GUINDAS MATRITENSES

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María y Juan Pastor en una escena de "Duet for One"
María y Juan Pastor en una escena de “Duet for One”

La Guindalera es un barrio castizo de Madrid. Hace un siglo era un distrito periférico, entre la plaza de toros de las Ventas en construcción, el arbolado bulevar de Francisco Silvela y la ancha cañada del arroyo Abroñigal, hoy M-30. Sus casas eran bajas, de ladrillo de miga, pocos edificios de tres o cuatro pisos y chalecitos, y baldíos donde algunos esnobs jugaban al fútbol. A mediados del siglo pasado se hizo el Parque de las Avenidas, luego, o al mismo tiempo, se trazó la autopista de Barajas, y la Guindalera quedó reducida a un entramado de calles más o menos perpendiculares a Azcona y a Martínez Izquierdo, con nombres estupendos como Eraso, Ardemans, Pilar de Zaragoza, y una calle Cartagena sinuosa que lo cruza todo. Había talleres mecánicos, mercerías, panaderías, tabernas, ferreterías, tiendas de muebles, hasta un cine había. Al otro lado de la la Avenida de América, hasta López de Hoyos, se extiende el barrio de Prosperidad, la Prospe, cosa que revela su pasado proleta.

Hoy esos dos barrios son los distritos 44 y 52 de la capital. La Prospe se ha convertido en una zona tirando a exclusiva, pero la Guindalera conserva el casticismo popular de hace un siglo, pueblo llano, artesanos, y oficinistas; y tiene un valor añadido, la ambición cultural de muchos vecinos y la defensa de su patrimonio urbano.

En la Red está la huella de lo que acabo de decir. Se llama Barrio 44, una bitácora que reúne a diecisiete iniciativas de las que decenas de familias intentan vivir. Dos escuelas de música, otra de actores, otra de cocina, dos talleres de arte, un pintor y tres pintoras, una floristería, una taberna, dos asociaciones culturales, dos librerías y el teatro Guindalera, que gestiona Teresa Valentín Gamazo y dirige Juan Pastor. Diez años sin interrupción llevan programando una selección del mejor teatro clásico y contemporáneo. Y no es una frase hecha, sino un hecho dicho en palabras.

He visto varios espectáculos en la salita de la calle Martínez Izquierdo, y las referencias que tengo de profesionales del arte dramático es que la calidad de las producciones de teatro Guindalera es difícilmente mejorable. También programa obra ajena, aunque cada vez menos, porque teatro Guindalera se ha encontrado con la muralla del Iva, que está arrasando la escena española que intenta vivir del buen teatro, de una excelencia que iguala o supera la de sus equivalentes alemanes, y también la de pequeñas salas públicas de aquí y de allá.

La obra que vi el último día de octubre en Teatro Guindalera es Duet for One, de Tom Kempinski. Representa la relación entre una joven y brillante violonchelista que ha dejado de tocar y jamás podrá volver a hacerlo por una enfermedad degenerativa, y un psiquiatra que intenta ayudarla en semejante trance. La interpretación de María Pastor y Juan Pastor (hija y padre en la vida real) es electrizante, conmovedora. Duet for One se montó para conmemorar el décimo aniversario de la sala, y ha dado más de un centenar de representaciones, muchas de ellas a sala llena. Desde el punto de vista del impacto en el barrio y fuera de él, un exitazo. Desde el punto de vista de la taquilla, un remedio insuficiente. La razón, el maldito 21 por ciento de Iva.

Otras razones añadidas son la recesión de contratos de distintas instituciones a las que Teatro Guindalera ofrecía sus servicios en escuelas, institutos y otros ámbitos. La ruina de Caja Madrid por desvalijamiento y la inexcusablemente mala gestión cultural del municipio y la Comunidad, han cerrado el grifo de ese tipo de salvavidas de pequeñas iniciativas. Juan Pastor se vanagloria de no haber tenido jamás subvenciones oficiales; Teatro Guindalera, explica, es una empresa no registrada en el epígrafe de las salas de exhibición convencionales por oscuras razones administrativas, y en estos momentos no puede mantenerse solo con la taquilla. La guadaña del cierre amenaza a estos profesionales que han dedicado su vida al teatro de calidad (que no es lo mismo que el teatro de vanguardia o el teatro de la incomunicación, que gusta jugar con la idea del suicidio cultural).

Combaten dentro de Barrio 44 como un soldado más, en el frente de la ofensiva de los hunos que nos gobiernan (la casta política, según acertada frase). Se ponen de acuerdo para realizar actividades conjuntas, y han conseguido eso que se llama “revitalizar el barrio”. Pero siguen en la cuerda floja. Cuando uno ve a tipejos vestidos de Armani obtener concesiones lucrativas a cambio de la especulación y la estafa, cuando cada día nos desayunamos con nuevas corrupciones y corruptelas de bandidos autorizados a serlo por la ley electoral, cuando se derrocha el dinero en bazofia cultural y francachelas disfrazadas de arte de vanguardia, cuando se presencia todo esto y luego se va uno al barrio de la Guindalera y observa la angustia de tanta gente honrada, dan ganas de hacer una barbaridad.

Mucha gente se mueve dentro y fuera de Teatro Guindalera para conservar sus cimientos; vecinos, amigos empeñados en acciones de micromecenazgo de las que los poderes públicos ni se enteran (o las consideran estupideces, porque si no, habrían aprobado ya la Ley de Mecenazgo). Raquel Berini es una de de las personas vinculadas al teatro, que tan pronto recoge las reservas como corta las entradas en la puerta. Junto a Marco O. Brick publican ¡en papel! una revistita titulada “Érase una vez”, bimensual revista de cultura y ocio para niños. Contiene programación, reseñas y publicidad de todo lo que se hace en Madrid para público infantil y juvenil.

Quien afirme que la gente del teatro (o del cine) son progres sostenidos por el parasitismo manifiesta una miopía y una mala voluntad repugnantes. Porque, si bien los hay, la gran mayoría de los que sostienen el tinglado cultural español son ciudadanos y ciudadanas que resisten con estoicismo y perseverancia encomiables el acoso de la bestia extractiva a la que o echamos o nos devora.

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