CALLEJÓN SIN SALIDA (II)

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Observó bien, y confirmó que todos los pasajeros eran vagabundos cargados con maletas de piel de cocodrilo, pelo largo, etc.. Y lo más inquietante es que todos eran iguales, una colección de vagabundos, una caja rodante de vagabundos de plomo salidos de un molde, incluida su pesada maleta de piel de cocodrilo y el salakof. Los emigrantes y los jóvenes juerguistas habían desaparecido. “Quizá me haya quedado dormido, y el pasaje haya cambiado mientras tanto”, razonó N.R.I. Decidió salir de dudas, y se dirigió al vagabundo que estaba sentado a su lado.

—Huele usted a colonia de marca —se escuchó a sí mismo. Y pensó, o estoy soñando otra vez o me encuentro en un estado alterado de conciencia.

—Hasta los 25 años, yo era un hombre de éxito —replicó el vagabundo, quizá para justificar su aroma inapropiado para su condición miserable–. A aquel joven le sonreía la fortuna. Pero un día me perdí. Me perdí por no seguir un camino hasta el final. Mi suerte se disipó como una gota de agua oxigenada en un océano. ¿Y sabe por qué no quise llegar hasta el final de aquel camino?

N.R.I. desencajó las pupilas dando a entender que le importaba mucho saberlo.

—Porque era un callejón sin salida.

—¡Porque era un callejón sin salida! —repitieron al unísono los vagabundos gemelos que ocupaban los asientos y el pasillo del autobús.

—Así que cambié de forma de ser. Decidí que siempre llegaría hasta el final de todos los caminos con los que me encontrara, aunque fueran sin salida.

—¡Siempre hasta el final! —repitió el coro.

—¿Y sabe qué?

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? —fueron preguntando todos y cada uno de los vagabundos con maleta de piel de cocodrilo y sombrero salakof agolpados en el vehículo, estirando a su vez el pescuezo en una coreografía de opereta.

—¿Quééééé? —concluyó N.R. I.

—Que desde entonces jamás me he encontrado en un callejón sin salida.

—¿Quieren ustedes decir que recorren el mundo en todas direcciones, sin preocupaciones ni angustias, entregados a la voluntad de las circunstancias?

—No diga disparates —replicó el vagabundo más próximo.—Las circunstancias carecen de voluntad. Y atienda a su teléfono móvil, que está sonando.

Era verdad. N.R.I. se palpó la chaqueta hasta dar con el bolsillo en el que había guardado el móvil, lo extrajo y miró en la pantallita el origen de la extemporánea llamada. Se estremeció. Incluso llegó a erizársele el vello de los brazos.

—¡Responda! —le urgió el coro de vagabundos.

N.R.I. presionó la tecla con el auricularcito verde y aplicó el móvil a su oreja izquierda. Escuchó una voz masculina:

—Le habla su asesor vital…

Le contó lo conveniente que sería para él cambiar de forma de vida, le dio los consejos precisos para hacerlo, sugiriéndole apretar determinadas teclas numéricas.

—Presione 1 para salir del callejón sin salida. Presione 2 para continuar en él cómodamente. Presione 3 para situarse en el sillón X de la Academia. Presione 4 para convertirse en su animal favorito. Presione 5 para regresar al estado de O.I. Presione…

N.R.I. cortó la comunicación, aburrido por aquella sucesión de posibilidades que podía ser infinita. Guardó el móvil en otro bolsillo diferente a aquel del que lo había extraído, y al fijarse de nuevo en el autobús comprobó que había dejado de ser periférico, y era uno municipal, precisamente aquel en el que solía dirigirse a diario a la oficina de patentes en la que trabajó en otro tiempo.

Pero no iba a la oficina de patentes, volvía de ella. Y a su lado se sentaba su difunta novia, vivita y coleando, con la misma apariencia de la última vez que la vio antes de dejarle. Buscó su imagen en la ventanilla, y se descubrió varios años más joven. Presa de una tremenda angustia, preguntó a la muchacha:

—Me vas a dejar, ¿verdad?

En la mirada de ella halló la respuesta. La chica bajó los ojos y se mantuvo muda.

N.R.I (u O.I.) se levantó del asiento y se precipitó hacia la puerta del autobús, que estaba ya cerrándose. Se apeó de un salto y corrió hacia un kiosko de periódicos para conocer la fecha del día. Efectivamente, correspondía a su juventud. Perplejo, se dirigió a su casa (a la del N.R.I.) para realizar la última comprobación. Si los hechos confirmaban sus sospechas, debería pensar que por alguna increíble razón había retrocedido en el tiempo. ¿Implicaría también que su futuro (es decir, su pasado) sería el que había vivido y que sólo tenía que esperar la sucesión de los acontecimientos?

El domicilio de N.I.R. resultó ser un solar entre dos edificios.

Nada más llegar a su casa (la de sus padres, que en aquel momento se hallaban ausentes) escuchó el timbre del teléfono, colgado a la entrada del pasillo. Lo descolgó. Era su novia.

—¿Qué te ha pasado, cariño? ¿Por qué te has bajado de golpe del autobús? Estoy preocupada por ti. Sabes que te quiero con toda el alma…

—Entonces, ¿no me vas a dejar?

—Pero de dónde has sacado esa idea, cariño.

—¿No vas a hacerte prochina?

Entonces, tuvo una idea.

—Llámame al móvil, por favor.

—¿A qué?

—Al móvil.

—No sé qué es el móvil. ¿Te pasa algo?

—El teléfono móvil, el celular, el…

—¿De qué estás hablando?

Entonces lo comprendió todo. (¡Qué horrible frase!, pensó)

—De nada. De nada. Me he equivocado de tecla. No he apretado la tecla de colgar, sino el cinco. No tenía que haber respondido a la llamada. No tenía que haber escuchado a aquel robot. La tecnología es una magia mala. Tengo que buscar a un mago de carne y hueso.

(Fin de “Callejón sin Salida)

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