Blasco, Rus y los alcaldes zombis

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Contrastes valentinos.
Contrastes valentinos.

Esta es una historia real, cierta, veraz, vivida un fin de semana en cierto pueblecito de la Vall d’Albaida, comarca interior de la provincia de Valencia. Fui testigo profesional de ella, junto con un cámara de Canal 9. Nos habían asignado cubrir una asamblea comarcal apostólica (el adjetivo es mío) del Partido Popular de Valencia. Era el tipo de informaciones que administraba y emitía RTVV en su última etapa, y que los reporteros y camarógrafos de la redacción ejecutábamos con desganada diligencia, porque nos pagaban para que hiciéramos ese tipo de cosas sin el menor interés para nadie, ni siquiera los partidarios del PP.

Los protagonistas son Alfonso Rus, presidente de la Diputación de Valencia (todavía, en el momento de escribir estas líneas), Rafael Blasco, condenado por corrupción, entonces Conseller de Solidaridad y Ciudadanía, y unos cuarenta o cincuenta alcaldes y concejales de los pueblecitos de las dos comarcas citadas.

El cámara y yo llegamos a media mañana a la plaza del pueblo. La primera impresión es que nos habíamos equivocado, y que nos habíamos metido en una celebración. Extraña celebración, porque la mayoría aplastante de quienes deambulaban y charlaban a gritos por la plaza, con indumentaria de fiesta, eran varones de mediana edad, entre los cuarenta y los cincuenta años, o quizá más. No había ni rastro de novios ni de niños. Las pocas mujeres a la vista, esposas de los varones presentes, se habían puesto el último traje que habían lucido en la comunión de su hijo pequeño, en la boda del cuñado, en el bautizo del sobrino.

La mediana edad de los agricultores es engañosa, porque cultivar la tierra bajo el sol o la lluvia castiga la piel y el cuerpo. Hay labradores de cincuenta años que parecen haber acumulado setenta.

Los de la plaza de aquel pueblecito minúsculo eran labradores en su mayoría, caras atezadas, manos rugosas, pechos amplios, demasiado anchos en relación con su reducida envergadura corporal. Las dimensiones chaparras de aquellos hombres y la musculatura de sus extremidades, acostumbradas al trabajo físico, contrastaba con los trajes que vestían, o muy ajustados o en exceso anchos.

El cámara y yo preguntamos por los detalles de la celebración, para hacernos una idea de cómo organizar mejor nuestro rutinario trabajo. Cuando llegara Alfonso Rus, nos dijeron, nos encaminaríamos a un local al otro extremo del pueblo, donde se realizaría la asamblea y la comida, una detrás de otra.

Al poco, llegó el presidente de la Dipu y del PP de la provincia de Valencia, Alfonso Rus. Se bajó de su cochazo, que conducía un chófer con aspecto de ser el único urbanita de aquella escena, y empezó a saludar a voces a los correligionarios, que le correspondían con la misma energía vocal. Todos chillaban, lanzaban risotadas, y se daban palmadas en la espalda, organizando un gran jolgorio.

En el momento álgido de la baraúnda, hubo que dar paso a un coche fúnebre. La multitud de rudos pero atildados agricultores ocupaba la plaza, la calle, las aceras, lo ocupaba todo, y parecía resistirse a la intromisión del vehículo mortuorio, que tardó en atravesar la ruidosa muchedumbre y perderse tras una suave revuelta de la calle.

Empezó a cundir entre los reunidos la impaciencia. Algunos llevaban plantados en el centro de aquel pueblo una o dos horas, encorsetados en sus trajes de fiesta, los pies atenazados en zapatos de charol. ¿Qué estaban esperando? ¿A quién estaban esperando?

A Rafael Blasco, el conseller de Solidaridad y Ciudadanía (al escribir este título, no puedo evitar una sonrisa). Le retrasaba cierta reunión urgente en Valencia.

La temperatura ascendía con la hora. El sol azotaba a los trajeados labradores, que empezaban a sudar, lanzaban bufidos y subían el tono de sus chanzas.

¡Por fin apareció Blasco! Se apeó del coche oficial y saludó con una sonrisa más bien tímida a los que le cogieron más cerca, incluido el presidente Rus.

Rafael Blasco es un tipo alto, bien parecido, que viste con elegancia. Se distinguía de la multitud de labradores como un mirlo entre gorriones. Al lado de Rus, era un gigante. Era obvio que aquellos tipos pequeños y requemados no le tenían por uno de los suyos, sino por un jefe distinguido al que había que tratar con respeto.

La comitiva se puso en marcha, calle adelante. Era una procesión dispersa, serpenteante, que se estiraba y se agrupaba. Pero sobre todo era un guirigay estrepitoso. De nuevo el contraste de lo aparente y de lo que la multitud almacenaba en su auténtico ser saltaba a la vista. El griterío y desorden era el propio de una calle donde se va a jugar de un momento a otro un partido de pelota. Pero la indumentaria de aquellas personas bulliciosas desconcertaba, no encajaba ni con el escenario, la calle de una aldea, ni con la solemnidad de un acto de partido.

¡Solemnidad! El supuesto pueblo valenciano ignora lo que es la solemnidad, o la confunde con la algarabía y los petardos. Bien he de saberlo.

En estas circunstancias se desarrollaba el trascurso de la comitiva por el pueblo.

De pronto, el cámara y yo distinguimos el coche fúnebre estacionado ante un portal. En la acera se congregaban seis o siete vecinos, a todas luces familiares del muerto, a quien todavía no habían sacado de la casa.

Cuando digo que el cámara y yo descubrimos la lúgubre escena quiero decir eso. Porque la multitud vociferante no pareció darse cuenta de nada. Sin bajar en absoluto la voz, sin hacer el menor signo de respeto, siguieron avanzando, desviando su trayectoria en torno al negro carruaje, si mirarlo, o mirándolo como se mira un obstáculo que incomoda. Yo pensé, ¿serán zombis?

A menos de cien metros de la casa del difunto se encontraba el local de la reunión, un vasto bar de pueblo donde se suelen celebrar fiestas privadas y colectivas.

Estábamos llegando el cámara y yo, cuando se súbito sonó una sarta de explosiones. Las autoridades, Rus y Blasco, estaban a punto del entrar en el local, y alguien había prendido una traca, que amenizó, de paso, el duelo de la familia que despedía al difunto.

Fueron introduciéndose los festeros, y el cámara y yo aprovechamos que tardarían en colocarse en las mesas cubiertas con manteles de papel, para hacer la consabida, inevitable, aburrida, arreglada entrevista a las autoridades.

Primero al presidente de la Dipu, Rus. Se situó en el escalón más alto del umbral de entrada y el cámara y yo en la acera, unos veinte centímetros por debajo. A pesar de todo, el peinado de Rus quedaba a la altura de mi nariz. Estuve sosteniendo el micrófono un rato con una mano, luego con la otra, porque el tipo no paraba de hablar.

Su discurso era un remiendo de lugares comunes, de barbarismos, de sandeces. Yo me preguntaba dos cosas sin prestar atención a lo que decía: ¿le quedará mucho todavía?, y ¿qué podré sacar en limpio de esta sarta de vaciedades?

Entonces levanté la vista a Blasco, que estaba a la izquierda del charlatán.

¡Sorpresa!

El tipo hizo un visaje con la cara y medio encogió los hombros. Me lanzaba un mensaje de compasión y de paciencia.

Cuando por fin acabó el locuaz Rus, le tocó el turno a Blasco. En un minuto despachó el compromiso. Tampoco dijo nada específico, pero lo suficiente como para que pudiera aprovechar de sus palabras quince segundos de estereotipo bien cortado.

En la redacción de Canal 9 viví yo y vivieron todos mis compañeros vergonzosas humillaciones como la que acabado de describir. Eso sí, no conocí a ninguno que pusiera peros a semejantes despropósitos. Como Blasco, nos limitábamos a encogernos de hombros. Casta de enchufados, han dicho algunos, sin que les falte razón.

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