CATALUÑA EN SEPTIEMBRE

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SONY DSCLa tesis de este artículo no pone en cuestión los derechos de los ciudadanos de cualquier procedencia, etnia o nación a decidir sobre su propio futuro, respetando la voluntad de quienes conviven con ellos, pero discrepan. El artículo mantiene que los catalanes están sometidos a un bombardeo publicitario independentista de siniestros precedentes, que esta ofensiva produce una conciencia colectiva construida sobre un sueño, un compacto de fantasías. Y que, al margen de las razones de unos y de otros, los efectos de la segregación o de la continuidad de Cataluña en España exacerbará la fantasía hasta el delirio. El despertar puede ser pavoroso.

Tiene la ciudad de Gerona las condiciones óptimas para la prosperidad turística: una ciudad medieval y una judería que parecen obra de un constructor de parques temáticos, con excelentes museos, iglesias románicas y góticas y callejuelas llenas de historia; una red hostelera de calidad, y una multitud de restaurantes que ofrecen menús muy bien cocinados y a precios razonables.

El fin de semana del 12 al 14 de septiembre estaba llena de visitantes, yo uno de ellos. Por las lenguas que se escuchaban en la calle, me pareció que dominaban los eslavos. Luego, los franceses, familias y gente de mediana o elevada edad. Después venían los jóvenes, muchos angloparlantes, italianos y franceses. Y en menor medida, familias de habla castellana, procedentes de otras diversas partes de España.

“No queremos a España”

El gran problema que se observaba en las calles de Gerona era, y calculo que seguirá siendo por mucho tiempo, España. De los balcones y ventanas colgaban banderas catalanas cuatribarradas (pocas), y esteladas (con triángulo azul y estrella blanca, muchas, y con triángulo amarillo y estrella también roja, algo menos. En los restaurantes repletos de clientes a la hora de la comida y de la cena, no era una rareza escuchar a los comensales locales (en especial los jóvenes, bien vestidos y bien educados) comentarios sobre la Diada y sus repercusiones. Por las calles, el tema frecuente entre los de lengua catalana también era ese. No hay ni ápice de exageración en estos datos.

Las actividades relacionadas con el tercer centenario de la derrota austracista en la Guerra de Sucesión que ganaron los Borbones eran innumerables, desde exposiciones de todo tipo, hasta recitales de música. Algunos de estos actos estaban cosidos con un grueso hilo al tema convocante, pero a nadie parecía sorprenderle ni molestarle. En ciertos comercios se leían carteles en catalán y en inglés a favor de la independencia. A las oriflamas nacionalistas se unían proclamas impresas en grandes caracteres pegadas en paredes, ventanas y balcones: “Votar és normal”. Los menús de muchos restaurantes (calculo que bastante más del 50 por ciento) estaban en catalán, francés e inglés; si un castellano parlante preguntaba el significado de lo que no entendía, se lo explicaban amablemente. La razón práctica de este singular fenómeno debe ser que el turismo de españoles sin conocimiento del catalán debe ser mínimo en Gerona. Las explicaciones en los museos estaban en castellano, francés e inglés, pero solo las de portada, en cuanto entrabas en salas, el idioma común de España desaparecía. En ocasiones el catalán convivía con el inglés, i prou.

Me figuro que la coincidencia de este fin de semana setembrino y tropical con la Diada ha hecho que las calles de Cataluña sean un baño de reivindicaciones segregacionistas. Me pregunto si hace dos meses o seis era igual o menos.

Supongo que casi lo mismo, porque la campaña propagandística y mediática a favor del referéndum del 9 de Noviembre y del derecho de los catalanes a votar (algo normal, según los pasquines, proposición irrebatible) es abrumadora, y ha calado en la conciencia de la población, la ha impregnado, la ha empapado. Es decir, ha surtido el efecto que se proponían sus organizadores. La impresión que un visitante obtiene de lo que ve, palpa, respira, escucha, gusta, huele es que la mayoría de la ciudadanía censada en Cataluña desea votar el derecho a decidir su futuro, y que este posiblemente será separase de España si les dejan.

Si yo fuera, digamos, un chino con buen conocimiento del idioma español, algo del catalán y una visión panorámica de la historia y la cultura españolas, la probable conclusión a la que llegaría después de una visita a Gerona (e imagino que a la mayoría de las ciudades de Cataluña) es que los catalanes no quieren ser españoles y no van a parar hasta que les dejen separarse, ser independientes.

La primera pregunta que se haría el chino hispanófilo y catalanófilo sería, ¿por qué no quieren los catalanes ser españoles? ¿Qué les molesta de España? ¿No ha formado parte Cataluña de España durante muchos siglos? ¿Qué van a ganar con la independencia?

Una "tienda china" con una propuesta neutral. Está en el mismo edificio que el diario "El Punt"
Una “tienda china” con una propuesta neutral. Está en el mismo edificio que el diario “El Punt”

El chino y yo nos quedamos perplejos ante tamaña voluntad de irse.

Las respuestas a esas preguntas le lloverían al ingenuo chino antes de acabar de pronunciarlas, incluso en chino mandarín. El aparato de propaganda es tan grande y polígrlota, está tan bien engrasado, cuenta con tan estupendos profesionales (historiadores, politólogos, periodistas, artistas, actores, escritores, cineastas, cantantes y me atrevería a decir que hasta toreros, aunque allí no puedan trabajar), que ni la universidad Complutense, aliada con la de Salamanca, y las del resto de la España no secesionista reunirían argumentos suficientes para rebatir ese maremoto de consignas. Ni siquiera si esa colección de universidades españolas contara con la colaboración de las mejores instituciones internacionales, alcanzarían a responder el tsunami propagandístico preparado, organizado y difundido por la Generalidad de Cataluña exaltando la diferencia esencial de los catalanes, que les impulsa a separarse del resto de España. El peso intelectual del debate no importa, vale el sofístico.

El chino y yo conocemos y apreciamos las cimas, méritos y capacidades económicas, creativas y recreativas de los catalanes, que nadie en sus cabales pondría en duda y menos en solfa. Lo máximo que el chino y yo nos atreveríamos a preguntar es, ¿los ciudadanos de otras partes de España están menos capacitados que los catalanes o casi por completo incapacitados para la actividad económica, creativa y recreativa? Porque solo una respuesta afirmativa explicaría (al margen de discursos retóricos, demagógicos e históricos) la urgencia de los catalanes de separarse de aquellos que suponen una rémora para su tremenda iniciativa y que, encima, viven de ella.

Solo voy a poner un ejemplo de los contenidos y de los efectos de la ofensiva contra España, porque es la denominación que mejor le cuadra. Tuve la oportunidad de hablar con una argentina que llevaba poco tiempo en ese país agraviado. Al conocer que yo era valenciano, dijo con un suspiro (¿de alivio?), “¡Ah, entonces vos sos catalán!” Con energía y educación le respondí que no, y vi que esto la desconcertaba, porque miró a su amigo gerundense con cierta confusión. Era obvio que la argentina no podía haber llegado por su propia cuenta a semejante (y falsa) idea. Era una idea infiltrada en ella en Cataluña, una más del tsunami.

¿Es Valencia una parte de Cataluña? Según las propuestas de bastantes personas instruidas (entre ellas, buen número de valencianos) sí, Valencia es una ¿región? ¿provincia? ¿territorio? de Los Países Catalanes.

Me vale esta anécdota para vislumbrar una mala solución al “problema catalán”. Calculo que, pase lo que pase el 9 de Noviembre, consiga o no consiga Cataluña independizarse, la repercusión sobre los españoles que deseamos seguir siéndolo, sobre los que lo dudan, sobre los que se ciscan en el pasaporte y sobre los que desde diversos y lejanos puntos de la geografía todavía española hacen todo lo posible largarse, la repercusión, digo, será muy mala, rozando la catástrofe. Tiene gracia que al final no va a ser la crisis económica lo que hunda a España sino su inercia centrífuga.

Fantasía independentista a la izquierda. A la derecha, fantasía de Disney.
Fantasía independentista a la izquierda. A la derecha, fantasía de Disney.

El despertar de una fantasía

Vamos a suponer que la desbordante voluntad de muchísimos catalanes de separarse de España y constituirse en estado independiente tiene éxito. Supongamos además, que es un éxito incruento, que todos los conflictos de división y parcelación de la economía hoy común, los conflictos vividos por los catalanes que no deseen separarse pero se queden a vivir en su casa ahora solo catalana, que los malentendidos, las exigencias, las frustraciones, todo lo que inevitablemente arrastra un divorcio se resuelvan gracias a un milagro. ¿Se acabó el problema catalán para unos y el español para otros?

La respuesta no es sí. Todo lo contrario.

A partir de ese instante, la fantasía independentista estallaría como una pompa de jabón.

En Cataluña, muchísimos ciudadanos empezarían a descubrir que su problema no era liberarse de España sino llegar a fin de mes y disfrutar de las ofertas de consumo que los más industriosos de sus compatriotas le ofrecen, y que no podrían satisfacer. El desempleo generaría pobreza, la pobreza miseria y la miseria mala uva. La idea y la educación española, recluidas en una semiclandestinidad, acabarían por estallar y ocasionar desgracias, o por desaparecer, y en cosa de unos años pocos ciudadanos catalanes podrían expresarse en castellano.

Pero en el resto de España las consecuencias no serían menos pavorosas. Si votar es normal en aquella tierra, también lo es en las demás. ¿Qué argumentos de peso tendrá ningún legislador para negar el derecho a votar a una ciudad, un pueblo o un barrio su voluntad de segregarse del Estado? Otras hoy comunidades autónomas reclamarían su innegable derecho a segregarse. La primera de todas, Granada, que es la única parte de la actual España que fue conquistada a sangre y fuego a finales del siglo XV, mientras que el resto del territorio se unió por matrimonios reales o por acuerdos. En una década o menos, quizá en unos meses, el territorio español regresaría al estado de múltiples autarquías que deberían negociar sus relaciones económicas y políticas para reconstruir lo que hoy se mantiene en pie tambaleándose.

Pero la realidad previsible es esta: ninguna fracción de España va a segregarse sin que haya antes un cambio constitucional (o un colapso político de consecuencias incalculables). Lo natural y esperable es que un cambio constitucional desate los vientos de la disgregación que hasta ahora se mantienen controlados. No digo yo que haya que evitar este cambio constitucional. Todo lo contrario, lo reclamo, pero basado en un debate político de envergadura, que sea capaz de superar los huracanes demagógicos que en estos casos desatan los bandos en liza. Cómo y quien organiza y dirige el debate es el mayor problema.

Pero hablábamos de la independencia de Cataluña. En el caso de que finalmente se acordara un referéndum como el de Escocia y lo ganaran los independentistas, la ruptura tardaría años, si se hacía legalmente. ¿Aguantarían los más exaltados y fantasiosos?

En realidad, el hecho que percibe cualquier turista español ilustrado en las calles de Cataluña es que la vida cotidiana parece normal e incluso llega a serlo, pero que tras la apariencia, la sociedad catalana funciona por su cuenta, al margen de España, sin que apenas de note. Viven en España pero a millas de distancia ideológica, política, educativa. Mas no económica. Eso es lo que obtendrán con el autogobierno, repartir el dinero de los impuestos independientemente de los intereses de la mayoría de los contribuyentes. El seny catalán se transformará en el cortijo catalán, al que sucederán los cortijos de multitud de territorios hoy españoles gobernados por una casta de ávidos incompetentes.

El fin de la convivencia de los españoles, y el fin de un sueño.

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