EL SECRETO DE YUBERO

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Un huerto en mitad de la antigua Huerta valenciana (zona de La Punta) No corresponde a nada de lo descrito en este relato. Solo es un ejemplo gráfico
Un huerto en mitad de la antigua Huerta valenciana (zona de La Punta) No corresponde a nada de lo descrito en este relato. Solo es un ejemplo gráfico

(Relato basado en hechos reales)

Kahlsperg, empresario modesto y autosuficiente, empezó a obsesionarse con aquel tipo, Yubero, poco antes de que a todo el mundo le diera por hablar de la crisis de la construcción.

Yubero fue, hasta ese momento, el único cliente a quien no había tenido que regalar un valioso detalle, convidar a una cena de lujo y acompañar a un prostíbulo a gastos pagados. Era una excepción inadmisible en la vida profesional del montador de naves y carpas. Yubero había quebrado la ciencia y la experiencia empresarial acumulada por Kahlsperg, y esto le hacía sentirse un imbécil. O estaba haciendo algo mal o Yubero ocultaba algo.

Kahlsperg había aprendido el oficio de montador de naves y carpas móviles en Austria, a donde había emigrado desde su tierra ibérica, huyendo de un futuro malo a otro incierto. En Linz se había casado con otra inmigrante como él, a quien conoció un domingo asomada al puente de los Nibelungos sobre el Danubio. Y al regresar a su patria, tituló a su negocio “Naves Kahlsperg” porque llamaba más la atención que “Naves Martínez”.

También aprendió de su jefe en Austria que para cazar a un cliente, además de ofrecerle un ajustado presupuesto, es preciso engatusarlo. A falta de experiencia y educación empresarial, cimentadas en su capacidad de trabajar como una mula, este era el único patrimonio didáctico del que partía. El hombre de empresa de éxito es el más cabrón.

El inicio de la obsesión de Kahlsperg con Yubero coincidió con la pérdida de la mitad de los dientes de un porrazo. La porra de un guardia urbano se clavó en la boca de Kahlsperg en una pelea con un chulo ebrio como él, en la que terminó presentándose un coche patrulla. El empresario tenaz no era hombre flamenco, pero sí de genio corto, y se tenía por bravo. El alcohol le hacía suspicaz e impertinente y, sabiéndolo, pocas veces bebía.

Mediada la negociación con Yubero para el montaje de una nave, Kahlsperg gastó mucho tiempo pensando cómo agasajar al pequeño empresario para ganarse su favor. Con la dentadura en ruinas, no se atrevía a llevarle a cenar a un restaurante fino, y menos a acompañarle a un prostíbulo. Almorzó con él, eso sí, en una buena casa de comidas del polígono industrial, con el propósito de indagar la debilidad de su cliente. No encontró ninguna aprovechable, así que le propuso convidarle a un Casino que ofrecía espectáculo a una parroquia chabacana. Una vez allí, algo saldrá, pensó Kahlsperg. Pero Yubero rehusó la idea, y cerró el trato en el propio almuerzo.

Kahlsberg disimuló su ofuscación, pero en su cabeza ardían las ascuas de una perplejidad morbosa. No estaba contento consigo mismo. El mejor empresario es el hombre canalla, el que dedica su vida por completo a su negocio sin reparar en gastos morales; nadie se hace rico sin asfixiar a los empleados, apuñalar a competidores, empujar a la cuneta a amigos que le estorban y cometer atrevidas tropelías. Tal era la convicción pedagógica de Kahlsberg, aprendida de su patrono austriaco, y el motivo de su insultante frustración.

Habría pagado una fortuna por dar un salto de dos décadas para ver si Yubero conseguía prosperar o no. Llegó a decirlo en voz alta, en tono chusco, tomándose una caña con un vecino de la urbanización, a quien consideraba un sabio, porque daba clases de química en una escuela industrial y era probado zahorí. “Yo no me atrevería a hacerlo, si pudiera.” El si pudiera se clavó como un barreno invisible y destructivo en la conciencia de Kahlsperg, y se perdió el chiste del sabio: “Podría averiguar que había muerto.”

Durmió mal varias noches, mientras el barreno perforaba su cabeza. ¿Acaso el zahorí poseía el secreto del viaje en el tiempo?

Ese verano cerraron treinta y ocho medianas y pequeñas empresas en el polígono industrial donde “Naves Kahlsperg” ofrecía sus servicios. La fortuna que el modesto empresario habría empleado en saltarse veinte años la tuvo que usar para mantener el negocio abierto, cada vez con menos operarios. Se olvidó por completo de su boca mellada, y una mañana, al verse en el espejo, se sobresaltó temiendo que las dos décadas hubieran pasado sobre él en una noche.

Los dos vecinos volvieron a verse el día de la mudanza de Kahlsperg. Se despidió de él, negando que había vendido el adosado y un coche de alta cilindrada para evitar que se los embargaran, aunque el zahorí no le había hecho ninguna pregunta. Ocultó sin embargo que se iban a vivir a un piso alquilado en un barrio periférico y destartalado de viviendas oficiales para desahuciados.

“¿Qué va a hacer tu chico?”, le preguntó su vecino. Se refería al hijo de Kahlsperg, que estudiaba en el instituto politécnico donde el zahorí daba clase. “Es un tipo serio, casi casi un empollón. Tiene futuro.”

Kahlsperg era un lúcido observador, incluso de sí mismo, y sabía que en ese momento estaba saltando hacia lo más deprimente de su pasado, cuando todavía no era Kahlsperg. “Ahora mismo el futuro me importa un carajo”, replicó el montador de naves arruinado. “Yo me refiero al de tu hijo”, insistió el buen vecino. “Tendrá que aprender a ser un cabrón, si quiere prosperar en la vida. Los triunfadores lo son por cabrones. Yo no he sabido serlo”. “No te calientes la sangre, Paco”, le aconsejó el zahorí, “el futuro lo escribe cada uno con su propia mano. Por eso se salvó doctor Fausto.” “¿Quién es ese médico?” “Era un mago alemán”. “Los alemanes no le dan a la magia, te lo digo porque los conozco”, contestó Kahlsperg con autoridad; “allí, los triunfadores, además de ser unos cabrones trabajan como cabrones y respetan las leyes, no como aquí, que nos limpiamos el culo con ellas”. “¿Tú también, Paco?”

Durante un tiempo, Kahlsperg se dejó deslizar hacia el abismo del pasado sin ejercer ninguna resistencia. “No te abandones, Paco”, le decía su mujer, que había soportado mejor la decadencia, y cercenaba con prontitud los reproches que emitía la parte sombría de su alma. Propuso que regresaran a Austria y emprendieran allí el negocio. Pero a Kahlsperg le faltaba ilusión y entusiasmo. Solo llegó a soñar con ello cuando concedieron a su hijo una jugosa beca de estudios en una institución de Fürth, en Franconia, pero descartó la idea con la excusa de que donde a él le iba bien era en Austria, no en Alemania. “A lo mejor, el niño encuentra allí al doctor Fausto”. La mujer no sabía quién era el doctor Fausto. “Un curandero”. “¿Y qué falta le hace al niño un curandero?” “Puede que le enseñe a ser un cabrón”.

La suerte de la hija mayor del matrimonio fue también un consuelo. Encontró trabajo en una cadena de supermercados en auge, se casó con un jefe de tienda e hizo a sus padres abuelos. Kahlsperg estaba perplejo, porque el dueño de la cadena comercial era Yubero, aquel pequeño empresario que no le aceptó ningún soborno. “¿Qué cabronadas habrá tenido que hacer?”, se preguntó. Viejos amigos le informaron de una leyenda que envolvía la prosperidad de aquel hombre: se había dedicado a comprar con todo tipo de regalos a políticos municipales y de mayor rango, de quienes había obtenido cuantiosos créditos para el desarrollo empresarial. Kahlsperg, que no era envidioso, se confortó con otro cuento que corría: aquel hombre era un empresario frugal y un lince de los negocios, no derrochaba salvo en los agasajos a sus auxiliadores, de cuya venalidad se beneficiaba.

Las virtudes del trabajo y la astucia absolvían de la corrupción, a juicio del montador de naves fracasado, sobre todo en un hombre austero. Esto no lo había aprendido en Centroeuropa, sino en un libro viejo que le regalaron siendo joven, el único que había leído y releído, porque cada vez que tomaba otro libro entre las manos se cansaba antes de llegar a la página nueve. En comparación con la historia de Ulises, cualquier otra aventura le parecía una estafa.

Un buen día, Kahlsperg cayó en la cuenta de que el futuro se le había echado encima. Su mujer había vuelto a hacer limpiezas domésticas en casas ajenas. Su hijo se había convertido en una autoridad tecnológica. Su hija estaba contenta con su vida. Él había logrado sobrevivir con trabajos duros a los que estaba acostumbrado, pero a sueldo de otros. Le habían empezado a entrar achaques. Los certificados médicos le sirvieron para jubilarse antes de cuenta.

Entonces dedicó su vida a la agricultura.

No era una novedad para él, en su lejana infancia había ido al campo con su padre, y tenía nociones de muchos cultivos. Lo que ignoraba, lo recogía de la amplia variedad de amigos que había ido haciendo en los polígonos industriales y en las huertas.

En una de ellas instaló su explotación. Se trataba de un terreno en las afueras de la ciudad, recalificado como urbanizable. Pero la época del pelotazo había declinado, aquella antigua finca rural había quedado yerma, y se llenaba poco a poco de basura. Algunos prejubilados como él habían invadido el solar, situado entre las vías de un ferrocarril suprimido, el puente de una autopista de circunvalación, y unos rascacielos de viviendas que se elevaban en mitad de la nada, a la espera de ser absorbidos por mayores torres.

Los ocupantes cercaron sus huertecitos con somieres que la gente iba tirando, mallas de plástico que obtenían de otros basureros y vallas hechas con maderas y hierros. Con los mismos materiales levantaban barracas, y pasaban en ellas el verano. Eran sus segundas residencias, decía Kahlsperg con una mueca de ironía a la que se asomaba su único diente. Cerca corría una acequia, y alguna autoridad, real o fingida, les permitió construir un desvío para regar sus campitos de lechugas, tomates, patatas, berenjenas, melones, judías y otras verduras que crecían como bendiciones, ayudadas por el milagro de los pesticidas comprados en una cooperativa de un pueblo todavía no absorbido por la expansión urbana.

La mujer de Kahlsperg solía acompañarle en el buen tiempo. Ambos vestían ropas de faena, jerséis y pantalones viejos, con agujeros sin zurcir, y pantalones andrajosos. “Si nos viera algún amigo de hace veinte años, no nos conocería. Pensaría que éramos unos pordioseros”, decía ella con pesar disfrazado de ironía, porque en su interior palpaba la ruina y la disfrazaba de amor propio.

Siendo experto montador, habían construido entre los dos un tinglado de vista precaria, pero sólido como una nave industrial. Allí vendían sus cosechas y, pronto, las de otros agricultores ocupantes como ellos. El hombre en bancarrota se sintió joven y fuerte. Había recuperado la iniciativa y la voluntad, había dejado de ser un bólido humano deslizándose por el tobogán de la desgracia.

Una tarde entró en el corral un colega de su edad al que no había visto nunca por allí, y que quería hacerle preguntas técnicas. Cultivaba un huerto al otro lado de las vías muertas, y mantenía un gallinero. Era un tipo escuchimizado con aspecto de no haberlo sido siempre, con ojeras y mal color de cara. Le ofreció liar un pitillo. Kahlsperg lo rechazó porque llevaba años sin fumar, para contener sus achaques. Pero el hombre le dijo que no era tabaco, sino marihuana. Él lo tomaba por prescripción facultativa. “Tengo un tumor en el hígado, y algunos médicos dicen que la hierba es buena. Si no cura, alivia, ¿verdad?”

El tipo regresó cada semana con otro canuto, que fumaban mientras hablaban de la vida, con reflexiones de un pragmatismo escandaloso. Kahlsperg utilizaba citas de las desventuras de Ulises sin revelar la fuente, como si fueran ocurrencias suyas, y se admiraba del efecto que hacían en su amigo; quizá le considerara un sabio, quizá un pedante resentido. Nunca supo el antiguo montador de naves si aquel hombre estaba de acuerdo con él en el secreto del éxito. Sospechó que también había disfrutado de la fortuna.

Una inmensa fortuna.

Una mañana, rompiendo el hábito vespertino, el enfermo se presentó con unas cajas de cartón sujetas por un cordel de persiana. No le convidó a fumar hierba.

Le preguntó si tenía un lugar donde guardar las cajas; contenían algo muy valioso que necesitaba esconder antes de que la muerte le alcanzara. Esta expresión sorprendió a Kahlsperg: “Antes de que la muerte me alcance”. Parecía sacada de la Odisea. Entre los dos buscaron el escondrijo más adecuado, un agujero en el suelo de la choza inestable, tapado por palets.

El moribundo siguió acudiendo a su cita terapéutica, aunque de tarde en tarde, y cada vez más menguado y amarillento. Y sin avisar, dejó de hacerlo. Kahlsperg pensó si habría muerto. Hizo averiguaciones con un éxito devastador.

El desconocido se había ahorcado.

Y no era un desconocido.

El fumador de marihuana era Yubero, aquel pequeño empresario que se había resistido a aceptar sus favores años atrás. Llegó a construir un imperio comercial. Y de pronto lo dejó todo en manos de sus hijos, individuos sin el menor rastro de mérito profesional o moral. Yubero era el dueño del solar de los huertos ocupados, y del adjunto al otro lado de la vía muerta, donde había establecido una granja de aves, algo prohibido por las leyes del municipio. Pero jamás nadie le había molestado, porque la mitad de la corporación de aquella localidad suburbana estaba a sueldo suyo.

Temió Kahlsperg que la segunda averiguación fuera todavía más devastadora. ¿Qué contendrían aquellas cajas burdamente embaladas y ocultas en el agujero de la chabola? Antes de salir de dudas, se fumó uno de los porros que el moribundo le había regalado. Mientras lo hacía, se figuró que podía ser dinero, y que Yubero había decidido regalárselo; una despedida sarcástica. No le había aceptado ningún favor, y al cabo de veinte años le devolvía el gesto como un guantazo ético. “Si es dinero, lo quemo”, pensó. Luego, “O se lo doy a Cáritas”. Y sin convicción, “¿Y por qué no quedármelo?”

La marihuana estaba elevando su conciencia por encima de la realidad pedestre. Se figuró varios escenarios. Se vio subido al edificio más alto de la ciudad, arrojando al aire billetes de quinientos euros. Iba con las cajas cargadas de millones a un banco internacional y empezaba a romper los billetes en pedacitos en el patio de operaciones. Buscaba al negro más andrajoso de los que dormían bajo los puentes, y se lo llevaba a comer al restaurante más caro de la ciudad, él también hecho un adán. No estaba blanqueando a lo bestia dinero negro, qué va; provocando al sentido común, probaba que a él el dinero siempre le había importado un rábano. Pero no era verdad. Su fracaso se debía a que era un cabrón incompetente, y también un manazas con la pasta, todo lo contrario que Yubero. Le envidiaba por no haber sido tan astuto como él, tan hipócrita, tan cabronazo.

Consumió el porro hasta quemarse los dedos, se levantó y se fue hacia la barraca a desenterrar el tesoro.

De pronto se sintió doctor Fausto. Fuera quien fuera aquel médico o curandero alemán, se había introducido en él con la última calada.

Sus prejuicios, sus fantasías, su desprecio por sí mismo se escurrieron a lo largo de su cuerpo, y quedaron encajadas en los dibujos geométricos de sus zapatillas de deporte sobre la tierra regada. Fausto le aseguró que el contenido de las cajas era una herencia premeditada de Yubero que no podía permitirse rechazar. “¿Y si es una broma? ¿Y si dentro de las cajas no hay más que humo?”. “Es una broma, Paco. Desde luego que lo es. Nadie en su sano juicio deja a un desconocido una herencia”, contestó Fausto. “¿Estaba loco Yubero?”, preguntó alarmado Kahlsperg. “Bajo ningún concepto”, replicó el doctor, “Yubero era un hombre lúcido, y tú nunca lo has dudado; el contenido de esas cajas es muy valioso, y tiene un sentido que te toca a ti interpretar”. “¿Interpretar? Yo no soy músico, soy un montador de naves industriales y de carpas móviles, un agricultor ignorante…”. Sintió que el doctor Fausto se le quedaba mirando con simpatía a la entrada de la choza, le cogía del brazo y le decía tirando de su manga amistosamente: “Esas cajas son la última oportunidad que te da la vida para convertirte en un cabronazo. Tenlo por seguro”.

En los meses sucesivos, los juzgados de instrucción de medio país tuvieron que actuar de oficio ante las denuncias documentadas por todos los medios nacionales y algunos locales sobre la corrupción de sabios ministros, respetados ex ministros, encomiables alcaldes, valientes secretarios generales de partidos y sindicatos, corderos de las finanzas, simpáticos presidentes de clubes de fútbol, generosos banqueros, populares consejeros delegados de compañías de obras públicas, de transportes, de inmobiliarias. Eran denuncias de luz y taquígrafos, ilustradas con fotografías de los tipos aludidos recreándose con prostitutas, con boys, con matones célebres, con príncipes y aristócratas con ficha policial de la recta Europa. Los ojos de todos los rostros aparecían tachados, pero las facciones eran reconocibles incluso a la media luz de las instantáneas tomadas clandestinamente por Yubero y sus esbirros, porque aquella casta de hombres probos se dejaba retratar por las revistas del corazón, por los diarios financieros, y aparecía con frecuencia en las secciones de sociedad de los telediarios.

Kahlsperg sacudió de su cabeza una nube de aturdimiento, se detuvo un momento en el umbral de la choza, y se dio cuenta de que había oscurecido. Convino con el doctor Fausto en que se encontraba ante la oportunidad más explosiva de convertirse en un cabronazo eficaz. Pero dudó de su coraje.

Apartó los palets que tapaban el agujero, extrajo las cajas y se dispuso a descubrir su contenido a la luz de una linterna.

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