PERPETUA FUNAMBULISTA

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Dibujo de Txemacántropus titulado "Quiero teta"
Lienzo de Txemacántropus titulado “Quiero teta”

Me llamo Socorro, voy a cumplir 28 años y me siento a gusto en el caos.
Mi amante acaba de echármelo en cara. Dice que llevo una vida de funambulista. Asegura que sólo mantengo el equilibrio gracias a unas voces que me orientan en mis sueños. Está seguro de que en cuanto deje de escucharlas, me despeñaré en el abismo.
¿En qué abismo? No vivo al borde del abismo, vivo prendida en una red. La he tejido yo misma. Puedo ser temeraria, pero no idiota.
Además, mi amante no es mi amante, propiamente hablando. Lo nuestro no funciona. Parece un tipo de otra época, atormentado por los escrúpulos morales, obsesionado por la coherencia, encadenado a tabúes.
Quizá me enrollé con él porque era distinto a mis amantes anteriores. Los otros eran hombres de una sensualidad enfermiza; algunos de ellos cínicos, la mayoría hipócritas. Pero todos con personalidades plagiadas de películas, sombras de creaciones literarias, dispuestos a dejarse manipular por una mujer tonta o fatal, tan falsa como ellos.
Tanto aparentar yo lo que no era, me acabó asustando. Llegué a sentirme como si me hubiera tirado de cabeza al abismo y nunca acabara de caer. Necesitaba una red. Ahora estoy atrapada.
Mi amante actual es un amante impropio, porque todavía no nos hemos entregado al sexo. Pero estoy tan saturada de él que a veces me repugna un olor corporal íntimo suyo que nunca he llegado a percibir o la imagen de un recoveco desconocido de su cuerpo. Este hombre todavía no me ha besado con pasión y turbulencia, y sin embargo puedo leer sus sentimientos, porque es un retorcido transparente.
Desde que Paco y yo lo dejamos hace unos años, he tenido trece amantes, incluido el impropio. Paco fue mi primera y única pareja. Nos conocimos en el instituto Lope de Vega de la calle San Bernardo de Madrid. Éramos vecinos en ese triángulo vetusto que hay entre las calles de Princesa, Alberto Aguilera y la mencionada, lleno de conventos, iglesias y cuarteles.

Astucia

Todavía vivía con Paco en Madrid cuando empecé a escuchar en sueños las Voces Equilibrantes. Fue mucho antes de convertirme en funambulista. Me despertaba con el eco de la última palabra en la cabeza. Intentaba desentrañar el significado del mensaje, pero volvía a dormirme. Por la mañana, todo se había borrado, menos el eco, que era un ruido confuso, una sensación de inquietud. Así que coloqué un cuaderno y un lapicero bien afilado en la mesilla de noche.
Y entonces dejé de escuchar las voces.
Pero yo sabía que no tardarían en volver, era cuestión de hacerlas creer que habían dejado de importarme. Por fin sonaron una madrugada. Abrí los ojos en la oscuridad, busqué el lapicero y el cuaderno, salté de la cama con ellos y me metí en el baño para no despertar a Paco.
Allí estaba, por fin, sentada en la taza del váter, deslumbrada por el resplandor de los focos que rebotaban en el espejo, con las palabras frescas en mi cabeza, satisfecha de mi astucia. Me puse a garrapatear, pero en el papel no aparecía ni un trazo. Por un instante, antes de darme cuenta de que la mina del lápiz se había roto, me asaltó la sospecha de que todavía seguía soñando. Entonces se abrió la puerta y entró Paco desde la oscura alcoba, tapándose los ojos con el brazo.—Ayer se me cayó el lápiz al suelo y se rompió la punta —dijo —. Tenía que haberlo vuelto a afilar. Un fallo. Lo siento.
Me tiró un besito y regresó a la cama parpadeando con inocencia, ignorante de mi desolación.
Vigilantes

En aquel tiempo, el Zoo de Madrid acababa de contratarme. Mi cometido era evitar que el público envenenara a los pobres bichos o impedir que se llevaran a casa debajo del abrigo una gallina de Guinea o un pingüino antártico.
No era mi primer trabajo. Estaba preparada para cualquier cosa. Una licenciada en Ciencias de la Información lo tiene que estar. Paco, doctor en Historia Medieval, también estaba preparado para todo: acababa de aprobar una oposición de policía municipal en Boadilla del Monte. Nos habíamos convertido, sin proponérnoslo, en dos vigilantes.
Yo tenía veintinueve años, cierta sensación de estabilidad y una especie de asfixia, porque vivíamos en un pequeño ático, viejo pero renovado, de una calle próxima al convento de las Comendadoras, muy cerca del centro neurálgico de Madrid.
Echando cuentas y ponderando casi todas las eventualidades, Paco y yo nos embarcamos en una hipoteca, un dúplex de ciento y pico metros cuadrados con inmensa terraza, en una urbanización de Boadilla del Monte, cerca de nuestros trabajos.
Las voces que yo escuchaba en mis sueños me sirvieron para disipar mi nostalgia de calles estrechas, casas decrépitas, iglesias con cúpulas anacrónicas y cuarteles transformados en oficinas y museos. Por nostalgia, supuse, conservé el ático, una herencia familiar, en lugar de venderlo. Por si acaso. ¿Por qué acaso?
Tardé en comprender que la nostalgia era una especie de máscara sentimental. Al reconocerlo, descubrí otra cosa todavía más inquietante: Paco me vigilaba. Así fue como empecé yo a vigilarle a él.
Diferentes

En las urbanizaciones del extrarradio de Madrid hay avenidas en curva siempre desiertas, y no muy lejos de ellas, centros comerciales de perfil galáctico. Son escenarios extraños, como arrancados de una película de ciencia ficción. Al romper el día, los pajaritos saludan desde los árboles a los vecinos que preparan el café con leche todavía con ojos legañosos.
Los fines de semana, la gente organiza barbacoas con amigos que vienen de otras urbanizaciones o de la capital. Y los lavaderos de coches están llenos de papás con niños, los primeros, aspirando a conciencia las alfombrillas, las tapicerías y los maleteros de sus todo-terreno, y los segundos, devorando helados y hamburguesas.
Paco no me hizo jamás ningún comentario, pero yo sabía que Boadilla le había decepcionado. Yo quería saber si era esa la razón de su sorda vigilancia, pero no encontraba el modo de averiguarlo sin romper el tabú de la convención según la cual nuestra vida había mejorado.
Paco y yo no estábamos casados. No por nada, no lo creímos necesario. ¿Para qué casarse si no aspirábamos a ser una familia convencional, si no queríamos tener hijos, si nos sentíamos más allá de las costumbres obsoletas de las viejas generaciones?
Nosotros éramos diferentes a nuestros padres. No íbamos a ser tan ilusos como ellos, a nosotros no nos habían derrotado. Nos importaba muy poco quién demonios fue o hizo el Che Guevara.
Una tía mía decía, “Es que vosotros es como si hubierais nacido ya vencidos…” Nos parecía un reproche de progre menopáusica.
Paco y yo no hablábamos de estas cosas. Ni siquiera nos burlábamos de ellas. En la urbanización nos sentíamos un poco marcianos al lado de aquellos hombres y mujeres algo mayores que nosotros, que leían el periódico (casi todos, el mismo) sentados cada uno en su jardín, vigilando de refilón a sus retoños revolcándose en el césped recién regado.
Jamás, por nada del mundo, seríamos como ellos, por mucho que nos pareciéramos a ellos.
Las Voces me hablaban de esa inquietud. Intentaban calmarme, hacerme entrar en razón. Eso es lo que yo le decía a Paco, “Oigo voces que me quieren hacer una persona razonable”, y me echaba a reír, como si fuera una mentirijilla, esperando el comentario inevitable de Paco, en realidad, provocándolo: “Pero, si tú eres la persona más razonable del mundo”.
No se vigila a una persona razonable.
En aquellas circunstancias, quizá inspirada por las Voces, me puse a escribir una novela. Así le llamaba yo, una novela, otra mentirijilla. Sin embargo, a medida que progresaba en ella, me encerraba más y más en mí misma, y me ayudaba a olvidar que Paco me vigilaba.
Mi novela no tenía ningún argumento. Yo no hacía el menor esfuerzo para prever el desarrollo de la acción, por fijar la psicología de los personajes. No tenía por qué. Eran cosas que sacaba del pozo oscuro de mis sentimientos, exponiéndolas a la luz, quemándolas o velándolas, no sé. Este era el mayor mérito y la única finalidad.
Intentando un día explicar a Paco que creaba de una manera inerte, él se sorprendió.
—No puedo creer que escribas por aburrimiento —dijo.
Estaba claro que no escribía por aburrimiento, pero no quería explicarle la verdadera razón de mi pasión literaria, así que ni desmentí ni confirmé la duda razonable de mi pareja.
—Cuando acabes, ¿me la enseñarás? La novela.
—No. Porque no tengo intención de acabarla.
Paco se conformó. Yo era consciente de que él podía hacer a escondidas una copia del archivo almacenado en el ordenata. No me importaba. No le suponía capaz de una acción así, pero era una posibilidad, puesto que me vigilaba.
Pero, ¿por qué me vigilaba?

Alarma

Un día propusieron a Paco trabajar en una escuela privada de adiestramiento de perros, animales que constituían su pasión, y por eso no teníamos ninguno en casa: según él a los lobos no se les debe encerrar, porque dejan de ser lobos y se convierten en nada para ellos mismos y en una impostura para sus amos. Su trabajo en la escuela de adiestramiento, sin embargo, era el opuesto, domesticar a los perros de los vecinos de las urbanizaciones. Se lo tomó como una distracción de su rutina de vigilante de seres humanos. Dedicó a los animales sus turnos de libranza. Pero al cabo de unos meses, se convirtió en un maestro, y llegó a considerar la posibilidad de pedir una excedencia.
Un día, dejé de escribir. Fue cuando Pedro, mi cuñado, el marido de mi hermana, empezó a presionarme para que le dejara el borrador.
—Pero cómo te lo voy a dejar a ti, si no se lo dejo a Paco… Me da vergüenza.
Pero no era vergüenza, era miedo. ¿Miedo a qué?
Poco a poco el miedo se fue convirtiendo en repugnancia, y ésta en parálisis. Aquella vaga angustia volvió a apoderarse de mi pecho. Por fin, zanjé el asunto de la novela. La extraje de la memoria del ordenador, la metí en un disquete sin rotular y lo guardé en un cajón.
Resolví llenar el vacío de mi tiempo libre en una escuela municipal de dibujo y pintura. En medio de aquella tesitura mía, mi hermana y mi cuñado se divorciaron. El tipo dejó de darme la vara. Me quedé más tranquila.
Sin embargo, no preví que tendría que dar alguna explicación al vigilante Paco. Él me la pidió. Estaba ilusionado con mi trabajo literario. Me sorprendió descubrir la decepción que le causaba mi sacrificio artístico, así le llamaba él. Me afectó tanto que pensé si no podía compensarle dejándole mi novela de mentirijillas. Además, de esta manera me enfrentaba a mi extraño miedo y a mi repugnancia.
Al fin y a la postre, Paco conocía el sabor del agua de mi pozo. Llevábamos más de diez años confiándonos nuestros secretos e intercambiando las salivas de nuestras bocas. Supuse que, al leerla, comprendería porqué no seguía con ella.
Recuperé el disquete sin rotular, e imprimí el archivo. Pero nada más entregarle los folios, saltó una alarma en mi cabeza. No fue esa voz diáfana de las madrugadas, sino un timbrazo de advertencia: ignoraba por qué, pero acababa de cometer un grave error.
Paco tuvo una semana fatal: mujeres maltratadas, emigrantes ajustándose las cuentas a navajazos, y un obús de la Guerra Civil en un solar de Boadilla, que pudo haber estallado en las narices de una dotación de la policía municipal integrada por Paco y un compañero.
—Habríamos sido las últimas víctimas de la Batalla de Madrid —dijo Paco, repitiendo las palabras del especialista militar que les salvó la vida.
Resulta que vivíamos en un antiguo campo de batalla, en una tierra que hacía setenta años se había empapado de sangre. No podía creerlo.
Total, que Paco no tuvo ni el tiempo ni la tranquilidad suficiente para leer mis folios. De pronto me asaltó el sentimiento de que si los hubiera leído, la bomba le habría matado. Volvió a sonar la alarma en mi cabeza y yo, una vez más, no le hice caso. Era una temeridad: un timbrazo sacudiendo mis neuronas, y yo, haciéndome la valiente.
Lo que ocurrió en Boadilla del Monte y en toda esa zona noroeste de Madrid entre noviembre de 1936 y marzo de 1937 fue una pasada. Me fascinó conocerlo. Paco, licenciado en Historia Medieval, sólo me hizo un vago resumen. Me enteré de los detalles a través de Carlos.

Trincheras

Carlos era un compañero de la escuela de dibujo y pintura. Era un músico militar, creo que sargento o algo así. Tocaba la tuba en una banda del ejército. Yo admiraba su habilidad. Era de los alumnos más aventajados, en especial en el dibujo al natural. Además, era un tipo simpático, con mucho salero.
No sé por qué conocía tan bien la Batalla de Madrid. Quizá no sabía más que Paco. Quizá se lucía aprovechándose de mi ignorancia. Si fue así, no me di ni cuenta. Aquella realidad épica era mucho mejor que mi oscura novela.
—Todavía debe de haber balas de fusil y de ametralladora en la Casa de Campo, que estaba cruzada de trincheras —me dijo.
—¿Y restos humanos? —le pregunté yo.
—Imagino que alguno quedará. Si te apetece, un día hacemos una expedición arqueológica.
Carlos era quince años mayor que yo. Estaba casado y tenía un par de hijos. Su mujer y los niños vivían en Valencia, donde él esperaba trasladarse en breve. Hablaba del ejército con un desapego nada marcial, muy ajeno a su emocionante discurso histórico. Tomaba partido por los heroicos milicianos, y desacreditaba las victorias franquistas atribuyéndolas a la ayuda nazi y fascista. Llegaba a ofuscarse, y se sorprendía de mi indiferencia.
Estaba claro que no se encontraba a gusto en el uniforme. No era una rareza, porque la mayoría de mis amigos y de mis conocidos tienen un trabajo que no les motiva lo más mínimo. ¿Qué tenía yo de domadora de fieras? Me refiero a las hordas que visitan el Zoo. ¿Qué tenía Paco de agente de la ley?
Carlos empleaba un sarcasmo de rasgos suicidas, porque carecía de planes de vida alternativos. Decía que era muy difícil sacar una plaza en una orquesta civil de categoría, y que no estaba dispuesto a quemarse las pestañas en una oposición prácticamente aleatoria, porque no tenía enchufes del suficiente voltaje; su mayor aspiración era un destino en un regimiento con banda, en Valencia.
Una tarde nos adentramos en el bosque de encinas y pinos de la Casa de Campo en busca de un paisaje para un ejercicio de dibujo al natural. El se enfrascó en su boceto.
Yo no podía, me sentía tan inferior a él, que me daba vergüenza hacer otra cosa que fijar los puntos de fuga y poco más. A hurtadillas observaba la mano de Carlos manejando el carboncillo y haciendo surgir en el papel las manchas de los árboles y la línea del horizonte con precisión de revelado fotográfico.
De pronto, Carlos desapareció. Me había concentrado un instante en mis rayas, intentando copiarle, y al mirar de reojo no le vi. Su ancho cuaderno de dibujo estaba encima de la sillita plegable, bocabajo. Supuse que habría ido a hacer alguna necesidad, y aproveché para estudiar su creación.
Estaba dándole la vuelta al cuaderno, cuando noté el contacto de una mano en mi hombro. Di un respingo, pero no me volví, porque reconocí el tacto de los dedos de Carlos. Lo reconocí porque lo esperaba desde hacía tiempo.
En ese instante comprendí el mensaje oculto en el timbrazo, y la oscura vigilancia de Paco. Pero ya era tarde. ¿Por qué no me había advertido la voz de las madrugadas, con su lenguaje explícito?
Me quedé quieta, y dejé que los dedos siguieran hacia delante y hacia abajo recorriendo el camino hasta mis pechos. Enseguida percibí el segundo contacto previsto, los labios de Carlos en mi cuello. Seguí inmóvil. Me sentí como si hubiera estallado una feroz batalla en torno a mí, mas no experimentaba el menor impulso de defenderme.
—¿Lo mejor es que me rinda y me entregue al enemigo, muy superior en fuerzas y en armamento? —pregunté en un susurro, sin ahorrar la menor complicidad con la avanzadilla de aquel músico a quien no le gustaba ser soldado.
Carlos se colocó delante y me miró estupefacto. ¿Esperaba alguna resistencia?

Vértigo

Me lo tomé como una imprudencia sencilla, espontánea.
Sólo los primeros días.
Poco a poco, a esa velocidad lenta que, vista con la perspectiva del fracaso parece vertiginosa, la veleidad se transformó en infidelidad.
Mi afecto por Paco no disminuyó un ápice, no vaciló un segundo.
Pero a la vez me sentía enamorada de Carlos. Y este sentimiento era embriagador. Después de unas semanas tórridas, en las que nos metíamos mano por todas partes y en todos los rincones, y en las que me sentí como una Blancanieves cuya lascivia hubiera estado dormida durante décadas, empecé a tener ideas estrafalarias.
No, no eran las Voces. Las Voces dejé de oírlas.
Por ejemplo, me dio por pensar que algo muy noble, muy correcto y civilizado sería cambiar de pareja. Algo así como que Paco se presentara una tarde en casa de Carlos e informara a su mujer de que, estando yo, Socorro López, acostándome con su marido, no era un disparate preguntar si ella estaba interesada en aceptarle en su cama, y así no habría mayor molestia que hacer un intercambio de ropa en los armarios.
La segunda parte de este escenario era que Paco viniera a mi casa cuando le apeteciera, y Carlos fuera a la suya en idénticas circunstancias. Más aún, que los cuatro, con los niños, nos marcháramos de vacaciones a Cullera. Por supuesto, esto eran fantasías divertidas entre Carlos y yo. A Paco, ni una palabra. De nada.

Muros

En mitad de este camino tan cómodo hacia ninguna parte, Paco me salió al paso un día con una sorpresa.
—¡He leído tu novela!
¡Mi novela! Pero si mi vida empezaba ahora a ser una novela, un guión de serie televisiva. ¿Por qué diantres aparecía de súbito aquel obús sin estallar?
—¡Es un güevo erótica, tía! Me ha puesto a cien.
Y acto seguido me desnudó con ademanes febriles, en un frenesí de esos desesperados que se apropiaban del músico militar, y al que yo me sumaba en un abrir y cerrar de ojos.
¡Mi novela era erótica! Menuda bomba.
Por entonces, Paco y yo todavía hacíamos el amor; de tarde en tarde, porque para mí era incómodo. Pero la noticia de la novela erótica me hizo olvidar todo aquello que hasta entonces me producía vergüenza. Paco, Carlos y yo, protagonistas de una novela erótica.
Años después leí una novela norteamericana en la que dos parejas de profesores o algo así, mantienen un ménage á quatre que, como era de prever, acaba mal. Pensé que mi novela inconclusa podía haber ido por esos andurriales. ¡Qué tontería! No soy una persona diligente, salvo cuando trabajo a sueldo.
Creo que pocas veces lo pasé tan bien con Paco. Pero al acabar, me quedé tan hundida, que decidí confesarle que tenía un amante. Lo hice después de ducharme, mientras Paco preparaba la cena.
Lo aceptó con una flema sorprendente. Yo esperaba que me fuera a insultar o a recriminar mi infidelidad o mi falta de voluntad, mi desenfreno, mi poca vergüenza, algo así. Pero, no.
—Lo esperaba —murmuró —. Lo temía.
Sentí deseos de preguntarle, “¿Por eso me vigilabas?” Pero temí hacerle daño.
Siguió batiendo los huevos para la tortilla de patatas sin disminuir ni incrementar el ritmo. Giró la cabeza un momentito para mirarme, sin dejar de batir los huevos. Luego, frió las patatas y las cebollas, hizo la mezcla, la puso al fuego, dio la vuelta a la tortilla, la sacó, la colocó en un plato limpio, se marchó como si fuera al lavabo.
Como no volvía, fui a buscarle y le encontré llorando en la cama, al lado de una fotografía mía, un desnudo candoroso, tomada el verano anterior en una excursión a los Montes Universales, una fotografía preciosa que habíamos enmarcado y depositado en la intimidad de la alcoba, en un rincón que pasaba desapercibido al primer vistazo. De pronto, aquella fotografía me pareció irreverente.
Comprendí que lo que tenía que hacer en aquella amarga circunstancia era consolar a Paco.
Algo muy difícil, cuando acabas de dar una noticia así. Me incliné sobre él, sin llegar a tocarle. Después me senté en la cama a su lado, apenas rozándole. Temía que me rechazara. Temía ese “no me toques” que hemos visto en tantas películas cuando un esposo anuncia a otro que le está poniendo los cuernos. Entonces él se echó sobre mí. No me abrazó ni me forzó ni me golpeó. Se derrumbó. Y siguió sollozando.
Lo que yo sentí fue injustificable. Le sostuve, pero del mismo modo que se sostiene a un borracho o a uno que se ha pasado de rosca con la hierba. Para que no se caiga. Y no es que yo sintiera alguna clase de repugnancia o de indiferencia hacia Paco. Todo lo contrario. Sentía una gran ternura.
Pero a la vez, de un modo brutal, como el ataque inesperado de un ejército invasor, en ese momento, se apropió de mí un deseo de follar con él, follar salvajemente, una y otra vez, toda la tarde. Aunque no se puede estar follando toda una tarde. Al menos, yo. Ni siquiera con un amante. Era un impulso irracional, una huida hacia la nada. No es verdad, el sexo no es la nada.
—¿Qué podemos hacer? —murmuré cuando Paco se hubo repuesto.
—¿Quieres que nos separemos? —me preguntó él, con el tono de estar temiendo el sí.
—Quiero que hagamos el amor —dije yo. Y juro que no hablaba yo sino otra persona, mi subconsciente, mi instinto, no tengo ni idea.
Imagino que a Paco le debió de parecer una proposición indecorosa. Hizo como que no se había enterado.
—Piénsatelo. Si quieres que vivamos juntos o te quieres ir con él —dijo con gran esfuerzo.
—Pero, ¡cómo me voy a ir con él! ¡Cómo voy a dejarte! ¡Cómo voy a dejar nuestra casa en Boadilla!
Los argumentos me salieron del fondo del alma. Me sentía una idiota. Me sentía feliz de reconocerlo. Nuestra casa estaba en Boadilla, no en el Séptimo Cielo.
—Si tú eres lo que más quiero en la vida —insistía yo.
—¿Y a él? ¿Le quieres a él?
La sensación de felicidad se disipó en una fracción de segundo. No pude responder. No quería mentir. Pero me parecía cruel decirle en las narices que yo era tan especial que podía querer a dos hombres a la vez.
En ese instante mi futuro se borró. Y empecé a percibir físicamente el muro que se había levantado ante Paco. No entre él y yo, sólo delante de él. Una pared de ladrillo negro, altísima, inabordable, que le rodeaba. ¿Cómo pueden vivir juntas dos personas, cuando una de ellas está rodeada por un muro? Pero, ¿por qué le cercaba sólo a él? ¿Por qué me había quedado yo fuera?
¡Qué noche tan horrible!
La pasividad de Paco era tan absoluta que no pude resistirla. Me calcé unos deportivos, me puse un plumas sobre el pijama y saqué el coche del garaje. Conduje sin darme cuenta del itinerario.
Recuperé la conciencia en mi antiguo barrio del viejo Madrid, en el afilado ángulo donde se encuentran las calles de Amaniel y de Bernardo López. Salí del coche y me puse a mirar la masa ocre del Convento de las Comendadoras como si acabara de emerger del subsuelo.
Poco a poco fui recogiendo los fragmentos de mi conciencia, sentí el frío de la madrugada mordiéndome las pantorrillas a través de la tela fina del pijama. Volví al coche, y me puse a dar vueltas por las calles estrechas del antiguo barrio madrileño donde Paco y yo nos habíamos conocido siendo dos mocosos, donde nos habíamos entregado uno al otro en la adolescencia, y donde nos habíamos puesto a vivir en el viejo ático remozado, como una pareja de irresponsables, decididos a ser diferentes al resto de la humanidad. Luego, regresé al presente.
Al cabo de diez minutos llegaba a las primeras urbanizaciones de Boadilla, a mi nuevo hogar. Mi nuevo hogar del que tendría que salir huyendo pronto si no me echaba antes Paco.

Virtud

En la casa hacía un calor espantoso. Me dieron ganas de desnudarme. Pero la mera idea me resultó repugnante. Estaba saturada de sexo. Paco estaba mirando la televisión o haciendo que la miraba.
—¿Has estado con él? —me preguntó en un tono forzadamente inexpresivo.
Sus palabras fueron el alfiler que hace estallar un globo.
Tiré el plumas lo más lejos que pude.
—¿Por qué tenía que haber estado con él? —grité amordazando mis palabras —.Yo vivo en esta casa, ¿no? Esta casa es medio mía, ¿no? El tiene la suya. Tiene mujer, tiene hijos. Está en su casa.
Era una mentira piadosa. Carlos vivía sólo en Madrid, tenía a la familia en Valencia, pero yo no quería dar explicaciones que pudieran convertirse en combustible.
A la vez que hablaba echando hacia fuera rabia, frustración y severas acusaciones a mi conducta, me preguntaba con la mayor frialdad por qué ponía yo tanto empeño en lo de la casa. Y seguía con mis voces amordazadas:
—Ha sido un error. Ha sido un desliz. Me he equivocado. Te pido perdón, ¿no?
Y fríamente, pensando, “Joder, qué manera de pedir perdón”.
—Un fallo lo puede tener cualquiera. ¿Tú no te has acostado con ninguna tía desde que vivimos juntos? ¿Te has acostado? ¡Dilo!
Paco negaba con la cabeza sin emitir palabra. Y yo, expulsando disculpas y razonamientos de mi boca como un vómito, agitando mi cabeza, mirando a través de mis bucles dorados, una cortina agitándose delante de mi rostro. En un instante que dejé de hablar para tomar aliento, él dijo,
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Que una vez me… estuve con una tía.
Lo que más me irritó no fue la confesión, sino la expresión que había reprimido antes de salir de sus labios, “que una vez me tiré a una tía.” Eso es lo que me mosqueó. Y pregunté,
—¿Cuándo? ¿Hace mucho?
—La víspera de nuestra boda.
O la habitación estaba empezando a dar vueltas o mis ojos se estaban revolviendo dentro de sus órbitas. Pero, qué decía ese desgraciado, si no había habido ninguna boda. ¿Se había vuelto loco?
—Pero, ¿cuándo nos hemos casado tú y yo?
—¿Lo ves? —dijo con una triste sonrisa de triunfo, el triunfo de la virtud.
—¿Qué es lo que tengo que ver? —le interrogué apartándome los bucles de la cara.
—Que nunca nos hemos casado.
Entonces fui yo la que me dejé caer sobre la alfombra y me puse a llorar como una tía indecente.

Flirteo

Durante unos días anduve aturdida. Se me debía notar, porque la gente me llamaba la atención sobre mi falta de atención en todo. Isamari, mi mejor amiga, me dijo que si no me andaba con ojo, me metería en un lío.
—¿Sabes lo que parece que haces? Parece que flirteas. Ten cuidado, no vaya alguien a tomárselo en serio.
Me salió una risa loca, el único recurso para ocultar la vergüenza de haber sido descubierta.
—Pero si yo nunca me he preocupado de mí misma. Jamás me he puesto pantalones de los que marcan tanga. Apenas me maquillo. No voy nunca a la peluquería. No saco el pecho ni meneo el culito al andar… ¿Cómo voy a estar flirteando?
—No digo que flirtees. Digo que lo parece.
Así que yo escribía novelas eróticas y me había convertido en una Barbie. No me lo podía creer.
Lo probé. Flirteé. Me quedé desconcertada al descubrir que los tipos me seguían como patitos a la madre pata.
Lo tremendo es que no me costaba nada flirtear. Lo hacía de un modo directo, sin afectación. El éxito era inmediato. Como no pasaba del puro juego, no podía saber si las consecuencias serían las esperadas o si los tíos se cortarían al verse expuestos ante la verdad desnuda, o sea, yo. Comenté mi experimento con Isamari, aunque callé el lío con el músico militar.
—Lo que más me fastidia es aceptar que la mentira compensa mucho más que la verdad. Pero no puedo ser una hipócrita.
Isamari se rió.
El que no estiró ni media sonrisa fue Carlos. Le confesé que le había contado a Paco lo nuestro. Se puso blanco, como si se le hubiera congelado la sangre.
—Cuando se tiene un amante, hay que ser un impostor —dijo –. Es la garantía para salvar el matrimonio.
—¿Y si no se quiere salvar el matrimonio? Además, tú estás casado, pero yo, no.
Se calló como si se hubiera comido la lengua. Entonces comprendí dos cosas, que mi inexistente matrimonio se había ido al carajo, con todo lo que yo quería a Paco y Paco me quería a mí, y que sólo un milagro o una orden inexcusable del capitán general harían que Carlos dejara a su mujer y se pusiera a vivir conmigo.
Por si mi apreciación era un error, se lo propuse sin ambages.
—Me gustaría iniciar una nueva vida. Me gustaría que nos pusiéramos a vivir juntos. Tú y yo.
Afortunadamente, dio a entender que no.
Carlos se transformó de pronto en un padre de familia responsable. Estaba de paisano, pero fue como si se hubiera colocado de un golpe el uniforme. Claro, en seguida perdió la seguridad, empezó a retorcerse como un niño al que han pillado en una travesura. Pero no era un niño, sino un cobarde.

Pruebas

Antes de mandar al infierno a Carlos hice la última prueba. Ligué hasta el final, es decir, hasta la cama, con un compi del Zoo. Funcionó. Comprobé, además, que mis escrúpulos eran soportables. Lo que necesitaba en ese momento era follar. Y me resultó sencillísimo. Ni siquiera tenía que fingir, sólo amoldarme al papel que aquel tipo se había hecho de mí.
Lo difícil fue, luego, romper con el compi, un tal Nico. Al poco de salir con él, siendo Carlos un recuerdo oxidado y Paco un osito de peluche en mi corazón (habíamos dejado de hacer el amor, aunque seguíamos compartiendo el dúplex de Boadilla), ofrecieron a Nico un trabajo de responsabilidad en un zoo temático de la Costa del Sol. Me propuso ir con él, de brazo derecho. El ganaría el triple que en el Zoo de Madrid, y yo el doble.
Le mandé a la mierda. Me pasé de auténtica. No debí hacerlo. Estoy segura de que Nico no tenía intenciones perversas, sólo estaba haciéndose un seguro sexual. También estaba casado. Tampoco entraba en sus planes divorciarse de su mujer.
Lo nuestro era un contrato a plazo fijo y sin letra pequeña, de naturaleza crudamente carnal. El me hacía un favor a mí, a cambio del que yo le hacía a él. El estaba siendo nítido y honesto. Le pedí disculpas e intenté sacarlo de la mierda a la que le había enviado. Ignoro si lo conseguí, porque dejé de verle.
Entonces fue cuando volví a oír las Voces.

Ático

Me había ido de Boadilla, había dejado a Paco en el dúplex, endeudado hasta las cejas. Me puse a vivir en el ático del viejo barrio madrileño, que me había guardado de vender. Me avergonzó descubrir que había sido una previsión indecente, un por si acaso de mujer desalmada, lo que me había hecho conservar el pisito, el último refugio. No, yo no era una mujer calculadora. No era posible. Pero tampoco me había enterado hasta hacía nada de que mi sexualidad era un pequeño géiser. Ni me creía capaz de atrapar a un astuto cazador, casi desarmada.
¿Quién era yo?
No sé si fueron estas preguntas o una depre, lo que empezó a retenerme en mi cómodo ático reformado.
Al caer el sol, hecha polvo, me recluía en casa, me ponía una chilaba blanca de algodón con recamados azules y rojos, me liaba un canutito y empezaba a sentirme en la gloria. A lo mejor me telefoneaban los amigos y me invitaban a salir. O pasaban por delante del portal, se paraban y llamaban desde el telefonillo. Yo les agradecía su cariño y les decía que saldría al día siguiente o el viernes. Pero de noche, la calle me daba pereza.
Para distraerme en las horas de insomnio y relajarme sin tomar somníferos, navegaba un rato por la Red. Luego, me arrebujaba en el sofá, encendía la televisión y me narcotizaba con un programa basura.
No es que me pareciera que la vida fuera una mierda. Seguía siendo una mujer alegre y optimista. No tenía derecho a decirlo, pero era cierto: lo estaba pasando fatal.
Las Voces de la madrugada me decían que aún podía salvarme. ¿Salvarme de qué? ¿De la depre? ¿Del aislamiento total? ¿De la renuncia? ¿A qué iba yo a renunciar si apenas tenía posesiones? A vivir, supongo. ¡Qué melodramático!
Sólo podía renunciar a salir con los amigos, a sentirme parte de algo. A follar. A comer. A beber. O sea, en definitiva, a los alicientes de la vida. No. Yo no estaba tan mal. No hacía responsable de mi angustia a ningún gobierno, a ningún partido político, a ninguna guerra reñida hacía setenta años o anteayer en un país desértico. Me gustara o no, yo era dueña de mí misma, sólo de mí misma, y responsable sólo de lo que a mí me afectaba, nada que ver con el crecimiento desigual o la globalización.
Mi vida era un chollo, en comparación con muchas de por ahí. Y la vida de la gente, en general, me gustaba. Pero me encontraba tan bien en mi ático reformado en cuanto se hacía de noche… Yo no estaba condenada por nadie. Las Voces desvariaban.

ONG

Para obligarme a socializar, dándole cuartelillo a las voces, me apunté en una ONG con diversos cometidos redentores y proteccionistas.
Fue así.
Una noche, huyendo por la calle de la Palma de una bronca relacionada con el botellón, me di de bruces con Paco. Me salvó por los pelos de acabar en la trena. Un madero, me figuro que con ganas de manosearme, se había empeñado en que yo era una de las alborotadoras más activas y corría detrás de mí.
Paco intervino, enseñando discretamente al guardia su chapa de policía municipal.
Mi ex-pareja estaba de marcha con unos amigos desconocidos para mí. Entré en conversación con una chica algo mayor que yo. Lo hice porque me cayó simpática y para eliminar la remota posibilidad de que Paco y yo acabáramos en el viejo ático. Empezamos a hablar de lo idiota que era tener una carrera y verse obligada a trabajar de telefonista en una de esas compañías que cada seis meses cambian de nombre, o de vendedora a comisión en una franquicia inmobiliaria, de policía municipal o de vigilante en un parque temático. Ella acababa de entrar como preparadora de cadáveres en el tanatorio Sur.
—¿Lo llevas bien?
—Sólo manipulamos a los que están enteros —dijo sin ninguna ironía. Al parecer a los accidentados los reparaban especialistas con una sangre fría extra –. Lo peor son los niños. De momento no me ha tocado ninguno. Además, la mortalidad infantil es muy baja en el Primer Mundo —esto lo dijo con un extraviado humor –. Me habían ofrecido ser responsable de prensa de una ONG muy guay, pero yo soy profesora de ESO, no tengo ni idea de noticias ni de estrategias con los medios de comunicación.
—¿Y te iban a pagar?
—Al principio, no. Luego, se vería.
—Lástima que no me lo hayan ofrecido a mí— dije yo –. Soy licenciada en Ciencias de la Información.
—¡Oyes! Te paso el contacto. Igual no han cubierto el puesto… Pero ya sabes que, al principio, es por la cara.
El contacto era un profesor de cierta universidad privada. Un tipo que se tomaba con una seriedad retórica su trabajo de director de la ONG. Me explicó que esperaba una subvención especial de la Agencia Española de Cooperación Internacional, y que hasta que no se hiciera efectiva, yo tendría que trabajar como voluntaria.
Al cabo de un tiempo, llegué a conocerle un poco, y me di cuenta de que su seriedad retórica y sus seminarios de sensibilización eran una máscara para no dar la impresión a los voluntarios de que la ONG era un cachondeo. Era profesor de filosofía, un sabio simpático, y un viajero intercontinental, casi siempre en relación con la ONG.
Me invitó a comer varias veces. Enseguida tuve la impresión de que se estaba enamorando de mí. La verdad es que yo le daba pie, aunque no por perversidad, ni siquiera por morbo. Sólo por puro sentido maternal, el de la madre pata marcando el paso a los patitos.
El tipo, Vicente, además era cura, de una de las órdenes más antiguas, aseguraba. Vicente transparentaba todos sus defectos, pero no lo hacía adrede. El peor era la vanidad. Empecé a sospechar que la ONG no la había organizado por ningún motivo altruista, para asistir a los desgraciados del Tercer Mundo y todo eso, sino para estar rodeado de una corte de jóvenes entusiastas e ingenuos, y servirse de ellos para crear en torno a él un marco de respeto y autoridad. La chica del tanatorio le conocía mejor, y me dijo que la ONG de Vicente era la séptima creación de su ego insaciable. Antes había sido director, presidente, responsable o secretario de diversas instituciones de la sociedad civil que habían durado tanto como la amplitud de sus expectativas o su apetito de dirigir.
—Siempre es mejor organizar una ONG que dedicarse a la pedofilia o a las inversiones fraudulentas. Los curas se aburren, como todo hijo de vecino —decía la restauradora de cadáveres.
—Es que creo que se está enamorando de mí —le advertí.
—Eso es improbable.
—¿Crees que sólo quiere echar un polvo?
– Dicho de esa manera, tampoco. A los curas, la Iglesia les hace pagar muy cara su ambición o su cobardía. No pueden follar a las claras. Los más lúcidos se buscan una profesional discreta. Otros se hacen maricones, y resuelven el problema para siempre. Unos pocos, los raritos, se comen el tarro y fingen enamorarse de una de sus feligresas, por ejemplo. Vicente es de esos. Si te acuestas con él te dará un poco la vara, pero nada más. Es inofensivo.
—¿Y tú cómo sabes esas cosas?
—Por su hermana, que es mi madre. Una tía lúcida como una papisa.
La restauradora de cadáveres tuvo razón. Un día, Vicente me dijo que le encantaría que le acompañara a un viaje a Guatemala, y que además tenía presupuesto para ello, pero que no se atrevía a proponérmelo en firme porque no quería sufrir ni hacérmelo pasar mal a mí.
Aquella noche me lo llevé a mi ático, porque me empezaba a doler el cuerpo de deseo. Luego le dije,
—No voy a ir contigo ni a Guatemala ni a la calle de la Pasa. Y voy a dejar la ONG porque me ha salido algo en una emisora local de televisión. Pero siempre que quieras retozar conmigo, aquí me tienes. Bueno, casi siempre.
Dejé de fomentar su compañía cuando empezó a decirme mentiras como que estaba enamorado de mí y que quería ser coherente con sus sentimientos, pero que él tenía un compromiso con su orden y con su profesión que pesaba sobre su conciencia tanto como su fidelidad hacia mí, que no tenía valor para pedir una licencia eclesiástica y tal. Para quitármelo de encima, le solté:
—Vicente, no eres el único hombre con el que me acuesto.
Se quedó planchado, como si fuera mi marido por la ley y por la Iglesia.

Doce

No era el único, cierto. Me empecé a acostar con quien me apetecía, con las debidas precauciones. Y a la vez, reanudé mi amistad con Paco. Pura amistad. Ninguno de los dos éramos capaces de pasar más allá de los besos de saludo y los abrazos de despedida.
Me sentí fatal cuando supe que Paco no se había acostado con ninguna mujer desde nuestra separación. Me supo peor cuando me lo preguntó Isamari. A Isamari siempre le había atraído Paco como un imán. Paco era (es) un tío guapo, atlético, con una melena negra de Tarzán y unos ojos de mirada profunda, como lagunas de origen glacial. Pero yo llegué antes, Isamari le conoció cuando ya era mi novio.
Al enterarse de nuestra separación, Isamari me sometió a un intenso interrogatorio para calibrar si me había vuelto loca o qué, y para averiguar si Paco salía con alguien. Entonces se me ocurrió que yo debía hacer algo, antes de que Paco cayera en las garras de una depredadora.
Isamari era mi mejor amiga, igual que Paco. Pasado un tiempo, y ocultando mis propósitos, les arreglé una cita. Paco luego me dijo que se habían acostado. Me sentí aliviada. Pero para seguir aliviando mi conciencia, tuve que presionar para que Paco no dejara de llamarla.
Isamari apenas hablaba conmigo de esa relación. Me figuro que por respeto. Pero a mí me sabía fatal que ella ignorara que yo lo sabía todo. Mas no podía ser sincera, sin arruinar algo tan frágil. Era cierto, disimular protegía.
Volví a escuchar Voces. Me pasaba cada vez que cambiaba de amante.
Fueron estos, todos casados, a saber:
Un agente de cambio y bolsa obsesionado con la higiene y con la salud, las suyas, desde luego. Les prestaba la misma atención absorbente que a las oscilaciones bursátiles, y casi siempre estaba hecho unos zorros, aunque apestando a perfume caro.
Un productor de cine capaz de cualquier cosa por hacer una película con Almodóvar, como llevarme a fiestas y ofrecerme como cebo. Enseguida me di cuenta de que no era un desalmado, sino un zoquete, porque sólo me presentaba a gays.
El dueño de un taller de electricidad del automóvil con disfunciones eréctiles, pero con fama de ligón de barrio. La causa de su problema era que su primera mujer le había dejado por otro. Se había sentido tan impotente que al final acabó afectándole en lo más íntimo. Desde entonces buscaba a la mujer que le redimiera. Yo lo intenté, inútilmente.
Un representante del Frente Polisario ante donde hiciera falta. Lo que más le gustaba era pasearse conmigo por los festivales y manifas de apoyo a innumerables causas justas. No me molestó ser utilizada como objeto de lujo conquistado, sino ser una de tantas. Le dije que me gustaba la promiscuidad, pero no la poligamia.
Un hombre de negocios colombiano, siempre con ropa de marca, y habituado a los mejores restaurantes. En uno de ellos, se marchó al baño, dejando el maletín al lado de la silla, y al cabo de unos segundos pasó un tipo de traje impoluto, hizo un quiebro y se apoderó del maletín delante de mis narices. Un presentimiento me contuvo, y miré a otra parte. Al volver el hombre de negocios de su paseo por Roca, le informé. Me hizo un guiño y comentó, “¡Bah! Estaba vacío.”
Un político de la Asamblea de Madrid, incapaz de corromperse por miedo a que no le incluyeran en la próxima lista electoral.
Y así hasta doce. Como he dicho, todos casados. A uno de ellos, un compi de la emisora de televisión, le dije una tarde en el bar,
– Oye, Fulanito, ¿te apetece salir esta tarde y si hay buen rollo nos acostamos?

Ruina

Había dejado el Zoo. Me había hecho realizadora en una televisión local. Me había colocado en ella gracias a mi ex–cuñado, un próspero empresario del extrarradio de Madrid con algún capital en la emisora, que se calificaba a sí mismo “inversor suicida en la estratosfera madrileña”.
Ganaba menos que de vigilante de bichos, y no me habían dado de alta en la seguridad social, pero me hacía la “ilu” de que estaba trabajando “en lo mío”. Me pasaba el día en la calle con una cámara, y luego me metía en el estudio, jugando a Lazarov. Me había quedado sin tiempo libre, sin tiempo para sentirme fatal. Ya he dicho que solo soy diligente cuando trabajo a sueldo.
Salía poco, porque sabía que salir lo justo era la clave de la felicidad. La felicidad era para mí quedarme en mi ático y mirar los gajos de la cúpula de las Comendadoras perfilados en la ventana, encender un porrito, dejarme vencer poco a poco por el sueño, y despertarme al amanecer oyendo una de esas Voces Interiores advirtiéndome de los riesgos de pasear por la cuerda floja.
Mi ex cuñado empezó a interesarse por mí. Aparecía de vez en cuando por la emisora y nos tomábamos un café. Yo sentía un cariño maternal por él, diferente del de madre pata, porque estaba segura de que no era de los que se transforman en un patito.
Su matrimonio con mi hermana había sido una desgracia. Básicamente porque mi hermana es una neurótica con irrefrenables tendencias de arpía.
Para él, mi separación había sido un misterio, y estaba empeñado en saber. Era de los pocos que se dieron cuenta de que yo sufría aunque aparentara indiferencia. Decía que yo era un ser complejo que le dejaba perplejo. Era aficionado a los ripios.
Yo no era capaz de explicarle nada. Me habría gustado, porque necesitaba una explicación más que él. Sólo sabía que estaba metida en un caos, que me había acostumbrado a él, que no tenía ni idea de lo que hacía en la vida y de que en cuanto viera claro un objetivo, me pondría a perseguirlo.
—Cuando eres joven tienes que estudiar, buscar trabajo, encuentras pareja, montas tu casa, te compras un coche, y luego ¿qué? Desde que me separé de Paco no he sido capaz de buscar nuevas metas y por eso me siento perdida.
—¿Y antes?
—¿Antes? ¿Cuándo vivía con él?… Me has pillado.
—¿Qué pasó?
—No sé. No puedo explicarlo.
Un día se presentó en el estudio con una expresión sombría.
—¿Qué, has conseguido arruinarte ya? —le saludé.
—Cada día soy más rico. Cuanto peor me va con las mujeres, más prósperos son mis negocios. Es un misterio tan profundo como el de tu caos sentimental.
Pero su ceño continuaba siendo sombrío. Entonces me hizo la pregunta.
—¿Qué? ¿Cómo llevan tus padres lo suyo?
Su tono de voz era de un desenfado artificial.
—¿Lo suyo? No te entiendo.
—Bueno… No… Me refería a la vida en general…
—No te referías a eso. No te hagas el tonto, Pedro. A qué te referías.
—Pensé que habías hablado con tu hermana y tal…
“Y tal” era que mis padres habían decidido separarse. Si todas las varas con los focos del estudio se hubieran precipitado sobre mí, me habrían hecho menos daño.
—Me gustaría morirme —dije con toda sinceridad.
Pedro se agitó incómodo. Le veía sufrir, con la indecisión de si abrazarme o no. Pero en aquel instante su indecisión me importaba un rábano.
—No es cierto —rectifiqué —. Me gustaría no haber nacido.
Pedro dijo,
—A mí me gustaría ayudarte.
Y entonces se dio media vuelta y se marchó.

Preguntas

Durante semanas, quizá meses, no escuché ninguna Voz. Me encerraba en mi viejo ático y pasaba las horas muertas mirando el cambio de luz de la cúpula de las Comendadoras, es decir, el progreso de la tarde hacia la noche en un cielo rajado de nubes. Pensaba, lo que me falta es fe. Y me compré un póster de “Expediente X” que decía “I want to believe”, para ver si conjuraba mi descreimiento.
Cada vez creía en menos cosas. Los erráticos cafés que me tomaba con mi ex– cuñado se convirtieron en una especie de diario hablado, diario íntimo, quiero decir. Me sentía relajada con Pedro.
—Creo que ya sé por qué me separé de Paco. Porque me desenamoré. Y si no hay amor, no hay ilusión por la vida. Así que pensé, de un modo confuso, intuitivo, que si me enamoraba de otra persona, recuperaría la ilusión, o sea la vida.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Bueno, segura, segura, no. Pero, créeme, he buscado sinceramente la felicidad. De verdad. He probado cosas muy diferentes, y ninguna me hace sentir feliz. Pero si la felicidad consiste en estar enamorada, qué banal resulta, ¿no? Y qué egoísta, sobre todo viendo cómo está el mundo. Después de tanto fracaso descubrí que la felicidad era quedarme en casa fumándome un porrito.
—Me das miedo y envidia.
—¿Yo? Si me conocieras bien, no te burlarías de mí… Creo que me alejé de Paco esencialmente por su bien. Yo no le convengo a nadie.
Pedro quería decir algo, pero no le salía. Sentí furia contra mí misma. Furia porque quería alejar de mí el sentimiento de autocompasión. Yo era capaz de confundir a cualquiera. No es que mi ex-cuñado fuera el más sabio de los hombres, pero veía su perplejidad retratada en las pupilas. Para que se fuera, le solté,
—Ya sé que son contradictorias la fe y la razón. O se cree o no se cree. ¿Qué pasa entonces con los que necesitamos creer y no podemos? ¿Ves? Menudos rollos existenciales. A ver quién se divierte a mi lado. Estos son realmente los temas que me preocupan, y la gente se siente incómoda hablando de ellos. Por eso soy mi mejor compañía, no me importa pasarme horas, días, meses, años, intentando encontrar respuestas o preguntas nuevas. Nadie podría aguantar a su lado a alguien como yo.
—¿Por qué no me lo preguntas? —dijo con una voz sorda.
Sus ojos estaban a punto de derretirse. Pensé, un patito más. Y enseguida me envié a mí misma a la mierda. No podía ser injusta precisamente con quien había manifestado el afecto más desinteresado hacia mí.
Sostuve su mirada. Ahora su cara se aproximaría a la mía, me ofrecería sus labios y yo no le negaría los míos. Pero entonces caí en la cuenta de que estábamos en una cafetería de barrio, rodeados de individuos que de pronto me parecieron electrodomésticos con piernas y brazos, lavadoras, neveras, televisores, cadenas de sonido, aparatos de aire acondicionado, radiadores de aceite, descodificadores de Canal Digital. Personajes de Walt Disney mirándonos descaradamente, esperando que nos besáramos para echarse a reír. Y dije,
—No. Tú tampoco me aguantarías. Anda, vámonos de aquí, que está lleno de cacharros.
—¿Cacharros? —dijo Pedro, desconcertado, y un poco decepcionado también.
—Sí. Chatarra humana. Despojos emocionales.
—Pero, cómo puedes decir eso, Socorro —dijo levantándose y porovocando un chirrido de patas de silla en las baldosas.
—Exactamente es lo que digo —Y entoné en voz bajita —: ¡Socorro!
Casi salí corriendo.

Felicidad

Pedro y yo empezamos a vernos. Pero él no me tocaba. Decía que no se acostaría conmigo hasta que yo no me aclarara.
—¿Y mientras, qué haré? ¿Me acostaré con otros?
—¿No dices que te aburre el sexo?
—Me aburre… después…
Se enfadó. Reaccionó con un sarcasmo ajeno a él.
—Entonces, sigue con tus hombres casados. El mundo está lleno de hombres casados. ¿Sabes por qué sólo te acuestas con hombres casados?
—Sí. Porque sé por adelantado que se irán, que no se atreverán a dejar a sus mujeres por mí.
—No. Porque necesitas confirmar tu tristeza. Necesitas un mundo de hombres infelices, mezquinos, un mundo caótico, donde la única compensación sea el sexo.
—Pero si yo lo que quiero es encontrar a alguien que se preocupe por mí, enamorarme de alguien que se enamore de mí… Yo persigo la felicidad.
—Pues la persigues muy mal.
—¿Tú me quieres?
—¿Es necesario?
Por unos instantes me quedé muda. Me dejé llevar por la rabia.
—¿Por qué no se lo preguntas a la estúpida de mi hermana?
—Deja a tu hermana en paz. Yo quiero ayudarte… ¿Y tú a mí? ¿Me quieres?
—¿Ayudar?… Nos lo estamos montando fatal, Pedro.
Entonces me dijo eso de la funambulista, el rollo de que mi vida era un paseo por una cuerda floja tendida sobre un abismo, colgada de dos peñascos, el peñasco del placer y el peñasco de la felicidad.
—Quiero que seas mi amante, Pedro —.Me arriesgué.
—No puedo ser tu amante. Sólo puedo ser tu marido. Y creo que sería una locura.
—Estás más loco que yo.
Le di un besazo en la boca y me largué.
Dejé de verle.
Llegado a este extremo, vacilo. Y espero con inquietud que me asalte impunemente el cruel desasosiego y se apodere de mí durante un día o dos.
El lector sabe que esta historia está ya acabando. E imagino que le interesa saber cómo. A mí también. Cuando el lector pase la última página, cerrará el libro y se olvidará de mí. Pero yo seguiré existiendo. Yo y mis perplejidades, esas que me han transformado en perpetua funambulista.
Las Voces Admonitorias se han vuelto simpáticas y me hacen sensatos ofrecimientos. Por ejemplo, que acepte la propuesta de Pedro y me case con él. Sin duda me aliviaría una temporada. Pero, ¿cuántas semanas pasarían antes de que empezara yo a percibir su afecto como un acoso?, ¿antes de que empezara a reprocharme mi deseo de estar sola?, ¿antes de que empezara a discutir con él porque no sabía plancharse las camisas?
Otra solución que me presentan las Voces es que regrese con Paco. Que abra los ojos al futuro turbio que me espera. Que piense en mi deterioro físico inevitable y en las consecuencias que tendrá para mi sexualidad promiscua e insaciable.
Me resisto a creer que yo sea así. Me resisto a encasillarme o a que me encasillen en un juicio moral. Sé que no se puede vivir por encima de la moral y de sus juicios. Pero esquivo sus trampas, huyo de su esterilidad, de su negación rotunda de la libertad y la felicidad explosiva que proporcionan las aventuras con hombres-patito, la mayoría casados, y convencidos de que me han atrapado en su estrategia de seducción.
En fin, he aquí lo que pasó.

Epílogo

Fue un octubre triste. En Madrid estuvo lloviendo todo el otoño.
Pasaba las tardes asomada a la ventana, mirando el tránsito veloz de unas nubes hoscas que se alejaban rozando el perfil quebrado de la ciudad. Hablaba con ella desde mi ático. Le preguntaba cuántas personas como yo habían amansado sus turbulencias y aliviado sus pesadumbres mirando sus calles y sus fachadas húmedas, al cabo de los siglos. Mi casa debería tener cien años, y posiblemente se levantaba en el solar de otra casa, donde alguna vez una mujer o un hombre habían pasado las horas detrás de una ventana, vaciando su dolor o su desconcierto ante la lluvia, esperando una palabra.
Pero las voces habían callado, tanto en mis sueños como en mis vigilias.
Hasta que una noche, al cabo de semanas de caos difuso y de meditación intrascendente, me pareció escuchar una voz de niño. Procedía de allí mismo, detrás del aparador macizo de mi abuela, que yo había desprendido de su luto secular con mucha lija y mucha paciencia, y había pintado de verde pastel.
Me levanté y busqué sin hallar nada a ambos lados del mueble y en la rendija que había entre él y la pared. Deduje que la voz había sonado en mi interior.
Y entonces, insospechadamente, mi propia voz se hizo esta pregunta:
—¿Qué contaría yo de mi vida a un hijo mío?
Un hijo. Nunca, en ninguna circunstancia, ni siquiera como veleidad, había tenido yo el deseo de ser madre. La maternidad era para mí algo tan irrealizable como para un hombre.
Y en ese instante aquella idea restrictiva se me antojó un prejuicio antipático, una limitación inadmisible impuesta por mi conciencia. ¿Qué clase de conciencia era la mía que se oponía a la naturaleza? Me observé como se observa a una amiga cuando una descubre que le ha estado engañando toda la vida. Me vi como una extraña.
¿Cómo podría explicarle yo mi vida a un hijo mío?
No es que pusiera la mente en blanco, la mente se me quedó en blanco.
Me acerqué a la estantería de compactos, tomé un disco al azar, y lo introduje en el reproductor.
Cerré los ojos y vi con toda claridad lo que me gustaría contarle a mi hijo. Le diría que esa tarde había escuchado su llamada desde detrás del aparador de mi abuela, y que me había ido a toda leche a Boadilla. Que había encontrado a Paco sentado en la moqueta de la semivacía sala de estar, acariciando a un perro. Que nueve meses después, a los treinta y tantos, felizmente casada con un guardia municipal, había dado a luz un precioso niño. Que recorría la urbanización empujando un carrito de tres ruedas, saludando a las madres que se cruzaban conmigo. Y que los domingos de primavera por la mañana me sentaba junto a Paco en la terraza, observando con arrobo los primeros pasos de mi hijo sobre la hierba artificial, fresca, punzante y recién cortada.
Abrí los ojos al final de la película, que coincidió con el final de la canción, creo que de Compay Segundo.
La sensación de haber cometido una estupidez al negarme la posibilidad de ser madre fue disipándose. Volvía a mi ser habitual.
Me pregunté cuántas mujeres antes que yo habían tenido mis mismos sueños, mis mismas revelaciones, mis mismas frustraciones.
Y de detrás del aparador emergió una voz rotunda:
—¿Y tú por qué estás frustrada? Se puede saber qué demonios te falta.
Empecé a hacerme un canuto.

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