VISIONES DE ALEMANIA (I)

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Contrastes históricos y urbanos de Nuremberga, a la orilla del Pegnitz. Postal tópica, pero reveladora
Contrastes históricos y urbanos de Nuremberga, a la orilla del Pegnitz. Postal tópica, pero reveladora

Conozco Alemania desde 1968, aunque solo he vivido en ella cosa de un año, uniendo todos los periodos. Esto me ha permitido hacerme una idea aceptable del país y de su gente. Tengo en la memoria términos de comparación, incluida la República Democrática Alemana, donde pasé parte de un verano.

Atribuyen a don Pío Baroja la idea de que el nacionalismo se cura viajando. Parece que se refería al vasco y al catalán. El nacionalismo español no hace falta curarlo, porque casi no existe o se manifiesta en la intimidad; está mal visto entre determinada gente, que acaso no sea mucha, estas cosas son difíciles de calcular.

En realidad, el nacionalismo de cualquier tipo no es ningún vicio, como tampoco la afición a fútbol o a comer fabada lo es. Solo son malos los exclusivismos, los atracones.

Después de cuarenta y siete años, de lecturas literarias, relaciones con alemanes de distintas procedencias, y suficientes viajes a las dos Alemanias, este país me sigue impresionando como al principio, o incluso más. Porque a los dieciocho años, la Alemania que conocí, impresionaba al joven con más prejuicios que experiencia, y la de ahora la miro excluyendo como puedo los prejuicios y los estereotipos, y filtrándola a través de la razón acumulada.

En el verano de 1968, la crucé de arriba a abajo en autoestop.

Entré por la Baja Sajonia, desde Holanda. Me cogió un hombre de negocios en un Mercedes impresionante, donde iba ya otro autoestopista. Nos dejó en la frontera, a unos metros de la barrera, que cruzamos a pie el otro chaval y yo, enseñando el pasaporte con cierta aprensión. Creo que era la carretera de Hannover. El hombre que nos había llevado hasta allí, un alemán, no pisaba su tierra desde la guerra. Era judío, dijo, y el único que quedaba de una larga familia, que habían exterminado los nazis. No dio detalles de cómo logró librarse él, y si los dio, no los recuerdo o se me escaparon, porque mi inglés de entonces era muy precario, y nos entendíamos en esa lengua franca.

La historia vivida, cuando relata hechos tremendos, es como un aldabonazo en la conciencia de un joven. Yo pensaba que me metía en un avispero. Pero Alemania resultó un país recién construido, donde la gente vivía en la mayor prosperidad. No había huellas de la guerra. Salvo el contraste arquitectónico de la reconstrucción: edificios antiguos junto a otros de una atrevida modernidad. En Alemania Occidental se pusieron de acuerdo para rehacer el país respetando lo que merecía conservarse, rehabilitado lo que se podía, y levantando inmuebles sólidos y respetables contiguos a los viejos, pero con un aire Bauhaus que permea todas las ciudades del país que sufrieron bombardeos. Son edificios cúbicos, de cemento, con grandes ventanas, donde la geometría euclidiana dispara la imaginación de los arquitectos con una limpieza y un orden por completo germánicos.

Recuerdo que este escenario de lo viejo y lo moderno hombro con hombro, y los interiores de los edificios, nítidos, con indicaciones para mí incomprensibles de lo que había en ellos, me fascinaron. En especial algo tan vulgar como los servicios, los váteres, casi siempre limpios como patenas, me llamaban la atención, porque el término comparativo era la gorrinería popular española.

No es que el pueblo alemán sera más limpio que el español, solo más respetuoso con lo público. Tampoco es que los alemanes sean más ordenados u ordenancistas que los españoles. Nos superan de nuevo en respeto al orden establecido, en el que creen hasta que se convencen de que no les conviene, y organizan revoluciones como la de 1918, que estuvo a punto de derribar al Estado Prusiano.

La imaginación se dispara al interpretar el contenido de esta imagen
La imaginación se dispara al interpretar el contenido de esta imagen

En 1967, poco antes de cruzar yo Alemania, las universidades ardieron en el mismo fuego que la Sorbona en mayo del 68, y continuaron haciéndolo durante unas temporadas. En otoño del 67, con motivo de las manifestaciones contra una visita del Sha de Persia, un policía mató de un tiro injustificado e injustificable, al estudiante Benno Ohnesorg en Berlín, y se organizó una buena en el país. Era la época de los situacionistas, de los artistas provocadores de Fluxus, que organizaban unos llamados happenings que no tenían nada de improvisados.

De esto no me enteré en absoluto, solo fui consciente del momento revolucionario, si se me permite la exagerada expresión, al regresar en 1973, ya como redactor de un semanario que el gobierno español editaba en Colonia, Renania, para los emigrantes.

En esa parte del país se concentraba la industria (cuenca del Ruhr), y los Gasterbeiter (trabajadores invitados, término hoy en desuso, aunque cierto) vivían por allí a montones. Al principio en el sentido lato del término, porque muchos dormían en barracones (con calefacción, eso sí, y ciertas comodidades, había que diferenciarlos de los Konzentrationslager del nazismo); luego se fueron buscando la vida en los barrios baratos de las ciudades. Cuando yo llegué, casi todos tenían su casa, o vivían en grupos en lugares dignos.

Una de las cosas que me llamaron la atención fue que la guerra técnicamente no había acabado. Tuve que registrarme en la policía, algo que en la España de Franco el común de las gentes no estaban obligados a hacer. La paz definitiva se firmó tras la unión de las dos Alemanias, en 1990, en Moscú. Y creo que en 1974 ó 75 los aliados occidentales firmaron con la RFA algo para devolverle la soberanía, al menos en la práctica, porque en el papel siguió siendo un país ocupado. Por eso, cualquier movimiento ruidoso o con uso de violencia, como la Rote Armée Fraktion (Fracción del Ejército Rojo), conocida como la Banda Baader-Meinhof, disparaba todas las alarmas.

Hay una película de 1978 titulada “Alemania en Otoño”, Deutschland im Herbst, firmada por cuatro reconocidos directores: Rainer Werner Fassbinder, Alexander Kluge, Edgar Reitz and Volker Schlöndorff, en los que se cuenta el miedo que se cernió sobre Alemania en aquella época turbulenta, con secuestros y asesinatos de personas influyentes, del “Stablishment”.

Época a la que precedió otra también inquietante, en la que parecía que el nazismo iba a renacer, al principio de los años sesenta. Testimonio literario de ello son dos novelas: “Una pequeña ciudad de Alemania”, de John Le Carré, y “Odesa”, de Frederick Forsyth, en la que se revelan conspiraciones de supervivientes nazis para recuperar su influencia en Alemania.

Hoy, en un siglo XXI en el que los radicalismos políticos europeos son ecos del pasado, estas cosas suenan a fantasía anacrónica. Pero en los años setenta, la Segunda Guerra Mundial era una realidad experimentada por la mayoría de la población viva en Europa, igual que la Guerra Civil se respiraba en los comedores de todas las casas españolas.

La redacción del semanario en el que trabajaba, “7 Fechas”, estaba dirigida por Teodoro Delgado Pomata, un hombre sensato y razonable que había sido quintacolumnista en Madrid, según sus propias palabras. Quintacolumnistas eran los falangistas y personas afines a los sublevados con Franco que vivían en “zona Roja”, y supuestamente pasaban información valiosa al enemigo, es decir a sus camaradas.

Ignoro si Teodoro Delgado Pomata tuvo algún papel importante en ese menester del espionaje. Insisto que era un hombre con un alto sentido de la profesionalidad, trabajador y amistoso. Yo aprendí de él. Estaba casado con una rusa a la que nunca vi, porque la familia vivía en España. A esta mujer la conoció en Rusia, cuando él luchaba contra el comunismo con la División Azul. Este hecho revela la psicología de aquellos hombres, al menos de algunos, que se metieron en un espantoso berenjenal del que muchos no volvieron, muertos en combate, congelados en la estepa rusa o prisioneros en el Gulag. Los soldados alemanes, reclutados por obligación, diezmaban la población, arrasaban las ciudades y violaban a las mujeres. Los españoles, voluntarios, se comportaron de otra manera, y la esposa de Teodoro Delgado es una de las pruebas.

Estos detalles son un pequeño testimonio del espíritu de los tiempos, der Geistzeit, en la Alemania de los años setenta.

En el verano de 1976 pasé una semanas en Berlín Oriental, en un curso de alemán que tenía lugar en la Universidad Humbolt, un sólido edificio construido frente a la Opera en Unten der Linden. Me permitió conocer las cosas esenciales de la República Democrática Alemana. La impresión más fuerte es que se trataba de un país situado diez o veinte años por detrás, no de la otra Alemania, sino de España. Atravesar el actual territorio de Sajonia-Anhalt, desde Braunschweig a Berlín, era como cruzar un paisaje de la España húmeda, pero con las huellas bélicas a la vista. Allí no había llegado el plan Marshall, y el aspecto de los pueblos y las ciudades era casi el que tenían en la primavera de 1945. Berlín oriental estaba lleno de ruinas. Y el centro de la ciudad de Dresde, a la que hicimos una excursión, era una serie de calles y avenidas flanqueadas por fachadas, tras las cuales solo había cascotes.

Un año después hice otro curso de alemán de verano, ahora en la universidad de Bonn, entonces capital de la RFA (la pequeña ciudad de la novela de Le Carré). El panorama era el opuesto: prosperidad, casi lujo. Me impresionó un comentario espontáneo (o no, vaya usted a saber) de una de las profesoras, una chica de poco más de treinta años. Su cometido era ilustrarnos sobre la historia y la cultura de Alemania. Y dijo algo así como: “¿Se figuran ustedes lo que sería Alemania si volviera a unirse. Seríamos una potencia insuperable?”. Como los griegos y muchos otros sabemos, tenía razón.

Visiones de Alemania II

Visiones de Alemania III

Visiones de Alemania y IV

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