramo sólo se distingue el cielo de la tierra por un inmenso tachonado de lucecitas. Las figuras son sombras, las miradas, sospechas. La voluntad se intuye en el aliento, pero no se aprecia su tejido moral; si es mala o buena, se descubrirá en la acción que está por llegar, y que ya se prepara.

Al comprobar que el coche de Perico está inmovilizado y que no puede ni siquiera remolcarse, Migue y Javi se resignan. Vuelven los tres a la casona y se dirigen a la cocina. Aquí los tenéis. Entran hablando.

Migue (a Perico).- Te esperaba, la verdad. Pero no precisamente hoy. Acaban de enterrar a Marga. Supongo que no lo sabrás.

Perico (sorprendido).- ¿Cuándo ha muerto?

Migue y Javier.- Anteayer.

Javier.- ¿La conocía usted?

(Perico asiente con un gesto de la cabeza.)

Migue.- Os podéis tutear. Sois viejos camaradas. Aunque nunca os conocisteis. Cuando cayó la organización y a ti te detuvieron, Perico fue uno de los que se libró. Ha sido un tipo con suerte… (Se queda pensando.) Como yo… En eso, sólo en eso. Es como si tuviéramos un seguro contra la policía. Nos pisó varias veces los talones… pero…

Perico (a Javi).- ¿Estuviste en el Comité Universitario?

Javi.- En el aparato de propaganda. Allí conocí a Migue. Yo se la pasaba a él, para los centros medios. El estudiaba peritaje industrial. ¿Y tú?

Perico.- Yo no estudiaba. Era un enlace, un responsable del Comité Provincial. Por eso nunca coincidimos. Estaba medio liberado. Trabajaba con mi padre, en su taller mecánico. ¿Conociste a Marga?

Javi.- Estuve casado con ella. Tuvimos un hijo.

Perico (disimulando el impacto).- Nunca me habló de ti. Pero sí de su hijo Ismael.

Javi.- Es natural. Yo fui una etapa fugaz en su vida. Su mácula burguesa, igual que su familia. Además, yo nunca dejé de ser revisionista. (Se echa a reír.) Me pasmo escuchándome hablar así, exactamente igual que hace veinte años.

Perico (con ambigua ironía).- Supongo que habrás dejado el PCE. Ahora serás un juicioso socialdemócrata o un liberal progresista de centro.

Javi.- No me parece a mí que los socialdemócratas españoles, viejos o nuevos sean precisamente juiciosos. De todas formas, no soy como vosotros. Vosotros habéis vivido siempre aquí… Yo vengo de muy lejos.

Migue (informando circunspecto).- Ha vivido veinte años en Australia. Un simple emigrante. No como yo, que tuve que refugiarme en Francia del torbellino… postfranquista. (Se le enciende una luz en las pupilas.) La policía y la guardia civil son siempre las mismas, antes y ahora. Los que hemos cambiado hemos sido nosotros. Ahora estamos de su parte. (Señala a Javi.) Al menos, tú y yo.

Javi.- Yo no quiero saber nada con la gente de uniforme. Pero imagino lo que habrá ocurrido con “los viejos camaradas”. 

Perico.- ¿Has vivido en Australia con tu hijo?

Javi.- Sí. Con Ismael.

Perico.- ¿Por qué?

Javi.- ¿Cómo que por qué? ¿Te parece mal? Por puro miedo. Porque cuando detuvieron a Marga y vi lo que le habían hecho en la comisaría, me acojoné. Y luego, le cayeron quince años… Era un país al borde del abismo. Me pareció que yo sería tan criminal como los policías que torturaron a Marga si criaba a mi hijo en esa tierra de mierda. No podía ser cómplice de una sociedad enloquecida.

Perico.- Digo que por qué Australia.

Javi.- Es una historia… larga. Es un lío… (Abrumado.) Ahora no tengo ganas de hablar de mi vida. Que te lo cuente Migue, si quiere.

Mujer Pálida.- ¡No! Amigos míos. Migue tampoco tiene ganas de hablar del pasado.

(Migue y Perico se sientan automáticamente, movidos por una fuerza de la que ni siquiera son conscientes. Da la impresión de que no perciben la voz de la mujer, al contrario que Javi. Poco a poco la mujer parece envejecer, y también cambia su indumentaria; ahora viste como una señora de los años sesenta.)

Mujer Años 60.- Pero a mí no me importa hacerlo, porque puedo saltar de aquí allá en el tiempo y en el espacio como una pelota de caucho.

(Javi intenta hablar, pero no acierta a articular ningún sonido. Dirigiéndose a él.)

No pierdas energías. No puedes intervenir. No pidas la palabra como en una asamblea, no gesticules como en una manifestación. ¡Qué ridículo! ¡Estoy hablando yo! Y cuando hablo yo las bocas quedan mudas, el tiempo se suspende, la existencia se para.

(Finalmente, Javi se resigna a escucharla, mientras sus dos camaradas permanecen ajenos, hablando entre sí.)

Hará cosa de treinta años, Migue se hacía llamar Jorge y Javi, Manuel. Por estos nombres de guerra se conocían ellos, con el fin de ignorar sus verdaderas identidades y poner las cosas más difíciles a la policía en caso de detenciones. Pero una insoportable tarde de domingo se encontraron en las rugientes gradas del estadio Vicente Calderón. Resulta que Javi era un forofo colchonero y que Migue, que abominaba del balonpié, había acudido al partido entre el Atlético de Madrid y el Sabadell en compañía de una prima lejana suya, Marga, y del hermano de ésta. Migue había traicionado sus convicciones por amor. Amor a su prima Marga, naturalmente, de la que estaba prendado hasta los tuétanos. Sucedió que, contraviniendo todas las normas de seguridad, Migue y Javi se saludaron. Y este fue el principio de una larga historia que cambió varias veces de escenario y de sentido. Empezaron a verse en otras partes, se hicieron grandes amigos, inseparables, recíprocamente imprescindibles. Se apasionaron el uno por el otro como sólo ocurre en la dulce juventud.

Pero, he aquí, que el destino se burló de ellos. Marga, que no hacía ningún caso a su lejano primo, se encontró fatalmente un día a solas con Javi, y se enamoró de él, según ella quiso creer.

(En este instante, Javi se incorpora e intenta vanamente hablar. Tampoco le obedecen los pies, clavados al lado de la silla. La Mujer Años 60 le dedica una mirada guasona.)

Aquí se acabó todo el afecto entre Javi y Migue. Todas sus bromas cómplices se tornaron espinas y reproches. Su amistad, rivalidad. Su identidad política, desviacionismo.

Unos años después, recién licenciada ella en Farmacia y él flamante doctorando en Filología Inglesa, pusiéronse a vivir juntos gracias al escaso sueldo de Javi como profesor de inglés en un colegio privado y confesional de Moratalaz, y a las pensiones que recibían de sus respectivos progenitores, obtusos e inflexibles pequeñoburgueses (la Mujer Años 60 hace ridículos aspavientos).

Javi se había ido desvinculando del Partido, entiéndase del único partido con raigambre popular en aquellos años de zozobra, el histórico Partido Comunista de España. Empezó el distanciamiento tras una caída de parte del aparato, que tuvo a Javi en Carabanchel durante unas semanas. Salió de presidio judicialmente indemne, pero advertido de lo que pudo haber pasado, y resentido contra los héroes encarcelados, que le trataron como a un intruso, quizá porque lo era. Se cernió sobre él la acusación tácita de que había traicionado al Partido a cambio de la excarcelación y la exculpación.

Favorecido con una beca, se fue Javi con Marga a la universidad de Edimburgo, donde enseñó español. Pero antes de partir, se unieron en sagrado matrimonio. En Edimburgo nació su hijo Ismael, a quien pusieron así por el afecto que habían cogido a un colega paquistaní, también becado. En Escocia la pareja descubrió secretos de cuya existencia sólo tenían noticia literaria, es decir, de novelas más o menos truculentas y de indescifrables películas de arte y ensayo. A saber, el tedio, el desamor, la frustración, la confusión emotiva, el egoísmo, y su lógica consecuencia, el adulterio. Pero no le llamaban entonces adulterio, sino necesidad de conocerse a uno mismo y a los demás. También, amor libre.

Al volver a España se encontraron con que las cosas habían empezado a cambiar. El general Franco había muerto. Los marxistas reclamaban la calle con descaro a veces impune. El miedo se había apoderado de las hasta hacía poco indiscutibles fuerzas vivas y del orden, miembros de las cuales caían acribillados a balazos, o saltaban en pedazos por el aire o se veían recluidos durante meses en agujeros recónditos e inexpugnables. Una tempestad de huelgas castigaba las ciudades industriales, estremecidas por la amenaza de la peste moderna llamada Recesión.

Por un breve tiempo el escéptico Javi llegó a creer que las promesas revolucionarias estaban maduras, que por fin la justicia y la libertad acabarían arraigando en la vieja Iberia.

Pero a este miedo nuevo de las fuerzas vivas y del orden sucedió la prevención y la rabia. A veces, parecía a punto de llegar el acabose.

Los conflictos sentimentales de Javi y de Marga alcanzaron una tregua, abrumados por aquellas otras emociones incontrolables. Él volvió a dar clases en Moratalaz. Ella encontró un empleo en un laboratorio. Ismael estuvo a cargo de las pequeñoburguesas abuelas por riguroso turno.

Un día, Migue apareció por la casa del renqueante matrimonio y pidió refugio por unas noches. Vinculado a un grupo terrorista, la policía le perseguía encarnizadamente. Su fotografía había aparecido en los diarios y en los telediarios, aunque había cambiado tanto su cara que pocos ciudadanos podrían reconocerle.

(La Mujer Años 60 varia su tono y su actitud. Sus palabras van adquiriendo una notoria gravedad a medida que relata los siguientes acontecimientos.)

Javi pasó los días flotando en una nube negra, esperando hallar un siniestro coche aparcado en el portal, y las noches, pendiente del ascensor, sin pegar ojo. Marga y él se pelearon agriamente, pero en susurros, para no llamar la atención de los vecinos. El niño Ismael no se perdía detalle de un naufragio que no entendía y que le producía espanto.

Migue desapareció por fin y diríase que se llevó con él la maldición. Pero al cabo de unos meses, despidieron a Javi del colegio confesional, porque un padre se quejó al rector de determinadas explicaciones innecesarias que el licenciado en filología inglesa había hecho en la clase. Javi creyó que era la única víctima, además inocente, del caos político. Marga se lo reprochó. La situación, como era de esperar, se hizo insostenible.

(Aquí la Mujer Años 60 sufre una súbita transformación y se convierte en una mujer de unos 30 años, con indumentaria de los últimos 70.)

Mujer joven años 70.- Entonces, Marga se largó de casa. Su familia tardó en saber de ella, porque había dejado de ser Marga y pasó a llamarse Rosa en un círculo proscrito y asfixiante de fanáticos. Javi, de improviso, se encontró solo con su hijo Ismael, y sin trabajo. Al poco tiempo, providencial aguacero en mitad del sediento erial, aterrizó de Londres una neozelandesa con la que Javi había tenido una aventura en Escocia. Daba clases en el Instituto Británico. Los efímeros lazos se reanudaron. La chica se instaló en el apartamento del español apaleado, y por unos meses pareció que la fortuna se había reconciliado con Javier.

De pronto, los medios de comunicación atronaron con la noticia de la detención de varias personas relacionadas con un sangriento grupo terrorista. Una de ellas era Marga.

(La mujer manifiesta ahora un terrible sufrimiento interior.)

La fotografía de su cara apareció en los diarios y en los telediarios, demacrada, abultada, despeinada. Enseguida supo Javi por qué. La policía se había cebado un poco en ella y demasiado en su cuerpo.

En el juicio que luego se siguió, Marga cargó con una pena de 19 años. La neozelandesa, que veía a Javi consumirse, le propuso emigrar a Australia. Y en febrero de 1981, abrumados y aliviados a partes iguales, embarcaban dos adultos y un niño en un avión que, vía París, Dubai, Yakarta y Singapur, les depositaría en Sydney.

(La Mujer Pálida se rehace y se dirige de un modo amable, pero con un autoridad algo sobrenatural a Javi.)

Ya está. Ahora, puedes hablar. Te concedo el permiso.

Javi.- ¡Autoridad! ¡Autoridad! ¿De dónde la has sacado? Crees que tienes más derecho que yo para ajustar cuentas con mi pasado. (Conmovido.) No hables por mí. Estoy harto de que siempre haya alguien con más autoridad que yo y que habla por mí. Los vivos y los muertos se empeñan en hablar por mí. (Lucha por sacar algo de su interior.) ¡Ya basta! ¿Qué podía hacer yo dentro de aquella jaula de oro en la que me tuvieron mis padres durante mi adolescencia? Querían asegurarse de que llegaría a convertirme en el ser excepcional que ellos ambicionaban. ¡Y era imposible! Tú lo sabes bien. A ti te pasó algo parecido. Yo no podía ser la proyección de sus fantasías y la compensación de sus sacrificios. Yo era yo. ¿Quién? Como unos cuantos de mi generación, pensé que en la heroica aventura de la clandestinidad estaba la respuesta.

(Migue y Perico parecen despertar de su desinterés, y siguen con atención las palabras de Javi.)

Una vez dentro del PCE, me di cuenta de que yo no quería estar allí. Al principio tuve la sensación de que había caído en una trampa de la que era imposible salir. Pero calmé mi angustia con una razón superior. La trampa se llamaba compromiso, y me la había tendido yo solito. ¿Por qué? Llevo treinta años buscando una respuesta. Aborrecía las citas y esperaba siempre que fallaran. Se me ponía mal cuerpo cada vez que acudía a una manifestación en Atocha o formaba parte de un comando de agitación en una calle. ¿Por qué estaba yo tan a disgusto y otros parecían despreocupados y alegres? ¿O ellos también fingían? Lo que me dolía, lo que me hacía sentirme diferente es que ellos no se hacían estas preguntas. Sólo esperaban que alguien les dijera qué tenían que odiar, qué banco tenían que intentar quemar con un cóctel molotov, qué consignas había que proclamar.

Lo más tremendo es que nadie me forzaba a hacer lo que hacía, a permanecer allí, en aquella angustia que se retiraba y me inundaba como una marea oceánica. Si uno abandonaba era un cobarde. ¡Un cobarde! Tarde ya, me di cuenta de que la peor cobardía era disimular la cobardía.

Después de aquellos años de pánico, dudas y bandazos a la vuelta de Inglaterra, después del abandono (vacila, mirando a los ojos de la Mujer Pálida y da unos pasos hacia ella) de Marga…, irme a Australia fue un alivio demoledor. Durante varias semanas me paseé por Sydney como un zombi. Recuerdo que había un anuncio en los autobuses incitando a los ciudadanos a acudir al zoo de Taronga. Decía, “You belong to the Zoo”. Tú eres del Zoo. Un día pensé que me lo habían dedicado a mí. Quizá debería meterme en una jaula, olvidarme de todo, y pasar allí el resto de mi vida, mirado a quienes me miraban, hasta ignorar mi propia identidad, como una fiera sin alma y sin patria.

(Javi avanza hasta el proscenio y se coloca a la altura de la Mujer Pálida. Se aproximan, y ésta cambia su indumentaria por la de una circunspecta y flamante aduanera. Aparece una puerta sobre la cual hay un cartel clavado que reza, “Australian Immigration Department. Life is Competition”.)

Aduanera (con autoridad y aire grave).- ¿Cuáles son sus aspiraciones?

Javi (seguro de sí mismo).- No tengo.

Aduanera.- Eso es imposible. El que llega a esta puerta es para algo. ¿No es usted un tipo ambicioso?

Javi.- La ambición sólo me ha costado disgustos.

Aduanera.- ¿Qué espera usted, que las cosas sean gratis? No tiene aspecto de imbécil. ¿No será usted un niño mimado? Si es un niño mimado, necesita demostrarlo, enseñar certificados y avales. Aquí no va a engañar usted a nadie. O tiene recursos o caerá en la indigencia material y moral, se lo advierto.

Javi.- Me lo imagino.

Aduanera.- ¿Cómo puede vivir sin ambición? ¿Por qué se resigna a ser un Don Nadie?

Javi (señalando al otro lado de la puerta) .- Y todos esos que van por ahí, ¿qué son? ¿Fantasmas? ¿Muñecos con apariencia de hombre?

Aduanera.- Algo así. No se haga ilusiones de una vida tranquila y equilibrada. Mire, si no tiene usted aspiraciones de ser un líder, le aconsejo que no entre por esta puerta. ¿No ve el lema? ¿No entiende usted inglés? ¡Aquí no pasa nadie que no sepa inglés!

Javi.- Pero, ¿por qué no voy a poder vivir yo en paz junto a todo el mundo, sin querer ser otra cosa que un ser humano anónimo, sin que me persiga la policía por querer ser diferente ni mi padre me acuse de pusilánime ni mi mujer me llame traidor o fracasado. ¿Por qué he de resignarme a vivir entre locos y enfermos si yo no lo soy?

Aduanera.- ¿Está usted seguro? Piénselo bien. ¿Qué derechos tiene? ¿Cómo se los ha ganado? Sea usted razonable, saque pecho, levante la cabeza, mire hacia delante con orgullo, atraviese esta puerta y ábrase paso a empujones?

Javi (señalando hacia su espalda).- ¿Y toda esta pobre gente de aquí? ¿No tiene usted piedad de ellos?

Aduanera.- ¿Y usted, la tiene usted, esa piedad? Porque, o yo me equivoco, o quiere apartarse de ellos, está huyendo de ellos, intenta pasar por esta puerta a un nuevo mundo.

Javi.- A un nuevo mundo, sí. Y no espero ningún tipo de ayuda, ¿sabe? No quiero limosnas, no quiero que me reciban con los brazos abiertos y llenos de solidaridad hueca, o con el corazón rebosante de cariño vacío. Me las puedo apañar yo sólo. Nada más necesito que me dejen en paz, que me dejen ser yo mismo.

Aduanera.- Ahora veo que no es usted sólo un niño mimado, sino que también es un iluso. Por aquí no pasan los ilusos. Puede darse media vuelta.

(La puerta con la inscripción desaparece y la almidonada aduanera vuelve a ser la Mujer Pálida. Javi y ella se alejan, separados por un abismo, empujados por una fuerza cósmica poco apreciable, pero irresistible.)

Javi (a todos).- Afortunadamente, Australia no era así. Nunca nadie me ha dado más que lo que obtuve yo de Australia. Objetos materiales y apoyos útiles. Desinteresadamente, como una madre a su recién nacido. La tierra más parecida a Jauja que existía entonces era Australia. Reconocieron mis estudios, me dieron becas para ampliarlos. A mi hijo le trataron como a un príncipe. Hasta con las mujeres me fue bien. Me separé amistosamente de la neozelandesa y me puse a vivir con una surafricana, y luego con una alemana. Hasta hace seis meses. También una ruptura antimelodramática.

Migue.- ¿Estás seguro que conoces bien a tus ex – amantes?

Javi.- No fueron mis amantes. Me habría casado con ellas, si hubiera tenido el divorcio de Marga.

Migue.- No hay ruptura sin dolor. Alguien sale siempre dañado.

Javi.- Cuando se quiere poseer, cuando se tiene miedo a perder.

Migue.- De todas formas, me gustaría escuchar la opinión de tus mujeres.

Javi.- Ven a Sydney y te las presentaré.

Migue.- Estoy pensando en Rebeca. Es mi hija. No quiero que sufra. Además, no me interesan esa clase de temas sentimentales. Sólo me dedico a la historia, a ajustar cuentas con las falacias del pasado y a poner los puntos sobre las íes al presente.

Javi.- Presente no tiene ninguna i.

Perico (interviniendo con ánimos apaciguadores y por salir de su aburrimiento).- ¿Nunca fue Marga a Australia a ver a su hijo?

Javi.- Había renunciado a él. Ese era el argumento. Terrible, discutible. Pero sin apelación. No había instancias superiores, sólo ella y yo. E Ismael. La invité varias veces, cuando salió de la cárcel. Hice por convencerla. Pero ella se negó, ¿no es verdad? (La pregunta va dirigida a Migue, que hace un leve gesto con la cabeza, quizá confirmando.) Marga temía que a ella le causara un gran dolor y a Ismael un perjuicio psicológico. No quería volver a hacer daño.

Perico.- ¿Y él? ¿Nunca pidió Ismael ver a su madre? ¿O ignoraba qué le había pasado?

Javi.- Lo sabía todo. Yo le sugerí varias veces ir a España, cuando creí que estaba maduro. Contestó secamente, “No quiero ir a España. Mi país es éste. I belong to Australia.” De hecho casi tuve que forzarle a venir en este viaje. No lo hice por él, sino por su madre, que jamás me lo habría pedido. Cuando supo que Ismael esperaba en el pasillo, al otro lado de la puerta de la habitación de la clínica, no pudo negarse. Pero exigió que no le volviéramos a traer durante sus últimos días. En aquel momento todavía conservaba un fulgor de vida y de hermosura. “No quiero que mi hijo guarde en la memoria mi peor imagen”. Pidió que la arreglaran y que la vistieran de calle. Tuvimos que ir a buscar un traje y comprar una peluca a toda prisa, mientras Ismael esperaba en la cafetería.

Migue (con un nudo en la garganta).- Estaba preciosa.

Perico.- Supongo que el reencuentro sería emotivo… Se me está poniendo carne de gallina al imaginarlo.

Javi.- Lo fue. Les dejamos solos. Y estuvieron juntos más de una hora. Si no llega a ser porque el gotero se acabó, habrían estado no se sabe cuánto tiempo allí encerrados. Ismael abrió la puerta de par en par, y cuando la enfermera salió, no volvió a cerrarla. Le veíamos allí, al lado de su madre, tocándole el dorso de la mano, y no nos atrevimos a entrar hasta que Marga hizo un gesto.

Perico.- ¿Volvieron a verse?

Javi.- Todos los días. Ismael estudia medicina en la Universidad de Sydney. Su madre ha sido su primer paciente y su primer fracaso. Me parece que no se especializará en oncología.

Perico.- Una hora para repasar una vida…

Migue.- No puede haber nada más hermoso. Ismael ha tenido un alto privilegio, aunque el precio haya sido todavía más alto. Ha aprendido mucho de golpe.

Javi.- No es el mismo que llegó de Australia. En un mes ha madurado diez años.

Perico.- ¿No se vuelve a Australia contigo?

Javi.- De momento, no. Creo que se ha enamorado… de España.

Perico (con cierta avidez).- ¿Te ha dicho de qué hablaron?

(Migue da muestras de una violenta e inexplicable incomodidad.)

Javi.- No he querido preguntárselo.

Migue (a Perico, en un tono antipático que no viene a cuento).- ¿Quieres saber si le contó algún secreto?

Perico.- ¡Por favor!

Javi.- Algunos debieron de contarse… Supongo que habrá cosas que yo ignoro de Ismael. Incluso de mí mismo. Quizá hablaron de ello.

Migue (intentando vanamente controlar sus nervios).- Y cosas que no sabes de Marga. Y de mí.

Javi.- ¿Y qué tiene que ver eso con Ismael? …(Cayendo en la cuenta de un detalle casi olvidado.) Pues, sí. Hay algo. Pero no sé qué es. Hace unos días, Ismael, sin darle mucha importancia, me dijo, “Mamá me ha contado un secreto. No te lo puedo decir hasta que ella muera.” Pero yo supe que era algo esencial, algo grave.

(Migue da un respingo y se mueve ligeramente hacia detrás, como si quisiera huir de un peligro.)

Perico (con curiosidad evidente).- ¿Y ya lo sabes?

Migue.- ¡El secreto es de ellos!

Perico (recogiendo velas).- Disculpa. Es que me ha conmovido la historia. Conocí a Marga. No creí que fuera una mujer con secretos. Aunque todos los tenemos (al decirlo desvía la mirada hacia Migue, que aparta sus ojos) … cosas que ocultar, vergüenzas, tesoros.

Javi.- ¿Tesoros? No sé cual es ahora tu situación con esta Casa Rural, pero parece que bastante crítica, por lo que Marga misma me confió. Temía por ti, por una hipoteca que os agobiaba, y que ahora tendrás que afrontar solo.

(Perico reacciona con un interés perceptible a esta revelación de Javi, mientras que Migue, ahora parece muy calmado.)

Migue.- Es cosa mía. Efectivamente.

Javi.- Creo que debería irme ya. Mañana por la mañana salgo para Londres.

(Perico le tiende la mano con una impaciente precipitación, pero Javi no se da cuenta.)

Migue.- ¿Vas a pedirle a Ismael que te revele su secreto?

Javi.- No tengo ninguna curiosidad. Creo que he empezado a hartarme de este país de conspiradores. Sigue siendo la España de las obsesiones frustrantes y de los espabilados decepcionados. El país de los buscadores de chollos. Todos trabajan como mineros, hipotecados, ahorcados por el consumo, pero esperando encontrar un día el chollo. Tú vives en París, ¿no? (Se dirige a Perico.) ¿Cómo la ves tú, a España? O lo que sea esto.

Perico (sin ninguna gana de entrar en la conversación).- Mejor que Francia. (Se anima de pronto.) Pero en una cosa sigue igual, en la mala leche de la gente. Antes, los españoles estaban cabreados por el agravio del hambre y de la pobreza. Ahora que cada uno tiene el chollo que siempre había perseguido, una casa, un coche, vacaciones, se dan cuenta de que trabajan como cabrones, que es lo que no esperaban. Es una buena observación la tuya. Lo que querían era vivir como señoritos. Debe ser esa frustración lo que les pone de mala leche. España ha cambiado, pero solo la pandereta por un bombo.

Migue.- Los políticos están a punto de conseguir que sea Marte. Tenemos una izquierda galáctica y un centro derecha lunar.

Javi.- ¿Sólo los políticos? Tú también. Tú y tu fucken obsesión política. ¿Por qué no vienes a Australia de una puta vez y te enteras de cómo es un pueblo enajenado y feliz en el consumo, el culto al cuerpo y preocupado por la limpieza del océano y del aire? Aquí, los ex – rojos como tú estáis obsesionados con la transición, con la monarquía, con el terrorismo, con la memoria histórica, con la inmigración. Y estáis convencidos de que cuarenta millones de ciudadanos están pendientes de vuestra palabra. ¡Qué tipo de seres creéis que son los españoles corrientes y molientes! De hacer caso a las tertulias radiofónicas, en lugar de acostarse entre sábanas cada noche, los españoles se meten en un rebozado de especulaciones políticas y en lugar de ducharse por las mañanas se dan un baño de incertidumbre. Me voy.

(Hace el ademán. De nuevo, Perico le tiende la mano, pero Javi no le hace caso.)

Migue.- ¿Y tú, cómo sabes lo que yo pienso? ¿Tú no eres el que pide que le dejen decidir y hablar por sí mismo? ¡No te vayas! ¡Haz el favor de escucharme! Y de escuchar a este tipo, si es que tiene algo que decir.

Javi.- Bueno, pues habla. (Mira de reojo a la Mujer Pálida, que permanece en un extremo del escenario.)

Migue.- Llevo casi veinte años escribiendo un libro. No lo acabo. Y no lo acabo por que nunca estoy satisfecho de él. Quiero que sea un libro devastador sobre la famosa Transición, sobre mí mismo. ¡Lo difícil que resulta escrutarse por dentro y verse lleno de mentiras!

Javi.- Imagino cómo debe ser. Pero no me extraña. Cuando te conocí ya eras un destapador de falacias.

Migue.- El molde de las mentiras lo lleva uno dentro. Nos lo han puesto ahí. La educación del franquismo estaba llena de falacias, pero eran inocentes, en relación a las de hoy. Porque se quiere negar que existe una continuidad lineal entre la España de Franco y la Democrática. Se quiere unir el presente con el pasado republicano, algo que fue un fracaso, un desastre y un crimen histórico de una izquierda que se inventó fantasmas y luego los armó para que mataran.

Javi.- ¿No pretenderás que Franco fue el militar providencial que necesitaba España? Tendrás que venir a Sydney a contarlo. Te proporcionaré entrevistas en el canal cultural de la televisión pública y conferencias en las universidades. Se quedarán de piedra.

Migue.- Me harían más caso que aquí. Franco fue el político que la mayoría de los españoles quisieron que les gobernara, aunque su acceso al poder fuera traumático y envuelto en un baño de sangre. Pero, ¿cómo es posible tanta ceguera, tanta parcialidad? ¿Cómo llegó al poder De Gaulle?

Javi.- De Gaulle luchó contra el nazismo y la ocupación alemana.

Migue.- Con la insignificante ayuda de los ingleses y los norteamericanos. Vale… Y como Franco, se encontró un país en ruinas. Y al morir fue llorado por millones de personas.

Javi (con un eco de siniestro reproche).- Franco murió matando.

Migue.- ¿Y De Gaulle? ¿Cuántos murieron inútilmente en Argelia? ¿Cuántas personas no habrán caído en los atentados preparados por la seguridad militar francesa? Aquí, al menos, les ejecutaron, brutalmente, sí, escandalosamente, pero después de un juicio. Mientras en Francia se aprovechaban para airear una indignación hipócrita.

Javi (con cierto desconsuelo).- Sí que has cambiado, Migue.

Migue.- Gracias a Dios… Yo no me arrepiento del partido que tomé cuando elegí la violencia. Solo repudio lo que hicimos. Yo quería la libertad y la justicia. Las quería sinceramente. Un mundo mejor que el que habíamos heredado, gobernado por unos políticos con las manos manchadas de sangre, empezando por el anciano de El Pardo, obseso del orden a costa de lo que fuera. Pero me parece que quienes se instalaron luego en la Moncloa llegaron a mejorar la marca. Primero fueron hipócritas, y ahora cínicos. Con las manos manchadas también de sangre.

(Calla, abrumado, agotado.)

Perico (que interviene en un tono calmoso y casi doctoral).- Y este modelo de rectitud y coherencia política oculta 300 millones en pesetas y en francos para su disfrute personal, ahora que ya está solo y no debe compartirlo.

(Migue se revuelve y se lanza furioso contra Perico. Le sujeta de las solapas y le sacude el torso, insultándole. Perico se deja hacer, con mirada burlona. Javi se interpone y a duras penas consigue arrancar las manos de Migue del pecho de Perico. Este se retira dando pasos hacia atrás, arreglándose.)

Migue (sofocado).- Así que eso es lo que venías a buscar. Pues te has equivocado de isla. Esta no es la del Tesoro, viejo pirata imbécil.

Perico.- ¿Qué temías, arcángel de la verdad, que venía a liquidarte?

Migue.- No llevas armas. A no ser que me quieras apuñalar con un cuchillo de cocina.

Perico.- Como Bruto a César. A lo mejor es que esperas una muerte melodramática. Como la de algunos de nuestros infelices camaradas, que cayeron como villanos o como héroes de cine, saltando desnudos por los tejados.

Migue (calmado).- Con la pipa en la mano. Muy cinematográfico, sí. A lo mejor algún día, uno de esos jóvenes directores que han descubierto las técnicas de Hollywood hace una película llena de tópicos sobre ellos.

Perico.- ¿Conservas la tuya?

Migue.- ¿La pipa? No te lo voy a decir. (En un tono irónicamente melodramático.) Lo sabrás cuando sientas el mordisco del plomo en tus entrañas…

Perico.- ¿Y la pasta? ¿Dónde está? Marga lo sabía. Lo conservaba como un secreto.

Javi (sobresaltado).- ¡El secreto! (Con alarma.) ¡Ismael! (A Perico.) ¿Quién eres tú? ¿Qué has venido a hacer aquí?

Perico.- A por la pasta, coño. 300 millones, producto del secuestro de un rico industrial que desapareció misteriosamente tras ser liberado.

Migue.- ¡La pasta! Eso es todo lo que te interesa, el dinero.

Perico.- ¿Y qué tiene de malo el dinero? Es una realidad palpable, es útil, es necesaria. (A Migue.) Tú tienes una hija y te has impuesto una misión, revelar la verdad. (A Javi.) Y tú tienes un hijo y te espera todo un continente lleno de luz, un bonito trabajo, bellas mujeres. Pero yo, delante de mí no tengo nada. Una vida carente de sentido. Poseo un garage en Argenteuil. Trabajan para mí dos operarios. ¡Y qué! Tengo más de sesenta años. La vida se me ha disuelto, mis convicciones se han evaporado. No puedo creer en nada, no puedo esperar en nada. Mi único consuelo es poseer. Todo lo posible. Dinero, propiedades, obras de arte. ¿Es que no me entendéis? Ese dinero me pertenece. Me jugué la vida por él. (A Migue.) Tú ya te habías apartado del grupo, vale. No fuiste mi cómplice. No tienes derecho a ese dinero. El dinero es sólo mío. (Con un acento de profundo desconsuelo.) Sé mi cómplice ahora. Compadécete de mí. Eso es lo que has aprendido a hacer, a compadecerte de quienes fuimos unos bárbaros ingenuos, y a denunciar a los impostores. ¿Acaso no son ellos los que se están haciendo ricos? ¡Yo tengo derecho a esa pasta!

(Migue se dispone a replicar. Pero, en ese instante, la Mujer Pálida parece despertar. Levanta un brazo reclamando calma y paraliza con una fuerza magnética a los tres hombres.)

Mujer Pálida (solemne).- Es preciso que se sepa. Que lo sepan todos. Ahora. ¿Qué hizo de Migue un revolucionario consecuente? La crítica marxista. El marxismo leninismo sabia y eficazmente empleado. Migue no actuó sino aplicando el razonamiento correcto a una situación dominada por el oportunismo carrillista. Y concluyeron que o se hacían ellos con la dirección de la vanguardia o se disiparía la oportunidad. Decidieron que la única estrategia factible era la acción directa, la lucha armada, los asesinatos, los secuestros, los atracos. Si aquello funcionaba, el pueblo se levantaría en armas y ellos serían sus líderes indiscutibles. (Hace una pausa.) Pero, ¿y si no funcionaba? Si no funcionaba, se encontrarían en una posición de fuerza inmejorable para negociar con el poder fascista y la burguesía. Mas, ¡he aquí la decepción! Nadie les tuvo en cuenta. Ni el poder fascista, ni el militar, ni la burguesía les tomó en serio, más que para evitar sus balas y sus secuestros. Calcularon mal. Así fue como los más lúcidos de entre ellos, entiéndase, por ejemplo, Miguel, el camarada Jorge, abandonaron la nave que hacía aguas por todas partes. Mientras que otras, como Margarita Salgado, la camarada Rosa, caía en las garras de la policía “democrática”, y acababa, con los miembros desgarrados por las torturas, y el corazón seco y vacío, condenada a una infinita pena de prisión.

Javi (irritado).- Todo eso está muy bien, muchas gracias. Pero, señores, defraudados bolcheviques, no os guardéis secretos. Yo necesito saber algo. Exijo que me expliquéis ese curioso enigma de los 300 millones.

Migue.- No seas inconsciente, Javi. ¿Por qué quieres conocer lo que no te conviene? No te crees problemas innecesarios. No te conviertas en un cómplice por encubrimiento.

Javi.- Problemas innecesarios lo serán para ti. Se trata de mi hijo. Este cabrón quiere el dinero, y puede que Ismael sea el depositario del secreto de su paradero. ¿O es que está aquí, en esta finca?

Perico.- ¡Di de una vez dónde está ese dinero y os dejaré en paz! ¡Canta!

Migue.- ¡Pero tú has visto! Este tío nos está amenazando.

Javi, (nervioso).- Mi hijo es el que está amenazado. ¿Quién nos asegura que este menda no tiene compañía?

Migue.- No seas paranóico, Javi. Hasta ahora sólo tú sabías que Marga había confiado un secreto a Ismael. Y no tenemos ninguna seguridad de que esté relacionado con el dinero. Puede ser sobre ti o sobre mí.

Javi.- Pero, ¿qué tipo de secretos guardas? ¿Tú no te habías retirado? ¿No eres un honrado hostelero apasionado por la historia? ¿Tu única obsesión no es enderezar los entuertos y las mistificaciones del pasado?

Perico.- Podías explicarle a tu amigo de qué has vivido hasta ahora, hombre incorruptible.

Migue (con aire de llevar a cabo la amenaza).- Si no te largas ahora mismo, acabaré partiéndote la cara.

Javi.- Este tío no se mueve de aquí mientras no haya hablado yo con Ismael. Además, ¿cómo se va a ir? No pienso regalarle mi coche. A no ser que llamemos a la guardia civil.

Migue.- Deja a la guardia civil en paz, Javi…(Cayendo súbitamente en la cuenta de algo.) ¡El coche! ¡Cabrón! ¡El coche!

(Javi le mira perplejo.)

Migue, (señalando a Perico).- ¡Su coche! No lo hemos podido remolcar porque tiene dos ruedas pinchadas. Cuando tú has estado a punto de atropellarle, estaban bien, ¿no?

Javi.- No me acuerdo. No me he fijado.

Migue (a Perico, furioso).- Tú has hablado de una avería, no de un pinchazo. Has inmovilizado el coche en la carretera. ¡Para que se vea! ¡Para que alguien lo vea! ¿A quien esperas, sabandija?

Perico.- ¡Quieres dejar de insultarme! Aquí el único paranoico que hay eres tú, Jorge. Muy bien. Lo he pinchado. Pero para que no pudierais echarme. Yo he venido a reclamar un dinero que me pertenece, no a asaltar a nadie. Hagamos un trato, venga.

Javi (despistado).- ¿Quién es Jorge?

Migue.- Jorge era mi nombre de guerra.

Javi.- Es verdad. (Mirando a la Mujer Pálida.) Qué lejos está ya eso. Me siento como uno de esos pobres civiles de Sarajevo pillados entre dos fuegos.

Perico (a Migue, conciliador).- ¿Qué dices? Un trato. Repartamos la pasta.

Migue.- No sé nada de ese dinero. Y si Marga lo supo alguna vez, se habrá llevado el secreto a la tumba. ¡Ve al cementerio de la Almudena y convoca a su espíritu!

Perico.- Bien. Bien. El señor no quiere hablar. El traidor no quiere hablar. Hablaré yo, para que tu viejo camarada sepa de tus andanzas.

Migue.- ¡La única que sabe lo que pasó es Marga!

Mujer Pálida (avanzando hacia el centro. A Perico, que rodea la mesa con pasos cautelosos y se ampara tras ella, cuando oye la voz cuya procedencia ignora).- Yo puedo decirte dónde está ese dinero. Yo puedo revelarte su escondite, sugerirte indicios para llegar a él, descubrirte contraseñas para abrir portones, entregarte salvoconductos para bajar puentes levadizos, confiarte pócimas para envenenar los fieros cancerberos que lo protegen, revelarte conjuros para derribar los últimos obstáculos que se interponen entre él y tu codicia. Falló la revolución, y ahora te quieres consolar con el dinero. ¡Claro! Pero… puede que la revolución esté por fin madura. ¿No están brotando como hongos los anuncios evidentes de la última crisis? ¿No es toda esta fuerza aparente del capitalismo muestra inequívoca de su fracaso final? ¿No acosan sus fronteras hordas de bárbaros hambrientos? ¿No se ha mostrado desnuda y horrible, arrasada por las bombas, quemada por la sequía, inundada por el diluvio la fantasía de la aldea global? Puede que ahora sea el momento de la fe, no el del dinero.

Perico (mirando a todos lados, porque la voz que ha escuchado no tiene cuerpo).- ¿De dónde sacas tamaños desatinos? (Dirigiéndose a Migue y a Javi, con un eco de ironía que no disimula el miedo.) ¿De dónde los saca ese fantasma? No puedes hacer nada contra nosotros. Eres un espectro, una aparición, un producto de la tensión y el desconcierto. Tu reino es otro, el del miedo, el de la muerte. Pero nosotros estamos vivos. ¡Disípate! ¡Vete! ¿No fuiste tú quien sentenció que la vida no es más que un sencillo reparto de papeles? Pues ya que yo estoy vivo, déjame interpretar el mío.

(En ese instante suena un teléfono fuera de la cocina en la que están los personajes. Migue sale y vuelve de inmediato.)

Migue.- Para ti, Javi.

Javi.- ¿Es Ismael?

Migue.- Es Rebeca.

(Sale Javi apresuradamente.)

Migue.- ¿Por qué dejaste la organización?

Perico.- ¡No me hagas preguntas redundantes! Por lo mismo que tú. El sueño era imposible y estaba costando mucha sangre.

Migue.- No era un sueño. Era una abominación. Los filósofos, los sacerdotes, los conspiradores, todos a la vez, en el poder. Arrancar la utopía de su séptimo cielo causa un daño y una destrucción irreparables. La utopía debe permanecer allí. Yo pertenecía a la casta de los filósofos y de los sacerdotes. Pero tú eras un hombre de acción. No puedes haberte salido de aquella fosa por las mismas causas que yo, racionales, de decepción y resurrección. ¿Por qué lo dejaste?

Perico.- Porque no me convenía. No quería caer de cabeza al precipicio. Pacté con la dirección el abandono. Me largué con algo de dinero para montar un negocio, el garage en Argenteuil. A cambio me callaba y no denunciaba a nadie.

Migue.- Podían haberte matado.

Perico.- ¿Por qué? ¿Para qué? Mi asesinato se habría vuelto contra ellos. Necesitaban pasar por gente de orden, por un grupo desactivado, viejos camaradas de la lucha armada en tregua definitiva.

Migue.- ¿Es así?

Perico.- Pueden entrar en acción en cualquier momento. En cuanto se les acaben los recursos, o en cuanto a alguno le dé la ventolera de que la revolución está madura. Toma nota de esto, Jorge. Si no me pasas el dinero a mí, un día aparecerá alguno de ellos y te lo sacará a tiros o secuestrará a tu hija, o vaya usted a saber qué …

(Migue va a hablar cuando entra en escena, cabizbajo y abatido, Javi.)

Mujer Pálida.- Miguel. Ha llegado el momento de hablar, de soltar el lastre, de quedarse limpio.

(Perico reacciona a la voz con un impulso de euforia, esperando sin duda la revelación que ambiciona.)

Perico (en un murmullo).- ¿Dónde? ¿Dónde?

Migue (a Javi.).- Me choca que hayas arrastrado durante veinte años esa sensación de cobardía…

Javi.- Cada vez me pesa menos. He reconocido a algunos de los antiguos valientes y fieles camaradas en suculentos negocios. He tenido que admitir que el traidor, el ladrón, el tránsfuga, el ambicioso, no tiene más mérito que el honrado, el manso, el que no se mete en líos. En Australia tampoco atan a los perros con longaniza. Creo que he sido un digno cobarde.

Migue (conmovido, con cierta solemnidad).- No fuiste un cobarde. Sólo te sentiste un cobarde. Yo fui un cobarde. Y jamás me sentí así. Yo vendí a Marga. Provoqué su detención. Aunque es cierto que indirectamente. Y por una buena causa. Me había empezado a distanciar de ese grupo de descerebrado. En realidad me había ido. Marga lo sabía. También quería irse. Pero su amor propio no le dejaba. Era tan fuerte ese orgullo, que prefería arriesgar la libertad y la vida. Ella me entendía. No decía nada. Pero me entendía. Y seguía actuando. Ciegamente. Un día, me enteré por la indiscreción de un camarada que se iba a cometer un atentado monstruoso. Y decidí filtrar un indicio inconfundible a la policía. Me aseguré de que Marga no caería. Ella había salido del país para discutir algo con la dirección. Pero no encontró a nadie y regresó de improviso a Madrid. Lo supe en el aeropuerto de Orly. Yo acababa de aterrizar, llegaba precisamente de Barajas. A lo lejos vislumbré a Marga que esperaba el avión con destino en Madrid. Me puse a gritar, intenté pasar a la sala de embarque, pero había un muro de cristal impenetrable. Un muro antibalas, antiemociones, antidisuasiones, antiarrepentimientos de última hora. Desde un teléfono dejé un mensaje en su casa de Madrid: “Huye. Sálvate.” La estaban esperando. (Suspira profundamente.) Ese es el secreto entre Marga y yo, y que quizá ahora también comparta tu hijo Ismael.

Javi.- Espero que no. Sería insoportable para un joven que tiene por delante una vida llena de promesas. Prefiero que el secreto sea el escondite del dinero.

Migue.- ¡No existe ese dinero! Lo quemé.

Perico (pataleando, escupiendo).- Estúpido. Idiota. Gilipollas…..

Javi (aliviado, riendo).- Ahora sí que ha llegado la hora de irnos. Es el momento de acabar. (Saca las llaves de su coche del bolsillo y se las arroja a Perico, que las coge.) Te dejaré en Madrid, o donde mejor te convenga para que puedas rescatar ese bonito coche al que has jodido las ruedas, camarada. Ve arrancando, mientras yo me despido de mi amigo.

Perico sale lentamente. Mira las llaves y se vuelve hacia Migue y Javi que se abrazan, ignorándole.

Javi.- ¿Vendrás a Australia?

Migue.- Es posible. Cuando termine de escribir mi libro.

Javi.- ¿Por qué no lo acabas allí?

Migue.- Puede que sea una buena idea. Lo tendré en cuenta. ¿Y Rebeca?

(Javi esboza una forzada sonrisa y se encoge de hombros. En ese instante el motor del coche, que había arrancado poco antes, incrementa sus revoluciones y suena el rugido de la primera marcha puesta al máximo. Los dos hombres miran perplejos hacia la procedencia del ruido.)

Javi (dando unos pasos hacia la salida).- ¡Pero, qué hace ese tío! Me está robando el coche

Migue.- Es un hombre de acción. No piensa las cosas dos veces. Quédate con el suyo.

Javi.- Es que no es mi coche. Es de mi hermano.

Migue.- ¿El militar?

Javi.- Sí.

Migue.- ¡Qué ironía!

(De pronto se escucha un formidable estallido que conmueve el mobiliario de la cocina y sobresalta violentamente a los hombres. Al disiparse la explosión suena un teléfono. Sale Migue a toda prisa y regresa, casi sin pausa. Hace una seña a Javi que se precipita hacia fuera de escena. Al cabo de unos segundos vuelve pálido.)

Javi.- Era mi hermano. Me llama desde su oficina en Estado Mayor. Quería saber si yo seguía vivo. Una llamada anónima les ha informado que el coche llevaba una bomba lapa que debería haber estallado esta mañana, cuando él lo cogió… para prestármelo.

Mujer Pálida.- Soy la vieja melopea del tiempo. Soy el susurro de la memoria. Vago como un espíritu sin forma, compartiendo la atmósfera sin ocupar espacio. A nadie pertenezco, pero en todos estoy. El pasado, el presente y el futuro no tienen significado para mí. Todo lo abarco. El pecado y la virtud se confunden y mezclan cada vez que alguien me invoca, aunque sea por error. No admito desafíos. Soy despiadada. Soy invencible. Pero también soy jovial e inclinada a la indulgencia. Siempre he vivido sola, no tengo ascendientes ni descendientes. Soy eterna. Aspiro y suspiro al lado del tiempo como un acordeón. Soy la conciencia universal. Existo.

FIN

Madrid, marzo de 2001 (Revisado en junio de 2015)

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