VISIONES DE ALEMANIA ( y IV)

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Una vivienda en el viejo Reutles, cerca de Nuremberga
Una vivienda en el viejo Reutles, cerca de Nuremberga

La insoportable densidad del Dasein

La otra mañana, cerca de las siete y media, a punto de salir mi nieto Jannik para el colegio, rebuscábamos en mi monedero calderilla para la hucha infantil. El niño sacó un euro con la cara del anterior rey Juan Carlos. Pero prefería un euro alemán. Tomó otra moneda, y vi que era francesa. Entonces me responde, más o menos, lo siguiente: “Francesa no, que Francia rompió Alemania tirando bombas”. “¿Cómo fue eso?”, le digo, intrigado por su razonamiento. “Alemania y Francia tuvieron una discusión, y no se entendieron. Entonces, Alemania envió diez aviones y tiraron bombas. Y luego Francia envió mil aviones o así, y rompieron toda Alemania. Fue porque no quisieron hablar. Pregúntaselo a papá, que te lo explicará mejor. A él se lo explicó mi Opa (abuelo), y a mi Opa se lo dijo su papá, el Opa de mi papá, cuando vino de la Krieg (guerra)”.

El padre de mi consuegro pasó la guerra en Noruega, y salvó la vida gracias a su dominio de varios idiomas escandinavos. Al resto de su unidad la desplazaron a Stalingrado, de donde no regresaron ninguno.

El sistema educativo alemán vigente, la base de la “culturización” de las nuevas generaciones germánicas (sea cual sea la procedencia de sus padres) pone especial énfasis en la denuncia del nazismo y en la responsabilidad alemana en la destrucción de Europa entre 1939 y 1945. Pero hay cosas que se deben llevar en la sangre, como la rivalidad con los pueblos vecinos.

Todo esto tiene que ver con la cultura nacional. La cultura nacional se diferencia de la lengua nacional. Esta última es su vehículo mejor, aunque no el único. Por eso aprender alemán, siendo complicado, le es menos que entender la mentalidad, el temperamento, la forma de ser de los alemanes.

A la pregunta de si este temperamento alemán lo comparten los hijos de los turcos, los griegos, los españoles, los italianos, etc, nacidos y educados en Alemania no puedo responder. Pero seguro que en media docena de universidades alemanas se han hecho investigaciones al efecto. Mi impresión es que, en gran medida, estos chavales y chavalas son más alemanes que otra cosa.

Estoy convencido de que Alemania es hoy por hoy el país con la mayor conciencia nacional de toda Europa, la comunitaria y la extracomunitaria, y donde la cultura en su sentido elevado está más arraigada. Otros países con gran conciencia nacional y notable nivel cultural, según me dicen quienes los conocen, son los escandinavos.

¿Por qué? La razón mayor es la educación, la formación, la Ausbildung.

Algo que distingue a los alemanes (y creo que también a los escandinavos) del resto de los europeos es su respeto por la cultura considerada “superior”, que va desde la cultura académica a la música, la creación artística y, desde luego, la investigación y la práctica científica. En Alemania, la excelencia intelectual es un bien inmaterial protegido. Pocas personas con capacidad excepcional para cualquier actividad beneficiosa para la sociedad se quedarán en la estacada, al contrario que en España y otros países similares, donde un tipo inteligente y capaz de clase media (y no digamos de clase baja) desperdicia su talento si carece de enchufes o no tiene un golpe de suerte.

Federico el Grande de Prusia, a finales del siglo XVIII, estableció el sistema educativo alemán, procurando que todos sus ciudadanos tuvieran una instrucción básica. Entendía que un pueblo alfabetizado y con nociones de aritmética prosperaría más y sería más fuerte que sus vecinos. El resto de Alemania siguió poco a poco su ejemplo.

Un ejemplo que procede del siglo XVI, cuando Lutero tradujo la Biblia al alemán y sentó la base de una lengua común, dividida entonces, y todavía hoy, en multitud de dialectos, en un territorio fragmentado entonces en una variedad de reinos, ducados, condados y ciudades imperiales. La difusión del protestantismo y de la alfabetización fueron paralelos. Cuatro siglos después, a inicios del XX, el analfabetismo en Alemania era muy bajo, la infraestructura industrial era solidísima y la formación científica y sobre todo la tecnológica del obrero alemán era incomparable con la de ningún otro país.

En Alemania una persona a la que se le descubra una habilidad, es dirigida hacia ella en la mayoría de los casos. No digo que esto sea el remedio infalible para mejorar una sociedad, pero funciona. En Alemania no existe ningún abismo entre la competitividad y la competencia. No es un país de tradición liberal, como Inglaterra o Francia, donde el control al ciudadano es más laxo. Suponen que dando libertad al individuo, la colectividad aprovechará mejor sus capacidades. Esto es una majadería tan grande como la de la libertad del mercado que lo equilibra todo. Los países anglosajones donde el capitalismo se desarrolló más, lo hizo a costa de la miseria de la población, que era “libre” de trabajar donde pudiera. En Alemania, el capitalismo era tan voraz y egoísta como en el resto del mundo, pero se había acostumbrado a someterse a unas leyes y a unas normas que protegían al débil, no por altruismo, sino por interés.

Cuando el canciller von Bismarck del recién constituido Reich o Imperio Alemán, tras la guerra Franco-Prusiana de 1870, decidió proteger al pequeño campesino alemán, imponiendo tarifas aduaneras contra la importación de grano y otros productos alimenticios, no lo hizo porque los labradores le cayeran simpáticos, sino para prevenir que su ruina les arrastrase en masa a las ciudades industriales y crearan en ellas tumultos y conflictos. A Bismark le apoyaron casi todos los grandes empresarios y terratenientes germanos en este empeño protector.

Existen problemas derivados de fórmulas tan eficaces como rígidas. Uno es la sobrevaloración de la cultura, la transformación de Cultura en Kultura. El siglo XX ha sido fértil en cultura. Asentados los nacionalismos, todos los países apostaban por una identidad propia. Algunos lo hacían de un modo inerte, como los Estados Unidos, apoyados en la riqueza humana de los inmigrantes, con una potencia económica indiscutible y bendecidos por la ventaja de hablar una lengua que se convirtió pronto en lengua franca. No siendo la cultura un negocio, el negocio es patrocinar la cultura, algo que a los EEUU ha proporcionado ingentes beneficios, muy justamente ganados, otra parte.

La ruina de los imperios ibéricos a principios del siglo XX se hizo patente en la cultura, y tanto Portugal como España han tenido creadores sobresalientes en todas las disciplinas, las vinculadas a la lengua, y las no vinculadas, como la música o la pintura. Francia se distinguió a lo largo del siglo XIX por ser el polo de atracción y de absorción de artistas, e Italia mantuvo el nivel que nunca perdió. Dejando al lado naciones pequeñas, pero donde el peso cultural es grande (Escandinavia, los Países Bajos, Checoslovaquia) pero su cultura nacional no tiene influencia fuera de sus fronteras, nos encontramos con Alemania. ¿Alemania? No. Alemania y Austria. Es innegable que la producción cultural de los austriacos se diferencia de la de los alemanes. Pero, desde fuera, no se ve con tanta claridad.

El punto clave es el final de la Gran Guerra, que acabó con los imperios austrohúngaro y prusiano . Todo se reajustó, lo económico, lo político, lo cultural. Aparecieron las vanguardias, las políticas y las artísticas. Al principio pasaron inadvertidas (hoy las vemos como no eran, como si hubieran dominado la escena cultural), pero cuando un puñado de políticos temerarios se hacen con el poder en Rusia, en Alemania y en Italia, la vanguardia cultural se convierte en un fenómeno. Cuaja en todas partes al mismo tiempo, incluso en España, que parece lejos de toda veleidad estética. Otro efecto del triunfo de la vanguardia en la cultura fue la consolidación del negocio del arte, que hoy se mantiene sobre la impostura y el papanatismo, moneda corriente en los mercados especulativos.

En la Alemania de Weimar los creadores empezaron a fabricar un mundo nuevo que Hitler, un tipo ultraconservador y un ignorante, decidió liquidar porque se oponía a su idea del nuevo Reich de ciencia-ficción barata. Más allá de la estepa polaca, Stalin hizo lo propio, porque se dio cuenta de que los creadores vanguardistas se habían constituido en una casta, a la que el pueblo ni entendía ni tenía afecto, y además, la única casta autorizada en la URSS era la de los bolcheviques.

De una Vieja Europa Central, con raíces imperiales germánicas y fértiles, había brotado una cultura sedicentemente proletaria, pero urdida por un grupo extraordinario de artistas y escritores de clase media alta, que se consumieron en la hoguera de la República de Weimar.

Como nunca fueron nazis, y muchos además lograron escapar de la catástrofe, al regresar a su patria, pensaron que había llegado la hora de educar elevadamente a su pueblo. No consiguieron su propósito, pero sí establecieron los engranajes del sistema cultural presente. Un sistema cultural muy sólido basado en décadas de valorar la formación, el conocimiento, la autoridad académica, la erudición, la pedantería y la afectación.

El resultado es el plomo artístico, sea en la literatura, en las artes plásticas, en la música, en la danza…

En enero, mi mujer y yo acudimos a la representación de una obra-ladrillo en el Volksbühne de Berlín, adaptación de un trabajo de Maurice Materlinck. La escenografía era impecable, la representación admirable, los intérpretes cantaban, bailaban, tocaban el violín y el piano, hablaban como cotorras con una perfecta dicción; y al cabo de dos horas largas, la función terminó. El público acogió el final con una catarata de aplausos. Mi mujer dijo en voz alta, “si al menos hubiéramos entendido el texto, podríamos hacer un juicio más apropiado de la obra”. Y un caballero de la fila de detrás replicó en español: “No, si los primeros que no han entendido nada son los actores. Son una troupe de varios países. Hablan como cotorras, sin saber lo que dicen. Además, a los alemanes les encantan las cosas pesadas e incomprensibles. Este teatro se llena cada vez que su director realiza un espectáculo. Aguantan horas y horas, y al acabar aplauden a rabiar.”

Me dio la impresión de que el caballero estaba diciendo algo muy sensato, cierto y que resume el espíritu de la cultura que domina en Alemania desde 1945. El respeto a cualquier producción artística es tan grande, que lo abstruso se ha impuesto, en especial en determinados teatros emblemáticos, y en la llamada (con gran desfachatez) vanguardia plástica.

El teatro alemán es de repertorio, cada sala tiene su elenco y representa una variedad de obras al cabo del año. Trabajar en un teatro alemán es un chollo. Pero solo se puede llegar allí si se tienen los títulos exigidos y el talento contrastado. En eso se distingue del ibérico, incluso del francés y puede que hasta del inglés y del yanqui.

Las entradas para la ópera o para los teatros municipales casi se rifan, porque la mayoría están compradas de antemano por los abonos. Y eso que los ladrillos que se representan son memorables. No todos, claro, digamos que un treinta o un cuarenta por ciento. En las guías de la ciudad que dan en la Oficina de Turismo, la cantidad de actividades recreativas disponibles es ingente. Y el rasgo común es que el noventa por ciento de lo que se ofrece está bien hecho, por profesionales, aunque sea trivial o vulgar.

Se trata de la cultura masiva, la popular, que consumen millones y millones de personas. Las librerías alemanas están llenas de literatura de género, cada vez más, lo he podido comprobar a lo largo de los años. Una literatura que no es despreciable, pero que a mí no me interesa, y que creo que tienen poco valor. Las calles céntricas de Nuremberga están llenas de librerías, casi tantas como tiendas de ropa (es una exageración, pero uno se lo puede permitir a estas alturas).

Esta paradoja no es nueva, la descubrieron ya españoles de mérito como Ortega y Gasset, y está registrado en las hemerotecas, por ejemplo, en los artículos de Julio Camba, periodista anterior a la República española. La conclusión emitida ya entonces era: si en España funcionara un sistema parecido, nuestra potencia creativa sería avasalladora. No hay duda.

A mí me gusta Alemania, su lengua, su mentalidad, su cultura. Pero…

Mi mayor problema con Alemania es que no me puedo integrar ya en ella. Sufro la misma enfermedad senil que el 99 por ciento de los alemanes residentes en la Marina de Alicante, en Mallorca o en Tenerife. No encontramos la oportunidad de integrarnos en la sociedad que hemos elegido para vivir (yo, de modo accidental y transitorio).

Es un problema en gran medida de edad. Mi cerebro de 65 años no da para aprender otra lengua con la facilidad de la juventud. Lo he intentado, pero he fracasado. Para aprender alemán hoy, tendría que pasar un año en esta tierra, y asistir a clase a diario y zambullirme en su lengua hablando como un loro; pero ¿dónde, que no sea en una escuela donde los adultos tienen que hacer ejercicios y juegos de niños para aprender?, ¿con quién, si no me relaciono apenas puesto que no estoy integrado?, ¿cómo, si tengo poco tiempo para estudiar, entregado a otros menesteres culturales? La pescadilla que se muerde la cola.

Al contrario del tópico, el alemán no es una lengua difícil. Para los que hablamos un idioma románico, nos pilla a trasmano, nada más. El alemán, eso sí, está repleto de su propia cultura, y hasta que no se domina la mentalidad, no se aprovecha bien. Pasa lo mismo con el español, el catalán, el gallego, el portugués, el italiano o el francés, pero no con el inglés, que tiene multitud de versiones. El español de Hispanoamérica, por muchas diferencias que existan entre sus parlantes, tiene una unidad cultural mayor que el inglés, una lengua franca que cada cual usa como puede, sin más raíces culturales que la música popular y las teleseries gringas.

Yo me encuentro a gusto en Alemania y entre alemanes. Me identifico con su Weltanschauung. Me fascina su sentido práctico, su ingenio tecnológico, su tenacidad, su respeto por todo lo que lleve la idea de Kultura impresa en su etiqueta. Me agrada hasta su filosofía plúmbea e incomprensible, y la pedantería de su vanguardia cultural, que cultiva una creatividad abstrusa solo para presumir de ser distinta.

Pero no les entiendo cuando me hablan. Y leer una página con aprovechamiento me cuesta un siglo.

Con la lengua inglesa tengo una relación inversa. La estudié, la aprendí en Inglaterra y Australia, la leo sin problemas, aunque la hablo con dificultad por la falta de práctica. Pero la cultura inglesa y la forma de vida anglosajona me disgusta en general, lo cual no quiere decir que la menosprecie o que me parezca banal. Es rica y beneficiosa para la gente. Solo que no aguando el maremoto cultural que nos sacude a todas horas, desde la Red, desde la universidad, desde el cine, desde la televisión, la música o las artes plásticas. Es un abuso, es como si los no anglosajones fuéramos unos descastados y tuviéramos que imitarlos en todo. Pero a ellos les entiendo.

Me vuelvo a España con un caudal de impresiones, de ideas, de novedades alemanas. Me voy satisfecho, contento, y aliviado por regresar a mi país, aunque esté lleno de personas que no se gustan a sí mismas y que niegan la maravilla de ser ciudadano español, miembro y partícipe de una de las culturas más fuertes hoy en el planeta.

Y dejo en Nuremberga una hija trilingüe y dos nietos de seis y tres años bilingües que redimen mis frustraciones lingüísticas. Cuando ya no esté aquí, esos niños, ya adultos, habrán vivido en dos culturas y en dos lenguas, y posiblemente habrán aprendido a desenvolverse al menos en otras dos, espero que una de ellas sea la francesa. El futuro es multicultural, multilingüístico, multinacional, multicolor y en cinemascope.

Nota Bene. Si algún lector está interesado en saber qué demonios es el Dasein, le ofrezco dos opciones: La explicación del profesor argentino Gastón Leandro Caballero en You Tube, o la de Wikipedia (Zur Bedeutung des Begriffs „Dasein“ im Existentialismus und verwandten philosophischen Strömungen). Esta segunda es mejor, porque está en alemán, y si uno no entiende nada, siempre puede ser porque no hay nada que entender.

Visiones de Alemania I

Visiones de Alemania II

Visiones de Alemania III

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