Pluto-Cracia Pentación

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Gurrruchaga-Pluto
Gurrruchaga-Pluto

Anoche (22 de agosto) estuve en el Teatro Romano de Sagunto como espectador de una versión de “Pluto”, una de las obras más célebres del poeta griego Aristófanes (s. V y IV antes de nuestra era). Las gradas estaba a reventar de un público variopinto que celebró las vulgares ocurrencias de los actores.

Eran nueve intérpretes televisivos con la suficiente profesión a las espaldas como para salvar una pieza clásica despojada de sus virtudes artísticas y transformada en un vodevil arrevistado, impropio de un Festival de Teatro Clásico como el de Mérida, que ha coproducido el bodrio (el festival de Sagunto es ahora un batiburrillo sin personalidad).

(La fotografía está tomada de la publicidad de la obra en la Red)

El responsable final del estropicio es Pentación. Estropicio deliberado, claro. No es aventurado figurarse el razonamiento de los ejecutivos de Pentación: “Oye, tío, se me ocurre que preparemos algo fuerte para colocarlo en uno de esos festivales de verano que nos son tan propicios. Teatro Clásico, por ejemplo, Aristófanes, que era un guarro. Le damos la vuelta, metemos alusiones picantes oportunistas y mencionamos a la puta crisis, contratamos a un músico popular y pegadizo y a unos cuantos actorcillos de series de la tele. Éxito asegurado, un pelotazo, tío, ¿verdad? Una idea cojonuda.”

Desde luego, ha funcionado. El olfato y la cuota de mercado de Pentación son indiscutibles.

Pero el “Pluto” dirigido por Magüi Mira en versión de Emilio Hernández no tiene nada que ver ni con el de Aristófanes ni con el teatro clásico.

Que sea un bodevil arrevistado no desmerece a ninguna obra concebida como tal. La estafa es presentar como un trabajo escénico clásico algo que no lo es. Pero la impostura es el signo de los tiempos. Si la medida del éxito son las carcajadas del publico cada vez que un actor suelta un taco o alude en solfa la corrupción política, el “Pluto” de Pentación fue un taquillazo. ¿Tiene esta medida algo que ver con el teatro clásico? Ni siquiera “La Venganza de don Mendo”, que es una parodia de Lope de Vega o de Tirso de Molina, se aproxima a los abismos de vulgaridad del falso “Pluto” de Pentación.

Otra martingala de los productores de la pieza es el aprovechamiento espúreo que hacen de la propuesta moral de Aristófanes. Aristófanes era un partidario del sistema aristocrático y enemigo de la democracia ateniense, un conservador suelen decir los cronistas. Caso parecido al de Muñoz Seca, que acabó su vida frente a un pelotón de fusilamiento republicano por ser de derechas; peor suerte que la de Aristófanes, que fue perseguido por Cleón, uno de los demagogos partidarios de la guerra con Esparta. Aristófanes salvó el pellejo, pero sufrió los embates de la democracia ateniense (solo algo que ver con la democracia burguesa), ofendida por quienes se oponían y se burlaban de sus designios imperialistas en el Egeo.

Muy representadas en la modernidad han sido “Lisístrata”, “La paz” y “Asamblea de mujeres”. En todas ellas Aristófanes pone en tela de juicio las razones y las consecuencias de la guerra del Peloponeso, que acabó perdiendo Atenas y sumiendo en la miseria a la mayoría de sus habitantes. La visión de Aristofanes es conservadora, pero conviene afinar el término para no confundirse, porque las versiones modernizadas de las obras citadas se han hecho siempre en defensa del pacifismo, del pueblo, del progreso, etc. Todo esto era ajeno a Aristófanes. La paz era el sentido común, que en aquel momento defendía la aristocracia. Los belicistas eran los que se estaban enriqueciendo con el imperio ateniense, que explotaba sin piedad a sus colonias. Los belicistas eran los demócratas.

Por eso los versionadores de este “Pluto” y de otras obras polémicas de Aristófanes aprovechan la circunstancia propicia de nuestro tiempo, y transforman en mensajes de izquierda el sarcasmo del griego hacia la codicia y la corrupción de sus democráticos políticos. Los conceptos parecen encajar, pero no se corresponden. A no ser que se intente conducir a los espectadores de hoy a la conclusión de que la democracia es una farsa.

¿Cual es la alternativa de los versionadores? Porque alternativa tiene que haber. Aristófanes, como todos los comediógrafos de su tiempo, lanzaba mensajes morales, políticos, ideológicos: la democracia es una patraña que os lleva al matadero, el gobierno de los aristócratas es mucho mejor, porque los ricos no necesitan hacerse ricos, no se meten en guerras innecesarias y no engañan al pueblo.

Hubo varios momentos en el desarrollo de la obra en que pensé que iban a hacer un juego de palabras con el verbo poder. El coro reclamaba la redistribución de la riqueza, la erradicación de la pobreza. Quizá los versionadores pensaron que si sacaban a colación algo así como “¡Podemos hacerlo!”, a alguien de quienes deciden la contratación en los festivales les podía molestar.

Además, es importante considerar la moraleja de Aristófanes: el dinero no hace mejores a las personas, las vuelve codiciosas; los pobres son más felices que los ricos. Los discursos de los personajes que defienden este punto de vista están distorsionados, me refiero al tesorero y al sacerdote, que son taimados y corruptos, pero defienden la virtud ideal de la casta dirigente. Aristófanes habla por su boca.

Cierro mi iracunda perorata con el reconocimiento al trabajo de los actores. Gurruchaga está en su papel como Pluto y la Pobreza, disfruta con ellos. Marcial Álvarez, como el campesino bondadoso Cremilo; Jorge Roelas, como su esclavo Carion, y Toni Misó como formidable Blepsidermo, otro de los campesinos afectados por el dinero milagroso hacen interpretaciones muy dignas, y además cantan bien. Ana Labordeta, como Praxágora, la esposa de Crémilo, entona bien las peroratas que los versionadores han tomado de “Lisístrata” y de “La asamblea de las mujeres”. Sergio Otegui, como tesorero chulo y resentido, demuestra su profesionalidad, aunque es víctima del exceso de los diseñadores pentacionistas, empeñados en mostrarle desnudo con un falo postizo (cabe advertir que el falo, en la Grecia Clásica, era un objeto doméstico y estereotipado, como hoy puede ser la miniatura de una bailaora, de un toro o de la catedral de Burgos). Juan Meseguer, el sacerdote, también está a la altura de la farsa. Cayetano Fernández, como Prostituto, bien. Y Marisol Ayuso demuestra que es capaz de cantar y de actuar.

El retorcimiento crematístico de Pentación se hace evidente en los saludos finales, en los que Marisol Ayuso aparece como actriz principal, por delante de otros que tienen mucho más papel y mérito actoral que ella (en esta obra). Todo porque su imagen televisiva se supone que vale más que la de sus compañeros. En fin, la plutocracia de Pentación domina el triste panorama del teatro español. No es la única, pero sí quizá la más escandalosa. En detrimento de cientos de compañías que hacen teatro contemporáneo y clásico con verdadero mérito y esfuerzo, pero no tienen amiguetes programadores.

 

 

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Un comentario sobre “Pluto-Cracia Pentación

    Antonia Bueno Mingallón escribió:
    23/08/2014 en 13:59

    Magnífica reflexión. Ojalá todos nos atreviéramos a decir en voz alta lo que pensamos y no limitarnos a cuchichearlo por los pasillos. Otro gallo nos cantaría.

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