EL HOMBRE OSMÓTICO

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I

Enhiesto su palo mayor, cruza el fatigoso mundo, imitando una nao que ignora su derrota. Vigoroso y flexible, se sirve de él para abrirse un pasillo en el caos demográfico, como el tajamar de un galeón que hiende el océano. Así el varón sigue a su verga.

Allá va Orlando, a bordo de un sólido vehículo de fúlgidos reflejos, rodando al pie de un zócalo labrado de cárcavas de arcilla gris, que divide en dos alturas un desierto: la de arriba, quebrada como la piel de un caimán fósil, sin más vegetación que algunos matorrales incoloros; y la de abajo, un valle paleozoico por el que discurre un río a la velocidad de una meada olímpica.

Circula Orlando solo y a la vez en nutrida compañía. A miles huyen los prófugos del penal urbano con permiso de fin de semana. La carretera va a tope.

A los demás no sé qué dulces falacias, pero a Orlando le sostiene y le empuja la fuerza magnética de un sexoimán. Tiene una cita con María Gracia, la de los pechos-tumulto, la de la carne-marisma, mirada equívoca y labios de Astarté. María Gracia le guiña los ojos cada vez que se cruza con él en la oficina; o al pasar delante de su mesa, le coge del brazo o de la mano, en el bar le paga el desayuno, y a última hora le trae coca-cola de la máquina.

II

—¿A que no te vienes el viernes por la tarde al Último Refugio? —Dijo él hace dos días con voz de tenor malo y acento cheli.

—¿Y eso qué es? —preguntó ella, fingiendo inocencia.

—Una casita que tengo encima de un volcán —contestó Orlando sin dejarse atrapar.

—¿Y qué le digo a mi novio? —siguió María el juego, con aparente escándalo.

Y Orlando, muy aplastante:

—Que te marchas conmigo.

—Y luego le compro un chupachús para que no me eche de menos, le soltó ella, haciendo una finta a la realidad mostrenca.

—Pues, si te hace tanta falta, te lo traes. Ya inventaremos algo —devolvió Orlando la pelota.

—¡Será perverso el tío! —comentó la chica con franco cachondeo —. ¿Y está muy lejos el volcán ése?

—A un par de horas —informó, seguro de tenerla ya en el bote.

—¿Me puedo llevar a una amiga?, —replicó Astarté, como quien no quiere la cosa.

—Estás de coña, María —bufó él, pillado por sorpresa.

—Lo digo en serio.

—¿Y qué pinta tu amiga en este asunto? – Inquirió confuso, improvisando —. Me gustaría ser capaz de comprenderte. Si yo lo único que quiero es que pasemos un buen rato. Igual que otras veces, pero ahora, en plan apocalíptico, porque el mundo no tardará en acabarse.

—No te enrolles, artista — ahora era ella la dueña de la situación —. Dime una cosita, ¿cuánto rato? ¿Lo que dura un polvo?

—Vale. Lo siento. Me he equivocado. Perdona —soltó Orlando fingiendo que se mosqueaba.

—Espera, menda, no te vayas. A ver, explícate mejor, dónde está ese volcán.

—Aquí — y se tocó el pecho, exultante —. Sólo tú puedes apagarlo, galerna del Cantábrico.

III

En un bar de carretera, detrás de una estación de servicio, dos parroquianos acodados en la barra comentan un avatar común. El salón es inmenso, capturado en la penumbra de un bosquecillo de eucaliptos que rodea el edificio chato. Lo ocupa una multitud de urbanitas tragaldabas, servidos por cuatro camareros en uniforme negro y blanco lleno de lamparones. El suelo es de baldosas con décadas de mierda, de restos de comida, charcos de licor e islas de serrín. Las paredes, con calendarios anacrónicos y anuncios de herbicidas, en su tiempo fueron claras.

Orlando cruza por entre las mesas que desbordan platos rebañados, botellas vacías y servilletas usadas, se planta en la barra y se dirige al dueño con un rugido que se traga el maremagno.

—¿Han preguntado por mí, Orosio?

—¿Quién? — dice el del bar sin mirarle, llenando una jarra de cerveza.

—Un pingüino con una gaita.

El tal Orosio se vuelve y aplasta algo con un cucharón de fusta. Silba sobre la plancha incandescente una sepia chamuscada

—No, ése, no.

—Ponme un carajillo.

A Orlando le intoxica un tufo de pimientos, longaniza y calamares.

—Llamó una mujer hace un cuarto de hora.

El tipo arroja un puñado de cebollas rebanadas sobre la fragua eléctrica.

Orlando se enciende por dentro, pero finge indiferencia.

—¿Ha dejado algún recado? — pregunta al cantinero, cuando vuelve de un viaje a la nevera a por latas de cerveza y de refrescos gaseosos.

—Que no podía venir.

—¡Mierda! —suelta Orlando, ya sin disimulo.

—Pero que te esperaba en Escoplillo —. El hombre tiende un par de latas empañadas de rocío a una chica que está de pie pegada Orlando, y se cobra.

—¿Y eso dónde está?

—Ni idea –devolviendo el cambio.

—Gracias por el recado, Orosio —saca del monedero una de quinientas y paga —Toma, quédate con la vuelta.

—El carajillo son cuarenta duros.

—Con el resto te compras un bolígrafo y un cuaderno, para tomar notas.

—Yo no sé dónde está Escoplillos, pero Talamantes, sí —. El hombre ha detenido su ocupación febril para hablar a Orlando mirándole a los ojos con franco aire de coña.

—Pues pregúntaselo, vale.

—Talamantes te espera en la Umbría de la Pava, a la una.

—Será posible. Hasta luego.

—No corras, que tienes tiempo.

—¿Y quién es ese Talamantes?

—Una chavala, creo. Ten cuidado.

“Es una trampa. Es una trampa. La madre que me parió”, medita Orlando en retirada.

Haciendo eses entre los urbanitas estruendosos, tira hacia la puerta, resplandeciente como el ventano de un horno. Pero el fuego estival se apaga por un instante, y al contraluz se marca una figura cargada de una bolsa. Entra en la penumbra. En la cara, la mujer lleva unas gafas de sol opacas.

Tiende una mano hacia el tipo que sale, como si fuera a detenerle o a pedirle algo, y le atrapa en su saludo.

—¿Orlando Sansusí? Soy Talamantes.

—¡Qué!

—Talamantes, la fotógrafa. ¿Tú eres Orlando, no? Maria Gracia te ha descrito con harta precisión. Alto, fuerte, moreno, con barba, gafas, menos de treinta, con un poco de tripa y entraditas en la frente. Eres clavado.

—Gracias. Soy la imagen de mí mismo. Encantado. ¿Como dices que te llamas?

—Talamantes.

—¿Un apellido?

—Una manía. Tengo nombres de alucine.

—¿Y la Umbría de la Pava?

—No sé qué es eso.

—¿Y Escoplillos?

—Ahí es donde nos espera María Gracia.

IV

El Hombre Osmótico va de transeúnte por las calles del barrio, atiborradas en el tibio atardecer. Pasa, suspendido y disuelto, por delante de los escaparates y de los portales. Al lado de una camioneta en la que cargan muebles, se hunde la covacha de un zapatero remendón. En un taller mecánico instalan alarmas antirrobos y radios para coches.

Es una calle estrecha, de casas de tres o cuatro pisos, y alguna de planta baja y principal con fachada de lazos y ventanas con verja. Hay árboles de birria, acacias y plátanos intoxicados de humo; y en los alcorques, adornos urbanos: hojas de periódico, bolsas de plástico y chorizos formidables de perros domésticos que nunca han aprendido a luchar por su existencia.

Orlando, el Hombre Osmótico, planea por su barrio como un avioncito de papel, mirando las piernas de las chicas: de una con falda negra que está sentada en el umbral de su casa y observa como pasmada la pared de enfrente, de otra que espera a la puerta de un cajero automático, y se ajusta la falda de cuadritos con movimientos de gata atareada en su aseo personal, de otra que no lleva casi falda y sale de un local donde se venden baratijas, tirando de un carro y de una niña, de otra con pantalones cortos y ceñidos que llega por la acera, recoge a la chica ensimismada y se larga con ella hacia los tabancos del mercadillo que hay en la explanada, un poco más allá.

El Hombre Osmótico, no se abre paso a codazos, no busca la verdad, ignora las encíclicas, la ruina soviética, y la prevención del Sida. Orlando flota en un plasma universal y eterno que alimenta la vida, y al que acude a repostar cuando está exhausto o aburrido. Orlando asciende, como un globo que se ha soltado en una fiesta benéfica, hacia un cielo turgente y húmedo donde el orgasmo se confunde con la visión, la promesa y el gesto.

A la puerta de una oficina de correos parpadean los intermitentes de un utilitario gris; en su interior, una mujer con las piernas encogidas y la falda por encima de los muslos se pone rímel en los ojos; Orlando la mira de pasada y la posee a través del plasma universal. Tiene las bragas rojas.

V

Coches de cientos de caballos ruedan a lo largo del desierto dividido en dos niveles por el zócalo de arcilla cenicienta. El aire posee la sequedad de un horno. Una maza incandescente derrama luz y sofoco acercándose desde lo alto. Dos vehículos se siguen con prisa de dementes por la autopista lunar. De pronto, el de detrás da como un salto, ruge de ira y adelanta al primero, le hace señas de parar, y en menos de un minuto están en el arcén inhabitable. Salen los conductores, Orlando Sansusí, el Hombre Osmótico, y Talamantes, la fotógrafa.

—Explícame a dónde vamos, Talamantes.

—Ya te lo he dicho, a Escoplillos. A por María Gracia.

—Pero yo he quedado con Marigracia, no contigo. No sé si me entiendes.

—Eso no es asunto mío. Considérame una mensajera, una intermediaria.

—Mira. Escúchame una cosa, y no te mosquees, que contigo no va nada. Yo no necesito intermediarios. Yo soy mi propio intermediario. Yo he quedado con una tía, no con dos.

—Es que yo soy la fotógrafa.

—¡Hombre! Yo creía que eras mensajera o intermediaria.

—¿Pero tú no eres productor?

—¿De qué soy productor?

—No sé. De cine, de video-arte.

—Pero si yo curro en una consignataria. Con Marigracia.

—Pues, tío, no entiendo nada.

—Qué es lo que no entiendes, y explícate deprisa que nos vamos a derretir.

—Vamos al coche.

Se meten en la carroza lacada de la chica, con cristales nublados por un velo de color azul. Es un espacio hermético, funcional y fresco. Modernos artificios. Hablan.

Al cabo de un rato, Orlando abre la puerta y saca una pierna.

—Verás, yo voy a mi aire siempre, y si me enredo, me enredo solo. ¿Sabías que hay revistas para anunciar los vicios? Le dices a Marigracia que escriba a una. No sé si hablas en serio o formas parte de la broma. Pero no entro en el juego, ¿vale? Me quedo fuera.

—¿Te acoquinas?

Orlando sale del coche enteramente, se queda parado, dándole la espalda. Amaga el gesto de llevarse las manos a los bolsillos, y por fin se acaricia la barba con la derecha. Luego se pira hacia su auto, que le espera al ralentí, refrigerado.

Y cuando, los ojos en el retrovisor, va dar media vuelta en la carretera que inscribe reverberación de mediodía sobre el asfalto, ve, de refilón, salir a Talamantes de su coche y correr hacia él con cara de desconsuelo. La deja acercarse hasta la misma puerta y la mira a través del cristal, sin bajarlo. Ve sus labios moverse, pero no escucha otra cosa que el ronroneo del motor y el soplido del aire acondicionado. Presiona el interruptor, y abre la ventanilla cuatro dedos.

Ella dice:

—Perdona.

Vuelve a subir el cristal, y mete la marcha. Pero antes de arrancar, cambia de idea y de nuevo hace bajar el cristal, esta vez hasta el borde.

—Te invito a comer, —deja Orlando en el aire.

—¿Dónde?

– En la Umbría de la Pava.

—¿Y eso qué es, una granja?

—Cuando veas a Marigracia, la semana que viene, se lo explicas.

—¿Y después, qué haremos?

—Tú, lo que quieras, sacarle fotos a la luna, si te apetece. Yo, me volveré a mi casa.

VI

Transita el Hombre Osmótico por un catálogo de personajes. Solo le hacen falta dos medios güisquis para que su conciencia adquiera levedad, y bote como un balón sobre la realidad fangosa, se adhiera parte de ella en el caparazón de su ectoplasma y fantasee siendo otro. Absurda idea porque el Hombre Osmótico no es nadie en particular, sino una apariencia diferente en cada momento, pero unida a lo-que-sí-es por el brazo extensible de lo dormido-erecto, obra de una química imprecisa y algo efímera.

Le ataca la benigna esquizofrenia mayormente de noche, en medio del tumulto de un bar irrespirable, u observando la pista fotohistérica de una atiborrada discoteca, pero también en los paseos gimnásticos que da en bici por los alrededores marcianos de la Urbe Ibérica. Entonces va ebrio, no de alcohol pero de poder osmótico, y en lugar de rodar cree que se expande por las colinas sucias, los riachuelos guarros, los solares en ruinas, todo lleno de plásticos, de latas y de cachos de periódico que arrastran por el mundo jirones de noticias. Pedaleando, lo abarca todo, lo transforma, irrumpe en las vallas publicitarias, se cuela en las alquerías, en los pisos raquíticos de las casas baratas y pasa como un rayo por las alcobas de las hembras insatisfechas que se peinan con una mano el pubis, reflejado en un espejo oculto en el hueco de la otra.

Orlando ha sido, sucesivamente, pero sin el menor asomo de orden, periodista de un diario local, conductor de Metro, policía secreta, yupi sin calificar, guardaespaldas del presidente del gobierno, y a una que parecía sofisticada y algo retorcida la convenció de que era traficante, no dijo si de armas o de narcóticos. Estas son sus facetas de Hombre Osmótico.

Pero también se asusta. Orlando tiene miedo de las brujas, y cuando descubre a una mujer poseída, huye sin dar excusas. “Ven, ven, Orlando, mi cielo”, dice la peluquera con la que acaba de ligar en un tóxico antro. “Ven, ven, cariño”, y se estira en el lecho, bajo la tenue luz de un foco fantasmal que cuelga del cielo raso. “Ven, ven”, le sonríe y le tiende la mano. “Ven, ven”, y se acaricia con los dedos el fuego de las ingles. “Adiós”. “¿A dónde vas, mi amor?”, gime la falsa hembra. “Se me ha hecho tarde. Adiós.”

Porque el Hombre Osmótico ha de ser también prudente.

VII

Dice el especialista:

“De golpe, para intentar explicarnos lo que hacen, los sabios tienen que recurrir a los apólogos, a fábulas que restablecen en forma profana viejos modos de pensamiento. Esta recuperación inesperada del pensamiento mítico sirve como mediación entre los descubrimientos de los científicos y el hombre de la calle, incapaz de comprender tales complejidades, y que en consecuencia los percibe en la forma de un mundo imaginario y paradójico, extraño y desconcertante, que presenta a sus ojos las mismas propiedades que los mitos.”

Zumbido de moscardón, ballet de avispas. Escándalo de chiringuito. Sobremesa agobiante.

—¿Venga, no te enrolles, chati? No puede ser que tu trabajo sea contar mentiras – inquiere Orlando, desconfiado.

—Hacerlas. Simplemente flateuses impostures, dicho en francés.

—No sé francés —se ufana el Hombre Osmótico de sus limitaciones.

—Yo tampoco, pero las citas en otros idiomas son un recurso infalible para explicar lo absurdo —le revela Talamantes—. Debe ser algo así como mentiras piadosas. El que paga quiere creer que ha aprovechado su dinero.

—O sea, como si te ganaras la vida maquillando la realidad con la cámara.

—Sí, porque la realidad lo pide a gritos. ¿No te parece que es fea y aburrida? Es mejor mitificarla. ¿No te has dado cuenta de que el mundo está lleno de mitos?

La fotógrafo Talamantes hila sus argumentos con retorcida franqueza.

—Pues no. Así que tu profesión consiste en saber engañar, en disfrazar las cosas, —aventura el descreído Orlando.

—Algo así –dice Talamantes sin apartar sus pupilas de las del Hombre Osmótico.

—Por ejemplo, si yo hiciera las fotos que tú haces, a tías buenas bien vestidas o desnudas, a cacharros colocados de cualquier manera, a una montaña o a un río, no serían más que eso, tías, cacharros, montañas y ríos.

—Mientras que yo consigo que parezcan mujeres extraordinarias, objetos seductores y paisajes alucinantes. Esa es la diferencia. El oficio. La técnica.

—¡El oficio! ¡La técnica! Nada más. ¡Es cojonudo!

—No es tan simple, no lo creas. También es necesario que haya demanda.

—O sea, mercado.

—Y pasta.

VIII

Orlando está a la orilla de un arroyo, en mitad de un paisaje frondoso. Es un animalejo vitalista, un fresco, un sinvergüenza que de cintura para arriba tiene la forma de un tipo rechoncho, con barba rala y cuernecillos de chivo, y de cintura para abajo, simplemente es una cabra. Alrededor hay chavalas que toman el baño, desnudas o a medio vestir. Y él, un fauno revoltoso, juega a pellizcarlas y a embestirlas. Se organiza una gran algarabía, y son las ninfas las que acaban burlándose de Orlando.

En un rincón de esta estampa, que Orlando recuerda haber visto en una enciclopedia, hay una muchacha que el fauno no hace más que mirar de refilón mientras corretea por la húmeda fronda entre las otras ninfas. De esta muchacha le fascinan sus pechos casi destapados, grandes melocotones de huerto, un par de ojos oscuros bajo unas cejas salvajes, el flequillo del pelo negro bailando sobre su frente, y unos labios muy finos que se abren y se cierran como los de un pez, pero que en lugar de echar burbujas sueltan humo.

No suenan pífanos, cítaras y cascabeles. Suena una ristra de voces que leen un inventario de desgracias, accidentes, muertes y naufragios. El orden del mundo se pone bocabajo. Se matan los eslavos. Los negros se amotinan. Se corrompe Europa. Se hunde el comunismo. Vean qué razón tenía la Virgen de Fátima.

El noticiario radiado ahoga el fragor de las cigarras que pueblan un nogal y el emparrado bajo el que come una legión de domingueros. Huele a chuletas asadas y a paella. Moderno bucolismo.

Talamantes apaga el cigarrillo en los posos del café y pide a un camarero a la deriva que le traiga otro solo-largo. Se agacha a un lado, y extrae una cámara de la bolsa. La prepara, se la echa a la cara, enfoca a Orlando y le hace una foto. Orlando saldrá mirando hacia el suelo, porque ha seguido la trayectoria de un papel de colores que ha caído de la bolsa al salir la cámara.

—Se te ha caído algo.

—Espera. Se filtra una luz fantástica entre los pámpanos.

Talamantes se levanta y empieza a tirar fotos de Orlando, que con cada chasquido y arrastre de película siente en sus redaños las cosquillas de una ninfa descarada. Se le infla la gaita, y se agita frustrado en la silla plegable, listo para el concierto y fingiendo ante el público sorpresa. Corrido.

Este es el preciso momento en que entra en la Umbría de la Pava María Gracia. Falda corta y de un vuelo verde-poma que le embellece los muslos, camiseta limón con escote e ilustración playera, bambas de atleta trasatlántica, y los labios marcados de un rosa desvaído. Lleva un marco de rímel en los ojos de almendrón, en la ancha nariz, un lunar con dos pelitos, la cabeza despeinada, y un casco sideral colgando de la mano.

¡Barraaabuuuum!

Se acaba de romper el cielo en mil pedazos. Los pámpanos han dejado de filtrar la luz equívoca de la tormenta, y apenas detienen unos gruesos goterones que acaban transformándose en pedrisco. Todos corren al chiringuito, hundido en lo más hondo de un valle, que ahora parece una cueva. Chascan las piedras de hielo sobre las ramas de una alameda, y las hojas de los eucaliptos se precipitan como puntas de flecha hacia un suelo que suena a timbal de manicomio.

—Yo es que, de verdad, Orlando, creí que querías marcha especial. Alguna vez lo habíamos hablado, en la cama, ¿no?

Orlando hace como que lee el folleto de colores que cayó de la bolsa de Talamantes. Anuncia una exposición de paisajistas. Al hablar, lo hace mirando a la fotógrafa.

—¿Pero es que soy yo un vicioso, eh? ¿Tengo yo cara de vicioso, eh?

Talamantes ladea la cabeza sin apartar la vista y arroja una nubecilla de humo. A Orlando le parece que Talamantes no le hace puto caso, que se ha retirado a un rincón de su conciencia, que no quiere enterarse de nada.

—¿Me puedes decir para qué necesitabas tú a un fotógrafo? —dice, y sin hacerlo a propósito hunde el dedo acusador en el ojo de un delfín que navega sobre uno de los senos de María Gracia.

—Una fotógrafa. Para retratarnos, cielo —baja la voz, como si le importara la opinión pública apretujada en el chiringuito —, haciendo el amor.

—¿Con tu novio o conmigo?

—Todos juntos —con la mirada más provocadora que tiene.

Orlando ignora, y lo lamenta, los ojos de la chica.

—¿Y dónde le has dejado a ese infeliz?

—Está en la moto.

—Estará bueno.

Ha pasado la tormenta. Solo se escuchan las gotas desprenderse de las ramas y del emparrado. Silencio de cigarras.

IX

Parte Orlando en dirección a la meseta. Despacito. Gana la altura del valle, y en una curva pierde en el retrovisor la vista de la Umbría de la Pava. El sol bufa el nublado ceniciento, que marcha relampagueando. Aroma de cereal húmedo, de tierra bañada. Hasta las amapolas huelen, que no huelen a nada. Adelantan varios coches a Orlando. Por fin, viene la moto. Se hace grande en el espejo, y pasa como un rayo, repicando suaves gargarismos de máquina perfecta. Se hunden María Gracia y su novio hacia el poniente, y al final son un punto, un insecto imperceptible en la cinta luminosa del asfalto.

Orlando se va hacia la cuneta, espera que le adelante una columna en retirada de urbanitas, torna a leer el folleto (Ciudad de Estoyaquello, Salón de Exposiciones de la Caja de Ahorros. Inauguración, día de hoy a las siete de la tarde. Re-Visiones de Arcadia.), da media vuelta, y tira al este, en dirección al lugar en el que espera encontrar a Talamantes.

X

Dice el enterao:

“Puede que no sea necesario ir muy lejos a buscar las causas de los males mundiales de hoy. Sólo hay que caer en la cuenta de la furiosa explosión demográfica que conoce nuestra especie. Se nos asegura que esta expansión se estabilizará, que incluso entrará en regresión. Al ritmo que llevamos, sólo necesitamos veinte años más para que la población del globo se duplique, incluso si tiende hacia un máximo que jamás sobrepasará. Pero, permítaseme la ingenuidad de creer que este máximo ya fue rebasado hace uno o dos siglos”.

La ciudad de Estoyaquello parece desierta. Orlando circula con su tremendo vehículo por amplias avenidas flanqueadas de mastodónticos cajones de ladrillo con balcones y áticos. Dan a las aceras, plantadas de arbolitos, bares y comercios de muebles. Huele a recién hecho, a moderno. En un jardincillo con una pérgola desnuda y suelo de hormigón, a la sombra de un parapeto que bien puede ser una ruina o una alegoría contemporánea, hablan varias comadres con su carrito imponente de niños berreando; los claros varones leen el periódico y disimulan su provincialismo con gafas de sol y extraños visajes en sus caras.

Obediente a los semáforos y a las señales, Orlando se adentra en la vieja ciudad. Las calles se angostan, las fachadas se mezclan, surgen revueltas inesperadas, cuestas con calvas de adoquín en el asfalto, plazuelas con una fuente, chaflanes con tiendas de ultramarinos trasnochadas incrustadas en el corazón de la difunta burguesía comercial decimonónica.

Finalmente, Orlando pide auxilio a un alguacil, y halla un aparcamiento.

Mirando el escaparate modernista de una paquetería agonizante, hay un tipo con chaleco de colores. Orlando cierra el vehículo, conecta el antirrobo y se dirige a preguntar al menda por la Caja de Ahorros. Al volverse, se manifiesta un yonqui, y lo primero que hace es pedir pasta.

—Tío, préstame seis mil pelas, y lo pasamos de puta madre. No necesito más.

De reojo, Orlando avista el escenario. En la acera de enfrente pasean transeúntes. Por una costanilla baja un R-6. Orlando hace una finta.

—Tío, no te abras. Mira que eres ruin —y adelanta una mano hacia Orlando.

—Si me tocas, te planto una hostia. ¿Vale?

Orlando, uno-ochenta, persistente ciclista y de uvas a peras levantador de pesas, se coloca en guardia. El yonqui se pira maldiciendo.

—Usted no es de aquí, ¿verdad, joven? —le sorprende una señora con ropa de domingo.

—No –salta con brusquedad. En seguida rectifica, y lima su aspereza. —No, señora. Soy de la capital.

—Ya ve usted. Hasta en este rincón hay “drogaditos”. ¿Qué le parece a usted? ¿Sabe lo que hay que hacer para acabar con los “drogaditos”?

—A ver, dígame.

—¡Hijo, cómo lo voy a saber! Por eso se lo pregunto, parece usted policía.

—No soy policía, señora. Soy administrativo. Es que hay que defenderse.

—Pues no enseñan poco en los madriles.

—Señora, haga usted el favor de explicarme dónde está la Caja de Ahorros.

—Está cerrada.

—La sala de exposiciones, mujer.

La señora lo sabe y se lo explica.

XI

Son los salones de techo altísimo, hay grandes ventanales que dan a un jardín de árboles espesos y a la galería con balaustrada y escalinata que antecede al palacete. Las paredes están revocadas de blanco, y los paisajes cuelgan de unos hilos de pescar cogidos a unas barras negras que cruzan a un palmo del cielo raso. Así son los cuadros: anchas ventanas a la llanura, con sus líneas de caballones, sus paratas, sus olivares, sus viñas, sus encinas poderosas, sus colinas, sus caseríos manchegos, sus caminos con un carro, un perro y una mula con albardas. Ocres, manchas de verde, cendales bermejos, plomizo y zarco. Postimpresionismo. Hastío de vanguardia. Impresionismo abstracto.

Pero Orlando no se percata, ni siquiera de lo obvio.

—No son originales. ¿Lo ves?. —Aparece Talamantes por detrás, y pasa la mano por la superficie lisa del falso lienzo.

—Otra mentira.

—Son fotografías, reproducciones a tamaño natural. Tratadas. Interpretaciones.

A Orlando le importa un comino que sean tratadas, y las interpretaciones le dejan frío, no tiene oído para la música fina.

—¿Son tuyas?

—Esta no. Por allí hay algo mío. Ven —le coge de la mano y le conduce.

Orlando se expande como las moléculas de un gas noble en libertad, siente que la marmita ardiente de su virilidad se desparrama y alcanza los últimos extremos de su cuerpo.

A mitad de camino les asalta una chavala de poco más de metro y medio y cara de Mary Poppins, con el pelo liso, teñido de remolacha, los ojos inexpresivos, más bien flemáticos, pantalón de flores de cortina ajustado a la pierna y camisa de seda negra, desabrochada para causar equívocos. Y alguno provoca su pechuga insignificante.

—¡Hola, soy Ariel! ¿Tú quién eres?

—Se llama Orlando —informa Talamantes.

Ariel se pone de puntillas para besarle en los labios, se da media vuelta y se va.

—¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí? —pregunta Orlando a la fotógrafa como si preguntara la hora.

—No sé. ¿Qué se te ocurre? ¿No te volvías a tu casa?

—He cambiado de idea, ¿no? Además, ya que te he invitado a comer, me podrías invitar a cenar, ¿no?

—No.

Orlando aguanta el tipo. Sabe que Talamantes tiene intenciones.

—¿Por qué no te vienes al mar? Si salimos dentro de un rato, todavía llegamos con luz —propone por fin la artista.

—Vale —Orlando se desborda. Ha ganado la apuesta.

—Espera, que se lo voy a decir a Ariel, que si no se escapará con alguien.

—¿Va contigo?

—Vivimos juntas. Es un barrio de marcha. A tope. Ya verás.

XII

Urnas plebeyas, túmulos reales,

penetrad sin temor, memorias mías,

por donde ya el verdugo de los días

con igual pie dio pasos desiguales.

Ariel declama dando zancadas por entre un campo sembrado de cascotes macizos, fosas de piedra, y lápidas con inscripciones visigóticas. Al lado hay una especie de almacén. Es el museo de la ciudad ibera. El sol poniente difunde un tinte de solemnidad sobre el paisaje. El museo está sobre una colina, y hacia el este, el próximo otero luce una cresta de ruinas, quizá un templo o una quinta. Al pie del cerro, las gradas de un teatro con su proscenio entablado, y a la derecha, casi íntegro, desenterrado, el anfiteatro. A lo lejos, el auto reluciente de Talamantes, aparcado a la puerta del lugar, parece esperar la orden del mecenas para entrar a dar la murga a los fantasmas de los gladiadores, como un toro de hierro.

—¿Sabes que aquí vivía gente hace dos mil años? —dice Ariel a Orlando, que ha puesto en marcha su propia nave hacia las ruinas desérticas.

—Me lo imagino. ¿Tú qué eres, espeleóloga?

—¿Yo? …Arqueóloga, so burro. En realidad soy una diletante. Una tía cursi.

Al llegar a la altura del coche de Talamantes, desembarcan. La fotógrafa ha sacado sus trebejos.

—Voy a haceros unas fotos.

—¡Desnudos, por favor! —dice la falsa pelirroja, haciendo pucheros.

Orlando, que ve que no es de broma, niega con la cabeza.

—¿Por qué? No puede haber otro escenario mejor: ruinas romanas. Piedra, barro, carne. Estatuas redivivas. ¿Te da vergüenza? —insiste Ariel.

—No quiero salir empalmado. Yo no soy un tío cursi, ¿vale?

—Pues los atletas griegos tampoco lo eran, y ahí están en los museos, bien decentes.

—Me fastidia el artificio. ¡Vaya manía con hacerse fotos en pelota!

—No será porque no te gusta mirar a las tías buenas —dice Talamantes.

—¡Y eso qué tiene que ver! Yo no soy un tío ordinario.

—Demuéstralo.

No sabe cómo, Orlando se controla. Echa a correr hacia las gradas y se quita toda la ropa, menos las zapatillas de tenis. Ahora ya no va guiado por su mástil, no tiene verga, sólo un suelto badajillo. Pero se siente dominado por la misma borrachera de formar parte de todo, de ser las gónadas de la existencia.

Ariel, que también se ha desnudado, anda hacia él.

—No quiero que te acerques. Es el trato —le advierte Orlando, el Hombre Osmótico.

Talamantes saca fotos con el teleobjetivo, y poco a poco se aproxima hasta quedarse a tres o cuatro metros de Orlando, que finge no enterarse.

La fotógrafa retiene en la cabeza tres palabras: “Quítate las zapatillas”, pero no llega a pronunciarlas, le da miedo revelar el tono de su voz. Orlando se tapa como una virgen tímida.

De pronto se incorpora y trepa por las gradas.

Talamantes va en busca de Ariel, repantigada cerca de un vomitorio.

Orlando se ha parado bruscamente antes de alcanzar el límite del teatro, casi en lo más alto del collado. Ariel, se aprovecha que le da la espalda y brinca hacia él. Talamantes busca por una rampa otros encuadres.

Súbitamente se hallan todos detenidos en actitud de escucha, como tres ciervos que han olfateado al depredador.

Del otro lado de la colina llega un ritmo machacón de zarabanda moderna. Evidentemente hay alguien.

Ariel se aúpa y reconoce. Luego hace gestos con la mano. Sólo llega Talamantes, porque Orlando escapa dando saltos hacia su ropa.

Al cabo, regresan las dos chicas en estampa insólita.

—Es una pareja en un coche —dice Ariel. —Hacen el amor a todo ritmo.

—Pegan un polvo —murmura Orlando con los ojos puestos, sin vergüenza, pero sin deseo, en el oscuro bosque de la tía cursi.

—¿A ti sólo te importa la carne, Tarzán? —comenta Ariel, mientras se viste.

—Supongo que no será tan simple —dice el tío como cantando. —Pero, ¿qué otra satisfacción le queda al hombre si no es el sexo?

—¿Follar por follar? —pregunta Talamantes, que ordena su bolsa de fotógrafo.

—¿Por qué, si no?

—Por una causa, no por un efecto, tío simple —afirma Ariel, con la canción de Orlando. — Por la pasión. ¿O es que tú te acuestas con cualquiera?

—Si es necesario, sí. Pero suelo seleccionar, siempre que puedo.

—Sin pasión, fríamente —Ariel se peina su peluca remolacha con los dedos abiertos. —Bien pensado, es lo más práctico. Nadie puede entregarse absolutamente a la pasión y salir ileso. La pasión ha de ser transitoria, efímera.

—Yo…

Orlando teme hablar y quedarse sin defensas, teme echar a perder lo que desea de Talamantes, pero la presión osmótica le ha dejado sin fuerzas, no tiene ya noción de las cosas reales, la verga no le pesa, lo mismo que si se hubiera fumado tres canutos. “Será mejor que no hables, Orlando, no se te vayan a descubrir las verdaderas intenciones”. Y se dice a sí mismo, sin despegar los labios, “Yo me enamoré como un loco de una chica. Como un loco. Como un ingenuo. Pero ella me dejó por otro. Y me volví tarumba. No sé cómo lo aguanté. Sería que era joven. Luego, un sábado, me fui a la discoteca con un amiguete, y ligué. Desde entonces, lo hago todas las semanas. Cambié la pasión por la conveniencia. Supongo”. Orlando se sonríe sordamente.

—La pasión destruye. La razón ordena —sentencia Talamantes.

Una penumbra cárdena ha caído sobre el poblado ibero; las ruinas romanas son bultos ciclópeos hundidos en la estepa.

—La pasión sin freno lleva a la muerte, es decir a la vida del espíritu, a la pureza absoluta. La razón mide los pasos, hace sobrevivir, por eso está ligada a la carne. El que más folla es el más ingenioso. ¿A que sí? —dispara Ariel.

—Tú, por lo menos debes ser Madame Curie —deja caer Orlando.

—Pero si yo soy virgen.

—La de Fátima –zanja Talamantes, —Vámonos, que se nos hace tarde. Anda, lleva mi coche, Ariel. Yo me voy con Orlando, no se vaya a perder. Y el primero que llegue, que prepare la cena.

XII

Esto canta el grupo de rock duro:

Me meto en la cama

a la hora-l desayuno.

Pero antes,

me lavo los dientes:

una costumbre familiar.

Y encuentro en el espejo

a un tío en camiseta

que no he visto jamás.

Me pasa cada sábado

y algunos días de fiesta,

cuando vuelvo a mi casa

sin hacer mucho ruido

para no molestar.

Me busco en el espejo

y no descubro a nadie,

mirándome a los ojos

con cara de borracho,

que se parezca a mí.

Cada vez es un tío

que le ha comido el tarro

a una chavala nueva

que exige una mentira

para entregar el cuerpo

por un rato na más.

Entonces me doy asco,

como si hubiera ido

a tirarme a una puta.

Me escupo en el espejo

y me pongo a llorar.

Hay una grúa. Y hay también un pulpo. La grúa es móvil, rueda por un camino estrecho lleno de revueltas, tan oscuro que quizá sea un túnel. Es una máquina patosa, hueca, como un andamio amarillo, con su gancho de acero bamboleándose, como si le hubieran guillotinado la cabeza. Una fila larguísima de vehículos se desespera tras la grúa. El pulpo está como estampado en la baranda de un balcón pintado de minio. Parece un pulpo de cartón, pero debe ser que está seco. De las aceras sube una incesante barahúnda, una suerte de fosforescencia y un vaho de alcohol que disipa la corriente.

No hay apenas luz. Sólo un velón en forma de estatua de la Libertad ilumina la alcoba, a la altura de la cama en la que yace Talamantes, de espaldas a Orlando, ambos desnudos.

—Vivir sólo una vez es un fastidio. Si viviéramos dos o tres veces, en diferentes momentos de la historia, comprenderíamos mejor a los hombres —sentencia Talamantes.

—Y a las mujeres —corrige y aumenta el Hombre Osmótico.

Suena un clic.

—¿Pero qué haces, bobo? ¡Si no tiene película!

—Algo saldrá —dice Orlando acariciando con la mirada las nalgas de Talamantes, embadurnadas con maquillaje de colores.

Círculos concéntricos negro-amarillo-rojo deforman la curvada perfección con que los ha dibujado Orlando, adentrándose en la profundidad sublime de la rabadilla. Líneas de puntitos azules serpentean por la espalda, y forman signos de interrogación sobre los riñones de la chica. Orlando ha plagiado a Dalí sin darse mucha cuenta.

—Además, no hay luz —hace una pausa —. Yo soy una mujer pasiva, actúo poco, me dejo llevar. Quizá a una persona más activa, vivir más de una vez, la acumulación de experiencias, la convertiría en un filósofo.

—¿Y por qué en diferentes épocas? ¿Por qué no todo seguido? Uno se muere, y vuelve a nacer. O a resucitar.

Orlando, que mira a través de una réflex con un gran angular, observa de pronto un espeso bosquecillo cárdeno en lo más hondo de dos colinas verdes con motitas rojas y amarillas que se ha pintado la misma Talamantes en los muslos.

—Ha de ser así, a lo largo de la historia. Podríamos comprobar si la gente ha sido siempre tan mediocre y gregaria como hoy. ¿Qué es la pasión sino un elemento literario, cinematográfico? ¿Tú ves grandeza a tu alrededor? Sólo en el cine. Personajes creados, ficticios. La mayoría de los tipos importantes son modelos de ambigüedad. Y la gente corriente, imitadores, autómatas. Nuestros actos son meros reflejos de modelos establecidos por los mass media. Por mí, por ejemplo.

—¿Tú eres un mass media? Pues eres un mass media con unas tetas preciosas.

Talamantes se ha situado bocarriba. Sus pechos arden con llamas adheridas, recortes de un incendio forestal, como flanes recién volcados. Churretes de caramelo se han solidificado camino del ombligo.

—Averiguaríamos si lo que nos cuenta la historia de los hombres es una novela o tiene algo de cierto. Esos españoles que conquistaron América, audaces, violentos, enérgicos, capitanes de tropas en harapos que derrumbaban imperios; o esos cabecillas rebeldes, ácratas, iluminados que pusieron Europa patas arriba en la misma época, ¿eran como nosotros, o estaban hechos de otra pasta?

—¿Tú que crees, pitonisa?

Talamantes se echa a reír, le hace gracia el tono de Orlando, y sus pechos trepidan, avivando las llamas que los ilustran.

—Yo sospecho que la historia es una falsificación. Pero también creo que hay épocas que producen hombres de envergadura, y épocas que producen enanos brillantes —. Se pasa un dedo por encima de los campos de flores, y hace espirales que terminan enredándose en su vello púbico —. Quizá la época burguesa sea de las más anodinas. No lo sé. Pero también es la más cómoda. Un paseo hasta el cuarto de baño, una ducha, y limpia la piel de sudor y de reflejos —. Hace ademán de incorporarse.

—¿Por qué? Me gustas un montón así —la retiene Orlando.

—Porque no puedo dormir embadurnada.

—¡Qué pena! Me pasaría la noche mirándote a la luz de la vela.

—¿Tú no estás cansado, después de toda… la movida? —se inclina dulcemente hacia él y le pasa la mano por el pelo.

—No tengo sueño. Pero, además, tú crees que se puede dormir con ese escandalazo de la calle. Si parece una manifestación.

—Pchs. Estos fenómenos de masas me dejan fría. Pregúntaselo a Ariel, y de paso le echas un polvo —. Se troncha a reír, y los valles, los círculos, el caramelo, las preguntas y los flanes ardientes se conmueven en su piel.

—No sé cómo —y se señala con discreción los fuelles replegados de su orgullo.

—¿Sabes lo que me parecen las mingas de los tíos en su estado natural? Cementerios de automóviles. No me preguntes por qué. Es una imagen inexplicable, se me vino un día así, chas, de repente: montañas de chatarra, coches de todas las marcas, oxidados, deformes, unos encima de otros, a la intemperie.

XIV

La grúa se ríe a carcajadas, da bandazos y hace sonar los cables contra las barras como un carillón. La oscuridad es absoluta. Pero es necesario pasar, adelantar al monstruo retrógrado que ocupa la carretera. Y no puede pasar, Orlando no puede adelantar. Mientras, a su lado, se consume Talamantes, ardiendo toda su piel, campos floridos de la Arcadia. Y si no se da prisa, Orlando no llegará a tiempo de aprovechar esa provocadora calentura. Hay que adelantar a la grúa amarilla y fosforescente, aunque se juegue la vida en el túnel en el que retumban percusiones espasmódicas y un rumor de multitud frenética. Talamantes empieza a retorcerse en el asiento de al lado, se consume, pasa del rojo vivo al rojo blanco, y en mitad de las llamitas que despide todavía sólo destaca la mancha cárdena de su monte de Venus diciendo adiós, adiós, me voy con los mass media a recorrer la historia, me muero, pero resucitaré, en otra época, y no me verás más. Hay que adelantar al pulpo de cartón tras el que Ariel se desabrocha la camisa y exhibe su pecho sin relieve. Todavía puede recuperar a Talamantes. ¡Qué pena! Me gustas un montón. Pero no soy más que una montaña de chatarra de coches de todas las marcas, de todos los colores. No puedo ir ya detrás de mi verga, como el tajamar de un galeón que hiende el océano con su sirena de senos adiposos. Ese no soy yo, me doy asco. ¿Por qué, si nunca he ido de putas? Todo ha sido técnica y oficio, encarnación de modestos personajes que ni las chicas se creen, pero que necesitan para entregarse. La mentira, la grúa, el pulpo de cartón.

XV

Cuando Orlando abre los ojos, entra la primera claridad del alba por el balcón abierto. En la baranda pintada de minio hay un oscuro pulpo seco despatarrado que pescó hace semanas el padre de Ariel, el dueño de la finca.

Orlando nota la trempera moderada y suspira con alivio.

A su lado, profundamente, duerme Talamantes, con los brazos abiertos y despatarrada como el pulpo, pero blanquísima, con un mechón de pelo negro tapándole la frente.

Se incorpora el varón y da unos pasos hacia el hueco. Pasa algo raro. Se acerca a la baranda, se asoma y no ve a nadie. La multitud vociferante ha desaparecido. De pronto, al levantar la vista, descubre en el balcón de enfrente a un tipo empalmado que le mira. Antes de retirarse se da cuenta que es él, reflejado en el cristal.

Yo.

Se mete en el apartamento, busca el cuarto de baño y se pone a mear. Se mira en el espejo. Es él, Orlando. Orlando en otra casa. Tirante, despiadada, igual que una nao que ignora su derrota, su verga gigantesca le guía hacia el cuarto donde descansa Talamantes. Es una crueldad despertarla. Exige la verga. Orlando se la coge y la manda callar a base de meneos.

La pasión destruye. La razón ordena.

Orlando empieza a disolverse, en ósmosis universal, y a desparramarse por el cuerpo. Entonces el cuerpo de Talamantes se remueve, Orlando se sobresalta. Aterrorizado, retrocede hacia el pasillo, y en mitad de él se tropieza con alguien con los pelos teñidos de fuego y unas braguitas blancas. Orlando escucha un aviso eléctrico en alguna parte de su columna vertebral que le endereza todavía más el palo: quizás acechaba. La saluda y hace que no la ve, pero siente en su mano el roce de la de Ariel.

—¿No habéis salido?

Orlando, sin volverse,

—No.

—¿Y qué habéis hecho?

—¿Y tú?

—De marcha.

—¿Mucho cubata?

—Sólo cerveza. Ven.

Ariel le coge de la mano. Orlando se retira un paso, alejando de la zona su verga poderosa.

—¿Quieres tomar algo?

La chica no le suelta.

—Zumo de fruta. ¿Tienes? —Orlando no entiende qué hace parado en medio de un pasillo, con el mástil a tope, atrapado por una tía cursi con el pelo rojo.

XVI

Orlando está sentado en el borde de la cama de Ariel, y ella, con las piernas recogidas, en el suelo.

—¿No te gusta la marcha? —dice Ariel.

—No esa marcha. Cuando yo salgo sé dónde voy y a lo que voy, no a hacer el gilipollas —y estira la mano hacia el silencio de la calle que hace un rato era pura bullanga.

—¿Por qué?

—Ya me dirás qué hacen todos esos bollicaos. No hablan, no ligan, no beben.

—¡Cómo que no!

—¿Hablar con ese ruido? ¿Beber? Si bebieran estarían borrachos a las tres de la mañana y se caerían todos redondos.

—¿Y ligar? —termina Ariel el interrogatorio.

—Ni siquiera tienen ganas.

—Yo, sí —y le mira con ciego desafío.

—La pasión destruye. La razón ordena —replica Orlando.

—Por eso. Fríamente. Bueno, no. Encendidos como hogueras. Sólo por un ratito. Sólo por un ratito —El cuerpo hermafrodita de Ariel se enrosca sobre las baldosas.

—¿Por qué?

—¿Y tú me lo preguntas?

Orlando, como un Adán atrapado en las escamas legamosas de la serpiente piensa: “Es que yo selecciono. Eso es lo que tú te crees. Así es el miedo, una sacudida que revuelve las vísceras. El miedo es una pasión como cualquier otra, peligrosa si dejas que se adueñe de ti, pero hay que ser fuerte, hay que usar la razón, la razón ordena. ¿Qué haces ahí, Orlando, desnudo y sin careta? ¿Quién es esta tía? A lo mejor es un súcubo. ¿Y eso qué coño es? Un demonio encarnado en una mujer hermosa. Mi verga es un supercañón. A mí me cabe todo, australopithecus robustus. ¿Por dónde nos hemos metido? Por un agujero negro, a darle la vuelta al tiempo.

Ariel es una boca abierta, que devora.

Orlando es una nao que ignora su derrota, abriéndose un pasillo en el caos demográfico, etc.

XVII

Dice la tía cursi, asomada al balcón, con su pelo de rescoldo de hoguera, inclinada sobre el pulpo acartonado:

—Puede que la vida tenga sentido. Puede que no. La verdad es que el dilema tiene poca importancia para la propia vida.

El vehículo de Orlando huye. Enhiesto su palo mayor, con la radio a tope, cruza el fatigoso barrio, tuerce en una esquina, y desaparece.

Recita el poeta, poniendo voz campanuda:

Todo lo que era sólido

se desvanece en el aire,

siglo y medio después

de ser pronosticado.

Se han fundido en una noche

las campanas macizas

que hacía sonar Jauja

en los años de hierro.

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