VISIONES DE ALEMANIA (III)

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La solidez de la Alemania eterna
La solidez de la Alemania eterna

Psicología nacional

Uno de los periodistas en la redacción del semanario “7 Fechas” en Colonia del Rin era Julio Ruzafa. Me entendí bien con él. Un bohemio a la alemana. Español de Murcia, si no hubiera salido de su patria, se habría quedado en pícaro. Buen conocedor de la mentalidad centroeuropa era un tipo original, despreocupado, anticonvencional. Se ganaba la vida como dibujante, oficio en el que era un maestro, y lo hacía utilizando caracoles. Los ponía al borde de los lienzos o de los cartones, untados de algún color. Les dejaba moverse, y al final intervenía él, dando una forma humana a lo que los bichos habían trazado. Hacía retratos de personajes famosos, como el canciller Schmidt o Julio Iglesias, que entonces cantaba en Alemania.

Julio Ruzafa era un tipo con un sentido del humor atrevido. Un día se jugaba un partido de fútbol internacional, que transmitían por televisión. Ni él ni yo teníamos aparato, y se le ocurrió llamar a la primera puerta del rascacielos de apartamentos en el que yo vivía. Abrió una señora, y Julio le dijo algo que yo no entendí. No vimos el partido, pero la conversación, que duró un rato, fue mucho más entretenida. Creo que le estaba pidiendo que nos dejara entrar en su casa a ver el fútbol.

Otro día, íbamos en coche y realizó una maniobra poco ortodoxa, y casi se topa con otro. Entonces, se asomó a la ventanilla y se puso a gritar al conductor inocente. El tipo casi se disculpa. Julio me dijo que si se grita a un alemán con autoridad, culpándole de haber hecho algo mal, reacciona como un corderito, porque está enseñado a obedecer a la autoridad, y la autoridad puede ser el grito.

Era una exageración. Sin embargo, en términos generales y en cosas sin importancia funcionaba. El sentido de la responsabilidad y del orden en Alemania es lo que distingue a los nativos de los invitados extranjeros.

Además estaba el peso de su responsabilidad en la guerra. Alemania tardó treinta o cuarenta años en ir perdiendo no el sentido de culpa, sino el miedo a sufrir mayores castigos.

Yo creo que muy pocos alemanes normales y corrientes de los que participaron en la guerra y de los que la sobrevivieron sin participar se sentían culpables de los horrores cometidos. Entre otras cosas porque los aliados entraron en territorio enemigo a sangre y fuego, y también cometieron atrocidades bélicas. Hubo cierto paralelismo en el comportamiento de los buenos y los malos. Hoy hay personas que se escandalizan por el comportamiento criminal del Ejército Islámico en Siria y en Irak, y parecen ignorar que en suelo Europeo se cometieron barbaridades parecidas o mayores.

Los alemanes sentían pánico de los rusos, y con razón. Pero los norteamericanos, los ingleses y los franceses no fueron ángeles, y se vengaron de otra manera, humillando a la población, poniendo delante de sus ojos el horror de los campos de exterminio, haciendo publicidad de los juicios de Núremberg en las calles y plazas de todas las ciudades. La reacción espontánea fue que los alemanes borraron de la memoria inmediata los sufrimientos que habían provocado, y se centraron en la reconstrucción. El nazismo era un tabú entre la gente común. Naturalmente, en la RFA. La RDA mantuvo la bandera y la propaganda antinazi durante toda su existencia.

Los alemanes que habían sido antinazis no eran muy populares, y los que volvían del exilio encontraron un país ajeno a ellos. El sentimiento nacional estuvo sometido a duras pruebas, pero sobrevivió. Los que llegábamos de fuera de Alemania nos hacíamos una pregunta que los antinazis y los exiliados no podían responder: ¿cómo es posible que un pueblo desarrollado, educado, disciplinado, con una base industrial y cultural tan sólida haya cometido semejantes tropelías?

El cuento de que la opresión policial del nazismo les había obligado a ello no era admisible. Nadie puede forzar a toda una sociedad a convertirse en asesina o en carcelera. El nazismo había calado. Muchos alemanes se creían superiores, o sospechaban que podían serlo.

La derrota les dejó anonadados. Su pregunta era, ¿cómo hemos podido perder la guerra, si nuestra economía y nuestro ejército eran los mejores? Le echaban la culpa a la locura de Hitler, una forma de engañarse a sí mismos.

La base sólida del nacionalismo alemán estaba en el siglo XIX, y se asentaba a su vez en la Ilustración, la Aufklaerung de Kant, de Goethe, de Herder, de Schiller. El Imperio Prusiano sentó las bases de un sistema de formación universal y gratuito, y luego, inventó la seguridad social. Esto dio lugar a la investigación científica en las universidades, a la aplicación de ese trabajo a la industria química, a la ingeniería. En un siglo de emergencia nacional en toda Europa, la base alemana era la más sólida, con diferencia. Estaba arraigada en un sistema clasista rectificado que premiaba el mérito de un modo cruel: los chicos que no mostraban capacidad en el bachillerato, se quedaban en la base de la pirámide social; educados convenientemente para ser especialistas industriales, protegida su existencia… A la cúspide llegaban los mejores. Algo incierto, porque la excelencia no se basa en la erudición o en la memoria intelectual, sino en otras virtudes que con frecuencia se naufragaban en la base. Esto continúa siendo así, es el estado del bienestar darwinista.

El sentimiento nacional alemán no es una invención, sino un hecho palpable. Por eso consiguió sobrevivir a dos huracanes bélicos provocados por él mismo.

Esto último, la pervivencia del nacionalismo (no del nazionalismo) alemán, a mí me hace reflexionar sobre los otros nacionalismos europeos. De todos ellos, solo el español es el que parece seguir enfermo y al borde de la desintegración.

Me resulta triste que se identifique al nacionalismo español con el franquismo. No ocurre igual en Alemania, a nadie se le ocurre identificarla con el hitlerismo en serio. Pero la enfermedad del nacionalismo español no es cosa solo del franquismo, viene de atrás. Es franquismo es un argumento que ha venido al pelo a una nueva generación de progres que han cambiado el liberalismo ochocentista por un vago izquierdismo socialdemócrata.

La pervivencia del nacionalismo se pone de manifiesto con especial gravedad en un tiempo en el que la trampa de la unidad europea se ha desenmascarado. Ha quedado claro que es una frágil unión de financieros, de industriales de la tecnología, de políticos sin más horizonte que la riqueza personal, al servicio de los primeros, los que de verdad mandan, sin Parlamento, sin Comisión sin protocolos; han permitido que una casta de burócratas se instale en los engranajes del Sistema, y están bastante satisfechos con su trabajo. Parece que el mecanismo es de acero, pero es de escayola. La prueba es la discrepancia de los gobiernos alemán, francés, danés, y otros de sólida economía, frente a los problemas del Sur de Europa.

El nacionalismo sigue existiendo en Europa. ¡Vaya que si existe! Sobre todo el alemán, porque procede del país más fuerte. Si el nacionalismo se estuviera disolviendo, no surgiría el fenómeno de la fragmentación, a mi entender fabricada, de Cataluña, País Vasco, Escocia, Flandes, Walonia, Córcega o el norte de Italia. Alemania aspira a dirigir Europa, y le interesa estar rodeada de naciones con problemas que las debiliten. A Francia no le viene bien una Alemania fuerte, y tampoco una España consolidada. Al Reino Unido le viene muy bien una Irlanda frágil.

El nacionalismo político se puede entender de dos maneras, como una manifestación cultural, artística, lingüística de la identidad de una sociedad, ya sea catalana, frisona, guaraní o tutsi, o como el juego brutal y egoísta de intereses en conflicto, pero dispuestos a aliarse con unos y con otros, con tal de mangonear las riquezas disponibles.

El problema de los nacionalismos presentes en Europa es cómo superarlos sin crear un vacío cultural. Los idiomas son los vehículos culturales. Y los idiomas más fuertes en Europa son, por este orden, el inglés (sin identidad continental, toda su fuerza le viene del otro lado del Atlántico), el español, el alemán y el francés, seguidos del italiano, el griego y el turco porque Turquía, les guste o no a los políticos, forma parte de la historia de Europa. Por eso, todos los inmigrantes que acuden a Alemania, a Francia o a España en busca de trabajo, acaban hablando la lengua del país que les acoge.

Otra cosa es que lleguen a captar algo muy difícil de definir, la mentalidad, la forma de ser, el temperamento, la psicología. Como unas suelen chocar con otras, no es común la integración, uno se resiste a dejar de ser lo que es y como es para transformarse en otro individuo.

En esta paradoja se encuentra el futuro incierto del nacionalismo. Los países que inventaron el estado nacional están llenos de personas que hablan otras lenguas y proceden de otras culturas. Se pueden dar las vueltas que se quieran al hecho diferencial, a las naciones sin estado, catalanes, vascos, etc., o a los estados sin nación (Bélgica), al espíritu de integración colectiva, al multiculturalismo, a los programas Erasmus, pero el hecho es que nadie en Europa puede iniciar una acción violenta contra sus vecinos sin poner en riesgo su propia existencia, porque el enemigo está dentro, y no me refiero al “peligro islamista”, un invento de los servicios de inteligencia occidentales.

El caso de Ucrania es esclarecedor. Hay tantos rusos y rusoparlantes en ella que las manifestaciones de afirmación nacionalista ucraniana excluyente chocan de inmediato con las rusas. Eso, a parte del conflicto geoestratégico azuzado por Bruselas-Berlín-París y por Moscú.

Los movimientos nacionalistas excluyentes que brotan en casi todos los estados ricos europeos, con ecos racistas, no tienen ninguna posibilidad de cuajar. En el peor de los casos, un triunfo nacionalista excluyente, provocaría tantos problemas en el país en cuestión, que se volvería ingobernable.

Los grandes choques de los españoles que empezaron a llegar a Alemania en los sesenta del siglo pasado fueron, primero la mentalidad, segundo, el idioma, y luego, la disciplina laboral, basada en la eficiencia y no en el compadreo. A la nueva forma de trabajar se acostumbraron enseguida. El idioma les costó más. La mentalidad no la compartieron más que una minoría.Y fue la mayor fuente de estereotipos y de problemas. Muy pocos los superaron por medio del matrimonio. Que un alemán se casara con una griega o una italiana se pasaba, aunque era una rareza, pero que un español o un turco Gastarbeiter se casara con una alemana era casi imposible

Todavía hoy uno encuentra a españoles que hablan un buen alemán, es decir, que están compenetrados con la forma de ser alemana, que se quejan de lo mal que los recibieron al llegar. La incomunicación, la imposibilidad de hablar unos con otros, creó estereotipos estúpidos, como que los alemanes eran cabezas cuadradas, que menospreciaban a los extranjeros, que les hacían el vacío y cosas así. Si un japonés aterriza en Cádiz sin hablar ni jota de español y tiene que buscarse la vida, le parecerá que los gaditanos son tipos antipáticos y crueles que se pasan el día burlándose de él.

A veces he oído hablar a españoles cualificados de los que vienen a Alemania, y los consejos que dan a los recién llegados están basados en estereotipos, tienen poco que ver con la realidad. Algunos dicen, los alemanes corrientes no hablan inglés, ni siquiera los jóvenes. ¿Y por qué habían de hacerlo? ¿Qué es un alemán corriente?

Tampoco es cierto que no hablen otros idiomas. Son una pequeña multitud los alemanes bilingües, y no por pertenecer a la segunda generación de Gastarbeiter. Esto les diferencia de las generaciones de alemanes de los años sesenta y setenta del siglo pasado, los que recibieron la invasión de inmigrantes. Entonces era una población traumatizada por la guerra, y a continuación enloquecida por la prosperidad que les llovió del cielo. Insisto en que me parece milagroso que el espíritu alemán se mantenga incólume, y haya contaminado a los hijos de los inmigrantes. En lo malo, la estulticia egoísta que produce el consumismo, y en lo bueno, el trabajo bien hecho, el respeto por la cultura (un poco exagerado, la verdad, lo dejo para el último artículo de la serie) y el reconocimiento del mérito.

Visiones de Alemania I

Visiones de Alemania II

Visiones de Alemania y IV

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