BIENESTAR, SEXO Y CARIÑO

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GE DIGITAL CAMERAEs posible que la casa fuera un palacete del barrio de Argüelles. No tengo ninguna seguridad, porque en mi memoria se fracturan y mezclan los recuerdos. Cierta imagen emerge de la niebla que envuelve al edificio: un belvedere haciendo chaflán, una balaustrada de obra con florones. Y en el interior, donde accedimos precedidos de una sirvienta con uniforme y cofia, una escalera de caracol, un salón con tapices de batallas. La vivienda de una familia rica, bastante rica.

Sólo estuvimos una tarde en aquella casa. Nos reuníamos en lugares diferentes cada vez. Creíamos que era más seguro así, que despistábamos a la policía.

En realidad nosotros, nuestra célula, importábamos un pimiento a la policía. Hacía tiempo que la policía había perdido el interés por la oposición histórica, y se dedicaba a localizar a los nuevos grupos que predicaban la violencia, por si alguna vez la ponían en práctica, como acabó ocurriendo.

Pero nosotros, a semejanza de los grupos de fe y obediencia académicamente marxista, nos creíamos los conspiradores más peligrosos de toda la sopa de letras que se le atragantaba al Régimen. Nos tomábamos las cosas muy a la tremenda, sobre todo la pureza ideológica. No cabían desviaciones de la ortodoxia dictada por individuos tan clandestinos, tan distantes, tan inaccesibles que bien podía ser que nunca hubieran existido fuera de los libros de historia y de los textos editados por el Partido.

En este clima de adhesión inquebrantable, el camarada en cuya casa se celebraba la reunión salió un día con el siguiente apotegma:

–No hay pensamiento progresista ni pensamiento reaccionario. El pensamiento es siempre conservador, porque busca y ofrece cosmovisiones, porque somete la naturaleza y la vida a teorías globales.

Yo confieso que estuve a punto de darle la razón. Era uno de los camaradas más incisivos y locuaces, el que hablaba en todas las asambleas de la facultad. Incluso había viajado a París y había conocido personalmente a los inaccesibles dictadores de la ortodoxia. Era un luchador reconocido. Su palabra era la luz, mejor dicho, el espejo en el que se reflejaba la luz del Comité Central. Y por último era de buena familia, cosa que el Partido tenía en la mayor consideración.

Pero el responsable de la célula – el superior inapelable – un meticuloso quídam de la Escuela de Caminos, le reconvino. El Camarada Incisivo y Locuaz tenía fama de bromista, y en aquellos días no estaba el horno para bollos. Así que el de Caminos le pidió que no se anduviera con cachondeos. La reacción del inesperado disidente, que con toda seguridad traía preparada, fue ésta:

No es ningún cachondeo, es una refutación del mal. El mal no es la ausencia de bien. El mal y el bien son falacias filosóficas. El mal es un fenómeno natural como cualquier otro, es una transformación o una variación de los hábitos de la naturaleza. A nadie le asombra o le molesta una fruta podrida, un naranjo borde o una granizada sobre un huerto en sazón, siempre que la fruta que a uno le toque comer sea sana, y el pedrisco caiga sobre la propiedad del vecino.

Las referencias agrícolas parecían indicar que el Camarada Incisivo y Locuaz podía ser hijo de terratenientes extremeños, a juzgar por su acento. A sus espaldas, sobre su cabeza, un guerrero con armadura, descargaba un mandoble sobre un desafortunado, pero feroz moro. Desconcertada la célula al completo, incluido su responsable, el Camarada Incisivo y Locuaz prosiguió su elaborado discurso.

–Lo que deja perplejo al hombre es el mal cuando actúa sobre él. El infortunio, a eso debe quedar reducido el mal. Pero, ¿qué puede hacer un individuo que ha nacido parapléjico, o uno que se ha quedado ciego en un accidente, o quien ha perdido un hijo? Nada. Sólo aceptarlo. Estas cosas pasan en todas partes, han pasado siempre. Son inevitables. Es absurdo preguntarse por qué o para qué. El mal es mi mal, no hay que darle más vueltas.

En aquellos días el mal era que había caído media organización de Sevilla y el aparato de propaganda de la cuenca del Nalón.

Se organizó un debate ilusorio. Mi reconocida incapacidad dialéctica me mantuvo, felizmente, al margen de una discusión que en realidad fue una lluvia de excomuniones. Cayeron sobre el temerario las más denigrantes etiquetas. Ni siquiera el hecho de estar en su casa contuvo la furia de los ortodoxos. Uno de Filosofía y Letras le acusó de estructuralista, el de Caminos le llamó contumaz idealista y sectario, otro, que vivía en Alcobendas, mentó a Feuerbach, a Hegel y a Kant, para acabar sacudiéndole en la cresta con Schopenhauer. Mientras el último inquisidor descargaba su mandoble ideológico sobre el Camarada Locuaz, perdí yo la mirada en el tapiz bélico de la pared. Pensé: “Este moro nunca ha muerto ni morirá, porque el espadón del guerrero acorazado jamás caerá sobre su cuello. Pero mi camarada disidente ha sido ya ejecutado sin apelación”.

Una chica de la célula, que salía con el hereje – y que hacía el esfuerzo de aparentar que no sabía su nombre -, aseguró muy descompuesta que sus afirmaciones eran una inversión de la definición de pragmatismo de Charles Pierce. A mí me despistó esta apostilla de la chica, que sufría al ver naufragar a su novio en la desviación ideológica. Yo estaba convencido que el pragmatismo era bueno, lo había leído en más de un rollo del Comité Central y de su cabeza dirigente. Quizá Charles Pierce fuera un exégeta del pensamiento revolucionario.

No asistió el desviacionista a la siguiente reunión de la célula. Como he dicho, había perecido víctima de su amor propio, quiero decir, de tener opiniones propias. Se celebró en casa de su (supusimos) ex-novia, en un piso de unas viviendas para militares de la calle Miguel Ángel, creo. Le habían dado de baja, se nos informó, por actividad fraccionaria.

Lo sentí, pero no por él, un renegado revisionista, sino porque su ausencia me privaba de una fantasía con la que solía entretenerme en los ratos más aburridos de las reuniones. Se trataba de la novia del hereje. Era una chica menuda, con carita de muñeca de porcelana y cuerpo de colegiala; morena, de pelo lacio y con flequillo, nariz insignificante, ojos grandes y pupilas negrísimas.

Sin poder evitarlo, adormilado por la monotonía de la ceremonia (las reuniones de célula eran lo más parecido a una misa) e intoxicado por el humo de los cigarrillos que todos fumábamos, me concentraba en ella. Al cabo de unos segundos sentía un singular vacío en el pecho y en las tripas, que derivaba en algo parecido a un orgasmo. Ignoro por qué, era incapaz de obtener esta sensación si faltaba su novio.

Años después me enteré que al ex-Camarada Incisivo y Locuaz le había tocado la mili en el Sáhara, y que un Polisario le había pegado un tiro en la cara, que se llevó por delante el maxilar. Me lo contó la que salió con él hasta su osadía herética. La Muñeca de Porcelana se había casado con uno de Derecho, a quien su padre (no sé si de él o de ella) había colocado en el consejo de administración de una empresa del INI.

La mujer tenía cantidad de líos con otros individuos, y parece que su marido, también (creo que con individuas, pero no estoy seguro). Me dijo que se topó con el Camarada Incisivo y Locuaz en un congreso de expertos en algo, en Odense. No le reconoció. Le habían hecho la cirugía estética para restaurarle la mandíbula, y le había quedado cara de sabio. Se metió con él en la cama, y allí descubrió quién era. Por poco no le da un patatús, me contó. Fue como practicar sexo con un resucitado.

Esta mujer era gerente (ella decía mánayer) de una cadena de hoteles. Yo me la encontré en uno de Roquetas de Mar que parecía un decorado de Samuel Bronston.

–Tú eres García, ¿verdad? –me soltó una mujer desconocida, después de observarme con un embarazoso descaro por unos segundos.

–No. Yo soy Neftalí Santamaría.

Yo soy Julieta, ¿no te acuerdas?

Su nombre no era Julieta ni jamás lo fue. Se trataba del alias, el nombre de guerra, que había adoptado por admiración hacia Julieta Massina, en su papel de la ingenua prostituta Cabiria. El mío, García, era producto de mi afán por pasar desapercibido.

Ahora caigo –murmuré después de unos segundos de perplejidad, mientras activaba mi memoria.

Me invitó a cenar, quiero decir que me pagó la cena, porque ella estaba muy ocupada. Era chocante verla ajetreada entre los clientes del hotel, casi todos en calzón corto, blusa desproporcionada y sandalias. Ella vestía un traje bien cortado, funcional, de ejecutiva, como una Mariquita Pérez renovada.

Al día siguiente, en recepción, me dieron una nota con la llave. Era una cita con ella en Aguadulce para después de cenar en una cafetería de decorado británico.

Acudí. Me esperaba sentada, sola, en una mesa muy discreta. Era obvio que había preparado una estrategia. Esto me relajó. Me resultaba más fácil dejarme atrapar en una tela de araña que huir de ella. Muñeca de Porcelana debió pensar que yo intentaría embriagarla, y se adelantó con el propósito contrario. Yo nunca bebo, y al cabo de una hora me encontré delante de seis vasos de güisqui. Los tres míos estaban sin empezar, los suyos vacíos. Otra hora después, la ex-camarada había vaciado en su estómago mis tres vasos. ¿Había quedado atrapada en su propia celada, o la borrachera formaba parte de su elaborada estratagema? Ante la duda, la convencí para que volviéramos a Roquetas en mi coche.

–¿Es que no tienes vicios, oye? –me preguntó con su voz más seductora que, dadas las circunstancias, sonaba a un violonchelo en manos de un hipopótamo.

Luego quiso saber si le era fiel a mi mujer.

–Eso es un asunto privado –dije.

Reconozco que jugué con ventaja.

–Tienes razón. Yo solo le soy fiel a mis hijos.

–¿Dónde están? –pregunté para mantener viva la endeble llama de la conversación.

–Cada uno con su padre. Tengo tres, de dos. Tres hijos de dos maridos.

–¿Y ahora estás casada?

–Cohabito. Pero dime si le eres fiel a tu mujer, hombre.

–¿Por qué quieres saberlo? Ni que te quisieras acostar conmigo.

–¿Y qué tiene de malo?

–Que estás como una cuba.

–Si el que tiene que estar a punto eres tú, rey.

–Ya. Pero es que me siento mal.

–¿Por tu mujer?

–No sé.

–Mira, García.

–Neftalí.

–¡Qué más dará! Mira, la ética es algo relativo, está relacionado con las costumbres y con los intereses de los hombres.

–Es decir, con la psicología.

–Psch. La ética no tiene que ver nada con lo espiritual, cariño. ¿Te has vuelto a hacer católico?

–No –. Aunque no hacía falta, fui rotundo.

Habíamos llegado al hotel a lo Samuel Bronston. Aparqué frente al paseo marítimo, por el que circulaban grupos de septuagenarios hablando en inglés y en alemán.

–Lo espiritual es otra dimensión –aclaró Julieta.

–Lo espiritual es inconcebible –apostillé.

–La presencia de lo espiritual en la naturaleza se advierte en la vida. En cualquier manifestación de la vida.

Julieta hablaba con voz estropajosa, pero su mente parecía poco afectada por el alcohol.

–Te has hecho panteísta, chica.

–No seas ridículo. Quítate las etiquetas de la frente, y empieza a pensar por tu cuenta, Neftalí.

Me gustó que se olvidara de García.

–La naturaleza es imperfecta porque es cambiante y caduca. Sólo lo inalterable, lo que no es caduco, es perfecto. ¿Y sabes lo que es eso?

–El espíritu, – contesté como si me hubiera preguntado por la suma de dos y dos. Yo mismo estaba sorprendido de aquella conversación y de mi participación en ella.

–¡Bingo! –Hizo una pausa, que cortó de un manotazo en mi hombro –. No se te ocurra preguntarme qué coño es el espíritu, ¿vale?

–¿Qué es el espíritu?

–¡Idiota!

Se echó encima de mí y accionó el claxon involuntariamente. Un fósil quizá de Manchester, con gorrita a cuadros, estuvo a punto de caerse, a causa del susto, desde el pretil del paseo a la playa, arrastrando a una anciana moribunda con sombrerito de gasa. Me pregunté si Muñeca de Porcelana había perdido el equilibrio o la razón. Quizá quería besarme. Volvió a hablar.

–Esa pregunta es tan imposible de responder como éstas: ¿qué hace el espíritu en la naturaleza, por qué está ahí y para qué? –Clavó en las mías sus pupilas de antracita. Con la siguiente frase me llegó un aliento de alcohol que disipó mis dudas acerca de su estado –. La religión es el ámbito de estas incógnitas.

–Sólo la fe satisface esas preguntas –dije como un eco.

En la negrura del mar se movían las linternas de unas cuantas chalupas en negocios pesqueros.

–A ti te mata la ética –. Volvió a decir –. A mí también. Es porque queremos salvarnos. Es una tontería. Querer salvarse es como querer vivir siempre. ¿Conoces a alguien que no se haya muerto?

–Tú y yo –dije sujetándome al volante como el que se agarra a un salvavidas para no zozobrar.

–¡Bah! Lo que el hombre busca es la fe, ¿no te das cuenta? –Levantaba una manita y esgrimía ante mi cara el dedo índice –. Lo que buscamos es la fe, dar un sentido a nuestra vida. Y, ¿sabes una cosa? Eso sólo lo podemos hacer cada uno de nosotros en privado. Ni las sectas ni las iglesias ni el Krisnamurti ni el Dalai Lama ni el Papa ni su puta madre. Tú y yo, solitos. Cada uno ha de salvarse sólo.

–¿Pero no era imposible salvarse? –interpelé a la charlatana.

–¿Quién ha dicho eso? –Hizo una pausa, quizá para olvidar que había sido ella. Se arregló el vestido y acto seguido aproximó su cabeza a la mía mirándome como a un pez en una pecera –. Yo no quiero la fe, la fe me ha hecho mucho daño. Yo he sustituido la fe por una visión personal de la vida. De cara, de frente, sin darle vueltas, sin laberintos.

–¿Y en qué consiste esa visión?

–En psicología, en pasión, en parcialidad. Sexo y dinero.

–Y violencia –en seguida me arrepentí de haberlo dicho.

–¡Qué burros sois los hombres! Sexo, dinero y cariño.

–Pero, ¡cómo vas a mezclar el dinero con el cariño, mujer! –aseguré convencido de que el mundo entero me daría la razón si pudiera oírme.

–Bienestar, sexo y cariño, ¿te vale así? –Y sin darme tiempo a reaccionar disparó su arma secreta –¿Por qué no nos acostamos, Neftalí?

–Quizá debíamos dejarlo para otro día, ¿no te parece?

–¿Es por tus hijos?

–No, qué va. Es porque mi mente es un laberinto y la tuya está empapada en alcohol.

La “Declaración sobre la Naturaleza”, que es a donde quería llegar con este cuento, me vino a través del último compañero de Muñeca de Porcelana, la ex-camarada. La llamaré Urganda la Desconocida por su personalidad compleja. A su ex – novio y parece ser que de nuevo su pareja, le bautizaré Gradasonel Fallistre, también un absurdo personaje del “Amadís”, aunque mucho más efímero.

Un día recibí una nota por correo firmada por Gradasonel que rezaba así:

“Estimado Sr. Santamaría, me permito enviarle las primeras y sucintas notas de un trabajo de pensamiento elaborado por mí. Me atrevo a hacerlo, animado por mi compañera, Urganda la Desconocida, que me ha ponderado su interés de usted hacia la reflexión original.”

Había dos puntos, y entre unas comillas: “DECLARACION SOBRE LA NATURALEZA”.

UNO.- Nada de cuanto conocemos es perfecto, eterno o inmutable. Todo lo que hay en la Naturaleza tiene un principio y un fin. La Naturaleza es caduca, corruptible.

DOS.- El fenómeno de la Naturaleza que más importa al hombre es el de la vida. En la vida encuentra el hombre la alegría y el placer, el dolor y la inquietud. Si la vida fuera interminable y no actuara sobre los seres humanos con contingencias inesperadas, el hombre estaría libre de padecimientos. Si no fuera por eso, la vida se aproximaría a lo que entendemos en términos generales por perfección.”

Me informaba Grandasonel Fallistre que si le hacía llegar una petición expresa me enviaría el resto de su pensamiento.

Terminaba la carta con una frase enigmática para mí, aunque nada ambigua: “Sospecho que se acuesta usted con Urganda. Es asunto que nos concierne a los tres. Pero si usted, además de amar a Urganda, ama la discreción, lo entenderé perfectamente.”

En un principio me divirtió. Pero en seguida me cambió el humor, porque yo no me había llegado a acostar con Urganda. Luego deduje que la autora de la nota era la misma Urganda, que empleaba una retorcida treta para seducirme por medio de la confusión. Pronto se añadieron más razones a mi inicial desconfianza, porque pocos días después de la nota llegó a mi buzón una invitación firmada por ella para un cóctel.

No acudí.

Pero Urganda se cruzó, de nuevo por azar, en mi camino un mes más tarde. Yo estaba en la cola de uno de esos cines de la calle Martín de los Heros en los que se suelen citar las vírgulas moribundas del esperma progresista. Era una tarde de fiesta, la segunda sesión. Urganda pasó por la acera y se paró a mi lado.

–¿Me cuelas, Neftalí?

–¿Vas a la misma película que yo?

–Sí. ¿Estás solo?

–Estaba. Pero, ¿cómo sabes qué película quiero ver?

–Yo espero a mi marido –contestó sin hacer caso a mi objeción.

En efecto, minutos después llegó el marido, un tipo alto y con una barba muy espesa.

–Neftalí Santamaría, Gradasonel Fallistre –nos presentó la maga.

–¿Recibiste mi nota? –me preguntó él, ya cerca de la taquilla.

–¿Qué nota?

En verdad me había olvidado de ella.

–¡Demonios! Te la volveré a mandar. Es la introducción a mi filosofía de la vida. Me ha costado más de cuarenta años darle forma.

–¡Ah! ¡Sí! ¡”Sobre la Naturaleza”! Pero en lo de Urganda, estás completamente equivocado.

–No importa, no importa. Habría sido mejor tener razón. ¿Te molestaría que te enviara el resto?

–No, pero no esperes que entre en discusiones sobre tu filosofía. Sólo polemizo sobre fútbol –intenté disuadirle.

–¿Y sobre mujeres?

–Solo con las mujeres.

–¿De verdad que no te has acostado con Urganda? –En su voz no había ira o dolor, sino perplejidad o quizá decepción.

Urganda se mantenía de pie a nuestro lado, avanzando pasito a pasito hacia la taquilla, sin hacernos caso, como si fuera letona y no entendiera una palabra de nuestra conversación.

–Pues, no. Pero comprenderás que lo negaría siempre delante de ti.

–Me parece razonable. De todas formas, te enviaré mis catorce puntos sobre la naturaleza.

La película que vimos trataba de los problemas de un hombre con una mujer, y los de otro hombre con otra mujer. Intranquilos personajes en plácidos escenarios, donde nunca llegaba a pasar nada serio. Nos gustó a los tres.

Pasaron varios meses. Urganda la Desconocida y Grandasonel Fallistre se borraron de mi memoria. No los volví a ver, pero el tipo me envió un sobre nada grueso, que deposité sin abrirlo en un cajón de mi buró.

Al cabo del tiempo, una madrugada, apareció el tipo de la barba espesa en la pantalla del televisor. Intervenía en un debate en directo titulado: “Otras visiones del mundo. La modernidad subvertida.”

A pesar de lo rimbombante del tema, aguanté por la curiosidad de escuchar al singular compañero o marido de Urganda. Presentaron a Grandasonel Fallistre como un gurú, un mago autor de sensatas hipótesis alternativas. Profesionalmente era funcionario del servicio de meteorología.

Súbitamente, se despertó en mí un violento deseo erótico de Urganda la Desconocida.

Era algo inesperado, inexplicable, pero muy vehemente. Era como si Urganda estuviera a mi lado en el sofá. Mejor dicho, en el estudio, o en el salón barroco del palacete de la balaustrada. En ese momento, Grandasonel dijo: “Verá usted. No hay pensamiento progresista ni pensamiento reaccionario. El pensamiento es siempre conservador, porque busca y ofrece cosmovisiones, porque somete la naturaleza y la vida a teorías globales.”

Por increíble que parezca, frente a mí, encerrados en la caja del televisor descubrí a todos los componentes de la vieja célula revolucionaria. El quídam obsesivo de Caminos, el ignorante de Filosofía y Letras, el sabelotodo de Alcobendas.

Me puse en pie, desvié la vista de la pantalla, encendí todas las luces de mi casa. Llegué hasta palpar las paredes, más por no caerme desmayado que por miedo a ser víctima de una pirueta del tiempo. En mis vísceras, sentía la misma urgencia erótica que veintitantos años atrás. Y sin embargo, yo no estaba allí. ¡Ni tampoco Urganda!

Con manos temblorosas desenterré el sobre del mago para buscar la dirección, pero el remite era de su oficina. Abrí la guía de teléfono con desesperación, y la cerré de golpe al descubrir que estaba perdiendo el tiempo.

Me metí la carta en un bolsillo, y salí en estampía de mi casa. Eché a andar, con la mente fija en Urganda. Entré en el bar de la urbanización al que solía acudir de tarde en tarde. En la televisión del mostrador, hablaba Grandasonel.

Me fui sin pagar la copa. Supongo que se la cobrarían a otro.

Volví a errar sin rumbo, obsesionado con Urganda. Al final paré un taxi y le pedí que me llevara al barrio de Moncloa. Me dejó en la travesía de Andrés Mellado, frente al mercado lúgubre y desierto. Tiré hacia Argüelles (eso creía) y desemboqué unos minutos después en la plaza de Cristo Rey. Me quedé mirando la fachada del Hospital Jiménez Díaz como si viera un aparecido. Por fin eché a andar hacia Moncloa por Isaac Peral. Noté que me seguían.

En seguida, Urganda estaba a mi altura. No puedo decir cómo, nos hallamos en las escalinatas de la fea bóveda que construyó el antiguo régimen frente al Arco del Triunfo.

–Es el mejor momento –me dijo –. Grandasonel no volverá en toda la noche. ¿Buscamos un hotel?

–¿Y por qué no nos vamos a mi casa?

–¿Y tu familia?

–¡Soy soltero!

–Me tomaste el pelo.

–¿Yo? Nunca te dije nada claro. Lo imaginaste todo tú, que debes tener una cabeza como un circo ¿Qué vamos a hacer?

–No sé. Lo que tú quieras, Neftalí. ¿Qué cosa importante puede suceder entre un hombre y una mujer atrapados en las redes del instinto?

–¿Qué hacías en esta calle a estas horas?

–Lo mismo que tú.

–¿Y ellos? ¿Qué hacen en la tele? ¿Quién los ha reunido?

– Ellos solos. Se han convertido en hombres nuevos. El mundo ha cambiado de centro, ellos también.

–Vamos a casa. Quiero que me lo cuentes todo.

Al sacar la llave del bolsillo palpé el sobre cerrado. Supe que era el momento de abrirlo. Nada más instalarnos en el salón de estar, lo exhibí. Urganda conocía su contenido. Pero en aquel momento sólo le urgía bienestar, sexo y cariño.

En medio de lo penúltimo, ella dijo:

–¿Tienes una vida sexual intensa?

–Lo normal.

–¿Variada?

–No mucho.

–Me da miedo.

Fue curioso, porque los dos creíamos habernos quitado la ropa hasta el punto de no retorno.

Nos terminamos de desnudar, y nos sentamos en la alfombra, mirándonos a los ojos con pavor. Mantuvimos la mirada hasta que la desconfianza fue disipándose. Luego, nos cogimos de las manos.

–Es terrible –dijo Urganda.

–¿Por qué no me lees la filosofía del viejo hereje? No parece muy larga.

Y esta fue la conclusión de aquella lejana y profunda pasión erótica. Al oír a Julieta – Urganda recitar los puntos “Sobre la Naturaleza” se me vaciaba el vientre de las vísceras e iba perdiendo el sentido de la realidad y de mi propia existencia.

Estos eran los puntos, a partir del tercero:

TRES.- Por el contrario, la vida actúa sobre el hombre causándole dolor (físico y moral, imaginado y cierto), molestias e incertidumbre.

Estos tres elementos, dolor, molestia e incertidumbre, constituyen las manifestaciones más evidentes de la caducidad e imperfección de la vida.

CUATRO.- Contra ello, el hombre ha reaccionado de dos formas: una, práctica y activa; otra, intuitiva y pasiva. Estas dos reacciones no son excluyentes, sino que van entrelazadas. Pero a veces destaca una más sobre la otra, dependiendo del carácter del hombre y de la sociedad en la que vive.

La reacción activa de los seres humanos nos facilita medios para ir resolviendo los problemas. Ha dado lugar a lo que nosotros conocemos por trabajo y todo aquello que contribuye a preservar y mejorar la existencia, como la tecnología, el uso de la lógica experimental, la ciencia, la política.

La reacción intuitiva (o reflexiva o especulativa) de los seres humanos nos empuja a darnos explicaciones sobre nosotros mismos y sobre la Naturaleza. Ha producido la religión, la filosofía, el arte y todas las especulaciones del pensamiento en torno a los enigmas de la existencia.

La voz de Julieta, que a veces parecía proceder de unas cuerdas raspadas con lija, empezó a enunciar los principios del hereje con una suavidad opaca, pero poquito a poco fue adquiriendo un timbre de campana jubilosa. No hacía el más mínimo comentario, pero su lectura estaba llena de inflexiones, cargada de exégesis.

CINCO.- Forma parte de la esencia del hombre la imposibilidad de obrar mecánicamente, del mismo modo que actúa la naturaleza inerte. No puede el ser humano comportarse como las fuerzas de la naturaleza terrestre y cósmica. Ello es así porque los hombres poseemos psicología, igual que los animales que consideramos superiores por parecerse algo a nosotros, sobre todo los vertebrados y los mamíferos.

SEIS.- Esto que llamo psicología, (alma, le decían los antiguos) y que distingue a los seres vivos de los objetos inertes, impide al hombre separar su acción de su pasión.

SIETE.- Así es como los seres humanos hemos inventado religiones, filosofías, ideologías y todo tipo de explicaciones morales a cuanto nos causa dolor, molestia e inquietud. Pero ninguno de todos los argumentos se ha revelado completo, satisfactorio o incluso relevante.

Detuvo su lectura y me lanzó una mirada de incertidumbre. Un escalofrío hizo una fugaz escabechina en mis entrañas. No fue nada, pero sirvió para despabilarme de un letargo que había hecho presa en mí desde el punto cuarto. Tomó aire, se estiró sobre sus posaderas y prosiguió. Y fue aquí, mirando descaradamente yo el meneo de sus nalgas sobre la alfombra, cuando descubrí algo en lo que, por absurdo que parezca, nunca había reparado: bordadas en la urdimbre había dos figuras, la de un caballero cristiano enarbolando una espada y la de un moro caído en tierra, en los instantes previos de su decapitación. La impresión me hizo perder de nuevo el hilo de los postulados del apóstata.

OCHO.- El único uso práctico de la actividad intuitiva o reflexiva del hombre es que con frecuencia alivia de las angustias de la vida. Aunque con la misma razón se puede responsabilizar a la religión, a la filosofía y a las ideologías políticas de causar tanta destrucción y muerte como auxilio y consuelo. Son meros útiles.

NUEVE.- Por el contrario, la reacción activa de los seres humanos frente a las adversidades siempre nos ha proporcionado beneficios. La destrucción y la muerte derivadas del trabajo, de los avances tecnológicos y científicos y de la práctica política tienen más que ver con los condicionamientos psicológicos que actúan sobre los hombres (odio, miedo, venganza) que con los hombres mismos.

DIEZ.- Yo no encuentro ninguna explicación convincente a la psicología (el alma) del hombre. Tampoco la hallo a la diferencia entre lo inerte y lo animado. De hecho, nadie ha podido dar una razón fundamental sobre la vida, salvo la sugestión de que es un accidente.

El mayor esfuerzo que el hombre ha hecho en este sentido, ha dado lugar a la fe religiosa, que explica los misterios de la existencia por medio de una divinidad superior. Los creadores de las religiones aducen haber tenido revelaciones de la sobrenaturaleza, cosa tan imposible de demostrar como de refutar.

ONCE.- Para mí, sólo hay una forma de entender los enigmas de la vida. Es atribuir a la vida un valor no caduco, imperecedero, inconmensurable. Toda la vida contiene un elemento inexplicable, que es el espíritu. Aquello que no contiene ese elemento que yo llamo espíritu es inerte o está muerto.

DOCE.- ¿De dónde procede el espíritu? ¿Cómo se introduce en la Naturaleza para hacerla viva? ¿Dónde va a parar cuando los seres vivos perecen? Renuncio a contestar a estas preguntas, porque siento poca inclinación hacia el pensamiento filosófico, y también porque me parecen insolubles.

De nuevo interrumpió Urganda su lectura y buscó en mis ojos algo, complicidad, asentimiento, entusiasmo. Me limité a sonreír y a acariciarla. Para mi sorpresa, el amago causó efecto. En mi interior me aburría como un oso y había dejado de prestar atención a las palabras de Urganda. Mi cordial interés se limitaba a sus curvas sedentes. Pero intentaba compensar mi grosero materialismo con una apariencia de beatitud. Era como estar encerrado en una burbuja compuesta de paradojas.

TRECE.- No obstante, el hecho de reconocer, a modo de axioma, que sólo hay una vida y sólo un espíritu capaz de actuar sobre lo inerte y de transformarlo, me permite explicar, con relativa satisfacción (al menos para mí) una porción de incógnitas de la existencia de los hombres. El único uso que hago de lo espiritual como principio indiscutible es para atribuirle un valor superior desconocido, pero que ni dicta ni revela nada. No hallo forma de entenderlo de otro modo.

CATORCE.- Preciso es advertir, para acabar, que el espíritu no es, a mi entender, la razón. Porque no puede confundirse la Verdad, el Bien Supremo y la Belleza Absoluta con algo perecedero. No obstante, no habría razón si no fuera por el espíritu.

Fin de la carta –concluyó Urganda –. No te has enterado de nada, ¿verdad?

No –confesé –. Pero no importa, ¿verdad? Son verdades elementales.

– Intuiciones. Vaguedades filosóficas. Pero para él, cimientos.

¿Qué son para ti y para mi? –pregunté por saber si ella había hecho previsiones.

Bellas palabras. Bienestar. Sexo. Cariño –… Y dejando caer los papeles en la alfombra, exactamente encima de la espada del guerrero, echó su cuerpo atrás, apoyándose en las manos y me desafió como una diosa.

Esto ocurrió un cinco de noviembre de hace algunos años, y tuvo consecuencias que quizá terminen por llenar una estantería de mi biblioteca. Desde entonces, todos los primeros de cada mes, recibo por correo certificado un sobre con una lista de pensamientos firmados por Grandasonel Fallistre. Es la única noticia que tengo de él. Por lo demás, es muy discreto.

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