UN SACO DE MILLONES (y IV)

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(Cuarta y última parte de Un Saco de Millones)

Durante horas bogué a la deriva, como un náufrago en un océano de sueños. Recorrí mi vida entera. Se me presentó mi difunto padre. Y mi mujer, a los veinte años, en una circunstancia feliz, cierto viaje a Tubinga, donde hicimos el amor tres veces seguidas en una pensión de cuento de los hermanos Grimm. Mis hijos, aprendiendo a montar en bicicleta… Y al final, el Vampiro, con las fauces abiertas, sobrevolando los hotelitos en mitad de la noche, y arrojándose sobre Isabel, acostada a mi lado. Yo la tapaba con mi cuerpo, y sentía los colmillos del bicho en mi nuca. Me hicieron daño. Era el estallido de una de mis neuralgias.

Me despertó la urgencia inaplazable de ir al baño. Pero aún con la conciencia enredada en un sueño obsesivo: una mezcla de ángeles y demonios; no, una lucha entre santos y criminales; tampoco, una confusión entre el Bien y el Mal… Una mano invisible escribió “Maurits Cornelis Escher” en mi mente. Luego se puso a dibujar uno de esos grabados en los que un ser se transforma en otro a lo largo del papel, sin que a primera vista se perciba el cambio. Entonces sonó mi móvil.

─¿Ya te has despertado? ¿Estás bien?

─¿Yo?… Sí ─mentí ─. ¿Por qué?

─Te has agarrado un pedo de campeonato.

─Lo sé. Lo necesitaba.

─Eres un hombre débil, Hermenegildo. ¿Quieres que me acerque?

Habría querido decirle todo lo que la despreciaba, pero una vez más me faltó valor. Le di las gracias, y le aseguré que no hacía falta, que estaba sólo un poco atontado.

Me asomé a la ventana del cuarto de baño. La luz de las farolas, invisibles tras los árboles, distribuía un resplandor irregular sobre los jardines y los hotelitos. El de al lado tenía algunas ventanas iluminadas.

La casa de Isabel. La casa de Isabel y de Pablo. ¿Quién fue el idiota que los había presentado? ¡Yo! ¡Yo mismo! El mayor desprecio no debía dirigirlo hacia mi mujer, Helena, sino hacia mi estupidez.

Isabel había sido alumna mía en la facultad. Y ese chisme de que yo había intentado ligármela era verdad. Yo hacía oídos sordos porque no lo había conseguido. La chica buscaba orientación. Y me había ofrecido a dársela. Le había enseñado a expresarse como una académica. Decía “imaginario colectivo”, y había aprendido a desdeñar el poder sin apartarse de él. Por un tiempo, yo había soñado que aspiraría a una ayudantía en el Departamento. Pero, no. Se enamoró de Pablo, el hermano de mi mujer, Helena, y se casó con él, que le sacaba más de diez años. Esto me consumió. Había estado a punto de llevármela a la cama. Si no hubiera sido tan pacato, lo habría conseguido. Aunque lo cierto es que me dio miedo de que alguien se enterara y lo utilizara en mi contra en el departamento. No soy un valiente. No se puede ser valiente y director de un Departamento en la Universidad.

Me busqué una poltrona política para ahogar mi miseria, sin calcular que me metía en otra mayor. Advirtiendo mi ingenuidad, me montaron un pufo de sexo, dinero y soterrada violencia. Me sobraban argumentos para denunciar a los prevaricadores, gente barriobajera que no quería desaprovechar la oportunidad de hacerse ricos, pero volví a la facultad con una mancha de oprobio en la solapa. Para mi sorpresa, me acogieron como el paradigma de la honradez. Decidieron que los prevaricadores eran agentes de la oposición. Nadie lo creyó, pero sirvió para cerrar el expediente.

Un día no pude más y me presenté en casa de Isabel, en una de las ausencias de Pablo. Supliqué. Me puse de rodillas ante ella. Sacrifiqué mi prestigio y mi vergüenza. Le dije que si Pablo no hubiera sido un amigo de colegio, una parte de mi biografía no académica, no me habría atrevido a sincerarme con ella; pero que esperaba que la mujer de mi mejor amigo entendiera mi pasión, que dos hombres compartiendo a una mujer no era sólo una película o un sueño.

Al principio, Isabel me dirigió una mirada de desconcierto. Luego, sus pupilas adquirieron una extraña inteligencia. Por fin, desprendieron un brillo de conmiseración. Me sentí un gusano, una rata. Comprendí que Isabel era mucho más sagaz, mucho más brillante y profunda que yo. Brotó de mí un odio ingobernable.

Volvió a sonar mi móvil. Me lo puse en la oreja sin dejar de mirar las ventanitas iluminadas del hotelito de Pablo e Isabel. Era otra vez Helena.

─¿Estás mejor? ¿De verdad que no quieres que vaya?

─¡Que, no! ¡Que no hace falta!

─Te lo agradezco. Estoy a punto de cerrar el trato. Quiere que cenemos juntos. Le he avisado que tú no puedes.

¿Por qué no se lo decía? ¿Por qué no le escupía mi auténtico pensamiento? Al fin y al cabo, los hotelitos eran de ella y de su hermano. ¡A mí qué me importaba! ¡Que cenara Helena con hienas y con especuladores! ¡Me daba igual!

─Entiéndete con él, Helena. Yo no puedo articular más de diez palabras coherentes. ¿Lo sabe Pablo?

─¿Mi hermano? –No había sido una pregunta retórica, sino una lamentación –. Le voy a dejar en el jardín un saco de millones…

─¿E Isabel?

─Es Isabel quien va a convencer a Pablo.

─¿Por qué?

─ Hermenegildo… ¿estás todavía borracho? Esa mujer te desprecia. Sabe que la mejor forma de que la dejes en paz es mudándose al otro extremo de Madrid.

─Helena ─ dije con voz cavernosa.

─¿Qué?

─Métete en tu inmenso culo tus hotelitos y tu saco de millones.

─Sí. Estás borracho… Tómate un Optalidón y vuelve a acostarte. No tardaré.

Aturdido, me dejé caer en la tapa de la taza del váter. Deposité el teléfono en una repisa, y de pronto se puso a reírse de mí, desplazándose como una cucaracha coja por la superficie de mármol. Atrapé al bicho.

─Soy Modesto. ¿Te ha llegado el manifiesto por email?

─No he abierto el correo. Pero, no te preocupes, lo firmaré.

─Tienes voz de cazallero, Hermenegildo.

─Estoy resfriado. Tengo la cabeza como si me fuera a estallar.

─Pues cuídate, chaval, mente preclara.

─Lo soy. Lo voy a demostrar.

─¿Qué dices? ─preguntó Modesto despistado.

─Que lo voy a demostrar.

─Ah. Vale… Te veo mañana en el despacho.

No me tomé la molestia de desconectar el móvil. Levanté la tapa del váter y lo dejé caer. Tiré de la cadena, pero el aparato se mantuvo en el sifón. Lo cogí con la mano, abrí la ventana del baño y lo arrojé hacia el hotelito de Pablo e Isabel.

Me duché, me afeité, me vestí la toga y el birrete de las grandes celebraciones. Cogí un cuchillo jamonero sucio de grasa al pasar por la cocina, y me lo intenté guardar, pero no cabía en ningún bolsillo. En la calle, delante de la verja, blandí el cuchillo, nada seguro de lo que sería capaz. Lo cogí como un florete, y empecé a asestar estocadas en el aire. Con mi toga y mi birrete de ocasiones académicas descollantes me imaginaba un mosquetero vengador. Hasta que, súbitamente, desfallecí.

Me sentí ridículo. ¡Jamás lo haría! ¡Jamás clavaría aquella hoja en la carne odiada y deseada!

No percibí la llegada del animal. Sus zarpas acolchadas no emitieron ningún ruido. Saltó sobre mí, como solía hacer con los transeúntes descuidados, babeando cariño. Se llamaba Sultán. Pertenecía a un vecino que acababa de mudarse.

Protegiéndome de un modo instintivo, levanté la mano con el largo cuchillo. Noté el empujón del morro en mi muñeca, pero no advertí el corte de la hoja. Caí al suelo empujado por el peso del mastín. Y advertí sus fauces húmedas delante de mi cara.

─¡Qué haces! ¡Sultán! ¡Aquí! ¡Quieto!

En unos segundos se plantó ante mí el sujeto que gritaba, y agarró el collar del monstruo.

─¿Le ha hecho algo? ¡Estaba jugando! ¡Es incapaz de morder! ¿A que no le ha mordido?

Intenté ponerme en pié y me enredé en la toga. Algo viscoso ensuciaba mi garganta. No era la baba del mastín.

─¿Pero, qué has hecho, Sultán? ¡Hijo de puta! –Gritó el sujeto, sacudiendo varios golpes al perro –. No se mueva, señor. No se mueva. Voy a buscar una ambulancia.

Me incorporé de lado, y lo primero que vi fue el cuchillo jamonero, manchado de un líquido oscuro que salía de mi yugular. Intenté taponarla, pero no servía de nada.

Entonces supe que sólo podía hacer una cosa. Cerrar los ojos, concentrarme en el dibujo de Maurits Cornelis Escher, y esperar que la mano invisible volviera a dibujar, en sentido inverso, el grabado de la metamorfosis imperceptible, antes de ahogarme en mi sucia cobardía. 

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