ENCUENTROS FORTUITOS EN EL JARDÍN

Minientrada Posted on Actualizado enn

SONY DSC Verónica Deriba

Una tibia madrugada de invierno Verónica Deriba paró un taxi.

El auto se desvió hacia el bordillo, y se detuvo runruneando a la altura de la noctámbula.

Sentada junto al chófer iba una mujer con cara de maleta, posiblemente su señora.

Pero Verónica no reparaba en ningún detalle, sumida en la humillación, el desengaño y la compasión hacia sí misma.

—Lléveme a …. —Verónica dio una vaga dirección de las afueras.

Al aproximarse al suburbio y tener que ampliar detalles, hizo como que había olvidado algo, y pidió al taxista que volviera al lugar de partida.

Lléveme a casa, a Toulouse, al principio de los tiempos, al vientre de mi madre. Vuelva usté atrás, cuando vivía Franco, y yo creía que Franco era el gendarme de la puerta de al lado, que sacudía a su mujer y a sus hijos y les llamaba salaud.

Entonces se le encendió el deseo. Inoportuno, tardío, inútil. Ocurrió al buscar los cuartos para pagar el viaje, al apartarse el abrigo de conejo y hurgar en el bolsillo de la falda. Útil y oportuno habría sido el deseo una hora antes, en la “Explanada de los Condones”, atrapada en los brazos de Bernardo el Insistente.

Habían cenado juntos una selecta variedad de pinchos con cañas de cerveza en un salón castizo. Habían ido al cine, en versión original. Y al salir, Bernardo el Insistente la había invitado a su casa.

—¿Vamos a mi casa, Verónica?

—No.

Sin explicaciones, sin excusas. Aunque se muera de ganas, que no se muere, porque él sólo la desea, no la ama. Y ella no desea deseo sino amor.

—¿Te llevo a la tuya y me invitas a una copa? – Simpático y atrevido.

—No –. Sin más. Ya está.

—¿Por qué?

—Porque no bebo –. La evasión más fácil

—Pero, no seas inconsecuente una vez más, Verónica. ¿No me habías dicho que no estaban ni tu marido ni tu hija? – El Insistente carga su queja de un acento infantil, enfurruñado

—Sí. Están en la Sierra. En el chalé de mis suegros — con la mirada al frente, desde el otro lado de un muro espeso, aunque invisible, que sostiene Verónica entre los dos.

—Lo que tú quieras, Verónica — cede Bernardo con resignación.

Quizá una sumisión atávica, quizá otra cosa, provoca el pánico en la hembra. Nota un súbito frío y se aprieta al sujeto, que no reacciona. Siente ella que el frío le baja de las raíces de su pelo de estopa, atraviesa el interior de la cara, que percibe vacía como una máscara, desciende por la espina dorsal, y se posa en sus vísceras. El frío se extiende por todos los rincones de su cuerpo suavecito volviéndolo de hielo, como un aviso de la muerte.

—Quiero hablar contigo, Bernardo —asomando la cabeza por encima del muro virtual que les separa y les une.

—Piensa en algún tema nuevo, que a mí se me han acabado —replica él, mohíno.

—¿Qué quieres de mí? ¿Mi cuerpo? –Pregunta en un tono melodramático que le parece demoledor y auténtico.

—Es lo más atractivo, desde luego.

“¿Por qué eres tan cínico? ¿Por qué sois tan cínicos?”, se calla. Y susurra en un tono de calculado desconsuelo:

—Sólo mi cuerpo.

Pasean en silencio, dando vueltas por las calles de un barrio desahuciado, desmenuzando comentarios tan huecos y vacíos que se quedan colgando de la luz de las farolas.

Luego se dirigen a los suburbios ricos, por carreteras que parecen túneles entre plátanos de Indias alfombrados de hojarasca. Despacito.

La radio del vehículo recoge una música tan lenta como la noche.

—¿Sabes qué es esto? —pregunta Verónica exagerando de nuevo la emoción, fingiendo un pesar que no siente.

—“Muerte en Venecia”.

—El adaggieto de la Quinta Sinfonía de Mahler —le corrige, marcando engoladamente su superioridad, su victoria.

El tipo asiente con la cabeza, sin mostrar el más mínimo gesto de derrota. Verónica cierra los ojos, con el abatimiento de una aristócrata humillada por la horda vulgar.

Desembocan en un erial lleno de coches aparcados. Bernardo le informa del popular topónimo, “la Explanada de los Condones”.

Deja pasar un rato, y al no encontrar protestas sino un turbio silencio, el tipo inicia el trabajo para el que ha hecho los preparativos.

Le saca Bernardo la blusa para colar las manos. Se topa con una camiseta de franela, y se detiene perdido. Baja luego a las piernas y le aparta la falda.

Verónica es un robot sin baterías, ni colabora ni ofrece resistencia. Esta vez es preciso dejar que suceda. ¿Por qué están allí, si no? El tipo se mueve cada vez con más torpeza, al borde de la desesperación y el anticlímax.

Finalmente ella le besa, labios en labios, pero su mente en Babia o en Toulouse – donde nació y vivió hasta que murió Franco – y le ayuda en la última barrera: los panties y las bragas. Luego le quita a Bernardo el jersey y le desabotona la camisa.

Bernardo tira entonces de la ropa de la mujer hacia el cuello.

—Espera —Y ella misma se suelta el sostén. No busca el anticlímax, le sale solo.

Carne con carne. Caricias. Labios. Lenguas. Y toca que él entre y es difícil, sin apenas flujo vaginal.

Siento indiferencia. Siento indiferencia. Pero he de dejarle hacer, aunque no quiera. Yo no quiero, y él no lo quiere demasiado. Quizá nada. No hay amor. Sólo condones. Pero hay que terminarlo, ¿por qué estamos aquí si no?

De vuelta a casa, Verónica se apeó a dos manzanas de su portal, para andar un poco a la intemperie, para darse tiempo a sentir la melancolía de la madrugada. De pronto, quiso huir, y paró el taxi.

Y así volvemos al comienzo.

Al tocarse el muslo, la mano en el bolsillo buscando una moneda de quinientas, fue cuando sintió el fuego del deseo. Miró por un segundo el cogote de la momia que acompañaba al taxista, y ni siquiera así controló la inoportuna ebullición erótica.

Subiendo en el viejo ascensor dejó caer al suelo el bolso y el abrigo y se buscó a sí misma con las manos delante del espejo de art-deco. Su cara ardía como la de una virgen drogada, sin rastro apenas de edad ni sufrimiento. Olvidaba, se asomaba al otro mundo. Se encontró en sus pupilas, que hacía brillar el desvarío.

Y así se estuvo, sin percatarse de que el ascensor había parado en su rellano, inclinándose hacia el espejo, hasta dar con la frente en él los topetazos de la expansión final.

Cerró los ojos, y al recobrar la conciencia de lo rutinario, se encontró con una cara que abominó reconocer. Había frente a ella una mujer echada contra un espejo, doblada por la cintura, con una mano en el vientre, como si acabara de recibir un golpe bajo.

Al entrar en el piso Quinto C del edificio modernista, se fue derecha hacia el cuarto de su hija. Quería encontrarla, dormidita en su cama, al lado del pupitre, con un peluche sobre la alfombra, todavía con cinco años, sonriendo, sin salir del sueño, en respuesta al beso de mamá. Verónica Deriba no quería saber que su hija tenía ya quince y que no dormía esa noche en casa. Interrumpió todo movimiento al sentir en su mano el pomo de la puerta, redondo y dorado. Y en ese instante percibió físicamente que estaba a punto de atravesar, sin posibilidad de vuelta, el umbral de los cuarenta. Giró la mano, empujó la puerta, y entró en un bello jardín iluminado por la luz mortecina del amanecer.

Rosario Péndol

“La Felicidad existe. Persiguela.”

Parece un mandamiento, pensó Rosario Péndol, y soltó por la boca una serie de nerviosos chorritos de humo.

Una vez, Rosario Péndol se descubrió en un espejo tirando el humo. ¡Qué sorpresa! Lo hacía por la comisura izquierda de sus finos labios, con una involuntaria mueca de demencia. Es natural, soy joven, estoy loca.

Así sería Rosario: unos veinticinco años, pelo negro ondulado, mirada de gata callejera añoranza de pedigrí, y carne de almendra sin tostar. Más bien bajita. Encerrada en su cascarón.

“La Felicidad existe. Persiguela.”

Rosario levantó una lámina transparente sobre su cabeza, se puso de espaldas a la ventana del zaquizamí en el que tenía su estudio, y la contempló. Representaba la satisfacción, el orgullo profesional. Y, disimuladamente, la nostalgia. Pronto sería la máquina, no sus manos, quien conseguiría artes finales mucho más perfectos que los del ingenio vivo.

He aquí otros enunciados de la lámina transparente: “Catálogo del perfecto imbécil”. “Atajos para llevarlo al huerto”. “Moda íntima: oscuro objeto del deseo”.

Rosario salió del estudio y por un estrecho pasillo se dirigió a otro cuartito soleado. Junto a la ventana, que se asomaba a un barrio de tejados centenarios y a la torre enrojecida de una iglesia neo mudéjar, estaba la máquina prodigiosa: el cajoncito sobre un escabel, la pantalla sobre dos guías viejas de teléfono y el teclado sobre una mesa de comedor enorme que había pertenecido a sus abuelos. Infinitas porciones de información binaria y versátil, capaz de transformarse en números, en letras, en operaciones matemáticas, en fichero contable, en geómetra, en escribano, en tipógrafo, linotipista, cajista, montador, estampador, y dentro de nada, en rotativa de ocho cuerpos. Diseño por ordenador. La última palabra.

Se plantó la muchacha delante del instrumento prodigioso lo conectó, escuchó su runruneo mecánico, y cuando en la pantalla se detuvo la sucesión de avisos y quedó con sus iconos fijos, de un azul fosforescente, Rosario alzó la lámina en un gesto consagratorio, se la enseñó a MacKintosh, y le dijo en tono de advertencia, “Esto lo he hecho yo, ¡que lo sepas! Con mis manos y la ayuda de la Repromáster, que no tiene chips ni leches raras, calculando los tiempos a ojo. Tú lo harás mejor, vale, pero cuando yo lo diga, y como me dé a mí la gana”. Apagó el cerebro electrónico, se dio media vuelta y retornó al estudio.

En el camino se desvió a una espelunca no mayor que un armario ancho, que contenía un retrete sin taza. Colocó en el suelo, frente a ella, la transparencia, puso los pies en las plantillas de loza, se bajó los pantalones, se agachó y se puso a mear. Y de esta guisa hizo el descubrimiento, a la luz mortecina del ventanuco abierto en lo alto, por encima de la cisterna siseante. La felicidad existía, pero había que perseguirla con mayor tino. Había compuesto “Persiguela“, sin acento. Le pareció oír la risa de MacKintosh, el Autocorrector, en el cuartito de al lado.

De pronto, toda la convicción de aquel cartel, para publicitar una revista mensual en los quioscos, se vino abajo. Era como si, presas de una súbita flojera, las rotundas sentencias se hubieran escurrido hasta el suelo del retrete y se estuvieran dirigiendo hacia el agujero de los excrementos.

Rosario imaginó a la chica que acompañaba la sarta de rótulos, grabada en otra plancha. Su ademán se comerse el mundo de una carcajada, perfilado al lado de las frases, se había evaporado, se le había helado la risa. Rosario Péndol sintió el frío en sus nalgas.

En esto, sonó el teléfono.

Rosario se apresuró a componerse los pantalones y salió zumbando del retrete. La transparencia se quedó en él como abandonada en un hospicio.

—¡Hola, Rosi! – Era la voz cantarina de Manuel, uno de los compañeros de piso de la diseñadora —. Acaba de llegar un telegrama para ti. ¿Vas a venir a comer?

—No puedo, cielo. ¿Por qué no me lo lees?

—Por eso te llamaba. Por si es un encargo o un aviso.

Manuel hacía vida de pareja con Ludolfo. Para la diseñadora constituían el triángulo ideal: dos hombres a lo suyo y en otra alcoba una mujer independiente, sin interferencias eróticas. Rosario se dedicaba por entero a su profesión. Eso afectaba.

Manuel tardó en volver a hablar.

—No es ningún encargo —Nuevo silencio, como si se hubiera cortado la línea.

—¿Pero qué dice, tío, que me tienes en vilo?

—Es personal. Lo siento.

– Mi vida no tiene secretos. Venga.

—Haces mal, Rosi. ¿Por qué no lo cierro, hago como que no lo he leído, y te lo dejo en tu alcoba?

—¡Una mala noticia!

—Más que mala, impertinente. Es de tu novio.

—Yo no tengo novio, Manuel.

—Bueno, del último ligue, un tal Cándido.

—Que le den por saco.

—¡Qué bestia eres!

—¿Me lo lees o qué?

—Es un poco largo. – Manuel se resistía. – ¿Te lo leo?

—¡Que sí!

– “Te ciega el resplandor de cada fogonazo de tu desalmada Repromáster. Llegarás a creerte las mentiras que reproduces. Pensé que podrías ser mi Reprovenus, altiva Atenea. ¿Sólo te interesa tu propia intimidad? ¿Y los demás, qué tenemos, el corazón de piedra? Si alguna vez te olvidas un poco de tus falacias, búscame. Te sigo amando. Cándido.” Lo siento.

—¿Dice “lo siento”?.

—No, lo he dicho yo. No quería leerte esto, Rosi. Sé que no eres así. Pero le has debido hacer daño al chico.

—¿Que le he hecho daño yo? ¿Y él a mí? —Rosario tragó aire— . Vale, es verdad, soy inconstante con los tíos. Llegan a creer que estoy loca por ellos. Pero no finjo, te lo juro. Es que soy como un castillo de fuegos artificiales, duro lo que tardo en encenderme. Enseguida me aburro. Después de un par de semanas, me empiezo a sentir mi madre o mi tía o mi hermana la que está casada con el militar de Ceuta. Yo soy yo enterita, no un veinte o un treinta por ciento. ¿Me entiendes?

Rosario Péndol contuvo un sollozo.

—¿Por qué no te vienes a comer, Rosi?

—¿Qué hay?

—Guisado de pollo con alcachofas.

—Vale. – Se secó las lágrimas con el dorso de la mano —.A las dos y media.

Buscó Rosario un acento desesperadamente, como si no hubiera acentos en el mundo, como si las cosas fueran romas y las palabra átonas. A su alrededor, en el estudio del viejo barrio capitalino, en lugar de aire sentía Rosario una presión inerte, como de globos invisibles. Notaba el abrazo de una elasticidad infinita, un verdadero acoso, el peso muerto de la depresión.

Tenía que buscar un acento si quería escapar de la parálisis, del impulso de encogerse sobre sí misma y dejarse envolver por una cáscara de acero, y quedarse dormida sobre el suave oleaje de una placenta.

Halló el acento, porque en su estudio había una inflación de acentos, de letraset, de mecanorma, de recortes, de desechos, y el propio MacKintosh desbordaba de acentos de todas las familias imaginables, de todos los cuerpos, hasta de los cuerpos que no existen.

Recuperó del retrete-hospicio la plancha desechada. Puso la tilde sobre la “i” de “persíguela”, depositó la cartulina sobre la Repromáster, y obtuvo una nueva y flamante transparencia.

Recuperados todos los acentos, y cada uno en su sitio, Rosario se olvidó de que existía un mundo fuera de su casa. De apetito escaso, no sintió las punzadas del hambre, y por puro despiste no acudió a la cita con el estofado de pollo y las alcachofas.

Más de las tres serían cuando llamó Manuel, por si las moscas.

—Ahora mismo voy! Y me comeré el pollo aunque parezca goma.

Rosario quería reconciliarse con el afecto, porque su corazón no era de piedra. Había algo dentro de ella, un agujero de la conciencia abierto a un escenario de contrición y culpa, que le hacía ver a la pareja como una rutina insoportable. Y si era capaz de convivir con Manuel y con Ludolfo era precisamente por su condición de homosexuales. La convencionalidad contradictoria, el afecto sin frutos, la paradoja estéril, novedades absorbidas por la esponja de la sociedad urbana.

Según su costumbre meticulosa, Rosario ordenó la mesa, puso en su sitio cartulinas, lápices, reglas, rotuladores, cuchillas y espráis adhesivos, apagó la Repromáster, desconectó todos los aparatos y dejó los radiadores eléctricos en posición de mantenimiento.

Se peinó en el espejo de la entrada, se arregló los tirantes del sujetador, se metió en un tres cuartos azul marino, y salió a la escalera encendiendo un cigarrillo.

Pero hubo de detenerse a medio camino hacia el piso de abajo. El rellano del tercero estaba libre, pero en el tramo de escalera que empezaba a descender de él había un atasco.

Tres empleados de una funeraria cargaban un ataúd e intentaban transportarlo hasta la calle. Había una puerta abierta de par en par, la de la única vivienda, porque las otras eran oficinas. En el hueco había una viejecita encogida y abrazada a una mujer joven, quizá una nieta.

Era obvio, le pareció a Rosario, que en el ataúd iba el cadáver del hermano gemelo de la viejecita. En los ojos de la anciana más que desolación había pavor. Y la causa de este profundo miedo parecía ser un tipo con anacrónico sombrero de fieltro oscuro y abrigo de lo mismo, que intentaba hacerse un hueco para franquear el atasco, al otro lado del ataúd y sus porteadores, y subir hasta la puerta de la vivienda marcada por la muerte.

El silencio era total. Hasta los esfuerzos de los funerarios eran mudos. Y a pesar de eso y de que nadie hacía gestos, se percibía el brazo de la anciana levantado hacia el tipo de negro, con la mano extendida haciéndole alto, y al ave rapaz estirando las alas y las garras en dirección a la viejecita.

Rosario, mirándolo todo desde el semirrellano, creía estar viendo un cuadro de la escuela realista francesa, de Daumier o de Courbet. Tiró el cigarro al suelo y lo pisó con saña.

En esto, los que cargaban al muerto, decidieron retroceder hasta el rellano para intentar otra fórmula. Y cuando el siniestro tipo del sombrero se disponía a plantarse delante de la puerta del piso, la muchacha se soltó de la abuelita, avanzó hacia el monstruo y conversó con él unos instantes en voz baja. El ave rapaz dio media vuelta y se perdió escaleras abajo.

¿Qué ha pasado, señora Paca? —preguntó Rosario al llegar al rellano.

—Que me ha dejado Hipólito — gimió la pobrecita.

Rosario, que había heredado el estudio de su abuelo y recordaba desde siempre a la pareja, sintió una pena honda. Ya de niña, había tenido la impresión de que eran dos gorriones pequeñitos y gordezuelos, con las piernas cortitas y los brazos recogidos. El fue dependiente de un comercio de artículos religiosos hasta su jubilación, ella, una insignificante ama de casa conforme con su destino de cuidar a un hermano en lugar de un marido.

Rosario la abrazó, mirando de reojo a la muchacha, porque ahora caía en la cuenta de que los ancianitos no tenían familia.

—Soy asistente social del Ayuntamiento – aclaró la joven —. Aquel individuo —señalando con la barbilla hacia donde había escapado el ave rapaz —es el dueño del piso. La señora Paca teme que pueda echarla a la calle. Ya ve. No quiere ni ir al entierro, por si el tío ese no le deja entrar a la vuelta.

—No se preocupe, mujer. La ley le protege —confirmó Rosario cariñosamente.

—Sí, ¿pero quién es la ley, hija? Ya no tengo a nadie que me defienda —y se quedó mirando al ataúd que, atado por una correa, por fin descendía sobre los hombros de los funerarios, formando un peligroso ángulo con la horizontal.

A Rosario se le ocurrió que debía ayudar a doña Paca.

—¿Quiere ir usted al cementerio?

—Sí. Pero me da miedo dejar la casa sola.

—Me quedo yo —dijo Rosario —Vaya usted con esta señorita. Y cuando vuelva, yo estaré aquí. ¿Tiene usted teléfono?

—No. ¿Para qué queríamos un teléfono?

—Espere.

Rosario subió a su estudio, llamó a Manuel, y volvió a bajar.

La señora Paca se marchó aliviada de su aprensión, cogida a la asistente social del Ayuntamiento, como un gorrioncillo viejo, vestida de luto, y un velo sobre su moño blanco.

—Gracias, hija. Ahora las jóvenes no dependen tanto de los hombres, ¿verdad? —había dicho.

Rosario Péndol se introdujo en la vivienda de los abuelitos. Olía a rancio, a antiguo, a decadencia. Los muebles, el oscuro aparador, los marcos de los espejos, las vitrinas cargadas de cachivaches de museo, las sillas y la mesa del comedor, sin lacar desde los años cuarenta, con una pátina de pringue, provocaron en Rosario un despiste emocional, como si hubiera entrado en otro mundo o en otra época.

Se sentó en una butaquita del estrecho costurero, y al cabo le entró modorra. Buscó sus cigarrillos y encendió uno. Despabilada de golpe, impulsada por un muelle roto, se puso en pié y empezó a curiosear, tirando chorritos de humo por la comisura izquierda de los labios. Abría las alacenas y los armarios, y se complacía en los vasos tallados, en los picheles, en las bandejas de antiquísima loza con imprimación polícroma de flores, y en las ropas de los abuelitos, ordenadas como el ajuar de dos recién casados.

Mas al llegar a una puerta del pasillo, a todas luces la del armario de la plancha, se quedó parada ante ella, la mano en el pomo, sintiendo una atracción distinta a la curiosidad, fuerte y extraña, como si alguien estuviera empujando desde el otro lado.

La abrió, y se encontró frente a un jardín. Durante un instante, tuvo la sensación de que una persona invisible, quizá un fantasma, entraba a través de ella desde el jardín a la vivienda de la señora Paca.

Dunau, un tipo grotesco

¡ZZZZAS! ¡PLOP! Se clava un obús en la espesura. Viene disparado desde la retaguardia. Aterriza igual que un globo perforado, igual que un paracaidista primerizo. Llega del caos étnico, acomplejado y triste, con arrugas de miedo en el entrecejo. Lleva un hombre encerrado en su cascarón de acero, una crisálida a punto de cuajar, todavía con la guerra en los talones, de batalla en batalla, como un Atila derrotado y perseguido a lo ancho de la estepa. Huyendo de sí mismo. Con soniquete balcánico canta su canción.

Vengo de la Iliria,

borracho de sangre.

Vengo de la Iliria,

de pasar mucha hambre.

Salió un tipo de la cáscara del obús y se arregló la indumentaria, que consistía en un uniforme de campaña hecho de harapos de variados colores, y cuatro mochilas a reventar, sujetas a la espalda, al pecho y los costados. Se las quitó para apañarse el traje, y parecía un murciélago con napias, canijo y flaco. Tornó a cargarse de los sacos y echó a andar por una senda del jardín. Le hacía gracia el ruido de sus botas al pisar la grava. Tiró por una cuestecilla y llegó a un estanque. Había juncos en las orillas, y flotaban nenúfares. En la parte más sombría, enroscados a los troncos de un sauce y de un fresno, trepaban sarmientos de hiedra. De la espesura venían las voces del jilguero, la calandria y el zorzal.

Sacó de algún sitio una flauta de barro, y al soplarla sonó un eco tropical.

—¿De dónde sale usted, buen hombre?

La voz procedía de un tosco puentecillo de madera.

—¿Quizá de una ópera? —volvió a decir el curioso.

Era un tipo rubio, muy alto, con una guedeja que parecía una boina cruzándole la frente. Tenía delante un caballete, y sobre él una tabla, en la que trabajaba.

—¿Se llama usted acaso Papageno? —insistió el pintor.

—Me llaman Dunau —dijo el tipo grotesco, aproximándose al puentecillo.

—Tanto gusto. Yo soy Reixac, Pintor Vocacional.

—Sería usted tan amable de informarme dónde estoy. Acabo de llegar, y no he visto ningún cartel.

—Esto es…, déjeme usted explicarle… Se encuentra usted en un lugar privilegiado al que conducen todos los caminos. Aquí por lo general, acude todo el mundo, se marchan y vuelven. Pero pocos se quedan. Para quedarse hay que estar, cómo le diría yo…—El tal Reixac se atornillo la sien con un dedo —. ¿Me entiende usted lo que quiero decirle?

—Pero, ¿cómo se llama?

El pintor fingió preparar, con el brazo en el aire y la mirada en suspenso, una pincelada maestra.

—Creo…, me temo que no tiene nombre.

—¡Ya! Sabía que acabaría en un lugar así. Espero que se pueda salir de él —. El tipo se puso la flauta en la boca y volvió a hacer el trino tropical —. ¿Y lleva usted mucho tiempo aquí?

—Un montón. Se está muy a gusto. Mire, ahora estoy pintando un retrato de mi novia.

Dunau se colocó delante del caballete. Sobre la tabla había un trabajo a medias, una muchacha desnuda, en el ademán de una Venus naciente, rodeada de rostros todavía esbozados, pero que parecían máscaras. Lo que más llamaba la atención de la tabla era su confuso estilo, algo que parecía deliberado: la mujer, de un naturalismo fotográfico, el resto, las caras y el paisaje, una montaña umbría con un castillo en lo alto, de un delirante gótico flamenco.

—¿Qué le parece?

—¿Es esta su novia?

—Ahá.

—¿Y vive aquí?

—Oculta como un fantasma. A veces, yo mismo creo que sea un fantasma. Se llama Viljoen, y debe de ser surafricana. Es una chica preciosa, tiene la figura de una virgen de Murillo. Lástima que no se deje ver. Pero es tan triste. A veces cuenta que de niña la violó un mulato. Pero yo he averiguado que es mentira. Es una excusa para rechazar a los hombres de cualquier color. A mí, en particular. En realidad sólo le gustan los negros —. El pintor Reixac, acompañaba sus explicaciones con movimientos del pincel sobre la tabla, como si en ella se manifestaran los detalles de su discurso —. Le revelaré una secreta averiguación que hice hace poco, y que explica sus manías. Lo que le pasó siendo niña es que se enteró, y quizá hasta presenció, una relación carnal de su padre, un granjero puritano de Graaf Reinet, con una sirvienta xhosa. Y, ¿sabe usted lo que le produjo mayor trastorno? La hipocresía del padre, dirá usted. Efectivamente. Pero también que la negra parecía regocijarse. Se sintió culpable desde entonces. Y yo no puedo ni tocarla. Esto le hace sentirse más culpable todavía. Además, la mayor parte del tiempo la pasa sin ropa, zascandileando por ahí, provocándome a mí y a los transeúntes. Es increíble. Supongo que esto me pasa porque soy un artista. Aunque lo que ve usted aquí no es más que una falacia, pura falsificación. Lo mío es otra cosa. Ahora estoy preparando…

—¿Por aquí pasa mucha gente? — le interrumpió Dunau, el de los andrajos.

—Sssí, sí. Pero no se quedan, ya le digo. Es un jardín, dese usted cuenta.

—Ya, ya.

—¿Había estado antes?

—No exactamente aquí. Probablemente no me dio tiempo a recorrerlo.

—Sí. Esto es enorme. ¿De dónde viene ahora, señor Dunau?

—De Yugoslavia. Y estoy vivo por los pelos.

—No me extraña. Menuda guerra civil que tienen allí. Desde que murió Tito. Parece que hay pueblos a los que les va la marcha, siempre con el palo encima, y si no, lo cogen y se muelen entre ellos.

—¿Dice usted que ha muerto el camarada Tito?

—Hombre, hace ya años. Pero nadie imaginaba que acabarían a tiros.

—¿Quiénes?

—Los cristianos ortodoxos, los cristianos católicos y los musulmanes.

—La verdad es que pocas veces… – empezó el enano andrajoso, aproximándose retóricamente a una verdad inaceptable. Pero en seguida se calló, porque Reixac había dejado de prestarle atención de un modo muy descortés. Se había vuelto a un lado, y escudriñaba entre los árboles.

—Perdóneme, señor Dunau. Me había parecido que era mi novia.

—Está usted colado por ella, ¿eh?

—Sí, sí. Es porque soy un artista.

—Y ella, qué, ¿una rica heredera?

—¡Qué va, hombre! Pero, siga usted, por favor. Hablábamos de los cristianos y de los musulmanes.

—Bueno. Era usted quien me informaba de algo que me deja perplejo. Nunca se han llevado bien serbios y croatas. Pero yo pensaba que el camarada Tito había dado con la solución, al fin y al cabo es montenegrino. Ya veo que estaba equivocado.

—Pero, ¿cómo es posible que venga usted de Yugoslavia y no se haya enterado de la muerte de Tito?

—La última vez que le vi fue cuando anunció al estado mayor de los partisanos la formación de un gobierno provisional. El país entero era nuestro. Sólo las ciudades estaban en manos de los nazis y de los fascistas de Pavelic y de Mijáilovic.

—¿Me está usted hablando de la Guerra Mundial?

­Sí —. Dunau dudó —. No sé. La guerra contra los nazis. Está toda Europa ocupada, menos las Islas Británicas.

—Han pasado ya cincuenta años de eso, ¿sabe?

—¡Demonios! He errado el tiro… Así que se siguen matando en Yugoslavia. ¿Y en el resto de Europa también? Menuda guerra. Cualquiera lo habría dicho de los alemanes…

—¿Por qué supone usted que si se matan en Yugoslavia también ha de haber guerra en Europa, señor Dunau?

—Es la misma guerra, ¿no?

Era la misma guerra. Le digo que ha dado usted un salto de cincuenta años.

—Un fallo de cálculo. Soy aprendiz de artillero, he de reconocerlo. Pensaba que había apuntado bien, hacia Inglaterra, cerca de una base del ejército del aire. Estaba harto de la guerrilla. Quería unirme a un ejército regular. Quería un frente normal, permisos. Ya sabe. El trabajo del militar es muy perro, como para agravarlo todavía más con la vida partisana. Además, allí en Iliria hay muy poca disciplina, cada uno lucha por una causa. No me extraña que el camarada Tito haya fracasado.

—¿Es usted comunista?

—Sí, señor.

—Lo siento.

—¿Por qué lo siente? ¿Es usted un fascista?

—¿Yo? Soy un pequeño burgués. No creo en nada.

—Ahí está el origen del conflicto —señaló Dunau con voz de libro —. La indiferencia egoísta del individuo. La lucha de clases llevada al paroxismo desemboca siempre en la guerra. Los capitalistas y sus estados mayores movilizando a los pueblos desorganizados, desunidos, traicionados por el socialfascismo y enfrentándolos.

—¿Y eso puede evitarse?

—Con el gobierno científico. La dictadura del proletariado, señor Reixac.

—Mire, si puede usted, señor Dunau, dese una vuelta por la calle. Compre un par de periódicos y vea dos o tres informativos de la televisión.

—La televisión. ¿Eso qué es?

—Una tontería, un lujo inútil para seducir al pueblo.

—¿Y qué he de hacer para salir del jardín, para ir a la calle?

—Necesita usar una de las puertas privadas de la gente que viene aquí de paseo.

—¿Va a salir usted pronto, señor Reixac?

—No. No me interesa hasta que acabe mi proyecto. Venga otro rato por aquí y se lo explicaré.

—¿Persuadir a su novia, la señorita Viljoen?

—Ni mucho menos, hombre. Un proyecto es una cosa seria.

El astroso Dunau se puso en marcha y paseó sin dirección por el jardín. Al cabo de un ratito vió de refilón que se abría en la nada una puerta y aparecía una muchacha morena fumando un cigarrillo. Se acercó al hueco de una carrera, y se coló en el otro lado.

Verónica Deriba en el “rondavel”

—Me han dicho que eres la novia de Reixac.

Verónica Deriba estaba en cueros, sentada en una mecedora de mimbre, en el exterior de uno de los “rondaveles” o chozas indígenas de aquella parte del jardín. El suelo era de tierra apisonada. Ni el hecho de estar descalza ni la falta de vestido le producía la menor molestia. Al contrario, sentía un gran alivio, producido quizá por estar hablando con Karen Viljoen.

Te lo habrá dicho él, supongo —concedió la surafricana.

—No exactamente, pero lo he oído de su boca.

—¿Le has conocido en el jardín o fuera?

—No estoy segura –. Verónica frunció el entrecejo —. Se parece a alguien que me da mal rollo. No sé exactamente quién —. Se rascó nerviosamente debajo de un pecho —. Tengo un miedo horrible al cáncer de mama.

Karen Viljoen era una rubia boer de casi un metro ochenta, sin una sola arista en el cuerpo. De piel tostada, unos pechos bajos y pequeños se manifestaban por encima de una especie de peto o faja de canutitos coloreados hecho de gruesas espinas recortadas y teñidas. Su cabeza era un óvalo maquillado y peinado a la perfección.

La chica afrikáner tendría alrededor de treinta años. Además de la faja de canutitos, llevaba una gasa de algodón enrollada a la cintura, sostenida por correas de conchitas y abalorios azules y rojos. Prendidas de un costado, un puñado de calabazas secas, y sobre sus muslos de modelo, una falda de hojas secas de palmito y de esparto. En los brazos y en las pantorrillas, se adornaba con multitud de pulseras de piedra, de malaquita y de cuerdas teñidas. En resumen, el atavío de una muchacha zulú dispuesta para el baile.

Karen Viljoen estaba de pie, en un gesto de gracia erótica, de relajo y despreocupación, apoyada en un largo assegay o azagaya terminada en una hoja temible.

—A mí quien me da miedo son los negros — dijo la boer.

—Algo he oído.

—Es mejor que te alejes de ese tipo — Karen se inclinó confidencialmente sobre Verónica.

—¿De quién, de Reixac? Pero si ni me ha visto. Estaba en el estanque, hablando con un enano con aspecto de espantapájaros. Yo acababa de entrar en el jardín, y fui a parar allí, pero ni siquiera se dieron cuenta de que les escuchaba. Me detuve a observar, porque me dio la impresión de conocer a tu novio —. La afrikáner hizo una mueca de desagrado —. Bueno, lo que sea, el pintor ése.

Verónica descargó su peso en el respaldo de la mecedora, hizo fuerza con el pie en el suelo, y empezó a balancearse. Se miró el vientre, atravesado por los surcos de algunas arrugas. De pronto, descruzó las piernas y a punto estuvo de dar un salto.

—¡Ya está! ¿Sabes quién es ese tío, Reixac? El primer novio que tuve —. Se puso en pie, y echó a andar hacia una especie de plaza, entre los rondaveles de arcilla y paja del corral, y al pasar al lado de un arbusto, sintió un pinchazo en un costado.

—¡Cuidado, es un árbol espino! — dijo Karen.

—¡Sabía que le conocía! ¿Qué es lo que hará aquí?

—Lo mismo que tú.

—¡Ya! Tienes razón —. Verónica volvió a rascarse debajo del pecho, y se puso a hablar muy bajito, casi murmurando —. Así que ése es mi novio… Fue en Toulouse. Yo no tendría más de diecisiete años. Me enamoré de él. Me sacaba lo menos diez años. Era para mí una especie de caballero andante.

Se giró un poco para dar la espalda al sol, que se acercaba a lo más alto del cielo sobre la sabana llena de asperezas parduscas. La hoja de la azagaya que sujetaba Karen Viljoen envió a Verónica un reflejo que se enredó haciendo guiños en su monte de Venus.

—Era correo con el interior.

—¿Qué interior? — preguntó la boer.

—La España de Franco. Fue el primer tío con el que hice el amor. De pronto, al cabo de un par de años, cuando yo creía que éramos novios, me enteré de que tenía cantidad de líos con las tías. Descubrí que yo era una más. ¿Te das cuenta?

—Pero, ¿lo pasaste bien?

—No lo sé. Para mí lo primordial era estar enamorada, no el sexo. El sexo me trae sin cuidado. Tengo una explicación psicoanalítica, si te interesa —. Verónica miró a Karen a los ojos, e interpretó que le interesaba —. Mi padre era un sinvergüenza, y lo descubrí siendo bien niña. Decía que se iba a reuniones del partido y a misiones…

—¿Al interior?

—No, no podía entrar en España, estaba fichado. En realidad iba en busca de otras mujeres. No sé si nos quería a mi madre y a sus hijos, quizá esto para él no tuviera importancia. Estaba obsesionado con las mujeres, con las de los demás, quiero decir. Era uno de esos hombres a quienes vuelven loco las faldas. Al final nos abandonó. Se fue a Alemania con una portuguesa.

La Viljoen dio unos pasos hacia ella. Sonaron unos crótalos que llevaba en las pantorrillas. Pasó a su lado y se metió en una de las chozas.

—Sigue, sigue, me interesa. Me voy a quitar este disfraz. No sé por qué lo llevo puesto todavía.

—Según Reixac, no es raro que vistas así — dijo Verónica, entrando también en el rondável.

—¿Qué te ha dicho de mí ese besugo?

—Personalmente, nada. Ya te lo he explicado. Estaba hablando con otro.

—Habrá contado una burrada de mi padre. ¿No? Confunde deliberadamente la geografía. Dice que soy de Graaf Reinet, que está en la provincia de El Cabo, pero nací en Natal, en una granja próxima al río Tuguela, al sur de Ladysmith, muy cerca de territorio Zulú —. Las cuentas de los abalorios y los canutitos de espinas que adornaban a la boer levantaban un murmullo de maracas, mientras se desprendía de sus chocantes atavíos y los colocaba en un armario —. Mis compañeros de juego eran niños zulús, de modo que aprendí su lengua. En cuanto a mi padre, era pastor de la Nederduitse Gereformeerde Kerk, la Iglesia Reformada Holandesa, y granjero también. Nunca le vi maltratar a un negro, y solía criticar públicamente a sus parroquianos cuando cometían algún atropello. Es verdad que creía que los cafres, los negros, eran inferiores, una especie intermedia entre el hombre y el bruto. Estaba convencido de ello. Pero los consideraba criaturas inocentes, a las que era un error tratar como enemigos. De modo, que jamás se habría acostado con una nativa. Habría sido como mantener trato carnal con un impala, una aberración inaceptable.

—Entonces, ¿por qué dice Reixac que eres fría y cruel?

—Para que la gente se forme una mala opinión sobre mí. Es un mistificador profesional.

—¿Pero, no te pretende?

—Le importo un pimiento. Es un retórico, un tipo vacío. Habla sin parar, compulsivamente, como un loro. Pero no transmite nada, mensajes de vanidad. Reventará un día de vanidad y de amor propio. Su interlocutor le importa un pito, es como si hablara con un espejo.

—Lo sé. Lo sé. Tengo la dolorosa experiencia — exclamó Verónica con voz evocadora —. ¿Y tú, qué relación tienes con él?

Karen Viljoen se había puesto una falda verde de piel y una camisa de seda de color mostaza, y era ahora una ciudadana anónima, aunque bella y elegante, del próspero occidente. Salió de la habitación, seguida de Verónica, a una parte del jardín llena de negros echados sobre el césped, la mayoría solos. Algunos leían el periódico, otros escuchaban emisoras nativas en transistores de radio, y muchos simplemente no hacían nada, sentados en los parches de hierba de Joubert Park, con la mirada perdida en los atrevidos rascacielos de una fachada urbana que parecía Johannesburgo.

—Cuando yo conocí a Reixac se hacía llamar Tengarrinha, un portugués de Mozambique. Decía que era antropólogo, y daba clase en la universidad Rand, pero se sabía que asesoraba al Renamo, la guerrilla anticomunista. Yo estudiaba allí Derecho. Me licencié y le perdí de vista, pero volví a encontrarle en Bloemfontein, cuando yo buscaba un empleo en la universidad para negros. Me ofreció un trabajo en una empresa de consulting para la formación profesional y académica de los zulús. Luego resultó que era una tapadera del servicio de inteligencia militar para desviar con discreción dinero del presupuesto y emplearlo en entrenar asesinos. Los impis, que en zulú es “guerrero”, desgraciados delincuentes, que atentaban a indicación de los agentes en los “ownships de Transvaal y de Natal, para minar la influencia del Congreso Nacional Africano o, sin que nadie se lo pidiera, cuando se emborrachaban. Por eso he dicho antes que me dan miedo los negros. Si se enteraran en dónde he estado metida, me echarían un neumático rociado de gasolina al cuello y le pegarían fuego.

—¿Y qué hacías vestida de negra? – Verónica precisaba más datos, más razones

—Qué iba a hacer! Disimular.

—Es curioso, lo de Reixac. ¿Te acostaste con él? – ahora sentía celos.

—Pss. Un amante vulgar.

—¿Conoces a alguno que no lo sea? — la reacción de Verónica fue fulminante.

—¿Tú estás casada, no? —preguntó Karen Viljoen.

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

Me interesa conocer tus razones.

A Verónica le cogió por sorpresa la curiosidad de la muchacha.

—Porque no se puede vivir aislada. Mira estos pobres negros. Están solos. No tienen trabajo. No saben qué hacer. Y hasta hace poco, la soledad era un concepto desconocido para ellos. Vivían bajo la protección, la dirección y el estímulo del grupo, la familia, el clan. Ahora están ahí, desperdigados como los resortes de un carillón que se hubiera caído de la torre —. Karen repetía ideas que había leído en algún artículo —. ¿Y tu marido, te es fiel?

Verónica se echó a reír. Luego se rascó de nuevo el pecho.

—Tengo un miedo horrible a morirme de cáncer —. Se sentó en un banco, cruzó las piernas y relajó su cuerpo —. En realidad me da miedo admitir que he de morir, saber que algún día moriré. No nos preparamos para morir, nadie nos prepara. Y sin embargo, gastamos cantidad de esfuerzos para superar pruebas, exámenes, entrevistas. Me da pavor morirme sin saber por qué muero, por qué he vivido, sin entender ni la vida ni la muerte. Además, todavía soy muy joven para morir, ¿no crees?

—Si te dieras una vuelta por los suburbios de África, te sentirías una mujer afortunada.

Verónica se puso en pié, observando los músculos de sus piernas y de su torso. Tiró del cuello hacia arriba y levantó las manos hacia la nuca. Por un segundo, esa postura, que en realidad había hecho con la única intención de enderezar la espalda, se transformó en un gesto de vago erotismo. Pero ella no lo advirtió. Sólo buscaba reconocer su belleza y su maduro atractivo. Karen Viljoen pareció entender esta inocente precisión de vanidad. Al menos, eso pensó Verónica Deriba, que encontró simpatía en su mirada.

—Mi marido es un tipo sin imaginación sexual. Por eso me casé con él. Aburrido como un barítono aficionado. Pero inteligente y ambicioso como un eunuco. Yo pensaba que era un calzonazos, un funcionario adocenado. Pero desde que el partido ganó las elecciones, se metió en política. Tiene una habilidad infernal. A mí me ha olvidado por completo.

—¿Y eso te molesta?

—Es que no me quiere. Y yo necesito que me quieran.

—¿Y antes?¿Te quería?

Verónca Deriba no contestó. Le había llamado la atención un bicho grande entre unas ruinas. Era el enano espantapájaros que encontrara hablando con el pintor Reixac. Pero ahora estaba envuelto en una luz mágica, hechizante. Echó a andar hacia él, hipnotizada.

Parecía Eva antes de sentir la obligación de taparse con un pámpano las vergüenzas, ascendiendo por la empinada vereda de abetos y cipreses que conducía a las ruinas. Pero al llegar a lo más alto, el ángel metamórfico se había evaporado.

Dunau se hace un lío

Volvía el señor Dunau del mundo exterior con su traje de remiendos de todos los ejércitos que en la historia han sido. Venía regocijado, haciéndose guiños a sí mismo, y pegando unos botes cortitos, como si tuviera hipo.

—Me parece usted al Enano Saltarín, el que quería robarle el principito a la reina por su ingratitud y mala memoria — le saludó el pintor Reixac, que seguía en el puente rústico con su caballete.

—¿Ha terminado usted el retrato?

—Casi. Es una pura falacia. Sólo para camelar a mi novia — dijo ahuecando la voz.

Dunau echó una ojeada a la tabla.

—Pensaba que iba a hacer usted que estas cabezas fueran de negros horribles.

—Podía haberlo hecho… Pero he aprovechado para experimentar. Estoy en busca de la Edad Media. Un retorno espiritual, o íntimo, lo que más le guste, paralelo a la vuelta que está pegando el mundo hacia la confusión pre-renacentista.

Reixac miró a Dunau buscando su aprobación, cosa que el enano hizo con espontánea complacencia.

—Esto es estilo gótico internacional. Una copia, casi una falsificación, si no fuera por el anacronismo de la Venus, de un artista anónimo que trabajaba en el Reino de Valencia en el siglo XV. Puro expresionismo. ¿De dónde sacarían aquellos artesanos esas caras? ¿No ve? Parece que se van a comer a mi novia, tan modosita ella, como Esther saliendo del baño. Pero no es lujuria lo que hay en sus miradas, eh. Son todos los vicios mezclados. Ni siquiera son vejestorios estos personajes — iba señalando uno a uno los rostros torvos —. Representan todas las edades, todas las razas.

—Así que, éste era su proyecto.

Al pintor le sorprendió que el extraño tipejo recordara este detalle de su anterior conversación.

—No, hombre. Es mucho más ambicioso. Lo tengo en mi estudio, fuera del jardín. Es una exposición monumental que refleja al hombre, incapaz de enfrentarse a su propio mundo, que sustituye la realidad por su esperanza, y acaba viviendo de su propia esperanza. Al final, muere sin conocer su destino.

—Parece un resumen de novela en la solapa de un best-seller —dijo Donau, que en su excursión por el presente había visitado una librería.

—Pues es puro grafismo, todo rayajos y chafarrinones, fíjese usted. Quiero representar el destino del ser humano en cualquier época, un destino traducido en elementos plásticos, una investigación de las posibilidades de superviviencia, un vértigo de estrategias agónicas para afrontar con dignidad la amenaza de la muerte. ¿Qué le parece?

—Así, sin verlo, me parece un lío. No sé si me está tomando usted el pelo, señor Reixac. Apuesto que es usted un bromista.

—Le juro que no. Pero me complace que no entienda usted nada. A los críticos sólo les interesa lo que no entienden, lo complicado y lo oscuro. Aborrecen la claridad como los hidrófobos el agua. Supongo que usted sabrá que quien domina la literatura y el arte es el comercio, pero quien gobierna es una secta de iniciados. ¿No echa usted de menos las épocas académicas? Transparencia y orden.

Reixac detuvo su discurso y echó una ojeada a los alrededores. Parecía impaciente.

—¿Y usted, señor Dunau? ¿Qué me cuenta del final del siglo XX?

—Fantástico. Se han cumplido todos los pronósticos. Repartir la riqueza industrial, pasos de gigante en la técnica, máquinas calculadoras casi inteligentes, volar, hablar a distancia, ver a distancia… Me ha impresionado la caja cinematográfica, ¿sabe? Pero, cuántos horrores todavía, qué poca vergüenza.

—Le ha sorprendido a usted la televisión, ¿no?

—Así es como le llama la gente, sí. Ahora, yo creía que el comunismo mejoraría al ser humano.

—¿Por qué lo dice usted, señor Dunau?

—Hombre, los policías van todos armados. El ejército patrulla por las calles. Hay asaltos, robos producto de los vicios más obscenos. Es una sociedad estupefaciente. Sin embargo, se vive muy bien, salvo por los maleantes y esos que van pidiendo por las calles. Lumpen, supongo, inadaptados. Siempre los habrá. Multitudes pacíficas, un orden excelente, almacenes y tiendas que parecen bazares de cuento. Pero esa violencia, no me la explico. He oído que es terrorismo. Serán contrarrevolucionarios, ¿no? Porque, ¿quién desea oponerse a la utopía? Según la teoría científica, el comunismo da a luz el hombre nuevo.

—¿A qué comunismo se refiere usted, señor Dunau?

—Al que hay fuera del jardín, cual va a ser — dijo el enano desconcertado por la ignorancia de Reixac.

—Eso es capitalismo, hombre. El comunismo ha muerto. La Unión Soviética no existe.

—¡No me diga que es verdad! —Dunau estaba perplejo.

—¡Y tanto!

—¡Por todos los demonios! Pensaba que era cosa del cine, otra película. Hacen verdaderas maravillas. Cuesta trabajo admitir que no sea verdad. Pero son cosas que van contra las leyes de la naturaleza. Por eso creí que lo de la Unión Soviética era otra patraña, una ficción, y lo de Yugoslavia una broma suya. Aunque me extrañaba tanta insistencia —. Dunau sacó su flauta y la hizo sonar un par de veces como para desahogarse —. Ha sido corto este siglo, así pues. Empezó en 1917 y ha terminado, por lo que veo, nueve años antes de lo que le toca. Debe de haber sido el siglo más rápido de la humanidad —. Dunau se quedó como ensimismado, y por fin suspiró—: ¡Tanto como prometía, y ha acabado en un fracaso!

—¡Qué lástima! ¿No? ¿Y ahora dónde va a ir usted?

—Psch. No sé. A lo mejor me vuelvo a la Revolución Francesa. O quizá a la India, o a África, me atraen estas sociedades atrasadas, primitivas. Son mucho más humanas que estas del progreso, aunque se viva materialmente peor. A lo mejor me busco alguna colonia británica. Canadá. Australia. Los ingleses tienen una habilidad diabólica para alcanzar el equilibrio entre la civilización y la barbarie. Ya lo pensaré. ¿Y usted, señor Reixac?

—Me marcho con mi novia.

—¿La espera usted?

—No creo que tarde.

—Veo que no es usted ningún despistado, que no sustituye la realidad por la esperanza. ¿Y a qué parte del mundo se va?

– A casa de Karen, porque yo no tengo patria. A ver si me sale bien la exposición. La titularé “El colapso del Apartheid”. Le viene que ni pintado.

Reixac-Tengarrinha se echó a reír con satisfacción de pícaro.

A lo lejos apareció Karen Viljoen con su faldita verde de piel y su camisa de color mostaza. Reixac cogió la tabla del caballete, y se la llevó. Dunau vió cómo se la enseñaba a la chica, y cómo ella le sonreía y se abrazaba a él. Luego, se desvanecieron. Probablemente habían salido por alguna puerta.

La feria de las paradojas

Agnus Dei qui tollis pecata mundi.

Ora pro nobis.

El conjunto roquero “Los Corderos de Dios”, con atavíos punkis, aullaban en la madrugada frente a una delirante concurrencia. Caía un diluvio de focos sobre el mar de brazos ávidos. Volaban por encima los pecados ajenos que miles de manos arrojaban al aire para librarse de ellos, tirándoselos a otro.

Agnus Dei qui tollis pecata mundi.

Ora pro nobis.

En un escenario cubierto por una enorme y estrafalaria concha, “Los Corderos de Dios” vomitaban decibelios sobre una masa tumultuosa, eléctrica, y urbana, de todas las edades y pelajes.

Agnus Dei qui tollis pecata mundi.

Dona nobis pacem.

Sobre una pantalla que recorría el cielo, quizá instalada en un dirigible, quizá proyectada por algún mecanismo diabólico, se sucedían escenas de la más palpitante actualidad. El bombardeo de Bagdad, la conquista de Vukovar, un atentado en el Ulster, el éxodo del Kurdistán, una escaramuza sangrienta en Cachemira, una matanza en Soweto, el asalto a una mezquita por una horda de sijs, la guerra de bandas de Mogadiscio en Somalia, un palestino clavándole un puñal en la espalda a un turista neozelandés en el barrio viejo de Jerusalén, una escaramuza entre policías israelíes y una banda de jóvenes encapuchados en un barrio astroso de Cisjordania, un negro muerto a tiros en las obras del Central Post Office de Washington, un negro apaleado en una calleja de Barcelona, un negro muerto de hambre en la bodega de un mercante que viene de Guinea, guerrilleros destripados, inditos tendidos en el polvo, agujereados a balazos, trozos de soldado volando a baja altura tras la explosión de un coche bomba…

¡¡¡Dona nobis pacem!!!!.

El grito final fue coreado por el público que desbordaba el local. Milagrosamente, se evaporaron del escenario “Los Corderos de Dios”, y apareció un tipo subido en una pérgola con emparrado, todo de burdo atrezzo. Llevaba un frac negro, con una pajarita de un rojo chillón que le cubría el pecho, y anunciaba una subasta por la inmunidad.

Alguien de la primera fila le espetó:

—¿Ha dicho usted inmunidad o impunidad?

—Es una distinción impertinente. Me parece. ¿Es acaso usted uno de esos ideólogos huérfanos? ¿No sabe usted que la historia ha muerto?

—Tengo un máster en Harward, ¿sabe? Y he trabajado para la OTAN y el Pacto de Varsovia. Ahora vendo carne con clembuterol a los rusos y a los ucranianos, y secretos nucleares a los países más pobres. No necesito inmunidad ni impunidad. ¿No se da cuenta? Soy un canalla y un cínico. Estoy inmunizado contra la moral, sea lo que sea esa cosa.

El subastador dejó de interesarse por el canalla, y se dirigió de nuevo al público variopinto.

—¿Quién da más? Pujen ustedes. Lo que se saque es a beneficio de terceros. El Sur, el hambre, la enfermedad, la vejez desamparada, la infancia sin futuro. El Tercer Mundo, coño. Pujen y desahóguense, no sean tacaños. Esta es la subasta de la so-li-da-ri-dad.

Algunos se pusieron a bailar en una pista que apareció al abrirse un estrecho abismo en la multitud. Decenas de individuos descuidados se precipitaron en la zanja sin fondo. Por unas puertas que colgaban de un techo inexistente, asomaron la jeta feos personajes, quizá diablos, quizá malas conciencias, quizá buenas ideas abortadas a tiempo por un subsecretario timorato.

Otros asistían a la presentación de un libro manuscrito por un ciego sesudo. Lo presentaba un mudo demagógico. Los sordos aplaudían sólo con ver el grueso volumen encuadernado en tafilete y oro y publicado a cargo de una fundación de título campanudo. El mamotreto estaba atiborrado de cuadros estadísticos.

Por allí venía Rosario Péndol, con su tarjeta de invitación en la mano, bien visible, no fuera nadie a creerse que se había colado. Hurtó un vaso de zumo de tomate de una bandeja que portaba un camarero vestido de jenízaro. Lo probó. Resultó ser un Bloody Mary. Lo dejó caer a sus pies, y vio cómo se desparramaba en un charco de sangre.

Iba Rosario muy bien puesta, como de reveillón, disfrazado su cuerpo y ebria el alma.

—¿Tiene Bourbon, por favor? – dijo a otro jenízaro que atendía detrás de un mostrador —. A secas, sin hielo ni agua.

—¿Qué marca, señorita?

—Me da igual, es para entonarme, porque yo no pertenezco a este zoo, ¿sabe usted? Vengo sólo para hacer relaciones, a pescar clientes. Trabajo para mí misma.

—¿Es usted puta? — preguntó el camarero llenando el vaso, sin mirarla.

—¡Vete al cuerno, mentecato! —reaccionó Rosario, dándole la espalda.

—¿Le ha molestado ese tío? —preguntó Verónica Deriba, saliendo de detrás de una columna de cartón.

—Se estaba pasando, nada más —repondió Rosario Péndol.

—¿Se divierte? —volvió a interesarse aquella mujer defraudada por los hombres.

—Observo. Estoy con el agua al cuello, ¿sabe? He perdido todos los acentos, y no sé si seré capaz de montar otro arte final.

—¿Es usted artista?

—Diseñadora gráfica. Pero desde lo de los acentos, no sé. Estoy en crisis. Necesito que me hagan un encargo muy fuerte, ponerme a prueba.

—¿Por amor propio o por dinero?

—Mujer, también hay que comer — Rosario hizo una pausa —. Me han dicho que aquí hay mucho pez gordo, del gobierno, creo. Pero no conozco a casi nadie en esta fiesta. Me ha dado la invitación un amigo del partido, pero no le encuentro. Me iba a presentar a gente.

—Si quiere usted le presento a mi jefe. Es director general de un gobierno autonómico. Y también es del partido.

—¿Del mismo partido?

—Lo ignoro – confesó Verónica —. Pero, es lo mismo, ¿no?

De pronto, Rosario advirtió la indumentaria de Verónica Deriba. Llevaba una falda de encaje blanco sin forro, exhibiendo de arriba a abajo sus bonitas piernas. Y sobre el torso, una camiseta transparente, como de plexiglás. No usaba sujetador, pero sí bragas, también de encaje, aunque de color azul. Verónica percibió la observación de que era objeto y habló.

—Odio el sexo.

—Me hago cargo — dijo Rosario Péndol —. ¿Dónde está ese director general?

—Vamos a por él.

Y, mire usted por dónde, le encontraron.

Al salir de aquella confusión y cachondeo, iba Rosario Péndol como unas castañuelas. El tipo aquel había resultado un mirlo blanco. Tenía flotando, en un estanque medio podrido, un proyecto de varias decenas de millones, y alguno le podía tocar a ella si acertaba a echar la caña con buen pulso.

Tuvo la impresión de que el recinto de la feria estaba cercado, pero era algo que no podía comprobar físicamente. Sin embargo, saltaba a la vista que, llegado a un punto, acababa la juerga y empezaba la privación y el abandono. No había límites. No había bosques de coníferas ni estrechos turbulentos ni campos de minas ni desiertos, mas se notaba una separación, un otro lado. Cambiaba también el aspecto de la multitud, pacífica, pero apestosa, harapienta, enferma, triste, perdida en la tiniebla.

Eran los refugiados y los inservibles de todas las regiones del planeta. Había eslavos, turcos, indochinos, tibetanos, tártaros, negros de centenares de tribus, moros, indios, gitanos, palestinos, borrachos, mendigos, enfermos crónicos, drogadictos, delincuentes de baja estofa, ancianos y niños sin hogar.

Rosario se fijó en un tipo con pinta de espantapájaros que estaba cerca de ella. Observó cierta complicidad en su mirada, quizá transmitiéndole que no formaba parte del zoo triste. Rosario sintió de pronto miedo. También sintió algo de piedad.

—No tengo el corazón de piedra — le dijo al elemento.

—El lumpen, ¡eh! —le contestó el casi murciélago dando un cabezazo hacia la multitud astrosa.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Rosario —. Cada vez hay más. Están en todas las esquinas. Te venden pañuelos de papel, te limpian el parabrisas, te piden para comer. Al final uno se vuelve de cemento, ¿no?

—Lo único que puede usted hacer es esperar a que los mate una peste, a que se maten entre ellos, o a que invadan el paraíso.

—Es usted un poco bestia.

—No. Demasiado realista. Los hechos me han vuelto un escéptico, he de reconocerlo. Pero no soy ningún cínico. Es una cuestión de geoestrategia. ¿Se acuerda de Malthus? Al pobre le pasó un poco lo que a mí, se equivocó en unos cuantos años. Fue un protoecologista. Creyeron que decía jeremiadas. Y ya ve.

—¿Y esto tiene remedio?

—Señorita, ¿existe Dios? — El tipejo tendió la mano a la muchacha y se alejó con ella hacia la aurora, que apuntaba en un extremo del jardín —Ya no da vergüenza hacer estas preguntas.

Rosario le acompañaba con la mayor confianza.

—¿Usted sabe qué será de mí? — dijo Rosario, parándose debajo de un grupo de acacias y eucaliptus, respirando a fondo —. No soy una asalariada, me valgo por mí misma. No tengo seguridad. Y la necesito —. De súbito se volvió hacia él, y le vio fuerte —. Protégeme, extranjero.

El individuo la rodeó con el brazo. Se sentía transformado una vez más, se convertía en un poderoso príncipe, salía de su pinta de murciélago, se embellecía iluminado por los arreboles del amanecer.

—Quizá sea necesario tirar un par de siglos a la basura de la historia. Volver a empezar.

—¿Dónde?

—En cualquier sitio, querida. En cualquier sitio. No tiene importancia, porque me temo que acabaremos siempre al borde de un acantilado.

—¿Y Dios, no ha de ayudarnos?

—Dios no existe, mi niña. Es una invención del hombre para alejar su miedo a la muerte. ¿Te puedo besar

—¡Qué bello eres!

Hacia las veredas

Verónica Deriba se percató de que aquello había acabado por el movimiento irregular de la multitud. La gente se dispersaba, y a toda velocidad, atropellando a los que iban despacio o a los que, como ella, tardaban en enterarse de que allí no había nada que hacer ya. Verónica los veía abalanzarse como una tormenta descargando grandes olas sobre un acantilado. Pero ella no era ningún acantilado.

Echó a correr, buscando refugio, angustiada, dispuesta a entregar lo que fuera por salvarse. Y así es como llegaron a pasar por delante de sus ojos fragmentos de memoria, tan vivos, tan reales, que Verónica los tomó por cosas ciertas. Descubrió entre los que huían a su primer novio, y no le importó su mirada indiferente, ni el cinismo que escapaba de sus pupilas tristes. Se tiró hacia él, pero se le escurría como una bola de mercurio. Los fue viendo, a todos los hombres de su vida, y les decía en silencio, aquí estoy, haced conmigo lo que queráis, pero salvadme. Mas era inútil. Y la estampida de bisontes aullaba por detrás pisándole los talones.

Al final acabaron pasando todos sobre ella, la turba de demonios al asalto de un nuevo paraíso.

Pero Verónica no sintió ningún pie sobre su cuello, ninguna bota oprimiendo sus pulmones, ningún sabor a tierra en su boquita. Ni siquiera había caído al suelo.

Y allí estaba su salvador, un murciélago luminoso, resplandeciente y bello, esperándola.

—Gracias, rey mío.

—¿Has pasado miedo?

—Horrible.

—Es que no tenías fe.

—Deseo que me instruyas.

—¿Yo? La fe nace de dentro —dijo el hermoso bicho.

—Estoy vacía.

—No importa. Tienes la eternidad para llenarte.

Y le tendió la mano y se la llevó por las veredas.

El despertar de un sueño

Rosario Péndol tenía la cierta sensación de que soñaba, sin embargo no conseguía aliviar su angustia.

Rosario soñaba en un viaje largo, que había emprendido hacía mucho tiempo y que se anunciaba interminable. Había salido de su casa, la de sus padres, y se había puesto a recorrer lugares admirables, países que existían, y que ella conocía por los libros, las películas y la televisión, pero que nunca había visitado. Mas, reconstruidos por las equívocas maquinaciones del ello, se revelaban pavorosos escenarios en los que podía ocurrir cualquier desgracia.

Nada extraordinario le sucedía a Rosario Péndol en su representación, ningún peligro le amenazaba. Pero siempre, en el horizonte de su larguísimo itinerario pendían confusas asechanzas, y una sólida incertidumbre transformaba la inocente ensoñación en pesadilla.

Despertó. Estaba oscuro, quizá era la madrugada. La angustia de Rosario no se fue con el sueño, aunque ahora había una razón, y era el lugar donde la diseñadora gráfica se encontraba. Era una casa ajena: ni el piso que compartía con la pareja homosexual ni el de sus padres en la costanilla que iba a dar a un viejo palacio.

El olfato de Rosario le reveló un sitio que se había aislado del tiempo, donde todas las superficies estaban cubiertas por una rancia pátina que evocaba la idea del olvido. También llegaba especialmente a su nariz el perfume acre de la naftalina.

—¿Ya te has despertado? —dijo una voz aguda a su derecha. —. Pobrecita. Has dormido un rato de tiempo. Cuando volví del cementerio, te encontré hecha un ovillo en ese sofá, y como vi que roncabas y que te duraría todavía el sueño, te eché una manta para que no te enfriaras.

Rosario volvió la cabeza hacia la señora Paca y sintió un pinchazo en el cuello, afectado de tortícolis.

—¿Qué hora es?

La señora Paca se levantó de la butaca gemela a la de Rosario, tomó un grueso reloj despertador de un aparador, se fue con él a la ventana que daba a un deslunado, y a la claridad de la luz de algún insomne leyó el tiempo.

—Más de la cuatro.

—¿De la mañana?

—De la mañana, Rosario. Quizá tenía que haberte despertado ayer tarde — la señora Paca se aproximó a la muchacha y le acarició el pelo —. Pero me dio la impresión de que dormías muy a gusto.

—Pues ahora mismo tenía una pesadilla.

—Tú no puedes tener pesadillas, criatura. A mí es a quien se me deben aparecer los fantasmas. Siento la presencia de mi hermano, el pobre —. La abuelita reprimió un sollozo, y luego dijo su nombre, como si le llamara —: Hipólito.

Rosario sintió un escalofrío, se incorporó, consciente ya del pasado inmediato, y observó desde una distancia que parecía inmensa el dolor de la señora Paca.

—¿No se ha acostado usted?

—Para qué, hija mía — dejó el reloj sobre la mesa, se quedó escuchando su tic-tac anacrónico de lata —. Estaba esperando.

—Pero podía haberse ido a la cama, mujer. Ya me habría despertado yo.

—Me ha venido muy bien acompañarte, Rosario. Lo hacía por mí, egoístamente. Vuelvo de dejar a mi hermano en un nicho, y en lugar de encontrarme con el vacío o con la muerte, que espero que no tarde, me encuentro con lo más hermoso de la vida durmiendo en mi costurero. ¿Qué has soñado?, dímelo.

—En un viaje al extranjero.

¡Qué bonito! Nunca he estado en el extranjero.

—Yo tampoco, señora Paca. Me horroriza salir de mi ambiente. Me produce insomnio, me vuelvo una urraca, estoy irritada todo el día… Por eso he viajado tan poco. Sólo aquí me siento a gusto. Ya ve usted. Por eso este sueño era una pesadilla.

—Pobrecita. ¿Quieres que te haga algo de comer?

—No tengo hambre, gracias.

—Pero si no has cenado. Yo creo que ni comido.

—Bueno, un café a ver si me espabilo.

Eran casi las ocho cuando Rosario salía a la calle, camino de su casa. Quería darse una ducha y cambiarse, antes de volver a trabajar al estudio. También quería dar señales de vida a Manuel y a Ludolfo. Les imaginó preocupados por ella, aunque sabía que no era muy probable. Pero la idea le producía una sensación cálida en el vientre, una emoción satisfactoria.

El tráfico era intenso, un predominio absoluto de coches, camionetas, autobuses y motos sobre el de peatones. Recorrió con un placer renovado las callejas de la vieja ciudad, con sus palacios convertidos en centros administrativos, sus iglesias de zócalo de piedra y edificio de ladrillo con unas torres a veces mochas, a veces con un tejadillo de cuatro vertientes y una veleta. Se metió por revueltas donde los vehículos sólo entraban de uno en uno, filtrándose del escándalo de las vías principales.

Al doblar una esquina y enfilar una plazuela recostada en un talud, con una fuentecilla y unos álamos plantados en alcorques, distinguió en el otro extremo a una mujer que parecía caminar en dirección contraria a la suya, y a su encuentro. ¿Por qué le llamaba la atención esa mujer, mucho más que la media docena de peatones que circulaban por las aceras y cruzaban las calles de aquel rincón?

La explosión pulverizante

A Verónica Deriba le despertó una conversación lejana, fanfarrias y recomendaciones comerciales dichas a gritos. Era la radio que sonaba en la alcoba. Verónica empezó a comprender que estaba en otra parte, y enseguida descubrió que era la habitación de su hija. Se encontró sobre el lecho, medio arrebujada en el grueso cobertor, vestida con ropa de calle e incluso metida en el abrigo de piel de conejo.

Hizo memoria, mientras se incorporaba y se estiraba. Prefirió olvidar sus últimas doce horas. Se centró en su familia. Recordó que su hija y su marido estaban en la casita de la sierra, asistiendo a su suegra, que se había roto una pierna el día anterior. El día anterior, que ignoraba voluntariamente, que se había saltado con la maestría y la limpieza de años de trucos para olvidar la pena, el dolor y la ignominia.

Lo primero que hizo fue pegarse una ducha a conciencia. Raspó sobre su piel con una esponja natural muy áspera, como si quisiera quitarse de encima siglos de mierda, limpiarse de todos los abrazos recibidos a cambio de sexo, como si buscara hacerse sangre para lavar toneladas de culpas, suyas y heredadas.

Luego, mientras se secaba delante del espejo, colorada la piel por tanto frote, se encontró bella, y empezó a recuperar el humor.

Se ajustó unos vaqueros limpios y un jersey de fibra artificial que marcaba el tamaño compacto de sus pechos y la silueta del sujetador. Se puso un abrigo de cachemir, y se echó a la calle sin desayunar, porque así era su costumbre.

Recorrió la ciudad por el subsuelo, apretujada entre montones de gente que, en las primeras estaciones del Metro, antes de cambiar de línea, le resultaba familiar. Progresivamente esta multitud se mudaba en una fachada versátil y anónima que la envolvía con la misma naturalidad que el gabán hecho en Italia.

Salió a la superficie en una plaza en obras con la estatua de una reina castiza en mitad de un andamio, rodeada de un teatro decimonónico, y unos edificios de balcones de apariencia adusta, sólidos, imperturbables. Divagaba ideas sin principio ni final, “…al contrario que mi personalidad, guardada en un cuerpo al borde de la decadencia y en un espíritu flojo y volátil que a veces escapa de mí y torna al cabo de un rato, o de unos días, como si perteneciera a varios cuerpos en mundos diferentes, acaso antagónicos, y estuviera obligado a una migración interminable…”

Divagaba extravagancias, cuando desembocó en una plazuela que acostumbraba a cruzar sin dedicarle una mirada. Y esa mañana la descubrió completa, al primer golpe de vista, con su ligera pendiente hacia un muro del que salía un caño airoso y un pilón de granito, sus arbolillos jóvenes y todavía pelados, sus aceras anchas, su aire provinciano.

Y sobre todo le llamó la atención, de entre el grupo de transeúntes que pasaba por allí, una muchacha morena, que caminaba con resolución hacia la esquina que Verónica acababa de doblar.

Desviaron ambas la mirada, que es lo común en estas circunstancias y lo normal en esta época, y siguieron marchando la una hacia la otra como si no fuera a pasar nada.

Roario Péndol tuvo que sortear un coche aparcado en doble fila a un lado de la plaza. Pero antes de cruzar hubo de detenerse, mientras que Verónica Deriba emprendió un gracioso trote, ya en mitad de la calzada, porque una furgoneta militar se le echaba encima.

Y llegaron a estar juntas, entre la furgoneta militar y el coche mal aparcado, y se miraron por un segundo eterno, y sintieron el impulso de echarse cada una en brazos de la otra.

Pero sólo alcanzaron a tocarse la punta de los dedos antes de que se las llevara la explosión al jardín de los encuentros definitivos.

Murieron cuatro oficiales de caballería, un cabo conductor y dos civiles de sexo femenino a las que tardó en identificarse, porque los cincuenta quilos de amonal, ocultos en el coche, a un palmo de ellas, las pulverizó prácticamente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s