OBSESIONADOS POR PODEMOS

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Ya lo están los medios de comunicación y sus estados mayores. Con temblores de pánico lo están los partidos políticos mejor establecidos. Con desconcierto, los partidos políticos desplazados de los centros de decisión, pero con algún arraigo. Y no me atrevo a especular sobre lo que desconozco, la reacción de las fuerzas vivas: la Jerarquía de la Iglesia, la jefatura del Ejército y los Grandes Financieros y los Grandes Empresarios, todo con mayúscula; pero me temo lo peor.

La obsesión de las dos primeras castas, medios y políticos, con Podemos sobrepasa lo imaginable. Lo más curioso de todo es que, no llegándoles la camisa al cuello, no cesan de dar publicidad a sus enemigos infernales, aunque sea pintándoles como agentes de Satanás. Es difícil de entender que quienes más perderían ante el triunfo de Podemos, cada vez que abren la boca por la mañana en lugar de decir “Buenos días”, exclaman “!Podemos!” No, no hago ningún juego retórico, ninguna hipérbole; por la mañana suelo escuchar la radio, y por la noche me paseo un rato por las tertulias televisivas. Obsesión. ¿Por qué le dan cancha a Podemos a todas horas? ¿Han perdido la razón, la prudencia, la astucia? Desde luego, si llevan años sin saber dónde han puesto la vergüenza, no es extraordinario que de pronto les entre el pánico.

No me gusta obsesionarme artificialmente. Soy un tipo propenso a las obsesiones, hipocondríaco, con más imaginación que teclas un órgano romano. Hago esfuerzos por no obsesionarme con Podemos.

No me cuesta porque a mí Podemos no me da miedo, no me siento amenazado por él, sino todo lo contrario.

Una procesión y una asamblea

El sábado por la mañana, a la misma hora que en el teatro Progreso de Madrid se desarrollaba el acto fundacional (no era otra cosa) de Podemos, caminaba yo por la calle principal de mi ciudad-pueblo para hacer la compra de la semana. Escuché lo que parecía una proclama publicitaria emitida desde algún vehículo en marcha. Busqué en el pavimento y en los bordes, y no observé ningún auto con altavoces. De pronto, los chillidos megafónicos pasaron a mi lado. Era un hombre con un micrófono amarrado en la cabeza, como los de los cantantes, que convocaba a una asamblea ciudadana al día siguiente en determinado parque; en ella se iba a informar sobre la existencia de un Círculo local de Podemos. Detrás del que vociferaba, caminaba otro tipo arrastrando un altavoz con amplificador en un carrito. También había mujeres, más bien jóvenes, en la procesión, supongo que en virtud de la paridad.

Por la tarde, entré en la página web de Podemos, y me puse a ver la retransmisión en diferido del acto de Madrid. Me salté los recuentos de votos, y fui directamente al discurso de Alexis Tsipras. Me impresionó. Vi en él un hombre de talento, un dirigente con autoridad, un político como la copa de un pino que transmitía un mensaje al que yo no le ponía ningún pero. Su propuesta de hacer una conferencia sobre la deuda en Europa, y su argumento recordando que a Alemania se le había renegociado y condonado bastante deuda en 1953, ocho años después de derrotados los nazis, y que por tanto, no tenía razón moral ni política para obstruir una conferencia semejante con países a quienes las clases dirigentes y sus financieros han estafado con impunidad, en beneficio de Alemania, me pareció pasmosamente claro.

Luego seguí con atención el discurso de Pablo Iglesias. No encontré en él la más mínima amenaza al orden democrático. Más bien lo contrario. Tampoco me pareció que expusiera un programa difuso, impreciso. Incrementar la fiscalidad de los más ricos, perseguir el fraude fiscal con los medios ahora disponibles que son suficientes, pero están congelados, romper el círculo vicioso del turismo y el ladrillo y apostar por la investigación, incrementar la productividad reduciendo las horas de trabajo y fomentando la buena gestión, humanizar el trabajo, asegurar la sanidad y la educación públicas y enriquecerlas, favorecer al pequeño emprendedor, abrir oportunidades a los jóvenes dentro de estas medidas… Si esto no es un programa político concreto, ¿qué demonios es?

Los acongojados Jeremías del Sistema sueltan la carcajada histérica: ¿cómo va a hacer todo eso? ¿De donde va a sacar el dinero? ¿Qué es esa majadería de la renta básica?

A la primera pregunta: se puede hacer con los medios existentes pero paralizados por una administración en manos de corruptos y marionetas. A la segunda pregunta: recaudando lo que ahora estafan y prevarican, y empleando el dinero en algo que no sean obras públicas que sirven para muy poco, si para algo. Si comparamos las autopistas y rotondas construidas en torno a las grandes (y a las pequeñas) ciudades españolas con las que circundan ciudades alemanas, ganamos por goleada. Es decir, hemos asfaltado el campo de euros, la mitad de los cuales se han quedado en los bolsillos de los Florentinos Pérez de turno, que son unos cuantos. Y si sumamos la pasta que se llevan por proyectos fallidos como el Castor (reventar bolsas de gas en el fondo del Mediterráneo, frente a Castellón), el ahorro da para pagar sueldos decentes a maestros/as de escuela, profesores/as de instituto, enfermeros/as, médicos/cas, guardias civiles y policías que se la juegan, etc. A la tercer pregunta: no sean ustedes cínicos, y no enreden con la renta básica, que no la cobrarían más que los que la necesitaran. Esto se puede deducir sin ser economista.

Un par de objeciones

Dos objeciones le encontré yo al discurso de Pablo Iglesias, que estaba nervioso como un flan, y eso que los flanes no pueden ponerse nerviosos.

Una es su invocación de que España es una nación de naciones. No se trata de un desacuerdo ideológico o personal. Iglesias es profesor de universidad, y sabe que lo que está diciendo es una impostura. Las naciones surgen en Europa tras la Revolución Francesa. Antes del siglo XVIII el concepto de nación es otra cosa. La nación española la paren las Cortes de Cádiz en 1808. Y los únicos intentos separatistas desde entonces tuvieron lugar con la desintegración al final de la Primera República, los cantones, el hiperfederalismo, que no se basaban en ningún argumento nacional, y lo que sucedió en la Segunda República con Cataluña, un separatismo que hundía sus raíces en las guerras carlistas decimonónicas, inducidas por la más negra reacción. Pero nada de eso creó ninguna nación nueva.

No comparto con Pablo Iglesias que España sea una nación de naciones. Lo cual no quiere decir que no pueda serlo. La propuesta de Podemos de volar controladamente el sistema constitucional español presente, y sustituirlo por otro en el que fuerzas políticas, ambiciones nacionalistas, sueños, fantasías, realidades e intereses logren conciliarse en un nuevo orden mejor y válido para la ciudadanía me parece digna de tener en cuenta.

La segunda objeción que encuentro al discurso de Podemos es su confianza en la bondad y honradez del ser humano. El ser humano, como todo individuo con vida propia, busca su supervivencia. Y para que ese juego impredecible de infinitos intereses cristalice en algo saludable para el bien común, es necesario que los individuos empiecen a respetarse, es decir, a tener educación. Si las sociedades escandinavas, si los alemanes, los franceses incluso, son sociedades más igualitarias que la española la italiana o la griega, por poner tres ejemplos, no es porque el frío atempere su ardor vital, sino porque están más educados y tienen un sentido mayor del bien común. Restablecer la normalidad política y económica en España (y en Italia y en Grecia, por qué no) costó medio siglo. En la gravemente tocada Gran Bretaña, la destruida Francia y la devastada Alemania, en 1970, veinticinco años después de la guerra, se vivía con una holgura destacable, tanta, que la indignación de los jóvenes en 1968, echó en cara a la sociedad su egoísmo y su hipocresía.

En España, en toda España, no solo en ciertas privilegiadas periferias, empezamos ahora a sentirnos cómodos. Vale decir que empezábamos, porque el saqueo del Estado hecho por los poderosos, está a punto de devolvernos a la época del seiscientos.

Creo que Podemos cuenta con una población no solo predispuesta hacia su programa, sino preparada para modelar los egoísmos y las mezquindades en las que intentamos no ahogarnos. Pero todavía costará una generación o dos, depende de si Podemos llega al poder o no. En ese sentido, no soy tan optimista como Pablo Iglesias. Aunque creo que Podemos conseguirlo.

Lo de siempre

He aquí el ejemplo de los problemas que se avecinan. El domingo 16, asistí con mi mujer a esa asamblea ciudadana convocada por las calles de mi pueblo-ciudad. Seríamos cosa de 50 personas, la mayoría adultas, pocos jóvenes, fuera de los que convocaban el acto.

El tipo con el micrófono envuelto en la cabeza se puso a presentar el acto en un tono cansino y plomizo. Admito que mi decepción pudo deberse al extremo comparativo, la retórica fulminante de los dirigentes de Podemos. En cualquier caso, aquello se parecía más a una rifa que a una asamblea. Se expusieron con claridad (en tono aburrido), los principios, las líneas de trabajo, las fórmulas para organizarse. Una de las oradoras dijo algo que me sorprendió: que lo que le había llamado la atención de Podemos es que era una forma de negar el liderazgo, de considerar a cada ciudadano un elemento clave en la acción política Me sorprendió por su ingenuidad. Mi larga experiencia vital me dice que no hay movimiento ni organización política con éxito y arraigo sin líderes. Sería mejor que no los hubiera, pero para eso la pasta de los ciudadanos tendría que haber cambiado mucho, y todavía tardará en fermentar esa levadura.

Como digo, todo iba bien, aunque en plan tostón, cuando llegamos al turno de palabras (ruegos y preguntas). El primero en intervenir fue un señor que debería aproximarse a los setenta años, que puso a caer de un burro a quienes habían dirigido el acto hasta ese momento, les llamó manipuladores, sectarios y no sé cuantas cosas más (literalmente, no se cortó un duro). El segundo turno fue para una señora de la misma edad, que repitió los argumentos del primero y reclamó saber por qué los que constituían el “segundo círculo de Podemos” (el primero parecía ser el de los que estaban armando el escándalo) la habían expulsado. El del micrófono en la cabeza decía, “Que conste en acta”. Y a partir de ahí, aunque los turnos de palabra más o menos se respetaron, se organizó una discusión estéril, aburrida y que no sé si acabó como el rosario de la aurora porque mi mujer y yo nos ausentamos. Ninguno de los dos habíamos ido a allí a disputarle nada a nadie, sino a intentar construir una alternativa al orden existente.

Me dicen que lo sucedido en mi pueblo no es una excepción. Que en multitud de localidades y barrios se organizan unas asambleas confusas, y que acaban en callejones sin salida.

El movimiento asambleario solo es útil para preparar a las masas a algo, lo que sea. Para intervenir en política hay que hacerlo constituidos en partido. Es lo que acaba de hacer Podemos. Y es del todo comprensible que los actuales dirigentes no quieran presentar Podemos a las municipales, porque saben que el follón (y el fracaso) está garantizado si se deja al albur de la gente organizar las candidaturas en asamblea ciudadana. Supongo que Podemos se acabará implantando en toda España de un modo tradicional, organizándose desde una cúpula derivada en diversas cúpulas regionales, autonómicas o lo que sea. Un partido no crece como los hongos, sino como una plaga, difundiéndose desde uno o varios focos.

Si ocurre así, la obsesión de la casta con Podemos se disolverá como un azucarillo, al disolverse la casta misma en un sistema participativo y democrático no nuevo, sino eficaz, y enfocado hacia el bien común.

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