TRANSICIÓN Y MUDANZA

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Es fuerza que hable de mí mismo. Quizá me sirva para aceptar mejor mi indeseado destino literario. Y esto es lo más chocante. Apenas he leído. Me aburre leer. Pocas veces he aguantado otra cosa que no sea la plana de un diario de crónicas deportivas. Libros, los de mi oficio, y en su tiempo y medida. Soy un español normal, de esos que dicen las gentes que no quieren saber nada. Soy una persona del montón. Aprendí a serlo, y de esta guisa me encuentro muy a gusto. Sé muy pocas cosas de lucimiento, y entre ellas, ninguna de las que me obligaron a estudiar. Sé lo que he aprendido por vía de la experiencia. Nunca me ha hecho falta más.

La vida me ha ganado como yo la he ganado a ella, sin extravagancias, por lo llano, que es mi elemento. Más de media la he pasado de viaje a lo largo siempre del mismo recorrido, y sin salirme de él: Madrid-Alicante.

Empecé a viajar siendo aún muy niño: Alicante – Madrid, y vuelta hacia Alicante.

Mi padre era pasante en la notaría de un tío suyo, en Madrid. Mi madre, mujer de poca salud, por no perderla toda hubo de quedarse en la costa. De este modo, él bajaba una vez al mes al Postiguet, y ella y yo subíamos otra a la Ribera de Curtidores. Así anduvimos cruzando la Meseta una porción de años. Hasta que mi padre, un día, se mató de un trastazo en Membrilla a poco de comprarse una motocicleta con sidecar. Membrilla está a cosa de una legua de la localidad de Manzanares, en mitad de la provincia de Ciudad Real; por tanto, fuera del itinerario doméstico de mi padre. Con tapado escándalo vino a conocerse dentro de la familia que el hombre viajaba mucho más de lo sabido, y por todas las carreteras de la Mancha. La razón de tan variado circuito es que mi padre era un trapisondista, es decir, un punto dado a la contienda, al alboroto y al enredo, sobre todo el enredo de faldas, que entonces se llevaban dobles, sin contar la enagua, en esos anchos pueblos de Castilla la Nueva.

Quedarse viuda y sanar, vino de golpe. Mi madre pidió prestado a mi abuelo y se mudó conmigo a la Corte. Compró un piso en las afueras, cerca de la carretera de Aragón, pasadas las Ventas, en la otra orilla del arroyo Abroñigal, que entonces era patio de Monipodio, y ahora es autopista con nombre matemático.

Mi madre era joven y de gran lozanía, pero no quiso saber nada de aventuras sentimentales ni de segundas nupcias. Se dedicó a mí, y a administrar la magra pensión y el seguro de vida de mi padre, que siempre fue individuo prevenido.

Así es como crecí en la capital, sin viajar tanto como antes al Mediterráneo, y un poco añorante de él. De la playa guardé durante mucho tiempo en la memoria el olor picante de la orilla, y la humedad nocturna pegada a la madera áspera de las mesas y las sillas plegables de los kioskos donde solíamos cenar la feliz familia del trapisondista oculto, es decir, mi padre, su enfermiza mujer y yo, una tortilla de patatas que sacaba mi madre de una tosca fiambrera de aluminio.

También guardo recuerdos fragmentados de aquellos viajes primitivos. Son como chispas que saltan a mi conciencia en haces inesperados. Con lucidez conmovedora me siento a mí mismo, muy menudo, abrigado en una manta de viaje, despertar en la oscura madrugada. Despego las costillas de la madera del banco, levanto la cabeza, y veo correr muy cerca lucecitas mortecinas, bultos, casas de guardagujas, pasos a nivel, muros blancos iluminados por una bombilla sujeta a una pantalla metálica en forma de sombrero, y clavada por un gancho a la pared. A veces, enroscada a unos palos y a unos alambres tendidos, hay una parra de pámpanos jugosos. Todo queda atrás en un instante. En las noches de luna, brillan unas ringleras de humedad entre los caballones que pasan al compás del traqueteo. Al fondo, el perfil serpenteante de las colinas parece separar la madrugada de un fulgor remoto. Cruzan por la ventanilla los postes del telégrafo, y sus dos hilos hacen delante de mis ojos combas y alabeos interminables. Disminuye su velocidad el convoy. Se para en una estación desconocida. Golpean los mozos las ruedas macizas de los coches. Se oye una voz. Pega un resoplido la locomotora. Hace sonar su silbido el factor. Arranca el convoy. El silencio de la parada en un lugar de la Mancha que a casi nadie importa vuelve a llenarse de tristrases, de los choques sordos de los topes y de los quejidos metálicos de las ballestas. La oscilación me vuelve a amodorrar. Y me despierto, a la hora del alba, en Villena, para ver pasar el parquecito de la estación vacío y a media luz; y esto me produce una sensación de tristeza sin fondo. Me arrebujo en mi madre y me duermo otra vez, la caricia de su mano en mi pelo cortado casi al cero.

Pasé la juventud en la capital. Me crié entre mi barrio y un colegio de frailes en donde no llegué a hacerme bachiller por falta de afición y de entusiasmo hacia la letra impresa. La vida sedentaria me producía un gran desasosiego. Delante de los libros, ponía a dormir mi conciencia y no sacaba mucho de provecho.

Así fue como entré de botones en un despacho de arquitectos, gracias a la mediación del tío de mi padre, el notario. Esperaban de mí que me aficionara al tablero de dibujo por cierta inclinación mía hacia la plástica que creían haber descubierto mis parientes. Pero yo me pasaba el tiempo sin hacer nada que no fueran recados. Era diligente en ellos, porque me enervaba observar al equipo de delineantes, individuos de edad indefinida, con bigote, gafas, pantalón de percal y camisa blanca arremangada; me agotaba verlos al cabo de las horas inclinados sobre los tableros copiando líneas y poniendo sombras.

Por fin, mi abuelo el de Alicante dio en el clavo que remediaría mi indolencia. Me hizo comisionista. Empecé a viajar en compañía de un tipo bajito y regordete que representaba una porción de ramos de la industria alicantina. De él me quedó la afición a los vegueros y un buen oído para distinguir a los de Alcoy sobre los de cualquier pueblo de Valencia, por su endemoniado acento al hablar en castellano. Aquel hombre de Alcoy fumaba habanos en cantidad, como siempre lo han hecho los tratantes, sin quitarse el cigarro de la boca como no sea para saludar a las señoras. El tipo era obstinado, gris, ceniciento, como las cañadas profundas de la ciudad alicantina, llenas de fábricas laboriosas con música de telares.

Aconsejado por él me hice perito mercantil (él decía “périto”, con una “e” muy abierta). Los textos sobre contabilidad y derecho son los únicos libros que he leído en toda mi vida. Lo demás han sido crónicas deportivas los lunes y del corazón en la consulta del dentista.

Al cabo tuve que vérmelas yo solo. Por partida doble. Mi abuelo falleció casi centenario, mi madre volvió a enfermar, y hubo de largarse de nuevo hacia las tierras cálidas del Mediterráneo.

Representé a fabricantes de hilo y de capas de mesa camilla de Alcoy, a jugueteros de Ibi, a industriales de la manta de Onteniente y Albaida, a zapateros de Novelda y de Elche, a turroneros de Jijona. Los representé a todos en la Corte. Mi mercado era Madrid, mis proveedores, Alicante y sus ciudades industriosas. Del centro a la periferia, cruzando la árida meseta, fueron pasando para mí los años.

De pronto, cayó sobre Europa la crisis económica. Estragos causó en las plurales tierras de España y Portugal. A mí, en concreto, me hizo fosfatina.

II

Empecé a viajar poco. Y a lo mejor por eso me vino la oportunidad de echarme novia. Se trataba de la dependienta de una tienda de tejidos para hábitos de la calle de las Postas, cuyo dueño era cliente mío. No sé si me enamoré de aquella chica, pero me gustaba. Tener mis ocios ocupados con ella, de paseo o en el cine, me producía una gran tranquilidad, me hacía sentirme uno más de aquellos madrileños de edad pareja a la mía que preparaban un cambio a su vida. Yo confieso que no preparaba nada de propósito, simplemente hacía lo que los demás, porque es un buen consejo no distinguirse demasiado de la gente.

Mi novia tenía el rostro ovalado, de piel suave y cetrina; el pelo liso, negro, de un brillo aceitunado, que a veces se recogía en un moño, y unos ojos verdes algo rasgados de aire gatuno, ensombrecidos por unas gafas con graduación de culo de vaso.

A mí, lo que más me gustaba era pasear. Iba a buscar a mi novia por la tarde, poco antes de que echara el cierre al negocio. Caminábamos calle Mayor abajo y recorríamos una sucesión de siglos sin enterarnos. En Bailén, dábamos la espalda al Viaducto y nos íbamos hacia Palacio. Nos entreteníamos largo rato en el balcón que da a los jardines del Campo del Moro, a un lado de la plaza de la Armería. Allí, a aquellas horas, desierta la plaza de Oriente y sus aledaños de marmotas, de niños y de chorchis o soldados, podía uno sentirse un poco dueño de la ciudad, sobre la que caía lentamente el ocaso.

Abajo y a lo lejos, contemplábamos un paisaje al que el crepúsculo dotaba de solemnidad. El Manzanares, encajonado en sillares de granito, pasaba bajo los viejos puentes del Rey y de Segovia. Más allá, remontando la cañada, la avenida de Portugal y el paseo de Extremadura vaciaban la Corte de tráfico motorizado hacia los altos de Aluche y Carabanchel. Enfrente de nuestro balcón, la Casa de Campo, una mancha verde oscura, se extendía en dirección al norte, y se confundía con las dehesas de Pozuelo, Majadahonda y Las Rozas. Al fondo, un telón de cendales ardía largo rato en tonos cárdenos y carmesíes sobre el Guadarrama.

Me satisfacía grandemente tener novia porque podía compartir con ella la caída del sol, de espaldas a la ciudad bullidora, pero dentro de ella. No me gustaba salir, no, en busca de la excelencia de aquella larga y luminosa cordillera Central que a tantos atraía. Prefería quedarme y mirarla a lo lejos, quieta y serena.

Sin embargo, desconocía yo entonces la diferencia entre el deseo soñado y la realidad mostrenca. La visión imponente del Guadarrama en el crepúsculo me indujo a desearla. Un domingo me fui allí, dispuesto a realizar el sueño con mi novia. Nos metimos en un tren de cercanías, lleno hasta los topes de una turba bullanguera, y nos apeamos (vale más decir que nos apearon) en Cercedilla. El tumulto duró hasta lo más alto de Navacerrada, donde había tantos coches como gentío. Yo estaba atónito, porque había viajado, pero jamás como turista. Mi novia se puso melancólica. Por huir de la aglomeración, nos tiramos a andar por el monte de Cotos, pero no podíamos apartarnos de la multitud desparramada. Por primera vez tuve una idea de lo que significa una ciudad millonaria, algo en lo que nunca había reparado, porque vivía en el interior del hormiguero y jamás había visto a una masa fuera de su continente urbano, sin calles y edificios.

Escondidos tras unos lentiscos, a la sombra de pinos formidables, empezamos mi novia y yo a achucharnos. Pero los dos nos dimos cuenta a la vez de que actuábamos por falta de otro entretenimiento, por matar el rato y por la ansiedad que nos había causado aquel viaje al tumultuoso paraíso.

Nunca más volví a ir al campo. El campo fue para mí una gran mentira. El verdadero goce, el bucolismo, está en mirar al campo sin poner los pies en él, desde el balcón de la plaza de la Armería o desde un vehículo en marcha.

En mis viajes a Alicante, la Mancha de Toledo, de Cuenca y de Albacete, era un paisaje monótono de matices variables, algunas veces bellos. Tapices verdes en primavera, con las motas pardas de las cepas o las motas verdinegras de los olivos. Tapices cenicientos en otoño y en invierno, tan desolados que transmiten el frío. Calcinados en verano, como arrasados por una lava invisible, de vibraciones engañosas con apariencia acuática. Pero todo ello, visto desde el tren o el autocar, observado, no experimentado.

Mi máximo interés en las tierras que yo cruzaba cada poco era mirar el recorrido en el mapa. Los nombres de los pueblos y villas me sonaban a rústico, me daban una sensación de tosquedad y horterismo: Bonete, La Gineta, El Provencio, Villarrobledo, Casillas de Marín de Abajo. No quería yo saber nada de aquello.

Mi novia era de un pueblo de pasado ilustre, Cadalso de los Vidrios. Pero para mí el pasado era algo inexistente. Nunca visité Cadalso. De hecho, desde la excursión al Guadarrama ya no volvimos a asomarnos al balcón de la plaza de la Armería. Inventamos un recorrido por la Cava hasta la Puerta Cerrada; luego nos metíamos por la calle del Nuncio, bajábamos a la plaza de San Andrés por la costanilla de San Pedro, y subíamos a la Plaza Mayor por travesías y escalinatas de nombre rotundo, entre viejos palacios de piedra y sólidas casas de ladrillo con austeros forjados en las ventanas. A nosotros todo aquello nos era indiferente porque el barrio nos pertenecía y no necesitábamos justificar la propiedad con la historia.

No siempre hacíamos este paseo. También íbamos al cine y a tomar café en los que había entonces en la calle del Arenal, o a cenar bocadillos de calamares y raciones de boquerones y de patatas bravas en las tascas con fregadero de acero, siempre rebosante de agua, de la calle de Tetuán; o a comprar un pastelito a la plaza del Celenque.

Luego, acompañaba a mi novia a su casa en la calle de Bordadoras por el pasadizo de San Ginés. En el pasadizo había un puesto de libros de lance. Yo alguna vez me paraba y miraba. A mi novia le compré dos o tres novelas de amor, en ediciones de los años veinte, con las páginas sin desbarbar y con damas estilizadas y caballeros vestidos de esport en la portada.

¡Ah! También recuerdo haber llevado a mi novia al baile del domingo del Centro Asturiano. En otra ocasión la llevé a los toros, en las Ventas. Era la primera vez. Para mí al menos, y fue terrible, los ojos ahítos de sangre y de violencia, descabellos, lances temerarios, banderillas, puyazos y revolcones. Yo jamás había ido a los toros, pero me pareció indicado invitar a mi novia. Muchos lo hacían. Nunca volví a ir.

Otra tarde la llevé al teatro, al Eslava, en función de noche. No recuerdo lo que ponían, ni quién interpretaba. También era la primera vez que me metía en aquel espectáculo. Me impresionaron las luces, el decorado, la gesticulación y las voces exageradas de los actores, los palcos polvorientos de platea, y las alturas sonoras del gallinero, desde donde contemplábamos la función. Al salir, mi novia me invitó a su casa, porque su familia se había ido a Cadalso a un entierro o a un bautizo. La memoria que tengo de aquellas veladas es de un tono fantástico, como si no me hubieran ocurrido a mí, como si fueran una representación de la que acabo de salir.

Otros ratos ardientes pasamos juntos mi novia y yo. Pero ya no los asocio, como esos primeros, al arte taurino y al dramático. Fueron ratos de un sabor más vulgar, comunes.

Mi novia era una mujer de fiebre alta, pero yo no lo sabía, quizá porque tenía pocos términos de comparación. Además, ella poseía una visión flamenca (eso pensaba yo) de la vida. Solía decir que quería ser libre, que no se plegaría nunca a nadie. Lo decía con estas palabras. Yo interpreté que me advertía ante una proposición de matrimonio, y me guardé de hacérsela. Esto para mí no era ninguna pesadumbre. No me veía yo casado. No me hacía idea de lo que sería estar casado, sin duda porque apenas lo había experimentado en mi familia. De una manera inconsciente, reinaba en mí la esperanza de que todo siguiera así, ni bien ni mal, un curso mediocre, con excesos esporádicos pero calculados. Esperaba que nada cambiara, que mi vida fuera así eternamente, vulgar, indiferente.

Veía a los amigos de mi barrio caer a mi alrededor como moscas, pero ni las bodas ajenas conseguían sacarme de mi letargo. Sin embargo, el cambio de las cosas acechaba sin que yo me diera cuenta ni lo deseara.

Cierto mes de noviembre, se me estropeó un viaje a Almansa, y decidí levantarme tarde. Al salir a la calle tuve una sensación extraña, de hueco, de catástrofe. Pero hacía tanto frío que me dio por pensar que era el fatal aburrimiento de una mañana vacía.

A pie, Alcalá arriba, me llegué a la Puerta del Sol, sin propósito ni destino calculado. A medida que me metía en el centro el ambiente era más fúnebre y la atmósfera más plomiza. En la esquina de Montera, decidí, por las buenas, ir a buscar a mi novia. Nada más enfilar Postas la vi por un momento echando el pestillo a la tienda. Pensé, qué tarde es. El reloj de Gobernación acababa de dar la media de la una. Me fui al portal, a esperarla. Pero no salía.

Me asomé al cuchitril de la portera, por ver si la había visto abandonar la pañería por el patio interior al portal contiguo, pero no había nadie, sólo ese aire de conclusión, de epílogo, que se respiraba en la calle.

Entré en el patio, un pozo húmedo empedrado de adoquines, con una fuente de hierro colado en una esquina. Me metí hacia la escalera de detrás, pero la puerta de la tienda también estaba cerrada. De dentro salía un gran escándalo radiofónico. Levanté el brazo para llamar, y me quedé con la mano inerte, arriba, como saludando a un ausente. La voz atiplada de un locutor decía algo de un triste suceso. De este modo me enteré de que Franco había muerto.

El locutor siguió hablando del Caudillo, de su vida, enfermedad y muerte. De pronto me entró pánico. Quise estar junto a mi novia. Necesitaba alguna seguridad de alguien. El locutor calló, y empezó a sonar música fúnebre o clásica, para mí era lo mismo.

Entonces noté, como si lo estuviera viendo, que los pelos de la nuca se me ponían de punta. El miedo se me transformó en angustia. Por encima de los violines, las trompetas y los timbales que celebraban la muerte del Generalísimo, escuché lo que ocurría allí dentro.

Agudos, desgarrados, escuchaba yo los gritos de mi novia. Los mismos que solía dar cuando gozaba conmigo. Exactamente iguales.

III

Durante algunos meses los amigos del barrio me hicieron piadosa compañía. Entre todos querían hacerme ver que nada había cambiado, pero la ficción no resultaba. Todo estaba a punto de echar a correr en dirección al infinito.

La mayoría de mis amigos seguían viviendo por Ventas o en Quintana o, como muy lejos, en la Cruz de los Caídos. Algunos se habían casado. Me llevaban al cine, y luego completábamos la velada en un café moderno de aire inglés o en casa de alguno de ellos. Las novias y las mujeres de mis camaradas solían traer amigas a las fiestas, cosa que me pesaba más que distraerme, porque me debía forzar a ser amable e ingenioso. Yo entonces no me daba cuenta, pero eso mismo era el primer síntoma del cambio que se operaba en todas partes, también en mí, a pesar mío, y a hurtadillas.

A veces tenía que disputar con la gente sobre la calidad moral de mi ex-novia. Después del incidente no había vuelto a verla. Ella me llamó, por completo ajena a que la había descubierto. Yo no supe decírselo, y le di evasivas. No habría soportado verla. Debió de percatarse de que yo sabía algo. Quizá imaginó que alguien me lo había dicho, o le dio noticia de que el día que murió Franco yo andaba cerca de la tienda. Después de unas cuantas veces, no volvió a telefonear. Así me quitó toda oportunidad de regresar con ella a la rutina del noviazgo. Con dolorosa claridad me di cuenta de que ella no perdía nada olvidándome. Yo sí que perdí, gran parte de la estima que tenía de mí mismo. Pero me libré de un matrimonio desgraciado. Con esta idea, que me prestó alguien, me animé pronto.

Lo malo es que, además de la novia, me había quedado casi sin trabajo. Era el cambio de los tiempos, que yo no percibía. Lo más que alcanzaba a ver era un futuro turbio. El mío, porque el de los demás me traía al fresco. Y no por egoísmo. Para gente como yo, vulgar, sin ambiciones, el destino propio es el destino del pueblo. La población que yo veía a mi alrededor compartía mis estrecheces. Todo lo demás, la calle, los periódicos, era jaleo, verborrea, paños calientes y, al final, desencanto. Conmigo no iba nada de eso.

Me hablaron de un trabajo. No estaba mejor pagado que el mío ni era más cómodo. Pero parecía estable. Me presenté en una oficina limpia, luminosa, de muebles lineales, paredes con cuadros disparatados y administrativas con aire de duquesas.

Me hicieron una prueba. Consistía en responder preguntas concebidas por una mente enferma. Una de ellas era, “si se viera usted obligado a matar a su padre o a su madre, a cual de los dos sacrificaría”. La leí más de diez veces. Al final la dejé sin contestar.

Al cabo de los días me enviaron una carta en la que lamentaban comunicarme que no había sido seleccionado.

Cosa de año y medio después se enderezó mi situación, que era la de la mayoría. A lo mejor es que ya no había crisis. Nunca he comprendido cuándo hay crisis y cuándo lo parece, cuándo están avisando de ella y cuándo la dan por pasada. Crisis. El diccionario decía: “f. Mutación considerable de una enfermedad./ Por ext. Momento decisivo de un negocio y de consecuencias importantes”. Era el diccionario de un sobrino segundo mío que hacía el bachiller. Por una vez que me molestaba en consultar un libro, no me sacaba de dudas.

Tiempo después de aquella prueba absurda, tuve de compañero de viaje en el tren Madrid-Alicante, al individuo que me entregó los papeles llenos de disparates con los que querían saber si yo valía o no valía. El no me reconoció. Estaba incómodo y malhumorado. Había tenido que usar el ferrocarril por falta de aviones. España era un desastre sin solución. La incuria española hacía perder tiempo y dinero, cosas valiosísimas, a gente como él. “¿Sabe usted a lo que yo me dedico?”, me dijo campanudo. “A ahorrar tiempo”, repliqué con cierto retintín. El tipo me miró muy sorprendido, y antes de darle oportunidad de hablar, seguí: “Yo me paso casi un cuarto de mi vida viajando, y estoy hecho a todo. Últimamente, he mejorado un rato”. “¿Se refiere usted a la Renfe?”, preguntó. “No, a mí mismo; tengo un trabajo mejor que el de antes; en España se empieza a respirar”, dije por llevarle la contraria, puesto que jamás había tenido opiniones propias sobre mi patria. “¡Ah, sí! Yo soy ejecutivo de una multinacional, no entiendo de política”, dijo. Tuve la sensación de que hablaba con un extranjero. Se lo pregunté, “¿Es usted extranjero?” “¿Yo?”, y me miró con cierto aire despectivo, bajo el que se descubría una inmensa satisfacción, la de parecer extranjero, “Bueno, yo me he educado en el extranjero; y, ¿sabe usted la impresión que tuve al volver? Que me metía de cabeza en el siglo XIX. ¿Sabe usted cuándo ha empezado el siglo XX en España?” No me molesté en responderle, no lo sabía, pero él tampoco esperó a que yo dijera nada. “El siglo XX empezó en este país hacia 1960, después del Plan de Estabilización de Alberto Ullastres. ¿Qué le parece a usted?”, dijo desafiante. Y yo: “No sé quién es Alberto Ullastres”.

Días duró el eco de esta conversación en mi cabeza. Así que en eso consistía el cambio que pasaba sobre mí, el cambio que yo ignoraba. El siglo se había renovado furtivamente, y me había dejado a mí atrás. Aquel individuo, que quería saber si mataría yo a mi padre antes que a mi madre o al revés, me había echado en cara un error de siglo.

¿Me había equivocado yo de siglo? ¿Habían venido él y sus colegas, educados en Centro Europa o en América, a meternos a los habitantes de este país, en concreto a mí, un evidente anacronismo, a pescozones en el siglo XX?

IV

Corrieron los años. Yo, al principio, detrás de ellos y con la lengua fuera. La prosperidad, por fin, vino a esta tierra. ¿De Frankfurt o de Nueva York?, me preguntaba yo desconcertado. Había visto yo cambiar tanto las ciudades que había representado y donde había representado como viajante, que me parecía que un servidor y la recua de mis anónimos compatriotas habíamos, sí, dado un salto de siglos en un decenio. Además, esta tesis la sostenían voces eminentes, expertas en este país.

Había cambiado España, fuerza es reconocerlo. Y los españoles, bueno, algunos españoles, se habían hecho ricos. Yo no alcancé tanto, pero tuve hasta un coche con teléfono. Ahora diré cómo llegué a este punto.

De mis amigos del barrio hubo tres especies: los que se hicieron funcionarios del Estado, los que entraron en negocios, y los que no se atrevieron a cambiar el paso y siguieron como estaban: yo, el más vivo ejemplo.

Soltero. Tardes de cine. Aventurillas preparadas con chicas que saben lo que uno quiere. Viajes a Alicante en Intercity. Arroz a banda los domingos que pasaba en casa de mi madre. La Mancha, inmensa, ignorada, florida o cenicienta según la estación. A veces, me pasaba que al cruzar Toledo o Albacete no reconocía un paisaje, un recodo me parecía nuevo, original. Era un engaño de la imaginación, una trampa de la memoria.

Veía crecer las ciudades, los pueblos, construirse naves, factorías, puentes voladizos sobre pasos a nivel y carreteras que veinte años atrás eran una cinta estrecha de gravilla y alquitrán. Veía cambiar los cultivos en los campos, arrancar cepas, sembrar maíz irrigado a base de ruedas inmensas con cañerías móviles. Veía desaparecer lomas, levantarse caseríos de aire forastero, salir gasolineras como hongos, cambiar los tablones de las vías por viguetas de cemento, poner tendido eléctrico de Madrid a Albacete, de Albacete a La Encina, de La Encina a Alicante.

Era consciente de los cambios. No me perdía uno, estaba atento a ellos. Tenía que hacerlo para no quedarme atrás, para no volver al siglo XIX. Y de pronto, en una curva, un allozo, un almendro silvestre, o una tanda de olivos, me parecían otros. Yo sabía que eran los mismos que al ir o al volver la última vez. Pero tenía la impresión de verlos con ojos diferentes. ¿Era España o yo el que cambiaba?

Mucho y bueno habíamos cambiado.

Me había puesto al servicio de un antiguo compañero de colegio. Era empresario. Tenía una fábrica de vigas y de elementos de construcción en Arganda de Rey, y vendía mucho en la costa de Alicante. Ahora había invertido la dirección de mis negocios, de la Meseta al litoral.

Este hombre rico había entrado en negocios con otro viejo condiscípulo del colegio de frailes. Un tipo que era un alto cargo en varios ministerios. Probablemente era alto cargo en uno solo, pero su actividad frenética hacía ver que valía por cuatro o cinco altos cargos.

Entre los dos, y alguno más que nunca tuve interés en conocer, montaron un tinglado formidable. Varios tinglados. De uno de ellos, yo era testaferro. Me hice incluso del partido, porque el tinglado en cuestión era un instrumento financiero de la organización política del que, tangencial y privadamente, se beneficiaban otros.

Las razones de mi afiliación me las puso mi amigo muy a las claras. “Mira chaval, hasta ahora, hacer negocio era una exclusiva de las derechas. Los caciques, los industriales y los banqueros se han repartido hasta ahora la tajada. ¿Y sabes de dónde procedían todos? Del pueblo, y de los pueblos. Desde que Mendizábal expropió a los curas, en este país se ha ido haciendo rica mucha gente rústica y hortera, pero despabilada. El dinero y el tiempo les han hecho dignos. Pero el tiempo está ahora de nuestra parte, chaval. El tiempo, ahora, es nuestro, de la segunda oleada de hijos de rústicos, la clase media educada en colegios de pago. Hemos llegado. Nos toca renovar la sociedad. Es la ley de la vida, estamos mejor adaptados a la economía de mercado. ¿Te das cuenta?”

Yo no me daba mucha cuenta. Yo no sabía quién era ese Mendizábal, un amigo de Alberto Ullastres, sin duda, un tipo formidable que había sacado a España del siglo XIX gracias a un fabuloso Plan de Estabilización en los años sesenta, cuando en mi casa se comía media manzana de postre porque había que ahorrar.

V

Digo pues que el cambio fabuloso me bastó y aún me quedó sobrado. ¿Quién me iba a mí a decir que, a edad de cuarenta años, iba yo a tener un automóvil de inmensa cilindrada con aire acondicionado y teléfono? ¿Quién me habría vaticinado que compraría un piso en Ciudad Lineal?

Se espaciaron mis viajes, pero no variaron el recorrido. La incomodidad mayor era salir de la gran ciudad. Dejar Madrid era librar una batalla en una ciénaga, era ir desprendiéndose de un légamo con adherencias de gases tóxicos, de mentiras y de sueños. Dejaba atrás suburbios hacinados y con aspecto de haber sido víctimas de un ataque nuclear, factorías ruinosas, inmensos almacenes de chatarra, barrios cubistas con acacias raquíticas en alcorques destripados, alineaciones de torva frustración y aburrimiento. Decenas de quilómetros duraba el despegue de la mugre urbana. Los efectos de Madrid se dejaban notar en el paisaje como si por allí hubiera pasado un enjambre de forajidos.

Estos efectos alcanzaban más allá de Villatobas. En Corral de Almaguer empezaba la limpia y ondulada llanura. Después, la monotonía de los eriales, los cotos, los barbechos, y las anchas hojas de campo sembrado de trigo o de cebada.

De uno de estos viajes guardo un recuerdo extravagante. Fue en un bar de carretera o de estación de servicio, entre Mota del Cuervo, Las Pedroñeras o El Provencio. En tierras de Cuenca, en todo caso.

Entré a tomar un refresco, y me topé con el ejecutivo inquieto que me había enviado años atrás al siglo XIX. Estaba solo en una mesa, vestido con la misma elegancia forastera. Sobre la mesa había un bolso de mujer, y un abrigo de piel doblado en el respaldo de una silla. Yo pensé, es de la amante. No me cupo ninguna duda, ni me avergonzó ser temerario. No era intuición, era un hecho, lo estaba presenciando. Me acerqué a él, me planté delante de la mesa y me quedé allí, derecho, sin decir nada, esperando que él levantara la vista y me mirara. Quería que me reconociera. Pero cuando me descubrió, vi que sus pupilas sólo mostraban un brillo sordo de recelo por la presencia de un desconocido que le retaba en silencio. Por fin, después de un largo suspenso, le dije, “¿Qué, ha matado usted a su padre o a su madre? ¿Por quién se ha decidido?” En ese momento apareció la querida, una mujer a la que hacían muy alta los tacones. Pero lo más estupendo es que era mi antigua novia, la que me engañaba con el amo de la pañería de las Postas. Ella sí que se dio cuenta de que yo era yo sin ser el mismo, y tuve la impresión de que quería huir. Mas se contuvo con un esfuerzo notorio, se puso a mi lado, me cogió del brazo sonriendo, y me besó en la mejilla con naturalidad, como si se hubiera citado conmigo el día anterior. Estuve a punto de sentarme con ellos un rato.

Pero enseguida comprendí que no podría hacerlo porque yo había forjado aquella escena en mi adormilada cabeza.

Me desperecé con inquietud, pagué la consumición al mozo, y me volví a mi automóvil para seguir mi camino uniforme. Nada más entrar en el vehículo volví a sentirme seguro, dueño de mi amor propio. Yo había alcanzado a ser otro, un tipo afortunado, moderno, de su época. Había dejado atrás siglos de anacronismos.

Esa mudanza, que se advertía a todas luces en el coche de inmensa cilindrada y en el estudio-apartamento de veinte kilos, también había hecho mella en mi carácter y en mi suerte.

La esposa de mi amigo el empresario era una mujer joven, aun no había cumplido los treinta años. Era una chica desenvuelta, y sin preocupaciones para ganarse la vida. Como era persona activa y no quería sentirse una muñeca, se dedicaba al arte, quiero decir que recorría España visitando exposiciones y conociendo a artistas. Compraba muchos cuadros, y cuando hubo llenado las paredes de sus casas y un par de trasteros, tuvo la ocurrencia de hacerse marchante.

En esta idea estaba un día que yo tenía de asueto en Alicante. Me hizo acompañarla al salón espacioso de una caja de ahorros y me instruyó en pintura. Lo que colgaba de los muros me resultaba indiferente, eran cosas que yo daba por buenas merced al entusiasmo de mi cicerone, pero en las que yo veía poco mérito, que es lo que la mayoría busca en las obras de los hombres. Y sin embargo, yo estaba entusiasmado. Me sorprendía de mí mismo. Quizá lo culto es lo fingido, pensaba yo; muestras acuerdo con media docena de berzas en la excelencia de algo y empiezas a ser un iniciado.

Pero ni la mujer de mi amigo era una berzas ni yo fingía nada. Toda mi excitación estaba en sentir la compañía de la hembra, de aquella hembra. La conocía desde antes de casarse, y me costó admitir que, en secreto, incluso para mí mismo, la había deseado muchas veces.

¿Qué fue lo que hizo brotar en mi conciencia el querer oculto? No puedo saberlo. Sólo me percataba de que era otro, de que había cambiado. El mundo era ya otro. Y en este nuevo mundo todo era posible si uno se sabía procurar la astucia o la temeridad necesaria.

¿No hay sujetos que pasan más de un año dando vueltas a la tierra colgados de los cielos? ¿No hay gente que cruza el Polo Sur en trineos caninos por deporte? ¿No hay quien se aventura solo en el desierto, en la taiga, en el océano por ver si es posible llegar o por llegar primero? ¿No hay próceres millonarios que han salido de la nada? ¿No se desmoronan los sueños seculares de igualdad comunista en un plazo de meses? ¿No hay ancianos que rejuvenecen? ¿No hay mujeres imbatidas por la edad? ¿No hay sexo, dinero y poder a porrillo, al alcance de cualquiera? De cualquiera como yo.

Al abandonar la exposición, la mujer de mi amigo se colgó de mi brazo y, como dos novios, anduvimos por paseos y explanadas de magnolios y palmeras, a la vera del mar Mediterráneo, desde Benalúa hasta la estación del ferrocarril de la Marina.

Un mes después, tuve a aquella mujer de pasajera en el coche.

Durante largo rato no nos dijimos nada. Salíamos de Madrid como quien se va de un funeral. Mudos los dos, encerrado cada uno en sí mismo. Mi único pensamiento era qué podría hacer para seducirla. Esto, en otras circunstancias, lejos de ella, como propósito aplazable, me habría provocado risa o pena. Nunca llegué a tenerme por un badulaque en cosa de mujeres, pero mi experiencia siempre fue más bien corriente, y mis éxitos, encarrilados por las fórmulas y las situaciones previstas. Encima, jamás se me había ocurrido pretender a la mujer de un amigo. Mientras quedaban atrás los últimos eriales sembrados de papeles y de bolsas de plástico, reconocía que mi habilidad para el requiebro no daba para mucho.

Y sin embargo, una seguridad desconocida me lanzaba a empellones a seducir a aquella mujer. Tenía casi cuatrocientos kilómetros por delante para conseguirlo. Conducía tranquilo, casi con frialdad. Pero a la vez sentía la sucesión de mojones metálicos con miedo, los quilómetros se sumaban poco a poco y podría entrar en la desolación del suburbio alicantino sin haber hecho el intento.

Así que paré en una fonda para darme un respiro, y tomamos un desayuno.

Empezamos a hablar. Yo, con elocuencia apasionada, impropia, ajena. ¿De quién? Ella, con la desenvoltura cotidiana, con optimismo, con ingenuidad. Recuerdo que le dije, “Me gustaría haber tenido la suerte que tú has tenido”. “¿Qué suerte?”, se sorprendió. “No parece que tú estés en la miseria, ni tuerto ni lisiado”. Yo contesté, “Me refiero a tu juventud, a tu belleza, y a un futuro de prosperidad ilimitado”. Pero yo en realidad quería decir, me faltas tú.

Volvimos al camino. Y en medio de un campo seco, con parches de hierbajos y unas encinas gruesas dispersas aquí y allá, me acometió una súbita melancolía. Como si todo el cielo, de un zarco limpísimo, atravesado de cendales deshilachados, se me hubiera caído en el pecho como un turbión. La opresión fue tan violenta, que levanté de golpe el pié del pedal. El coche reaccionó como si le hubieran pisado el freno.

La mujer de mi amigo se volvió hacia mí con cierta alarma. Enseguida intuyó, estoy seguro, lo que pasaba por mí. También estoy seguro que me dio a entender algo sin despegar los labios, porque de otro modo yo no le habría hablado de aquella manera atropellada pero intuitivamente astuta. Fue esto lo que hablé: “Te voy a decir lo que yo envidio; echo en falta haber conocido una mujer como tú, en otro momento…Eso es lo que echo en falta, una mujer como tú. Pero, no me hagas caso”. Y aceleré, restablecido, recuperado el optimismo, descargado el fardo de mi melancolía. Tan vital me sentí que di unas palmaditas cariñosas en la pierna de la mujer. Lo hice involuntariamente, sin tener para nada en cuenta lo que puede transmitirse con un gesto.

Me estremeció notar que su mano se ponía sobre la mía y la sujetaba. Giré el rostro, volví a decelerar, esta vez pisando el freno, y la oí decir, “¿Y qué importa el momento? El caso es que me conoces”. Tanto lo deseaba que me pareció que se dirigía a otra persona, no a mí, un pánfilo con suerte.

VI

Aquella mujer me hizo descubrir que yo nunca había tenido novia. Mi relación con mi novia había sido biológica y social. Yo había actuado de acuerdo con mis inclinaciones y con el común consejo de las gentes. Pero no había estado enamorado de ella. Me había comportado con mi novia de un modo maquinal, obedeciendo a impulsos hormonales y copiando patrones de conducta. El poso negativo de aquella experiencia me ahorró nuevos posibles chascos y los quebraderos de cabeza del matrimonio inerte. Mis sentimientos amorosos permanecían incólumes en el fondo del vulgar lago de mi vida personal.

Por eso caló hondo aquella mujer en mí, me enamoré hasta honduras jamás sospechadas, porque nadie había bajado allí a removerlas. Me vitalizó, me sacó de mi inercia. Al tomar conciencia de estas cosas me sentía yo aún más a tono con la época. Todavía joven, cultivador del cuerpo y sus recursos, aprendí a vestir y a sacar hondo provecho a los ratos de pasión. Buscaba escenarios y tramaba historias de corte novelesco para alejar las sospechas del marido, mi amigo. Sólo ella superaba mi imaginación y mi desvergüenza.

Hubo momentos en que me atreví a aventurar, por deducirlo del osado desparpajo con el que mentía a su esposo, que me quería. Pero no me duraba mucho la ilusión. También me convertí en un tipo realista, al menos creía serlo. Tan seguro estaba de amarla sin freno como de lo efímero de aquel amor. Posiblemente la aguda conciencia de esto último desataba los arrebatos de mi atrevimiento.

Un buen día, empezó a preocuparme mi amigo. Me pregunté, con frialdad, si le estaba haciendo daño. También se lo pregunté a ella y me contestó que no, en tanto no se enterara. Luego, sentí celos de él, envidia, rabia, porque él la tenía siempre y yo a ratos furtivos. Me di cuenta de un hecho irónico: aquel rodeo dialéctico que empleé para seducir a la mujer de mi amigo, aquella confesión sustitutoria en la que yo echaba en falta la juventud y la hermosura, no eran ninguna celada sentimental para provocar su instinto protector. Eran verdades como puños.

Tan identificado llegué a estar en ciertos instantes con mi nuevo papel de hombre moderno, que pensé que quizá podía convencer a aquella mujer para que se quedara conmigo.

Y esta idea me llevó, por necesidades lógicas, a plantearme mi propia actitud ante los negocios. Hasta ese momento yo era un testaferro, un tipo sin poder ni voluntad. Para estar en condiciones de atraer a la mujer debía adquirir ambas cualidades. En los instantes de más exaltación de mi razonamiento, me veía como un héroe moderno. ¿No era ése el espíritu del tiempo? Triunfar, enriquecerse, poseer.

Sin embargo, a la embriaguez seguía una resaca lúcida. Me daba cuenta de que el sentido común era mi medio y mi salvaguarda, y que fuera de él, naufragaría. Así, de inmediato me apresaba la ira, ¿qué habría de hacer?, ¿renunciar a ella?

Entonces forjé el único plan sensato: atraerla al único terreno que pisaba yo con solidez, ofrecerle nada más lo que yo podía darle, lo que yo era de verdad, poca cosa, un tipo con frecuencia pusilánime. En el plan encontré argumentos de esperanza: para ella, abandonar a su marido y venir conmigo significaba una penitencia, un camino de renuncias. Si aceptaba, demostraría ser de una calidad digna del mayor amor, hasta de la locura y el disparate. En otras palabras, su aceptación me redimía, me renovaba, me daba alientos para llegar a cualquier parte, ya sin engaño, sin ocultarme detrás de ningún hombre fuerte o institución magnánima, sin doblez, sin inmoralidad. Ella me haría puro y fuerte. Sólo ella podía hacerlo.

También encontré en el plan una razón para el consuelo: si no lo aceptaba, mostraba la mezquindad de su alma.

Largas semanas de amarga incertidumbre me costó decidirme. Y cuando lo hice, exangüe, sin ser ni dueño de mis sentidos ni consciente de mis actos (sé que conducía mi coche de dos litros, pero no recuerdo por dónde), con una voz que debía sonar a ultratumba, ella me dio una respuesta inesperada. Me sonrió en silencio. Luego me preguntó si lo tenía claro. Y al yo reafirmarme dijo que mi propuesta era algo tan serio que merecía un plazo de maduración.

Durante unos minutos de atontamiento y gloria pensé que quizá se terminara viniendo conmigo. Pero enseguida el orden natural de las cosas se impuso y comprendí que este aplazamiento de ella era una artimaña para no defraudarme mirándome a la cara.

No me quedó más remedio que admitir lo que ella no se atrevía a decirme.

Se me vació el aliento. Me quedé sin vida. Pensé que morir era el mejor remedio. Imaginé: le dejaré una carta, para que sienta mi muerte. Quería hacerle daño.

Así fue como me desvié, por vez primera y última, de mi camino secular y fui a parar a mi actual destino.

Una mañana de invierno, en Albacete, me equivoqué de salida en la autovía, y no me molesté en rectificar. Dejé que el coche se dirigiera solo. Atravesé llanuras que me parecían interminables, pasé por poblaciones de nombre sonoro, que hasta ese momento sólo había visto en el mapa: Barrax, Munera, Lezuza, El Ballestero. Los panoramas a veces se hacían tumultuosos, me metía en vaguadas, en barrancos secos. Veía a los lados de la carretera densos bosques de encinas, olivares profundos, filas de álamos deshojados, tremendos, como esqueletos oscilantes plantados a la orilla de riachuelos. Veía caseríos blanquísimos, montoncitos puntiagudos de piedras que se llaman majanos en mitad de hazas rayadas por surcos infinitos. Pero no veía a nadie. Sólo yo y el paisaje desnudo, intemporal. Me habría creído en otra época de no ser por la cinta de la carretera, asfaltada con irregularidad y salpicada de baches. En una estación de servicio, se me acercó una muchacha y me pidió que la llevara a no sé qué lugar. La dejé subir. Me dijo su nombre: Llano de la Contemplación.

Si tuviera necesidad de describir a la muchacha aquella, me vería en un brete. No puedo recordar nada de su apariencia, como tampoco sabéis vosotros nada de la mía. Pero sus palabras sí que puedo oírlas aún, como si las conservara en el rodillo metálico de un viejo gramófono.

Me contó que se sentía una sombra, que recorría el mundo como una sombra saltando a través de épocas y lugares sin parar en ninguno de ellos. Dijo que era su forma de vida y que le hacía encontrarse muy a gusto, porque de tanto vagar iba perdiendo los rasgos personales de su conciencia, y que no siendo nada, uno lo es todo, no se padece y se aproxima uno a la verdad. Yo le dije que también a mí me gustaría hacer lo mismo, y ella se burló, porque esas ideas las confiesan todos los seres humanos, pues saben que no las llevarán a cabo nunca porque son inconvenientes. Dijo, “Con este coche no llegarías muy lejos vagabundeando”. Yo repliqué que me parecía lo contrario, siempre que el depósito llevara carburante. Ella me dijo, “No, solo y desnudo se va por muchos más caminos”.

Esta conversación llena de ambigüedades, distraía mi dolor, y así continuamos hablando largo rato. Le pregunté que a dónde tenía que llevarla y me dijo que le bastaba acompañarme, que no me preocupara que ya se saldría del cuento. Esto último no lo entendí. Quiso saber quién era yo, y le conté que un hombre moderno de un país de la Comunidad Económica Europea, antes Mercado Común, medianamente situado, nada culto e interesado en vivir lo mejor posible. Pensaba que estaba haciendo mi retrato. Me preguntó si también era demócrata, le dije que sí, pero no entusiasta de la acción política, más bien observador. “¿Por qué quieres saberlo?”, dije. “Es por algo que me intriga, no sé qué es la democracia; y si la democracia es la raíz de los tiempos modernos, mientras no la comprenda, no entenderé los tiempos”. “Fíjate en los hombres”, le indiqué disfrutando de aquellos momentos de exaltada lucidez, “no en sus quimeras; es el hombre el que hace al dios, no el dios al hombre; bueno, eso es lo que yo creo”, vacilé, porque no estaba seguro de haber expresado bien esta idea prestada. “Pero es que los hombres, me dijo, han sido siempre iguales, y no tienen traza de cambiar; lo que no entiendo es por qué tienen en tan gran lugar a la democracia, si no es más que un mito del presente. Quizá no dure mucho. Quizá”, concluyó la chica, “se inventará otra cosa”.

Sin darme casi cuenta había ido entrando en una nube baja que poco a poco se fue espesando. Durante un corto trecho callamos los dos. Luego quise volver a hablar, pero no encontré nada valioso que decir y opté por no romper aquel grato silencio.

A medida que me iba metiendo en la niebla, notaba que perdía mi asidero de las cosas. En lugar de conducir mi coche de decenas de caballos, parecía que me arrastraba un aire muy liviano, pero de fuerza ingobernable. Pronto dejé de ver cosa que no fuera una blancura densa. Ni mis manos alcanzaba a distinguir con los ojos y tampoco las sentía. Me percibía yo, entero, pero avanzando hacia lugares imposibles. Tampoco veía a Llano de la Contemplación. Había dejado de preocuparme la humana compañía. En esto noté unos golpes bajo mis posaderas, como si el vehículo hubiera perdido los amortiguadores, como si viajara en un carro. La niebla desapareció de golpe.

Frente a mí, vi a un tipo estrafalario subido en un caballo viejo. Venía armado de armas desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete de cuero, y una burda celada por montera. Parado en su jaco famélico, dijo el espectro:

– ¿Adónde váis, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?

En efecto, vi que yo iba subido a un carro tirado por mulas, que transportaba un gran cajón de madera muy basta. De carrero iba un hombre que explicó a la aparición que llevaba dos bravos leones del general de Orán para su majestad el rey. Y el sujeto de la lanza y la adarga volvió a hablar, sonriéndose un poco:

– ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos y a tales horas?

Y el tipo, inflado de un valor demente, instó a que se le soltaran los leones, que él daría cuenta de ellos por no sé qué caballerescas razones, y en favor de cierta hermosa dama suya que habitaba en El Toboso.

Pasada esta aventura, dicha de los leones, y que yo encajé del mejor grado, aunque no exento de una perplejidad muy suave, se me tornó a borrar el escenario y los actores, y no volví a distinguir algo sino al cabo de un rato. Mientras llegaba ese momento de la claridad, escuché decir a un hombre sensato, todo vestido de camuza verde, (cosa que sabía, pero que no podía percibir): “Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis dos hijos, y con mis amigos”.

Se entretuvo en detallar sus aficiones, y terminó diciendo:

“Ni gusto murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día, reparto mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de buenas obras por no dar entrada en mi corazón la hipocresía y la vanagloria”.

Todavía dijo algunas cosas más el caballero del Verde Gabán. Pero con eso me bastó para saber que por fin había mudado de época. Y según pronto supe, atrapado entre libros viejos, que después se han dado en llamar clásicos.

Por eso empecé esta historia advirtiendo que mi destino ha sido sobremanera chocante. Un tipo casi analfabeto, como yo, he acabado saltando de una fábula a otra como la sombra de una mirada, como Llano de la Contemplación. Me veo unos días entre rimas de Garcilaso, otros en la prosa castiza de Hernando de Rojas, o me voy más atrás en los siglos y paseo por la sierra de Guadarrama en compañía del Arcipreste y una moza garrida. En fin, voy donde me lleve esta biblioteca sin estantes que es la imaginación y el pensamiento, de la cual todos los seres humanos sacan gusto y provecho. Sé que nunca viviré de nuevo dentro de mi piel y alrededor de mis vísceras. Pero no me preocupa. Creo que jamás nadie tuvo mucha consideración por mí, cosa que tampoco me importó. Porque, ¿quién no se transforma en pura ficción al cabo de los siglos, si logra sobrevivir a la memoria de su tiempo? Todo es impresión, nada es certeza.

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