EL DESAFÍO

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“Faust’s First Sight of Marguerite”, de Frank Cadogan Cowper. Art Gallery of New South Wales, Sydney

Todo empezó cuando la jefa dijo:

—Mi hermano lo que no soporta es que le llamen loco. No pierde los nervios si alguien le hace una pirula de tráfico. Pero que le llamen loco, le saca de sus casillas.

Y el encargado contestó:

—Eso es que tiene miedo a la locura.

Algunos de los peones nos miramos en busca del cebo, pero no encontramos nada. Las meriendas se desarrollaban siempre así en el cuartel general de los barrenderos. Al dar las seis, un grupo de habituales nos reuníamos en el A.M.C.E., el Almacén Municipal de Carros y Escobas, y esperábamos a que alguien tirara espontáneamente un anzuelo cebado, que el equipo de barrenderos mordía al instante. Ni la jefa, la dueña de la contrata, ni el encargado detentaban su privilegio a este respecto, es decir, no se habían apropiado de la caña; pero era corriente que el iniciador de la tertulia fuera alguno de ellos.

Aquella tarde nos habíamos juntado en el almacén todos los peones porque estaba diluviando.

Todos quiere decir del más veterano, Avelino, un hombre mayor con patillas de bandolero que solía merendar aparte con los contratados de su quinta, a la Becaria, Espe, una chica rubia que practicaba el culturismo, con un Rolex tatuado en la muñeca derecha.

Los habituales éramos los/las peones con bachillerato o con carrera. Una verdadera elite, que la jefa y el encargado apreciaban o fingían apreciar. Si era esto último, me figuro que se trataba de una táctica laboral: satisfacer la vanidad del personal sobrecualificado en un trabajo que no requería ninguna cualificación. Si realmente nos apreciaban debía ser porque todos lo pasábamos bien, y ellos engrasaban sus oxidados currículos académicos: la jefa era licenciada en ciencias de la comunicación, y el encargado, ingeniero superior agrónomo.

Sin embargo, aquella tarde lluviosa y otoñal, nadie descubrió el cebo, y el desnudo y punzante anzuelo quedó colgando en medio de aquella asamblea multiacadémica, multiétnica y multisexual, signifique esto último lo que cada lector desee entender.

En ocasiones semejantes, el recurso era la radio. Fue el patilludo Avelino quien la prendió. Y Espe, la rubita tatuada, quien la sintonizó, mientras el resto preparábamos los bocadillos y hacíamos pelotitas con el papel de plata o vertíamos el café de los termos a las tazas.

“Detrás de toda afección psicológica hay un problema moral.” Dijo una voz al quedar sintonizada una emisora.

Sólo yo volví la cabeza al aparato, colocado en el estante del azúcar, el café soluble y las bolsitas de té. Alcancé a ver la mano de Espe, retirándose de la rueda del sintonizador. Esto ya era extraordinario, porque siempre que nos habíamos encontrado en una circunstancia así, la merienda había sido amenizada por música o por el boletín de noticias de la emisora municipal.

Mas lo verdaderamente asombroso era la voz que acababa de pronunciar aquella aseveración: ¡Era la mía! A continuación dijo:

“Incluso me atrevo a afirmar que detrás de algunas patologías psiquiátricas también hay problemas morales.”

Hubo una pausa. Y enseguida:

“Todo problema moral da lugar a un problema ético en los individuos que se encuentran atrapados en él, y de él se deriva la patología. La psicología moderna se resiste a aceptar estos hechos porque quiere ser científica. Esta ceguera constituye la prosperidad de los terapeutas, el enriquecimiento de las firmas farmacéuticas y la esclavitud emocional de los supuestos enfermos.”

Pasmado, desvié la mirada del aparato de radio y la paseé por la asamblea de barrenderos y barrenderas de diferente aspecto, color, sexo, edad y cualificación académica. Ninguno parecía haber prestado atención al discurso radiofónico. Al instante comprendí por qué. Mi voz, de ecos pedantescos, fue sustituida de golpe por una melodía de Lady Gaga.

Yo acababa de padecer otra alucinación.

Hasta que inicié mis relaciones con Mariela, jamás había padecido alucinaciones. En realidad, la responsable de mi intermitente afección fue Josefina, la madre de Mariela, una mujer que se matriculaba varias veces al año en seminarios de crecimiento personal y psicología transaccional, que hacía viajes iniciáticos, y que no reprimía lo más mínimo esa tendencia a la autosugestión de algunos seres humanos a quien la vida ha golpeado con un mazo de hierro.

Para Josefina, yo era el novio de Mariela, que estaba separada y tenía una hija de tres años. En realidad, que Mariela y yo pasáramos algunos fines de semana juntos era una pamema, un fingimiento convenido para tranquilizar a su madre.

De hecho, yo había conocido a la madre antes que a la hija. Fue en el funeral de papá, que había sido representante de la firma del marido de Josefina hasta su súbita muerte. El inesperado óbito había anulado a mamá, y Josefina ocupó lo que ella consideró un trágico vacío en mi existencia.

Aquella mujer tenía experiencia de vacío y de dolor, y la proyectaba sobre todo bicho viviente que se le acercara. Su propio marido había muerto víctima de un asalto a su mansión en un área rural desprotegida, y ella, una joven despreocupada y superficial hasta el aciago día, se había tenido que encargar de los hijos, entonces pequeños, y del negocio. Había salido adelante gracias a su voluntad y a las nuevas magias: constelaciones familiares, tantra, meditaciones activas Osho, perdonar es sanar, masaje holístico, programación neurolingüística, psicoanálisis, terapia Gestalt, reiki, yoga, zen… Mientras sus hijos crecían e iban al colegio, Josefina se había iniciado en casi todo. Y gracias a su desahogada posición, había profundizado en algunos de estos conocimientos mágicos mediante viajes a remotos rincones sagrados del planeta.

Ella apareció en mi vida para ayudarme en su tránsito. Hacía tiempo que me había licenciado yo en Derecho, y había probado diferentes tipos de trabajos, desde vendedor de seguros hasta telefonista. Había fracasado en todos. Josefina intentó, primero, arrancar de mí el complejo de culpa. Según ella, se debía a mi erróneo convencimiento de que a papá le causaron tanto desasosiego mis tambaleos profesionales, que aceleraron la dolencia cardiaca que le llevó a la tumba.

Hasta el instante en que Josefina pronunció tal veredicto, yo no había sido consciente de él. Coincidió con mi contratación como barrendero municipal, un trabajo que, lejos de mermar mi amor propio (salvo ligeros asaltos de pudor las primeras semanas), me relajó y complació: me procuraba ejercicio físico, no era agotador, me permitía concentrarme en pensamientos caprichosos, tenía jefes amables, y algunos compañeros y compañeras eran, como yo, licenciados. Josefina se empeñó en ayudarme a aceptar mi destino. Yo la dejé hacer. Durante un corto espacio de tiempo pensé que acaso quería seducirme o convertirme en su amante ocasional, algo nada desdeñable. Tenía cincuenta y pocos años y conservaba mucha de la belleza juvenil. Cuando antes he escrito que “apareció en mi vida para ayudarme en su tránsito”, he sido deliberadamente ambiguo. El tránsito podía ser el suyo, el mío o el de ambos. De ahí mi desconcierto inicial, hasta que apareció Mariela.

Mariela era enfermera en varias residencias geriátricas. Trabajaba 16 horas al día. No lo hacía por gusto, sino por obligación. Estaba casada y tenía una niña de pocos años. Se había separado del marido, un pinta de lo más fino, un mujeriego tradicional, sin el menor asomo de amor propio. Después de casado con Mariela, a la que capturó conociendo la fortuna de su madre y confiando sacar partido de ella, se lió secretamente con una prostituta brasileña con la que tuvo un hijo. Como el andóbal no era precisamente un lince, no tardó en conocerse su afición al proxenetismo. Esto abatió a Mariela, pero su amor por él pareció incrementarse. Josefina no podía dar crédito a la reacción de su hija. Primero, la acosó. Luego, intentó convencerla con discursos racionales y morales. Finalmente, me utilizó a mí, que era mucho más inteligente y apuesto que el marido infiel, aunque sin la milésima parte de su desvergüenza.

Inmediatamente comprendí que, aún en el caso de que yo intentara seducir a Mariela, que era digna heredera de la belleza de la madre, fracasaría, porque a ella lo que le privaba era el descaro, la trapacería, los guiños chulescos. Ignoro por qué, ni me interesé por ello. Hay multitud de libros de autoayuda que explican el asunto. Josefina los tenía todos en su biblioteca.

Se convirtió en alcahueta de su propia hija, sin que yo, al principio, me diera cuenta. Como Mariela me cayó bien, la llevé un par de veces al cine. La tercera me preguntó si me quería acostar con ella. Lo dijo sin que yo advirtiera la menor emoción en su voz. Le di una respuesta táctica: que me parecía una mujer atractiva. Ella sonrió, no sé si con coquetería. Entonces coloreó de una torva emoción el tono y dijo que para ella ni el amor ni el sexo eran nada sin pasión, y afirmó que creía que yo no era un hombre apasionado. Di por supuesto que el marido, que había utilizado el aval de Mariela en ciertos negocios, obligándola a doblar su empleo para pagar las deudas, era, además de un caradura, un consumado conquistador, sin dejar de ser un tarugo.

Herido en mi amor propio, repuse sin pensarlo, “Eso habrá que verlo.”

Ni corta ni perezosa, dijo, “Vamos a mi casa.”

Fracasé estrepitosamente en la prueba. Mariela tenía razón. Sin embargo, su propósito al llevarme a su cama no era exclusivamente carnal. Porque hacia el final de la desastrosa faena, apareció el marido con la niña. Al descubrirme en la alcoba, ni se inmutó o fingió una glacial indiferencia. Mariela también había fracasado en su trampa.

“No te vayas. No te vayas”, me contuvo Mariela mientras me vestía. “Por favor.”

Mi sentido del deber se impuso a mi humillación. Era evidente que la desesperada mujer me necesitaba. Se marchó el chulo, acostó ella a la niña, y preparó una cena ligera.

Me contó con cierto detalle su relación con su marido. También me habló de su madre. Lo primero fue una sucesión de tópicos que me abstengo si quiera de resumir, porque más de un lector vería en ellos el plagio de un guión de telenovela caribeña. Lo segundo fue una sesión de psicoanálisis. Yo tenía unas ganas terribles de salir de la trampa, de olvidarme de Mariela y de Josefina. Me imaginaba al día siguiente barriendo las calles de la ciudad, empujando el carrito, reuniéndome con los colegas para almorzar o merendar (depende del turno), en el A.M.C.E., y conseguía soportar aquella tormenta de pasiones baratas. Por fin me despedí. En la puerta, Mariela me dio un beso de tornillo. Al salir a la calle, me sentí como si hubiera escapado de una mazmorra.

Nada más llegar a mi casa, sonó el teléfono. Mariela me proponía un trato. Fingir que éramos novios ante su madre. Pensé que si me negaba, una de las dos o ambas mujeres redoblarían su empeño en perseguirme. Acepté.

Ese fue el punto de partida de mis alucinaciones.

También tuvo que ver en ellas la jefa.

La jefa se llama Noelia. Es alta, delgada, blanca de piel, pechos de melocotón, rubia natural exagerada con tinte, ojos tailandeses, maquillada de mujer fatal y ataviada de novia de ejecutivo de pyme. Simpática. Buena persona. De una ambición calculada. Currante.

Un día me hizo la siguiente propuesta:

—Segis, me voy a independizar. Necesito un socio. ¿Te lo montas conmigo?

—Si no me das más detalles, a lo mejor entiendo lo que no es, Noelia. Soy licenciado en Bellas Artes, pero nunca fui un genio. Adáptate a mis limitaciones.

—Yo soy licenciada en Ciencias de la Comunicación, rama Periodismo. Estaba resumiéndote la información en un titular.

La noticia era esta: Noelia tenía la posibilidad de conseguir la contrata de un ayuntamiento de la periferia, que podía ser el punto de partida de más y mayores contratas. Sentí el impulso de preguntarle cómo había surgido aquella posibilidad, pero temí ponerla en un compromiso u obtener una información falsa. Una mujer como Noelia, con su físico y su determinación en abrirse camino, acaba tropezándose con una situación que ponga a prueba su integridad. Ese era el problema, la integridad. Noelia me proponía irme con ella de encargado. Era el tipo más adecuado: inteligente, digno de confianza, trabajador, sin manías, buen compañero…

—Y sin novia —concluyó con una sonrisa, con la que pretendía decir que era una broma.

Pero yo supe que no era una broma.

—¿Y qué tiene que ver una novia con este negocio?

—Las mujeres son unas lagartas, Segis… Bueno, somos. Pero en mí puedes confiar. Me conoces bien.

—No del todo.

—Bueno, siempre estamos a tiempo.

Anduve varios días dándole vueltas a la propuesta, intentando dejar al margen a mi ego inflamado por las sugerencias de Noelia.

Mis alucinaciones se multiplicaron.

Así llegamos al día en el que ha comenzado este relato.

La integridad.

—Oye, ¿por qué tu hermano no soporta que le digan loco?

—Porque conoce lo que es la locura. Y tomársela a broma le descompone.

—¿Y a ti no te parece que es una locura meterse en ese berenjenal de la contrata nueva?

—A mí, no. Yo voy a intentar abrirme un nicho en esta sociedad de triunfadores, y hasta que no lo consiga no pararé. Lo intenté en una cadena de televisión, y se me adelantó una lagarta que no me llegaba ni a la suela del zapato. Se acostó con el jefe.

—¿Estaba más buena que tú?

—Ni siquiera. Pero mi ética tiene límites. En los mass media lo que importa es la imagen y el uso que haces de ella. Aquí, lo que importa es el talento y el curre. Y yo soy una curranta, chaval, no trafico con mi sexo.

Supongo que Noelia era sincera, aunque aparentaba otra cosa. Quizá era que utilizaba la imagen como cebo, pero cuando iban a tragárselo, se retiraba de golpe y asestaba al pez gordo una puñalada en el corazón. Algo así.

Noelia tenía poco más de treinta años. Yo, poco menos. Le debía un respeto por razones de edad y de naturaleza.

Le advertí que padecía alucinaciones.

—Muy bueno, tío! Estimula a la acción.

—¿Y eso cómo es?

—Para convertirlas en realidad —dijo con sonrisa equívoca.

—Oye, que mis alucinaciones no son eróticas. Son filosóficas. La causa eficiente. El imperativo categórico y cosas así.

—Bueno. ¿Te has decidido ya o no?

– No me decidiré nunca. Así que lo mejor es que o te olvides de mí o me claves un puñal en el corazón, antes de que me dé cuenta.

—¿Y mi novio?

—¿Qué tiene que ver tu novio con esto?

—No, pensaba que me estabas haciendo una proposición.

—¡Eres tú quien me la ha hecho!

—¿Yo? Tendrá cara, el tío.

—No estamos hablando de lo mismo.

—¡Que sí! Segis. ¡Que sí!

Y me estampó un beso en la boca.

Me pregunté cómo reaccionaría su novio si la hubiera visto.

A pesar de la inflamación de mi ego, me encontraba confuso. Yo nunca había aspirado a nada, porque cuando lo había hecho, había perjudicado seriamente mi salud, como si me hubiera fumado un cartón de tabaco todo seguido. Según Josefina esta actitud mía renuente al compromiso y a la ambición había decepcionado a mi padre y lo había llevado a la tumba. Ver a su hijo empujando con un escobón las hojas de los árboles, las cacas de los perros y los papeles e inmundicias de la plebe, colocándome en una posición inferior incluso a la de los ciudadanos cochinos sin conciencia, había ido congestionando su corazón. El caso es que nunca me había dicho nada. Él nunca había aspirado a triunfador. Los triunfadores le daban miedo, huía de ellos. Al parecer tuvo alguna mala experiencia que yo no conocí. Se consideraba un tipo vulgar, buscaba ser un individuo anónimo, se limitaba a ir al cine con mi madre, a pasar fines de semana en hoteles con encanto, a recorrer la sierra en bici y a alguna actividad secreta de las que no se confiesan más por precaución que por vergüenza.

Si viviera mi padre, le consultaría. Me empeñé en ponerme en contacto con él. Me concentraba, meditaba un rato cada día. Aporreaba las puertas de la Conciencia Universal, hermética. Pero nunca logré que me abrieran. A mi lado, en el umbral, había un tráfico tremendo de alucinaciones.

Así que una tarde, en el A.M.C.E., me fui a un rincón como a recoger algo, y me quedé pensando en papá y mirando a la radio, hasta que llegó el patilludo Avelino prendió el aparato, y a continuación Espe, con su potente brazo derecho, en el que lucía su Rolex tatuado, buscó una emisora. “Papá, papá…” Me doblé por la cintura, y caí de cabeza en el interior de un contenedor recién desempaquetado y sin usar.

Debí tener un sueño. Estaba a punto de viajar a Australia. Llegaba la hora de presentarme en el aeropuerto, y yo vagabundeaba perdido por la ciudad, preocupado por los bultos del equipaje, que estorbarían mi libre movimiento por el ancho continente. Había salido de casa dejando una maleta sin cerrar, y me encontraba a la deriva en un barrio fragmentado por un seísmo, movido por un objetivo o razón que buscaba desesperadamente. Andaba o flotaba a través de un laberinto de dimensiones espacio- temporales, por lo menos una docena, agobiado por regresar a casa a tiempo. Y a la vez me entretenía en nimiedades, delante de un escaparate, en una habitación llena de lámparas, en un casino donde me jugaba mis ahorros a sabiendas de que podría desembarcar en Australia arruinado… De pronto me entró prisa y me puse a buscar un taxi en un arrabal poblado por tribus escalofriantes pero inofensivas, subí a una azotea alquitranada todavía fresca, y luego me deslicé por una carretera que subía por un terraplén surcado de cárcavas. Desesperado, entré en una estación de Metro que me sonaba de otros sueños, esa en la que siempre me perdía, y por donde los trenes surgían de túneles verticales, y los andenes se cruzaban como una tubería retorcida. Sin saber cómo llegué a casa. Me esperaba mi padre, triste por mi viaje y preocupado por mi tardanza. Hasta ese momento, la aventura lejos de inquietarme, me animaba. De pronto me sentí desfallecer. Comprendí que una vez más perdería el avión, y que debería volver a mi vida rutinaria y vulgar. Me desperté.

Me encontré tumbado en un banco de jardín colocado en el interior del A.M.C.E., rodeado de mis variopintos compañeros y compañeras. La culturista Espe fue la primera en darse cuenta de mi regreso a la conciencia sensorial. Eso es lo que pensé, que estaba percibiendo a través de los sentidos la vulgar realidad cotidiana, a un abismo de distancia de la feracísima realidad soñada. Fue un regreso decepcionante.

—La ambulancia está de camino —dijo Noelia, apareciendo a mi lado izquierdo con una sonrisa y su amplio escote a la altura de mi nariz.

Me incorporé con precaución y expliqué que no era necesario. Había tenido un vahído. Me costó convencerles de que no necesitaba ningún escáner ni ningún electro. Me puse en pie. Di algunos pasos, primero inseguros, luego firmes.

—Está bien. Avelino, llama a la mutua y que cancelen la ambulancia —dijo Noelia —. Todo el mundo a trabajar.

Me dirigí a mi carro erizado de escobones y de palas, y noté que alguien me retenía del brazo.

—Tú, no. ¿Estás loco? Quítate el uniforme, nos vamos a casa.

En el exterior, todo estaba mojado, aunque había dejado de llover. Noelia me condujo hacia un banco gemelo del que había en el interior del A.M.C.E., un armatoste de aspecto cubista que el concejal de parques y jardines había encargado a un diseñador amigo suyo, y que nadie solía usar por miedo a despeñarse en un vacío artístico, o simplemente porque no parecía un banco. Estaba seco, por encontrarse debajo de un dosel de estilo neoclásico. Nos sentamos.

—¿Es algo excepcional o te pasa de vez en cuando?

—Sólo cuando me agobian las dudas y las propuestas peligrosas —. Me pareció que iba a soltarme un reproche moral, y me anticipé —: Y no me digas que me estás dando una oportunidad, porque las oportunidades ya no las hacen ni los grandes almacenes.

Se quedó mirando al suelo húmedo. Levantó la cabeza hacia mí para contestar.

—En realidad lo hago porque confío en ti. Me pareces una persona de confianza.

—Yo creía que habías descubierto en mí otras cualidades: organización, abnegación, sumisión.

—Cuando seas mayor te volverás un resentido, porque verás a gente inferior a ti en el candelero, y te dará rabia y envidia.

—¿Por qué crees que siento igual que tú? La gente es diferente.

—Pero tú no puedes seguir así toda la vida. ¿Te imaginas con cincuenta años, como Avelino, barriendo calles?

No contesté, pero sostuve su mirada.

—¿Acaso eres un filósofo? – siguió machacándome.

—No se me había ocurrido. Mira que si lo soy y fundo una nueva escuela…

—Te acompaño a casa.

Se levantó y me tomó de la mano, igual que se hace con los niños. Me llevó hasta su coche, uno de esos vehículos diminutos con forma de huevo. Acomodado en él, le pregunté mientras arrancaba.

—Oye, ¿por qué vienes todos los días al A.M.C.E? ¿No tienes cosas más importantes que hacer? Me refiero a tu negocio.

—Mi negocio es una trivialidad. Mi chaqueta lo hace por mí. A mí me gusta la acción.

—Quieres decir que te gusta el periodismo.

—No.

Salimos del parque y empezamos a circular por la ciudad.

—No te engañes. Al menos, a mí no me engañas —dije.

—El periodismo son palabras sonoras escritas en un papel. O palabras fluorescentes emitidas en frecuencia modulada. O palabras de colorines que llueven como chuzos de punta sobre una audiencia ahíta de emociones digitales.

Nos acercábamos al centro, y las aceras se poblaban de una audiencia diligente que parecía saber dónde iba y para qué. Hasta los perros trotaban contentos.

—Eso no se te acaba de ocurrir.

—No. Forma parte de mi trabajo de fin de curso. Era una intuición. Cuando me puse a trabajar en una televisión comprobé que no me había equivocado. Podía haberme hecho un hueco, incluso haber trepado a la cúspide en aquella redacción de mediocridades. Pero no me gustó la recompensa: ponerte de moda durante un par de temporadas y luego aspirar a dirigir un departamento dedicado a hacer creer al personal que la vida es un fin de semana turístico. Tenía que pasarme por la entrepierna a unos cuantos gilipollas. Eso era malo, aunque no lo más humillante. Lo peor era dedicar lo mejor de tu talento a difundir banalidades o falsedades.

—Y decidiste dedicar tu talento al negocio de la limpieza municipal.

—Mis padres se separaron cuando yo acababa de empezar a trabajar en la tele. Mi madre se largó al extranjero con un príncipe hindú. Mi padre se quedó con la empresa de limpieza de mi madre y estuvo a punto de llevarla a la ruina, porque nunca ha trabajado, se limitó a vivir de mi madre, hasta que ella se hartó y se fue con el marajá. Yo me hice cargo.

—Y ahora tu padre vive de ti.

—Es mi padre.

—Pero tienes un hermano.

—Está como una cabra. O sea, está bajo tratamiento psiquiátrico. Por eso no soporta que le digan que está loco.

Pensé que ya había tenido suficiente, que la conversación se había acabado. Pero me sorprendí diciendo:

—Dos personas viviendo de tu trabajo. Y en lugar de salir del círculo vicioso, quieres agrandarlo con las nuevas contratas.

—Son sólo la plataforma de mi salto definitivo. No sé lo que haré, pero quiero tener una gran empresa. Quiero sentirme dueña de algo que no sea pringoso como el periodismo.

—¿Y tu padre?

—Se echará otra novia. Encontrará otra incauta. Es experto. No tengo que librarme de él.

El siguiente obstáculo era su hermano. Pero me lo salté.

—¿Y tu novio? ¿Es un hombre de acción como tú?

—Es como mi padre. Un gandul.

—Y si yo funcionara, ¿tendría alguna oportunidad de sustituir a tu novio?

-—Sólo si funcionas también en la cama.

Me pregunté si la aventura fracasada con Mariela tenía que ver con un destino escrito en mi piel por algún demonio bromista.

—No es que lo desee —dije.

—¿No te parezco atractiva?

—Me gustan más los sueños.

—¿Has soñado conmigo?

—No. Soñé que me iba a Australia. Yo solo. Era un desafío, una aventura.

—Llevas algo dentro de ti que te lo pide. Lo intuyo. Hazlo conmigo.

—¡Qué manía! ¿Sabes? Yo he vivido en Australia, cuando era niño. Mis padres vivieron allí unos años antes de que yo naciera. Dicen que era un paraíso. Pero se volvieron. Algo pasó. Yo no lo sé. No me interesa. Sólo que en cuantos menos líos me meta, mejor. Necesito poco.

—Pero tendrás alguna afición… Emplearás tu talento en algo.

—En leer y en ver series de televisión por Internet.

—Lo imaginaba.

—¿Lo ves? Algo pasivo. Leo, miro y luego sueño.

—¿Nunca has pensado en escribir?

—Es mucho más entretenido leer. Es poco probable que yo llegara a la altura de los que más me gustan.

—¿Quiénes?

—Los autores de ciencia ficción. ¡Oye! ¿Es cierto lo de tu madre y el marajá o es la novela que te gustaría escribir?

—Me gustaría llevarte a pasear por el Infierno. Seguro que no has estado allí.

Estábamos llegando a mi casa, es decir, a casa de mi madre. Había salido el sol. Estábamos en un barrio antiguo en proceso de rehabilitación.

—Es esa esquina – dije señalando un andamio.

—No. Te dejo en la puerta de tu casa.

—Es una dirección única. Tendrías que dar mucha vuelta.

—Estás deseando irte.

Había parado el coche. La miré. Tuve la impresión de que iba a besarme. Moví la palanca de la puerta y empujé. No se abrió.

—Tengo que abrirte desde fuera.

Saltó del coche y lo hizo, apartándose más de lo necesario para dejarme salir.

—No hace falta que vengas mañana a trabajar. Te llamaré para ver cómo te encuentras.

—Gracias, Noelia. Hasta luego.

—Que sueñes con los angelitos, Segis.

Me dije, cuando llame, quedaré con ella para dar ese paseo por el Infierno; a lo mejor encuentro a papá.

Mamá estaba en su sofá, absorbida por la televisión. En la pantalla pululaban tipos extravagantes que daban gritos y agitaban los brazos. Me senté a su lado. Me pregunté, si pudiera saltar al interior del programa y empezara a dar brincos, ¿me reconocería mamá?

—Anoche soñé que me iba a Australia. A papá y a ti os ponía tristes.

Se inclinó sobre mí y me dio un beso, como yo si acabara de surgir de la nada.

—¿Ibas muy cargado?

—¿Cómo? – sentí un escalofrío.

—Que si llevabas mucho equipaje. Nosotros nos llevamos media casa. La otra media la envió por barco tu abuelo, y llegó a los cuatro meses.

—¿Qué paso en Australia?

—Nada. Australia es un paraíso.

—Entonces, ¿Por qué nos volvimos? ¿Qué pasó entre vosotros?

—Creí que no te interesaba saberlo.

—A lo mejor si lo sé, cambia mi vida.

Mamá se incorporó un poco en el sillón, cogió el mando a distancia y dejó la televisión sin voz. Los energúmenos de la pantalla se convirtieron en torpes imitadores de una comedia muda.

—Tu abuelo…

Se interrumpió, quizá para ordenar en su cabeza su particular melodrama antes de confesarlo.

En ese instante sonó el teléfono. El corazón me dio un vuelco. Noelia no había podido esperar al día siguiente. ¡Por todos los futuros santos del Purgatorio! ¡Me había atrapado! Contuve el arrebato de lanzarme a coger el aparato y dejé que mamá contestara por mí. Me lo pasó sin emitir una palabra. Dije “diga” en el tono más plano que pude articular.

—Hola, Segis. ¿Me puedes hacer un favor? – Era Mariela –. Necesito que mi madre crea que esta noche pasas la noche en mi casa. ¿Puedes venir?

—¿A pasar la noche allí?

—Sí. Tómatelo como un servicio de canguro. Dejaré la niña a tu cargo, ¿vale? Porfa…

¿Tanto poder tenía el chulo sobre ella? Un escalofrío me recorrió el cuerpo: si yo pudiera actuar como un chulo, me comería el mundo. Es eso lo que necesito. Acepté sin rechistar.

—Gracias. Eres un cielo.

Me iría mejor ser un infierno. Pero, ¿qué necesidad tenía yo de que me fuera mejor? Estaba a gusto con mi vida.

Me sentí como una mosca en una tela de araña, mirado con desesperación a que apareciera la bestia patilarga. ¿Cómo demonios había llegado allí?

—Me tengo que ir, mamá.

—Estás liado con Mariela?

—No, qué va. Quiere que le haga de canguro.

—¿Y por qué no le deja la niña a su madre?

Era una pregunta retórica, sin exigencia de respuesta. Cogió el mando a distancia y dio voz a los payasos.

Me calcé los zapatos que me acababa de quitar y me puse una cazadora impermeable por si resucitaba la tormenta. Me incliné para besar a mamá, y al retirarme la emplacé.

—Me tienes que contar lo del abuelo y Australia.

—No fue nada. Fingió que iba a morirse para obligarnos a volver.

—¿Eso fue todo?

—La parte visible del iceberg. Algún día lo sabrás.

—No te olvides de las pastillas.

—¿Tan desvalida me ves?

—Era una broma…

Salí de casa contento como unas castañuelas. De pronto me di cuenta del error de percepción. No sólo los sentidos nos burlan, también las emociones. Alguna parte de mí se engañaba creyendo que iba a casa de Noelia.

En el autobús medité sobre mis imperfecciones. Me sentía incompleto. Me faltaba algo imprescindible para atravesar la existencia con seguridad. Podía ser coraje. Podía ser confianza. Podía ser ambición. Podía ser conocimiento. Podía ser una meta.

No, una meta, no. Vivía rodeado de personas con una meta impuesta porque no tenían ninguna meta. Yo, al menos, me había librado de eso. No era ni ecologista ni pacifista ni okupa ni creyente ni hincha de fútbol ni siquiera era un lector constante. Era un tipo consciente de que su satisfacción estaba en la distancia y el desapego. Una mujer con la que tuve un lío me definió como un hombre de corcho de la mejor calidad. Me dejó porque buscaba un héroe. Me recomendó que leyera “El Libro del Desasosiego”, de Fernando Pessoa. Lo intenté, pero lo dejé enseguida porque me dio la sensación de que era un desasosiego inventado, intelectual, más falso que unos zapatos italianos made in China.

Yo no era un tipo desasosegado, sino todo lo contrario. ¿Qué era, pues, lo que yo echaba en falta?

Cada vez que veía desde la ventanilla del autobús uno de esos coches huevo, buscaba en su interior a Noelia. ¿Me faltaba Noelia? Pero, ¿y si después de acostarme con ella me encontraba con el hastío? ¿Y si no me acostaba con ella, si no me ponía a prueba?

Hacía meses que no yacía con mujer, y la proximidad de Noelia aquella tarde había disparado mi libido insatisfecha. Eso era todo. Podía intentar seducir a Mariela aquella noche, convencerla de que conmigo iba a encontrar más dicha carnal que con el chulo o con quien fuera su pareja. Pero la primera y única experiencia había sido disuasoria, sobre todo para ella. Podía llamar a una chica de alquiler de las que se anuncian en el periódico, para desahogarme. Podía provocar que Josefina viniera a casa, porque era evidente que iba a llamar, y llegar con ella al límite más cercano al consuelo erótico que nos separaba a ambos. Podía…

Casi me paso de parada. Eché a andar despacio, aspirando aire y reteniéndolo un ratito. En el ascensor de la casa de Mariela me sentí calmado casi por completo. Al plantarme ante su puerta yo era un bloque de hielo. Me abrió y saltó sobre mí.

—La acabo de acostar. Anda, ve a leerle un cuento.

Vestía un abrigo ligero y blandía un paraguas de señora. Me dio un besito y se metió en el ascensor. En la acera había un coche ocupado por un hombre, pero, enfrascado en mi caos interior, no le había prestado atención. No sabía si era el chulo de siempre u otro chulo.

Escuché la voz de Mariela y vi sus gestos, mientras su cuerpo era arrastrado hacia abajo por el ascensor de puerta acristalada.

—Si llama mi madre, dile que estoy durmiendo.

Lo debieron de oír también muchos vecinos.

Advertí en la niña una mirada de desconfianza que se disipó al verme. Le leí el Pulgarcito de los hermanos Grimm, y se durmió cuando el diminuto infante guía el caballo de su padre dándole instrucciones en la oreja, sorprendiendo a unos hombres que no le ven, aunque le oyen. Me quedé en la habitación atrapado por el cuento, que sólo conocía en la versión cruel de Perrault. Las aventuras de aquel indefenso niño en miniatura, que recorre el mundo empleando la astucia, engañando a titiriteros y a consumados ladrones, siendo devorado por una vaca y por un lobo, al que también estafa, me devolvió el equilibrio. ¡Yo era Pulgarcito! Podía vivir las más absurdas peripecias, sólo leyéndolas. La lectura era la mayor aventura.

Esto me sonó a eslogan. Cerré el libro, apagué la luz del cuarto y fui a la cocina. Mariela me había dejado una cena suculenta. Era tan buena cocinera como su madre. Fue pensar esto, y Josefina apareció, por vía telefónica. A lo mejor, si me concentraba en Noelia, me llamaba al móvil. Lo saqué del bolsillo mientras hablaba con Josefina, pero no tenía llamadas.

Sospecho que Josefina no me creyó cuando le dije que su hija estaba durmiendo, pero, por la razón que fuera, no indagó ni me hizo ningún reproche. Hacía tiempo que no nos veíamos y me preguntó por mi existencia y mis expectativas. Intenté convencerla, una vez más, de que yo carecía de expectativas, que mi única ilusión era tropezarme con tipos curiosos en las calles, y dedicar mi tiempo libre a la lectura y a visitar museos y galerías de arte.

A Josefina siempre le había extrañado que me hubiera licenciado en Bellas Artes y que jamás hubiese practicado ninguna de las disciplinas supuestamente aprendidas. Le dije que, al contrario de los postmodernos, no creía que las artes fueran uno de los modos de la racionalidad superior, que la razón poética me parecía una impostura, y que al lado de los grandes creadores me sentía un gusano indigno de competir.

—Sí. Ya sé que no te gusta la competencia. A tu padre tampoco le gustaba.

—Oye. ¿Tú sabes si mi padre tuvo algún lío?

—Conmigo, no —fue su provocadora respuesta.

La ignoré.

—¿Y por qué volvieron de Australia, quiero decir, por qué volvimos?

—Por la perversidad y la frustración de tu abuelo.

—Concreta, por favor. Conocí poco a mi abuelo.

—Tu abuelo fue de los que ganaron la guerra. Pero perdió en su juventud los privilegios de los vencedores, porque le pusieron una trampa en la que cayó como un idiota, posiblemente porque lo fuera. Y se propuso que su hija los recuperara. Pero entonces apareció tu padre, que no era ni ambicioso ni competitivo, sedujo a tu madre y, para apartarse de la envenenada influencia del frustrado, se la llevó a Australia. El abuelo pensó que si la hacía volver conseguiría separarla de aquel hombre conformista, y se fingió afectado por un cáncer terminal. Al descubrirse el engaño, tu madre le plantó y nunca volvió a verle. Luego pensaron que ya era tarde para volver a Australia, y se establecieron aquí.

—Josefina… Todavía otra pregunta. Es sobre el otro abuelo. Yo no soy competitivo porque mi padre no lo era y le fue bien. ¿Le ocurrió igual a él?

—Tu abuelo paterno y el padre de mi marido fundaron una industria. Pero hacer que prosperara exigía decisiones dolorosas…

—¿Despedir a gente, explotar a gente, cosas así?

—Más o menos. Pero también engañar, corromper, ser astuto e inmoral. Y tu padre, quiero decir, tu abuelo era un hombre íntegro. Se hizo funcionario. Fue incorruptible.

—Entonces, nunca te acostaste con mi padre, ni siquiera después de la muerte de tu marido… ¿Te acostarías conmigo?

Esto último no llegué a decirlo. Simplemente se formuló automáticamente en mi conciencia. De golpe, volví al estado de tortuosa calentura del autobús.

Coloqué en una bandeja las vituallas preparadas por Mariela, y me situé frente al televisor. En la pantalla se sucedían los anuncios, los puñetazos, los chistes ingeniosamente tontos, los debates chabacanos y las filípicas políticas. En mis manos blandía el tenedor y el mando a distancia alternativamente. Al terminar la cena, aparté la bandeja, cogí una lata de cerveza y lamenté una vez más que Mariela no estuviera conectada a un servicio de Internet. En lugar de ver una de mis series favoritas, me arrellané ante una película de catástrofes inminentes que acababan sucediendo y arrasando el planeta. Cuando yo era niño y también cuando era joven, las catástrofes jamás llegaban a realizarse. Ahora, los distintos apocalipsis sólo se suspendían por el torrente de anuncios.

En uno de ellos me sobrevino la alucinación. A un clip de automóviles no le sucedió otro de perfumes, sino lo que parecía serlo: una mujer en traje de noche, de espaldas, en un paisaje interestelar con suelo de mármol. El plano se cerró en la insinuante espalda de la chica, ella se volvió, y resultó ser Noelia con una sonrisa seductora. Este fue su discurso publicitario:

—Todas esas pamplinas morales que se dirigen al individuo para hacer su felicidad, ¿qué son sino compromisos con el peligro que amenaza a la persona dentro de sí misma, recetas contra sus pasiones, contra sus buenas y malas inclinaciones cuando tienden a dominar y a mandar como amos; astucias y grandes ardides que huelen a remedios caseros? Todo esto, intelectualmente, no vale gran cosa, y está muy lejos de ser ciencia y menos aún sabiduría. Es astucia, astucia y astucia, mezclada con tontería, tontería y tontería.

Borró la sonrisa, me miró con desafío, hizo un hábil movimiento con el hombro y provocó la emergencia de uno de sus senos de melocotón sin madurar. Se cogió el pezón con una mano, apretó, y un chorro de leche atravesó la pantalla y me salpicó en la cara.

—¿Te has enterado, chaval?

Parpadeando, pude ver que sonreía de nuevo. Era lo único que se movía en mí, los párpados, para evitar que la leche entrara en mis ojos.

—Anda, ve al baño a limpiarte la cara.

La obedecí sin rechistar. Mientras me lavaba identifiqué el discurso, era de Nietzsche. Había estado leyendo hacía poco “Más allá del Bien y del Mal”. Nietzsche era un filósofo de efecto retardado.

De pronto se me ocurrió que si la leche de Noelia, o lo que fuera, había traspasado la pantalla, quizá yo podría hacer lo contrario, introducirme en aquel paisaje interestelar y copular con Noelia como un animal en celo. ¿Me atrevería a hacerlo?

Al volver al cuarto de estar, en el televisor se sucedían los anuncios. ¿Acaso lo había soñado? ¿Me había quedado dormido? Pero, ¿y el líquido en la cara? ¿Y el cuarto de baño?

En los sueños, las cuatro dimensiones se disuelven. Se encuentra uno con infinitas posibilidades, todas las que sea capaz de producir su imaginación. Ahora bien, si en la realidad soñada hay muchas dimensiones, eso significa exactamente que hay más de cuatro dimensiones, aunque en la vigilia sólo funcionen la anchura, la altura, la longitud y el tiempo. El mundo de la vigilia está sometido a cuatro dimensiones fijas. Sólo él. ¿Podríamos soñar toda la vida? ¿Es posible una vida soñada?

Si fuera así, me libraría de todos los acosos morales que sufría, los propios y los ajenos, acerca de mi falta de ambición, de mi conformarme con la mediocridad, de mi repugnancia por el compromiso. Podría enviar a Nietzsche y a los postmodernos al infierno.

¡El infierno! ¡Noelia me había propuesto un paseo por él!

En ese instante mi teléfono móvil avisó que había recibido.

“Hola, campeón. Te he llamado a casa y me ha dicho tu madre que te habías ido a dormir con una amiga. Me parece un excelente síntoma de recuperación. De todas formas, tómatelo con calma (lo de la recuperación, no lo de tu amiga), y no vengas a trabajar mañana. Te llamaré. Un beso.”

Miré la hora de recepción de la llamada. Hacía un minuto. Quizá hubiera estado soñando con ella mientras me llamaba. Por muy vívido que hubiera sido el sueño, ni el chorro de leche ni la visita al baño podían haber sido reales, al menos de la realidad en vigilia.

Empecé a bostezar. Me sentí muy cansado. ¿Dónde iba a dormir? La casa de Mariela no tenía cuarto de invitados. Me tumbaría en el sofá del salón, en el que cabía justito, como en un ataúd. Fui a la alcoba en busca de una manta, y al entrar me encontré con un pijama de hombre sobre la cama, y la colcha abierta como en algunos hoteles. Mariela parecía invitarme a dormir en su cama. ¿Tenía el propósito de volver antes de que la niña se despertara por la mañana? ¿Qué haría si entraba en su casa de madrugada, meterse en su cama conmigo?

Cogí una manta del armario y me fui al salón. Me envolví sobre el sofá y me quedé dormido de inmediato. No recuerdo haber soñado. Me despertó Mariela, recién duchada, metida en un albornoz. Eran las siete y cuarto.

Parte del trayecto de vuelta a mi propia casa, es decir, a casa de mi madre, lo hice andando. Las calles se iban llenando de transeúntes que probablemente irían a trabajar. Me parecían seres extraños, alienígenas, representaciones de ellos mismos. Recordé un cuento de Robert Heinlein, “Ellos”, donde el protagonista está convencido de que han organizado en torno a él un mundo de apariencias, y lo razona con lógica aplastante: las personas semejantes, de las que se suponía que él era uno más “iban a trabajar para ganar dinero con que comprar la comida con que adquirir energía con que ir a trabajar para ganar el dinero con que comprar la comida con que tener fuerzas para ir a trabajar para ganar el dinero con que comprar la comida… hasta que se caían muertos. Cualquier pequeña variación de la conducta básica no importaba, pues siempre se caían muertos. Y todo el mundo trataba de decirme que yo debía hacer lo mismo. ¡A mí no me engañaban!”

Me sentí igual que aquel tipo que estaba encerrado en un psiquiátrico. Pero a mí me habían dejado circular, quizá porque yo les había engañado antes y me hacía pasar por uno de “ellos”. Sin embargo para ser así, tenía que estar implicado en el plan del engaño, de modo que tenía que ser consciente de él; y no estaba nada seguro.

Al entrar en el portal de mi casa (y de mi madre) me olvidé por completo de este rompecabezas. Volví a pensar en Noelia. ¿Me habría llamado? En el móvil no había constancia de ello.

Mamá estaba desayunando. Me preguntó si me lo había pasado bien. Le dije que igual que ella, durmiendo.

—Si hoy no vas a trabajar, me podrías hacer un favor.

—¿Y tú como sabes que no voy a trabajar?

—Me lo dijo ayer tu jefa.

—A la que contaste que me había ido a dormir con una amiga.

—Me pareció más convincente que decirle que te habías ido de canguro. Estaba en juego tu prestigio varonil.

—Mamá, ¿de qué generación eres, la del sesenta y ocho o la de la guerra?

—¿Qué guerra?… Dejémoslo. ¿Has desayunado?

Le dije que no y me preparó un té y unos huevos revueltos con tostadas, algo que aprendió a hacer en Londres, en su juventud, donde estuvo trabajando de au pair. Mamá vio a Bob Dylan cantar en la isla de Wight.

Le pregunté qué tipo de favor esperaba de mí. Uno burocrático. El recibo del IBI todavía estaba a nombre de papá y había que cambiar la titularidad. Tenía que ir a no sé qué oficina con las escrituras, el certificado de defunción, carnets de identidad, fotocopias, etc.

Acepté hacerlo.

No se trataba de una oficina siniestra ni de una cueva de dinosaurios. Era un lugar luminoso, con muebles de diseño más que funcional, ordenadores de pantalla plana, y espacios de trabajo ocupados por jóvenes de franca sonrisa e indumentaria informal, casi todas mujeres.

No me atendieron con displicencia, sino con simpatía. E incluso con interés y cierta eficacia: sólo me hicieron recorrer tres departamentos, donde el panorama era similar, grandes ventanales, mobiliario estiloso y buen rollito. Me dejé llevar, como si fuera una carpeta llena de papeles, de un lado a otro. Intenté poner la mente en blanco y al conseguirlo, me encontré mirando el culito y el busto de aquellas jóvenes y hermosas funcionarias, y formulando, más o menos, el siguiente pensamiento:

“Trabajar para comer y comer para trabajar. Sonreír. Ser amable. Paz interior. Torrentes de luz. Jefes comprensivos. Y por debajo de todas vosotras, la lucha encarnizada de los lobos, repartiéndose la carne y las entrañas de la presa, que somos todos nosotros, los ciudadanos inertes, vosotras, que os dejáis comer el tarrito a cambio de un sueldo suficiente para satisfacer vuestras necesidades biológicas y vuestros instintos carnales. Lo único que me interesa de vosotras es vuestra carne, todavía no ajada ni por la edad ni por el hastío. Saltaría ahora mismo el mostrador y empezaría a interpretar cantos libidinosos, a descubrirme, a descubriros, a olvidar las obligaciones, los compromisos, la responsabilidad, a comportarnos como sátiros y ninfas juguetones, a subir y bajar por las escaleras del edificio, tirando del cinturón de los/las guardias de seguridad para que se les cayeran los pantalones y los pistolones al suelo. A asomarnos a las ventanas, desnudos como héroes paganos, y provocar a los transeúntes, a los taxistas, a los conductores de autobús, a los ciclistas, a las amas de casa, a los dependientes de boutique, a los jubilados, a los estudiantes (mayores de edad) y a los parados. Nos moveríamos todos a sones dionisíacos. Y acabaríamos con este mundo real de hierro y hormigón…”

Podría haber seguido toda la mañana en esta melopea infinita, libre de los cuatro horizontes espacio-temporales.

Pero sonó el móvil.

—¿Cómo estás donjuán? ¿Cómo has pasado la noche?

De pronto la vi al otro lado del mostrador, con su traje de noche, moviendo el hombro y descubriendo su seno de melocotón en agraz.

—Bien. Bien…

—¿Te pasa algo? ¿Dónde estás, Segis?

—En el Infierno. Te acuerdas de la invitación que me hiciste ayer: pasear por el Infierno. Como no te encontraba, me he aventurado solo. Estoy buscando a papá.

—Dime dónde estás, Segis. Te recojo en seguida.

Quedé con Noelia delante de una tienda de bisutería que había frente a las oficinas. Se diría que había emergido de ella, por el cargamento de pendientes, collares y anillos que llevaba encima. Se bajó apresuradamente de su coche huevo, estacionado frente a la bisutería, a pesar de que era un carril bus. Vestía un jersey ajustado que pronunciaba su busto, imagino que a su vez sujeto por una armadura sugeridora, y unos pantalones de raso algo menos ajustados que marcaban mal sus nalgas, porque las tenía caídas y desinfladas. En el traje de noche no era así.

Me llamó la atención la discrepancia, pero no me dejé decepcionar. Se dio cuenta de que la estudiaba a fondo. Se quitó las gafas en un movimiento reflejo de coquetería; no le había dado tiempo a ponerse las lentillas.

Estaba maquillada como si fuera a salir en un escenario, en especial su boca, exageradamente grande sobre su mentón, de proporciones casi equinas. Yo sabía todo eso. Lo había observado en ella el primer día. Me causó una impresión de artificiosidad que contrastaba con una corriente de afecto natural y espontánea, saliendo del mismo cuerpo, escondido bajo un atuendo y unos afeites llamativos. Noelia se exhibía y al mismo tiempo se ocultaba. Lo verdadero en ella se encontraba protegido en su interior, y se manifestaba en el trato. Bajo su apariencia de devoradora de hombres se trasparentaba una mujer vulnerable.

—¿Qué estás buscando? —dijo con un rictus de inseguridad.

—Un cambio de titularidad en el Impuesto de Bienes Inmuebles. Lo siguen enviando a nombre de mi padre.

—Me parecía que estabas sufriendo… una alucinación.

—¡Oh! Eso fue anoche.

—¿Con tu amante?

—No tengo ninguna amante. Es la hija de una amiga de papá, que necesitaba un canguro para salir con su marido, bueno, su ex marido, no viven juntos, ¿vale? Están separados pero no divorciados y tienen una hija en común. Bueno. Está loca por él, que es un golfo. El tiene un hijo con una prostituta colombiana. Igual que en las teleseries. Yo no puedo tener una amante de teleserie. Te lo juro. Pero tuve una alucinación.

—¿Volviste a escuchar voces?

—Sí.

—¿Qué te decían?

Noelia parecía asustada, casi temblaba. Me contagió, y me entró un frío súbito.

—Me incitaban a abandonarme a mis pasiones. Era Nietzsche.

—¿La voz de Nietzsche?

Tuve que contenerme para ocultar la verdad. Se me ocurrió una divagación.

—Era Mefistófeles. En la Art Gallery of New South Wales de Sydney hay un cuadro de Frank Cadogan Cowper, La primera vez que Fausto ve a Margarita, que representa a Mefistófeles y al rejuvenecido Fausto acechando a Margarita ante la portada de una iglesia gótica…

No me dejó seguir mi clase de historia del arte.

—No te creo. No era Mefistófeles. Era otra persona. Ven, vamos a dar ese paseo por el Infierno. ¿Me acompañas? Necesito hacerlo, pero no puedo ir yo sola.

Una motocicleta de la policía municipal se paró detrás del coche huevo de Noelia. Ella, que casi temblaba, encogida y con la expresión desencajada, se tensó, fabricó una sonrisa y explicó al agente que había vendió a recogerme porque me había puesto enfermo.

Montamos en el coche huevo y salimos zumbando hacia las afueras. Cogimos la autopista de la sierra y, antes de llegar al peaje del túnel, nos desviamos hacia la llanura que precede a las montañas. El horizonte estaba marcado por urbanizaciones, bosques y dehesas. Y varias filas de inmensas torres metálicas entre las que colgaban cables de alta tensión.

Avanzábamos en silencio. En mi mente se repetía como un mantra la conclusión del razonamiento suspicaz del personaje de Heinlein: “Cualquier pequeña variación de la conducta básica no importaba, pues siempre se caían muertos”. Me empecé a deprimir a la velocidad uniforme a la que circulaba el vehículo. A un lado y a otro de la carretera, las torres de alta tensión se sucedían en paralelo, se cruzaban y se separaban como una red que impidiera que el paisaje saliera volando.

—Hoy es mi cumpleaños, ¿sabes? – dijo por fin Noelia, con un eco de angustia.

Una desazón súbita me recorrió el pulso. Por duro que sea el paso del tiempo, no es natural que se celebre un cumpleaños como un golpe de desdicha.

Todos los comentarios que se me ocurrían eran inoportunos. No abrí la boca.

El coche perdió velocidad, Noelia lo desvió hacia la cuneta, cerca de una torre metálica con brazos de gigante, se adentró por un camino y desconectó el motor.

Se bajó y yo la seguí con una sensación ominosa. Señaló un lugar imposible de determinar, porque el paisaje estaba lleno de torres y de manchas boscosas.

—Debió ser por ahí. Nunca lo he sabido con precisión. Vinieron sin mí. Pero me enteré de todo, aunque hicieron lo posible por ocultármelo. Vi y escuché a mi abuela hablar por teléfono con él, y su cara y su voz revelaban una tragedia.

Me dio la espalda y se puso a llorar. Entonces me di cuenta de que me había llevado a su infierno particular, no al Infierno de todos los comunes. Estirado como un palo, sin mover un músculo, fue lo único que se me ocurrió pensar.

—Mi hermano mayor se mató el día de mi cumpleaños – susurró entre sollozos.

Deslicé mi mano derecha por su espalda sin muchas esperanzas de reconfortarla. Pero me contuve de abrazarla, aunque eso es lo que quería y debía haber hecho. Tenía que decir algo que no fuera una fórmula vacía de pésame o de consuelo.

—¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete.

—¿Y tu hermano?

—Veinte.

Yo seguía tieso como un cactus en una maceta al lado de un geranio salvaje.

Sacó un paquete de pañuelos de papel y se limpió las lágrimas. El maquillaje se convirtió en una masa informa de churretes. Su rostro parecía el de un payaso fracasado. Por un instante sentí miedo, como si aquella máscara se fuera a descomponer, se convirtiera en la Gorgona Medusa y su mirada me petrificara.

-—Qué le indujo a hacerlo?

Me pareció mejor que “Por qué lo hizo”, pero no consiguió quitar de la pregunta la curiosidad morbosa.

—No lo sabemos.

Echó a andar por aquel campo abandonado a los cultivos espontáneos. La seguí a unos pasos.

—Todo estaba bien. Era uno de los mejores estudiantes de su curso de Biología. Tenía una medio novia. Se divertía como los demás, iba a fiestas, era un tipo entretenido, chistoso, había estado de Erasmus en la universidad de Rotterdam…

Se paró y la alcancé. Pensé que podía cogerle de la mano. No lo hice.

—De pronto, el día antes de su cumpleaños, que debería ser mañana, se subió a una torre de alta tensión, una de estas. Llamó a mi abuela y le dijo que quería despedirse de ella, que no podía cumplir un año más en este mundo, que vivir era absurdo. ¡No estaba deprimido! ¿Te das cuenta? No era depresión, era convicción. Estaba seguro de que la vida no merecía la pena. ¿Por qué? Es una conclusión que normalmente no dura más que un rato, después de un disgusto. ¿Qué había dentro de su mente? ¿Cómo llegó a acumularse tanta indiferencia?

Las palabras del personaje de Heinlein hablaron en mi cabeza: “iban a trabajar para ganar dinero con que comprar la comida con que adquirir energía con que ir a trabajar para ganar el dinero con que comprar la comida con que tener fuerzas para ir a trabajar para ganar el dinero con que comprar la comida…”

—Mi abuela intentó convencerle. Yo vi la desesperación en su cara. Emitía una angustia perceptible, que me envolvió y me penetró. Al día siguiente íbamos a celebrar los dos cumpleaños, el suyo y el mío. De pronto pensé, “¡Oh! No arruines la fiesta, Quique, no arruines los cumpleaños”. Entonces mi abuela intentó averiguar dónde estaba. El se lo explicó y cortó la llamada. Mi abuela telefoneó a mi madre. El peligro era tan inminente, que le dio igual revelármelo a mí también: “Se quiere suicidar. Está subido a una torre de alta tensión en …” “¡Vamos!”, dije yo. “¿Cómo? No tenemos coche.” “¡En taxi!” “¡No!” Pero yo salí corriendo. Tan nerviosa, que me caí por las escaleras y me torcí un tobillo.

Noelia tomó aliento.

—Le encontraron gracias al móvil. Al llegar aquí se pusieron a telefonearle. Al cabo del rato escucharon la sintonía de su móvil. Cerca, estaba él.

“… hasta que se caían muertos. Cualquier pequeña variación de la conducta básica no importaba, pues siempre se caían muertos. Y todo el mundo trataba de decirme que yo debía hacer lo mismo. ¡A mí no me engañaban!”

Había un mojón o una piedra pintada cerca de una torre. Nos sentamos. Se puso a llover con suavidad. Nos levantamos y regresamos al coche huevo. Noelia se miró en el espejo retrovisor.

—Estoy hecha un adefesio.

—La Gorgona Medusa. A quien miraba lo convertía en piedra.

—¿Tan mala soy? —dijo sonriendo.

Se limpió el rostro por completo. Tenía una piel áspera, quizá por eso la cubría, y muy blanca. Sin maquillaje y con las gafas, su expresión era de chica sabihonda y repipi.

—Las gorgonas vivían muy cerca del Infierno… como casi todo el mundo. Esta vida es absurda. Tiene que haber otras —aventuré.

—¿Te refieres a la muerte?

—No exactamente. La muerte es casi seguro un final. Aunque uno vuelva a reencarnarse. Como no lo sabemos, morirse es igual que acabar. Me refiero a otros universos.

—Los universos paralelos de las novelas de ciencia ficción…

—No, no. Eso es una bobada inspirada en observaciones físicas erróneas. Una bobada muy útil para la literatura y las series de televisión. Yo me refiero al sueño, a un lugar donde hay muchas dimensiones. Donde uno nunca muere. ¿Conoces a alguien que haya soñado su propia muerte? No, uno siempre se despierta.

—La vida en el sueño.

—Sí. Dormirse y no despertar nunca. Quedarse allí. Sin conciencia del tiempo, sin conciencia del espacio. De los nuestros, quiero decir. Cuando sueñas, te desplazas instantáneamente no de un lugar a otro, porque no hay lugares fijos, sino de un escenario, de una dimensión, a otra. Miras por una ventana y ves un interior que es a la vez exterior. Puedes estar dentro y fuera de la ventana a la vez… A eso me refiero.

—La vida en el sueño… ¿El coma?

—No lo sé. Temo que no, que el coma es peor que una pesadilla.

Arrancó, salimos a la carretera y emprendimos un camino ascendente. Al llegar a una curva que daba a un barranco, aparcó en la plataforma. Salió del huevo y se quedó mirando al vacío. Me acerqué a la orilla. La caída era de cincuenta o sesenta metros, sobre un torrente de pedruscos graníticos.

—Podemos subir a lo más alto del puerto. Y luego bajar a toda velocidad. Si no nos despeñamos, volvemos a intentarlo.

—¿Hasta perder el control del coche? ¿Hasta despeñarnos?

—No un suicidio. Un desafío.

En ese instante se proyecto en mi cabeza la imagen de Josefina haciéndome gestos de alarma. ¿O no eran de alarma, sino de estímulo, para que aceptara el disparate de Noelia?

¿Estaba obligado a disolver mi prudencia en un acto insensato? ¿Era la única decisión que me sacaría de mi indolencia? ¿Era yo en realidad un tipo indolente, un hijo de la generación mimada, albergada y mantenida sin exigencias a cambio? ¿Existe esa generación? ¿Nos encontrábamos Noelia y yo situados en dos extremos opuestos?

Todas estas preguntas deben ser retóricas, porque no se formularon de este modo en mi conciencia. Sin embargo, pasaron por ella como fotones monitorizados en un acelerador de partículas.

La siguiente sensación fue que tenía que hacer una insensatez, aunque no la de subirme al huevo de Noelia y desafiar a la suerte. Porque si la evitábamos, si el coche no derrapaba, la vida habría sido del todo imposible.

Colocarme en un sueño. Saltar a otra dimensión y encontrarme con Noelia o con Josefina.

—¿Nos hacemos un porrito? —pregunté.

—¡Pero si tú no fumas!

—No, era por si llevabas costo.

—Mala suerte. ¡Vamos a casa!

Y de un brinco se metió en el huevo.

¡Que pase algo! ¡Necesito que pase algo!, me dije con desesperación.

—¿Qué podemos hacer ahora? —preguntó Noelia, escrutando la carretera antes de sacar el huevo del arcén.

Me quedé mirando su nuca, perplejo por el sentido de su pregunta, si es que había alguno, si no había sido un comentario retórico.

Retórica y desafío. Desafío retórico.

No era Noelia persona inclinada al pesimismo, de esas que se asoman al apocalipsis cuando se aburren. Solía comprometerse en serio. Pero en aquel momento me habría venido muy bien uno de esos comentarios-escudo: esto es una mierda, no aguantaremos mucho así, no podemos hacer nada contra los monopolios, los neocons nos llevan a la catástrofe, la izquierda se ha quedado sin argumentos, la extrema derecha nos domina, los medios están manipulados, la gente está anestesiada, esto está a punto de estallar, total, para qué…

Estereotipos para protegernos. ¿De qué? ¿De nosotros mismos?

“… hasta que se caían muertos. Cualquier pequeña variación de la conducta básica no importaba, pues siempre se caían muertos.”

Somos seres a la deriva, hojas arrastradas por un torrente, zarandeadas por una tempestad. Es el fondo real de todos esos lugares comunes del lenguaje. Podemos intentarlo con perseverancia, pero el destino se impone a nosotros. Sólo si se nos atraviesa el azar podemos comprobar de lo que somos capaces. Fabricarnos desafíos es una pérdida de tiempo o una temeridad.

Me habría gustado decir todo esto en voz alta, pero temía que Noelia lo interpretara como retórica sentimental. O como un desafío a su propio sentimentalismo.

Alargué la mano hacia la radio y la puse en funcionamiento. Salió una música orquestal de violines, sincopada y ondulante, dos efectos poco compatibles, pero frecuentes en las composiciones decimonónicas. Resonó en el interior de mi caja torácica, produciéndome un cosquilleo en el pecho. Tuve la sensación de que me había quedado vacío físicamente, que mi cuerpo fuera una armadura de músculos acartonados.

Me deslicé aliviado hacia la dimensión de las alucinaciones.

Caminaba junto a Noelia por una dehesa sembrada de torres de alta tensión sonrientes. Ella me contaba la tragedia de su hermano y yo la abrazaba y enjugaba sus lágrimas con mi lengua, como si lamiera una mejilla de caramelo.

Luego nos sentábamos al borde del abismo, ella sacaba papel de fumar, yo, una chinita de hachís. Compartíamos el humo y nos fundíamos en un abrazo espeso como dos troncos de melaza de diferentes colores, formando una columna salomónica sobre la que el cielo se sostenía firme y estable.

Al cabo de un tiempo, yo le preguntaba: “Cuando nos encontremos en otra vida, ¿te querrás casar conmigo?” Y ella me devoraba como una niña se zampa un pastelito apetitoso.

Se hizo la oscuridad, sin duda la de su estómago, donde yo me encontraba como un ingenuo Pulgarcito. Me envolvió un eco solemne que cantaba en hexámeros griegos:

“El generoso Herakles limpió la tierra de monstruos y se convirtió en benefactor de la aterrorizada Humanidad. Gracias a su fuerza descomunal civilizó el mundo de los hombres, pero también fue famoso por sus acciones desenfrenadas y por los excesos de toda índole.”

Cuando se hizo la luz, me encontré en pie al borde de una acera, mirando al coche huevo conducido por Noelia, que se perdía en la distancia. Recordaba su despedida:

—¡Hasta mañana! Y casi mejor olvida que hoy hemos estado juntos, ¿no?

Eché a andar sin pensar a dónde me encaminaba. A los pocos pasos, un perro suelto cruzó la calle de golpe y derribó a un motorista; ambos animales quedaron inertes sobre el asfalto. Una manzana después, me adelantó un tipo corriendo como una liebre, y a los pocos segundos, una mujer, que iba tras él reclamándole su bolso desaforadamente. Desaparecieron tras una esquina, y al doblarla yo me encontré con ambos en el suelo. Habían tropezado en una valla colocada por una brigada municipal que realizaba obras en la acera. No tuve que intervenir, un guardia urbano presente en el lugar agarró al ladrón y permitió que la mujer le diera una patada en la espinilla. En ese momento oí un golpe sordo y metálico: un coche acababa de embestir a otro que se había detenido para observar el incidente. Seguí impertérrito mi camino sin rumbo, y todavía pasé delante de un incendio y de algo que pudo ser un atraco a un banco o a una joyería, con disparos de pistola incluidos.

De pronto me encontré ante un portal conocido. No era mi casa (la de mi madre), sino la de Mariela. Supuse que el destino me había conducido hasta allí por alguna razón, y me dispuse a averiguarla.

Mientras subía en el ascensor, uno tipo jaula, vi a Josefina, vestida con elegancia y maquillada, bajar por las escaleras. La llamé. Entonces me di cuenta de lo caliente que estaba. Como un horno. Desnudé con la imaginación a Josefina, aunque yo sabía que me estaba engañando conscientemente, porque a quien deseaba era a Noelia, a quien había perdido para siempre. ¿Qué cara iba yo a poner ante ella al día siguiente en el Almacén Municipal de Carros y Escobas?

Josefina me cogió del brazo en la escalera y tiró de mí hacia el portal. De sus bellos ojos salían chispas de ira. Acercó su boca a mi oreja y susurró con voz de sibila,

—¡Me habéis estado engañando! ¡Entre Mariela y tú no hay nada!

Y me empujó escaleras abajo.

Yo estaba tan aterrorizado como si me llevaran detenido por un crimen aberrante que no había cometido.

—¡No soy ningún don Juan! ¡Y tampoco ningún héroe!

Protesté ya en la calle. Íbamos acelerados como atletas, pero al escucharme, cambió a una marcha de peatón sin prisa.

—Aquí el único que tuvo huevos, y los perdió de un disparo, fue mi marido, cuando se enfrentó al hijoputa que entró en nuestra casa. Defendía a su familia. Le importaba su familia.

Se paró y se dejó caer sobre mí. Tuve que sostenerla. Me pareció que me besaba, pero debió ser una impresión falsa procedente de mi calentón.

—La muerte de Jorge fue un sarcasmo. Para mí, para tu padre y para tu madre.

Cruzamos la calle como autómatas y nos sentamos en un banco anclado en el interior de un parquecito. Pensé, ya nada será igual; ya he perdido la inocencia; tendré que irme como Herakles a recorrer el mundo matando las fieras y los monstruos que amenazan a los hombres: la Muerte, la Miseria, la Codicia, el Engaño, el Resentimiento, la Discordia, el Crimen, todos hijos de la Noche y del Infierno.

Josefina me contó que su marido y mi madre fueron amantes. Pero que antes lo habían sido ella y papá. No había sido un intercambio de parejas, sino un doble adulterio consentido, algo que lo hizo todavía más tortuoso. El día que mataron al esposo de Josefina se había interrumpido el curso inerte de los adulterios. Las citas concertadas entre mi madre y el esposo de Josefina, y papá y ella misma se habían anulado tempestuosamente. Las dos familias permanecieron en sus hogares. La mansión de los industriales fue asaltada por un ladrón enloquecido, al que se enfrentó trágicamente el dueño de la casa.

La reacción de Josefina fue más histérica de lo que se hubiera esperado. Se le metió en la cabeza que el crimen no había sido casual, sino una venganza de mi madre o de papá. Eso después de figurarse, tras escuchar el disparo, que todo era una farsa, una broma de mal gusto.

Acabó su discurso con un detalle de crueldad que me dejó temblando.

—No sé si Mariela es hija de mi marido o de tu padre.

—¡Pero qué estás diciendo! ¡Me empujabas a un posible incesto!

—Sólo había un cincuenta por ciento de posibilidades.

Me iba a levantar para salir corriendo, pero lo hizo ella. Se alejó como un bólido. Pensé, cómo me gustaría que Noelia me llamara al móvil y me sacara de este laberinto emocional. Tomé el aparato del bolsillo y marqué su número.

—Ayer no soñé con Mefistófeles. Soñé contigo.

—¿Era yo Nietzsche?

—Sí.

—¿Con su bigotazo y su mirada de loco?

—No. En traje de noche, como en un anuncio de perfumes.

—¿Maquillada?

—De pies a cabeza.

—¿Te habrías quedado en ese sueño conmigo?

—¡Claro! Penetrando en todas las dimensiones posibles. Saltándome el tiempo. Una eternidad ubicua. Pero no me dejaste. Me despertaste.

—¿Cómo?

—Me da un poco de corte decirlo. Es algo embarazoso.

—Venga, venga.

—Te sacaste una teta y me lanzaste un chorro de leche a la cara. Yo te estaba viendo en la televisión, de hecho, todavía no tengo claro que estuviera dormido. La leche me dio en la cara, y luego me dijiste que fuera al baño a limpiarme. Al volver, se había acabado el anuncio.

—¿Saboreaste la leche?

—Sí. Era dulce, como la de las lactantes.

Esperé unos segundos su reacción, pero no tuve paciencia.

—Aceptaría tu oferta si me apasionara. Sería capaz de enfrentarme a mi miedo a la responsabilidad. Pero convertirme en encargado de una empresa municipal de limpieza, me produce angustia. Por mucho que haya expectativas de convertirnos en un trust.

—¿Qué trabajo te seduciría?

—La razón poética. Mejor dicho, la acción poética. Cambiar de dimensión a voluntad.

—¿Escribes poesías?

—Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

—¿Pintas? ¿Esculpes? ¿Haces instalaciones?

—Disfruto de todo eso lo que puedo. Pero no actúo.

—¿Y por qué conmigo?

—Supongo que porque me gustas.

—¡Ah! Todos los hombres sois iguales.

Pareció hablar en serio.

Nuevo silencio. Esta vez sí tuve paciencia.

—Entonces, ¿la razón poética? – dijo.

—La acción poética, sí – corregí.

—Ya me explicarás qué decimos en el registro mercantil. Actividad de la empresa y demás… Ven a mi casa y lo vamos pensando.

—Por cierto, ¿qué le diremos a tu novio? Por mí, puede ser un socio más.

—No tengo novio. Me lo inventé.

—¿Y también lo de tu madre con el marajá?

—No. Se ha ido a vivir a Francia con un hindú importador de ordenadores. Un tío salao.

—¿Y lo demás?

—Rigurosamente cierto. Mi hermano menor necesita tratamiento psiquiátrico. Y mi padre, desde el suicidio de su hijo mayor se ha vuelto un ser más inerte de lo que era. Yo no he tenido más remedio que sobrevivir.

—¿Qué esperas que hagamos? Juntos, quiero decir. ¿No temes que te decepcione?

—No hasta que me entere de qué es eso de la razón y la acción poética.

—Un concepto postmoderno.

—¡Vete a la mierda! Te invito a cenar. ¡Es mi cumpleaños!

Me levanté del banco y observé el rompecabezas urbano, erizado de torres y de conflictos.

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