VISIONES DE ALEMANIA (II)

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Torreón en la orilla del Linn, poco antes de confluir con el Danubio en la ciudad de Passau. La sólida prosperidad germánica, en este caso, bávara.
Torreón en la orilla del Linn, poco antes de confluir con el Danubio en la ciudad de Passau. La sólida prosperidad germánica, en este caso, bávara.

Prosperidad

El milagro de la prosperidad alemana era lo más llamativo de aquel país al que me fui a vivir el día de Todos los Santos de 1973. ¿Cómo era posible que después de la guerra más destructiva de la historia, la única huella del desastre fuera una chocante combinación de edificios medievales y de cubos de hormigón prefabricado con diseño ultramoderno?

Las calles céntricas peatonales de Colonia del Rin, la última ciudad romana del Imperio Romano en Germania, no tenían casi edificios antiguos. Eran escaparates deslumbrantes de objetos de un consumo fabuloso, para un español de la naciente clase media, artículos de lujo. Un lujo austero, sin embargo. Nada que ver con el escaparatismo parisino, que al lado del alemán era barroco, pero contenía mucho colorín y mucha vulgaridad prêt-à-porter. El lujo de aquellas tiendas era nórdico, perdurable, técnicamente perfecto. A mis ojos, cultivados en el inestable desarrollismo español, aquello era Jauja. Una Jauja oscurecida por un perpetuo nublado, y que despedía un tufo a gasolina y a humo de fábrica, que a mí se me antojaba el sello olfativo del progreso.

De pronto, todo se paralizó. Los países del Golfo Pérsico, en respuesta a la derrota árabe a manos de Israel en la Guerra del Yon Kippur, desencadenada por Egipto, subieron el precio del petróleo e impusieron un embargo a Occidente que, como era tradicional, apoyó al estado judío por razones estratégicas. No es que Europa se quedara sin petróleo, pero había que dar a entender a los árabes que el chantaje no iba a funcionar. Fue una puesta en escena que a todo el mundo nos pareció que respondía a unos hechos palmarios, cuando era pura manipulación, Occidente no se estaba quedando sin petróleo; algo muy parecido al cuento actual sobre los ejércitos de terroristas islámicos infiltrados en Europa, una fabricación de los servicios de inteligencia, que creen que toda la población es imbécil.

Alemania, por ejemplo, restringió la circulación de vehículos. De hecho, los fines de semana no podían rodar por las calles y autopistas más que coches de bomberos, de policía y de urgencias sanitarias. Las calles de Colonia se llenaron de peatones, la mayoría muy contentos, como si se tratara del Carnaval, célebre en esa parte de la cuenca del Rin; había pandillas que arrastraban con jolgorio carritos cargados de cerveza y la bebían disfrazados de jeques saudíes. El mensaje caló, estos jodidos moros no iban a poder con nosotros.

A mí, sin embargo, no me parecía que se hubiera disipado el tufo a riqueza industrial. Las fábricas seguían echando humo a todo trapo, sin que el estallido del precio del crudo les estuviera afectando todavía.

Pero algo debía de estar pasando en las entrañas de la sociedad, y Alemania empezó a ser bombardeada y tiroteada por el terrorismo de la RAF.

El argumento de los rebeldes, no solo de los que echaban mano de la violencia, era que la sociedad alemana estaba degenerando, que el consumo se había convertido en el narcótico colectivo, que las atrocidades de las que fue responsable no podían esconderse tras una fachada de prosperidad.

Todavía en esos años Alemania hacía esfuerzos por no mentar mucho la guerra, sus causas y sus consecuencias; en realidad quien se tomaba este trabajo censor era la clase política y los grandes medios, en especial la televisión. Fueron causa de escándalo, recuerdo bien, el primer desnudo integral (femenino), y un documental de apariencia académica en el que la figura central era Hitler; para los alemanes la palabra Hitler era sacrílega.

Hasta yo mismo, que no entendía el alemán, me iba enterando de semejante estado de ánimo, informado por los españoles más experimentados que iba conociendo allí.

Es que yo era un intelectual orgánico, y los promotores de la crítica moral eran los intelectuales alemanes, mis compadres. En aquel momento yo estaba suscrito al Nouvel Observateur de Jean Daniel, un semanario que me tenía al corriente de casi todo, y desde un punto de vista muy próximo al de los críticos alemanes.

No sirvió de mucho aquel activismo moral basado en el sentimiento de culpa. La mayoría de los alemanes siguieron leyendo a diario el Bild Zeitung, el catecismo amordazante de la conciencia crítica. Lo habían pasado demasiado mal quince años antes como para encima autoflagelarse. En comparación con el Bild Zeitung, la prensa española de la época, y el mismo semanario en el que yo trabajaba, órgano del franquismo entre la emigración, eran periódicos sesudos.

Casi cincuenta años después, la victoria del sensacionalismo, del panfleto en defensa del sistema, del consumo y hasta de la religión (como hace un siglo) es arrasadora. En Alemania todavía hay una prensa seria, aunque los intelectuales del momento se quejan de que cada vez menos. En España, el periodismo oscila hoy entre la banalidad y la ciénaga, sobre todo el periodismo audiovisual.

La prosperidad de la RFA se basaba en dos columnas: el plan Marshall y los “trabajadores invitados”, los Gastarbeiter. La RDA, que no recibió un céntimo, se las apañó como pudo, y reconstruyó una industria que no se basaba en el consumo. Esto último fascinaba a los radicales armados y pacíficos de la RFA, pero a la población del Este, lo que le fascinaba eran los Mercedes, los chalecitos, las vacaciones en Mallorca, los supermercados del Oeste (entonces cerraban a las seis de la tarde, el consumismo no había alcanzado su clímax), es decir, lo que el gobierno no podía proporcionarles.

El consumismo era palpable en las calles de la RFA, en los periódicos, que adjuntaban montañas de páginas publicitarias (para mi sorpresa, muchas personas las consideraban útiles y se las leían, convencidos de que aprovechaban ese fabuloso derecho a elegir en un mercado pletórico) y, menos, en la televisión, que al ser estatal no emitía anuncios, y solo algún programa popular basado en el estímulo de la codicia o de la estupidez. Yo no entendía los textos escritos de las vallas publicitarias, pero el mensaje entraba directo en las vísceras.

Vista desde la perspectiva presente, la colonización anglosajona en Alemania es un fenómeno ejemplar, porque a pesar de la violencia (entró a cañonazos), no ha llegado a conmover la esencia alemana. En comparación con España, donde la colonización comercial gringa ha arrancado de cuajo el sentido de la vida español, que es el mismo en Cádiz que en Gerona, en Vigo o en Valencia, en Vitoria Gasteiz o en Ciudad Real. Los “hechos diferenciales” solo nos diferencian a los españoles en el acento, algo parecido a lo que sucede en Alemania, donde los bávaros saludan diciendo “Dios Salve” (Grüss Gott, arrastrando la erre), y los de Renania con un suave Hallo, por ejemplo.

Relataré un caso curioso. En el invierno de 1974 intercambié conversación española/ alemana con un joven algo mayor, que yo que estudiaba en la universidad de Colonia. Era un alemán hasta el tuétano, pero no estaba gusto en su tierra, decía que quería irse a los Estados Unidos o a Lateinamerika, que los alemanes eran un pueblo bárbaro y cruel. Sin embargo, me contó el método que tenía para estudiar, algo que hacía por obligación (contaminación kantiana en los países germánicos, incluso en los católicos): se premiaba con un cigarrillo al acabar, y si no, no fumaba, aunque se muriera de ganas.

La reconstrucción económica la hicieron los extranjeros (Alemania se había quedado sin hombres en edad laboral) con los dólares del general Marshall. Ahora bien, gestionado todo por las mentes más preparadas del país germánico, la elite, parte de la cual era nazi hasta las cachas. Hasta los años 80 no empezaron a ocupar cargos públicos y de dirección empresarial los hijos de los primeros Gastarbeiter, al menos de modo notorio.

Mientras tanto, el país se fue gobernando de Grosse Koalition en Grosse Koalition, cristiano-demócratas y social-demócratas. Los académicos de ambas adscripciones se quemaban las cejas estudiando la forma de aprovechar al máximo eso que se llamó el Estado del Bienestar. Y lo consiguieron bastante bien, el secreto era tener a la gente obnubilada por el bienestar material, por la abundancia. La industria creció, el consumo lo inundó todo, la seguridad social funcionó de maravilla. Hasta que consiguieron comprar a la otra Alemania, aprovecharon la debilidad política de Gorbatchov, y se produjo una reunificación que pilló a contrapié a la camarilla del Este, que aparentaba dirigir una economía ruinosa apoyada en créditos de marcos fuertes. En dos años, el tejido industrial de la RDA se deshizo, hubo empresas valiosas que se vendieron por un marco.

También en perspectiva, la necedad de la izquierda alemana no socialdemócrata, tanto en la RDA como en la RFA, aparece nítida. Los más radicales en la RFA creyeron que podrían desviar a las masas del caudaloso río del consumo secuestrando banqueros, y se apoyaron económica y secretamente en los servicios de inteligencia de la RDA para sus acciones inútiles y crueles. Los occidentales menos radicales se encerraron en su mundo de vanguardia cultural, artística y académica, lejos de la chabacanería promovida por las nuevas cadenas privadas de televisión, lejos de la contaminación del consumo por el consumo (aunque por sus sueldos de clase media establecida, se permitían vivir en casas de lujo, comparadas con las de sus compadres españoles o franceses), e incapaces de ofrecer ninguna alternativa que desviara la atención de las masas por la trampa del mercado pletórico.

Quizá porque no la hubiera. Porque el ejemplo de la RDA era insostenible. Persuadida de que la mejor forma de gobierno era el control de la disidencia, y saqueada por el Oeste (el Muro se hizo para evitar la huida de los profesionales estupendamente preparados por el estado socialista, y de paso, para disuadir a la la gente común de buscarse la vida en Jauja), lo único que podía ofrecer a sus ciudadanos era una vida ejemplar al otro lado de un abismo (peor que un muro físico) que les separaba del consumo.

Acabo este capítulo con otra historia curiosa.

Coincidió mi trabajo en Alemania con la llegada de una pequeña multitud de chilenos, que huían con sus familias de la criminal venganza de Pinochet. Conocí a unos cuantos de ellos. Y establecí cierta amistad con una familia compuesta por el padre, la madre y dos niños de unos diez o doce años.

Les instalaron en una residencia, y pronto les buscaron un piso. Atendieron sus pequeñas dolencias médicas, dentadura, problemas gástricos de adaptación. Y ofrecieron trabajo al marido, que creo que se llamaba Óscar o César. Un día, encontré a la mujer con mala cara. Al parecer había discutido con el marido. Y no por un asunto trivial. El hombre había entrado en contacto con la resistencia chilena, y se había propuesto regresar y entrar en la guerrilla. La mujer se plantó. Dijo que toda su vida había vivido en precario, que el mejor alojamiento que había tenido para su familia en Santiago había sido un garaje. Y que no estaba dispuesta a renunciar a todo lo que le ofrecían en Alemania, que deseaba que sus hijos crecieran en la seguridad y el bienestar.

No sé qué fue del aspirante a guerrillero. Me parece que al final se plegó a la postura de su mujer. Me gustaría saber qué fue de ellos, cómo les habrá cambiado, no la vida, sino la percepción de la vida, su actitud psicológica, ideológica, moral, cómo habrá reaccionado Óscar o César ante el derrumbamiento del Socialismo Real, qué pensará el matrimonio, si sigue siendo matrimonio, de la unidad alemana, de la Unión Europea. Qué pensarán de los griegos y de otras naciones de poco fiar.

El próximo capítulo estará dedicado a un tema espinoso, el nacionalismo alemán, con insidiosas comparaciones con el nacionalismo español.

Visiones de Alemania I

Visiones de Alemania III

Visiones de Alemania y IV

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