Estiércol Mediático

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La última vez que un compañero de Canal 9 y profesor en el departamento de Comunicación de la Universitat de València me invitó a su clase para que diera a sus alumnos mi visión del periodismo, pinté un panorama tenebroso del oficio. Lo hice a propósito. Asegure a los chavales y chavalas que habían hecho una mala elección. Mi intención era disuadirles de entrar en el circo mediático. Les advertí que el futuro que esperaba a la mayoría era convertirse en proletarios de la comunicación, sin iniciativa profesional, en “mandaos” con un sueldo miserable, o en proletas de la comunicación corporativa, en las mismas condiciones laborales y profesionales. Eso en el mejor de los casos. El destino probable sería el paro, hacer su propia página web o empresita de servicios de rentabilidad nula, o cambiar de oficio. Y a aquellos que aspiraban a hacerse un hueco en esa carpa-jungla llena de fieras corrupias, les dije que solo lo conseguirían si contaban con el amor propio y el sentimiento moral de un pánzer.

Este retrato no es en absoluto exagerado, es casi de realismo fotográfico. El periodismo español de hoy en día sobrepasa la imaginación de los guionistas más zafios o de los más provocativos en la larga historia de esta profesión en el cine y en la tele. Hace unos años, cuando veía una serie de periodistas o una película sobre periodistas, me molestaban los estereotipos que se ventilaban ante las cámaras. Hoy, esos estereotipos se han hecho carne, los profesionales de la llamada información (no se informa casi nada) los recrean en su acción diaria. Se comportan como personajes de ficción. ¿Han renunciado los periodistas y el periodismo a ser humanos?

El otro día, al ver y escuchar uno de esos falsos debates políticos en los que los contertulios se sacan los ojos, he vuelto a constatar la muerte del periodismo. Técnicamente no era un debate, era una entrevista. Cuatro profesionales de la comunicación y un presentador entrevistaban a Pablo Iglesias en la Sexta.

Con fascinación observaba yo la desesperada insistencia de los entrevistadores en cuestiones personales de importancia menor, que el interpelado despejaba con agilidad una y otra vez, sin despeinarse. Daban igual los argumentos (repetidos hasta la saciedad, qué paciencia tiene este hombre), los cuatro periodistas estaban empeñados en que determinadas actuaciones de dirigentes de Podemos y de la novia de Pablo Iglesias eran motivo de escándalo, de condena y muestra de la incongruencia de los dirigentes de la formación, que se comportan como la casta que ellos denuncian.

A mí los argumentos del señor Iglesias me parecen contundentes y aclaratorios, y me pasma la tozudez retórica de mis compañeros de profesión. Pero aunque esos argumentos ocultaran las patrañas y mentiras que algunos de mis colegas se empeñan en descubrir con contumacia cada vez que les ponen a tiro a alguien de Podemos, aunque fueran la señal de la falta de moral de ese partido, ¿dónde están las pruebas, las evidencias, las denuncias? O no hay pruebas, es decir, o la calificación de corruptela e inmoralidad son sofismas, un acto de diversión de los problemas reales, o los supuestos sinvergüenzas son unos maestros en el arte de la ocultación y el engaño. En ambos casos, individuos extraordinarios, al lado de la choricería barata que mangonea España.

El asunto no es la calidad ética de los dirigentes de Podemos. El asunto es la calidad profesional de los llamados debates. Están preparados con perverso cálculo para que la audiencia permanezca atenta a la pantalla. Se conciben como el desarrollo de un espectáculo. Se basan en la retórica, en la algarabía, en el alboroto.

Si el objetivo fuera proporcionar a la ciudadanía elementos de juicio para conocer mejor las posturas de unos y otros, no empezarían cada programa haciendo un sumario de lo más chabacano de la política. Si la Sexta da preferencia a un tipo como Inda es porque saben que sacará su cuchillo cachicuerno e intentará desollar a la víctima de turno. Lo curioso es que, en el caso de Podemos y de Tania Sánchez, el cuchillo es una cuchara de palo.

Lo inexplicable es que la Sexta y la Cinco están haciendo la campaña de Podemos sin que al partido le cueste un céntimo. Sin duda esa es la razón por la que acuden a los platos una semana sí y otra también. Sin presupuesto para publicidad, el único recurso que les queda es aguantar el chaparrón, y argumentar razones frente al acoso despiadado y vulgar de los linces de la información, e ir ganando la confianza de las personas con decoro.

El marco en el que se ven introducidos para obtener publicidad es de hierro forjado, y sin embargo, esos hombres y mujeres tienen la fuerza hercúlea de romper el molde. ¡Admirable! Solo esa evidencia que cada semana ve quien sintonice la tele, destaca su cualificación moral y profesional, y les distinguen de la mediocridad apestosa que cubre el horizonte político y mediático español.

Es aleccionador hacer un repaso al esquema de esos supuestos debates.

Clavan sus garras en lo anecdótico, eso que llaman noticias y que no son más que ocurrencias o fragmentos de una realidad que los contertulios se abstienen de definir.

La discusión es en lo esencial retórica, el participante más energúmeno (nada que ver con la elocuencia) se lleva el gato al agua, sus argumentos carecen de valor, lo que importa es su machaconería y su potencia vocal.

Los sofismas son el ingrediente elemental del “debate”.

Ejemplo de estos rasgos: habla la peripuesta presentadora de los temas (que se resumen-trampean en una pantalla gigante), del “asunto” Íñigo Errejón y la universidad de Málaga; “… el expediente disciplinario abierto…” Contesta el representante de Podemos: “No es expediente disciplinario, es expediente informativo”, y la chica le mira subida en sus taconazos como si el tipo fuera un palurdo y ella la diosa de la verdad.

Y el rasgo más chusco: el alegre juego de la especulación. Digo alegre juego porque especular con base y elementos racionales y fundamentados, reflexionar, argumentar, es una fórmula de conocimiento. Pero lo que se hace en esos debates es fantasear con alevosía. Una de las preguntas más comunes que se ponen sobre la mesa es “¿Y usted qué piensa, qué cree que va a hacer Fulanito?”, “¿Y usted qué cree, que piensa que va a suceder cuando…?”

Se pretende hacer del periodismo una magia, del periodista un oráculo. El periodismo es otra cosa, es informar, es proporcionar a los ciudadanos instrumentos para que entiendan la realidad del mundo que compartimos, y puedan extraer sus propias conclusiones, no dosis de veneno.

Cuando se traslada el tono de tertulia alcohólica a un medio audiovisual, una de cuyas funciones es crear opinión, se induce a pensar a la audiencia que todo tema trascendente se puede ventilar como una riña de escalera de vecinos.

Y para concluir, una mención a la casta. Me refiero a la casta progre. Me refiero a la casta progre mediática. Empiezo a ver en eso que se llaman las redes mediáticas (mosaicos de lo intrascendente) burlas y chocarrerías sobre “asuntos” de Podemos suscritos por periodistas “de izquierda”. Sorprende que sus argumentos sean idénticos a los de la derecha más lo menos cavernícola: son casta disfrazada, populistas ingeniosos, lobos disfrazados de corderos, visionarios, se les ve venir, ya veréis como traicionan…

No entro aquí en la naturaleza política de Podemos, me quedo con la idea de que no es un partido de incompetentes, de estafadores o de tigres de papel. Es evidente que sus cualidades molestan a quienes están acostumbrados a vivir con comodidad en el refugio de la izquierda retórica. Claro que hay también ciudadanos y profesionales diversos que pertenecen a la izquierda establecida y son honrados y consecuentes.

Nadie sabe lo que decidirán los españoles en los próximos meses. Se calcula, se especula, se vislumbra, se teme… Pero si acaso Podemos y otros como ellos obtienen la densidad de voto suficiente como para gobernar solos o en coalición, será de risa ver cómo esos ideólogos de la casta progre inundan las redes mediáticas con alabanzas a los nuevos dirigentes, con la coletilla falso-exculpatoria del “ya lo decía yo”.

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