CALLEJÓN SIN SALIDA (I)

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IMG_0172Un O.I., Oscuro Intelectual, que jamás había podido vivir de sus penosamente adquiridas facultades, y trabajaba en cierta oficina de patentes, obtuvo a sus treinta y tantos años un premio de ensayo y en seguida otro de novela, tras acudir a cierto mago. Se lo había recomendado un antiguo compañero de colegio que suspendía sistemáticamente curso tras curso, y que había hecho luego una carrera meteórica en la empresa privada.

Gracias al dinero que recogió, se tomó unos meses de excedencia para preparar nuevos ensayos y nuevas novelas. Sólo tenía que abrir un cajón de su escritorio y seleccionar entre los miles de apuntes almacenados sin orden ni concierto a lo largo de su vida.

Diarios y semanarios empezaron a solicitarle artículos bien pagados. Le llamaron de algunos programas de radio y de televisión como contertulio ocasional. Le invitaron a cursos de verano, a seminarios de invierno, a conferencias de otoño y a mesas redondas de primavera, todo retribuido según tarifas de N.R.I. Nuevo y Reconocido Intelectual.

Merced a su previsión, es decir, al desordenado almacén de su escritorio, se encontró con que podía atender casi todas las demandas. Tenía material para un año de tertulias y para varios años de artículos. Incluso podía redactar pequeños ensayos de medio fondo con los que cimentar más aún su prestigio en foros subvencionados con dinero público. Habían sido lustros de recortar, de apuntar, de escudriñar en archivos y bibliotecas.

El reconocimiento del que era objeto y las compensaciones pecuniarias que recibía a consecuencia de él, le decidieron a despedirse de la oficina de patentes. Uno de sus nuevos amigos intelectuales le aconsejó que se buscara una asesoría, queriendo decir que utilizara su inesperada influencia en la esfera de la cultura para situarse en el departamento de comunicación de una gran empresa, o como esbirro literario de una gran editorial. Pero el V.O.I., Viejo Oscuro Intelectual, rechazó la recomendación con repugnancia. Puesto que la Fortuna le había sonreído, deseaba ser libre mientras pudiera. “La libertad del intelectual es algo tan frágil como una cristalería de Bohemia”, dijo su nuevo y resabiado amigo. “La vida ha dejado de ser para mí un callejón sin salida”, replicó el Nuevo y Reconocido Intelectual. “Cada vez que llego a un cruce de calles, me asomo a todas, descubro la que no tiene salida, y tiro por cualquiera de las otras. Me he hecho un experto”, sentenció.

El Viejo Oscuro Intelectual (V.O.I.) se sentía tan a gusto como Nuevo y Reconocido Intelectual (N.R.I.), que se dejó llevar por la corriente del poderoso río de la cultura, como si fuera un arroyuelo plácido, a bordo de la frágil canoa del prestigio y el mérito.

Un día, al cabo de los años, se notó algo melancólico. Regresó al brujo, que le hizo un sortilegio, y se le pasó la murria. Pero después de varias semanas, volvió a sentirse melancólico, y en lugar de recurrir al mago, dedicó un rato a examinarse. No tardó en entrarle un miedo racional. Dijo en voz alta, “Se me va a acabar la suerte”. Y como suerte rima con muerte, se le ocurrió que hasta a lo mejor le daba un ataque al corazón o una apoplejía, porque cada vez trabajaba más, su cerebro era una colmena de ideas, compromisos y ocurrencias, que trataba de solventar dedicando más tiempo a estar sentado ante el ordenador y trasnochando con otros N.R.I., Nuevos y Reconocidos Intelectuales como él.

Cierta noche soñó que su primera novia, que le abandonó para hacerse marxista leninista pensamiento Mao Tse-tung, había resucitado. Aquella chica había muerto en un incendio provocado por ella misma al quedarse dormida mientras fumaba. El joven abandonado, entonces solo aspirante a O.I., no sintió la más mínima aflicción por la desgracia. Esto le sorprendió, pero nunca llegó a preocuparle. Interpretó aquella muerte como fatídico castigo al abandono.

El sueño consistía en que la primera novia regresaba del más allá e intentaba convencerle de que le seguía queriendo, que le había abandonado por prescripción doctrinal; al hacerse marxista leninista pensamiento Mao Tse-tung había transformado sus sentimientos en mecanismos de acero inoxidable, propios de la mujer maoísta-bolchevique. El derrumbe de las ideologías revolucionarias la había liberado de la maldición, se había convertido en una mujer independiente; y puesto que no podía regresar a la vida, algo jamás experimentado, le pedía que se uniera a ella en la muerte. La muerte era un teléfono móvil, a través del cual, al parecer, estaba hablando con su primera novia, aunque ella estaba presente. Entonces el móvil empezó a sonar, y al intelectual de éxito le sobrevino un pánico que le despertó, ahogado en sudores y en una taquicardia.

Era un ataque de ansiedad. Lo había sufrido antes. Había adquirido algunos recursos para no dejarse conducir por él a las urgencias de un hospital como una vergonzosa piltrafa. Pero por si acaso, buscó en la mesilla de noche un tranquilizante de baja intensidad. Sólo le quedaban somníferos y ansiolíticos demasiado potentes para una simple pesadilla. Se levantó con el propósito de hacerse unas hierbas calmantes. También se le habían acabado. Insomne, alterado, recordó el consejo de un terapeuta barato: si no puedes dormir, sal a la calle, coge un autobús, zambúllete en la madrugada, y aguanta hasta la noche siguiente.

Antes de vestirse telefoneó a su ex compañero fracasado de colegio, ahora ejecutivo triunfador, y un contestador automático le informó que el andoba estaba buscándose a sí mismo en un valle del Himalaya. Insatisfecho, se vistió y se encaminó a la parada más próxima del autobús nocturno. Se trataba de aguantar otras veinticuatro horas. Luego, podría salir del callejón.

Era una línea que le llevaba a las afueras de la ciudad. En otra época, cuando era un simple O.I. empleado en una oficina de patentes, náufrago en una sociedad a la deriva (esta imagen le desasosegó por su vulgaridad literaria, pero también porque figurarse en un océano lleno de horteras arrastrados por la corriente era muy poco oportuno para su estado de ánimo aquella noche), los autobuses que salían de la ciudad no pertenecían a la E.M.T., eran de color verde, tenían números altísimos, y se llamaban “líneas periféricas”. “¿Es conveniente que vuelva a la periferia, después de habitar en el meollo de la sociedad desde que soy un N.R.I.?” No era un regreso metafórico, aunque a primera vista sonara que sí. Era un regreso físico. El autobús nocturno le sacaba de la ciudad dormida. Le sacaba del callejón.

El vehículo estaba lleno de emigrantes, de algunos adolescentes juerguistas y de un vagabundo cargado con una maleta de piel de cocodrilo, pelo largo y sombrero salakof.

Esto le pareció a N.R.I. una incoherencia. El autobús no podía “estar lleno de un vagabundo”, incluso aunque estuviera cargado de una maleta de piel de cocodrilo, y llevara un salakof sobre una larga melena.

(Ir a II Parte)

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