UN SACO DE MILLONES (III)

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(Tercera parte de Un saco de millones)

Bajé a la cocina pensando en la reunión que me esperaba a las nueve. Tenía la vaga intuición de que iban a cargarse el programa.

En el único descansillo de la escalera se abría una ventana en dirección al hotelito de dos pisos. Incluso sin mirar podía percibir su emanación asfixiante. Se apoderó de mí el sordo pesar.

Me llegó a la nariz una fragancia de aftershave. Detrás de ella bajaba Pablo, recién duchado, vestido con un chándal.

─¿No ibas a dormir?

─Me ha entrado hambre. Voy a hacerme un bocata y a arreglar un poco el museo.

Se refería a una colección de cámaras rusas y de la antigua Alemania Oriental, que conservaba en varias vitrinas. Poseía unas Leikas fabricadas antes de la Guerra Mundial. Y algunas Leningrad compactas y feas, pero de precisión bolchevique. Pablo disfrutaba revisándolas, limpiándolas, y se pasaba las horas muertas en Internet en busca de oportunidades. En eso y en su hijo mayor empleaba todo su tiempo libre. Pablo poseía una virtud inapreciable: era disciplinado, y se exigía a sí mismo la perfección, pero no esperaba lo propio de sus subordinados, a quienes sólo pedía la responsabilidad imprescindible, derivada del sueldo base y de los complementos específicos.

─Pues tienes cara de haber visto un fantasma, tío.

─Es que me han vuelto las pesadillas –. Señalé vagamente hacia el exterior─. ¿Quién vive en la casa?

─Nadie, que yo sepa, desde que Helena y tú os mudasteis a Las Rozas.

─Pues juraría que he visto luces encendidas.

Habíamos llegado a la cocina. Pablo empezó a cortar lonchas de una paletilla colgada de un gancho, con un cuchillo jamonero.

─Se te está acumulando la basura en el trastero─. Enarboló el cuchillo, señalando hacia mi frente─. Dame detalles de tu pesadilla, tío.

─Es alguien que dice que soy yo. No mi alter ego. Yo mismo, yo de verdad. Pero es un canalla, un amoral, un ruin. Y no es libre. Depende de mí.

─¿Depende de ti?

─Sí. Para ser él mismo necesita apoderarse de mí. Se burla de mi resistencia. Dice que si él quisiera me dejaría en paz, que tiene su vida propia en otro lado, no sé, otra dimensión o eso que cuentan los médium. Y cuando yo le invito a que se marche a su sitio, cuando intento espantarle, se tira encima de mí y me arrastra fuera del Paraíso.

─¿Qué Paraíso?

─Aquí, Pablo. Aquí está el Paraíso. Y si no fuera porque a las nueve tengo una reunión en la productora para diseñar un programa nuevo –me estaba adelantando a los acontecimientos, pero estaba seguro de que eso es lo que sucedería ─, me quedaría en esa casa. No saldría jamás de ella.

─No me hablas en serio, Hermes… ¿Quieres que te explique tu sueño?

─¿Sabes hacerlo?

Estaba agotado. Deseaba que alguien me librara de la pesadilla.

─Bueno. Es una cosa de lógica.

─Que, no. Pablo. Que los sueños no son lógicos.

─Pero la única forma de interpretarlos es ateniéndose a alguna lógica, aunque sea inventada.

Me pareció un buen argumento, filosóficamente irreprochable.

─Retrocede cinco o seis años – .Hizo una pausa, buscando en su memoria─. ¿Cuándo dejaste la cátedra?

─ í, hace seis años y medio. Fue una excedencia.

─Sin límite porque era para ejercer un cargo político.

─Director general.

─Pero a los tres meses…

─A los cinco meses.

─Se descubrió aquel pastel que te salpicó…

─Que me llenó de mierda.

─Dinero.

─Sexo, ─ lo dije casi a gritos, con un timbre de histerismo.

─De sexo, nada. Y menos todavía de violencia ─ se burló Pablo fingiendo amenazarme con el cuchillo jamonero─. Tu nombre quedó al final limpio. Tan limpio que quisieron hacerte ministro.

La hoja del cuchillo se había cubierto de grasa. Verla me produjo una mezcla de repugnancia y miedo.

─No. Mi nombre sonó para ministro, que no es lo mismo.

─Bueno. Pues ese otro yo tuyo que intenta secuestrarte es una reminiscencia del ministro que no llegaste a ser. Te lo reprocha… Te podías haber hecho rico, o haber adquirido fama internacional. Podías haber escrito una novela negro─pornográfica disfrazada de ensayo filosófico, y habrías vendido libros hasta en Afganistán. O haber huido a Tailandia con la caja del ministerio. Ese otro yo tuyo está cabreadísimo. No me extraña que quiera tu perdición.

─Te equivocas, Pablo. Ese otro yo es un cobarde. Odia en silencio. Pero no se atreve más que a aullar como un perro en una jaula.

Para coger el autobús tenía que pasar por delante del hotelito siniestro. Di la vuelta a la manzana para evitarlo. Me sentía débil, agotado por un agobio indefinido. Era estrés, pero no tenía fuerzas para indagar su causa. Mi extenuación era tan grande que ni siquiera podía razonar.

Para mi sorpresa, al llegar a la productora, me sentí fresco y despejado, como si hubiera entrado en otro mundo. El colmo de la paradoja fue encontrarme a todo el equipo taciturno. Al programa le quedaba una semana de vida. Se lo habían cargado. Por un instante pensé si mi pesadilla no era una premonición, si no significaba que tendría que volver a la universidad, o sea a la selva, o incluso al paro. Intenté poner la nota de optimismo.

─No os preocupéis, chicos barra chicas. Os lo he dicho miles de veces, el secreto de un programa basura es cambiar de caras y de decorado. A los guionistas, a los reporteros y a los técnicos no nos pueden sustituir… Somos intocables.

─¡Y un jamón de bellota! Esto viene de arriba. El tío del bigote ha declarado que está harto de la telebasura. Los chusqueros de todas las cadenas se han cuadrado y han empezado a dar órdenes ─, aseguró la productora, una licenciada en Historia del Arte, cuya carita ovalada evocaba una estampa de la Virgen de Lourdes.

─El público exige basura… ─ gimió la directora del programa, una mujer alta y de belleza contundente, que vestía como una hippy trasnochada ─. ¿Quién se la dará?

─Es una fiebre transitoria. Acabará olvidándose la consigna ─, sugerí yo.

─El tío del bigote vigila como un centinela insomne. Pero, ¿por qué quiere jodernos?

─Pasará. Todo pasará ─. insistía yo, echando a escobazos el canguelo.

La tensión se acabó disipando por las válvulas de escape naturales.

─El más perjudicado será Hermes ─. sentenció uno de los redactores, un gay que fingía estar pasado de rosca, pero cuya vida privada era un modelo de dignidad.

Todo el mundo se calló, a la espera de la chusca explicación que se anunciaba.

─Tendrá que romperse la mano a pajas, sin presupuesto para putas de lujo…

─A lo mejor me cambio de acera y te pido que me presentes a alguien ─, repliqué.

─Venga, Hermenegildo ─ dijo una de las reporteras más veteranas –. Si es que eres un misterio de hombre… Aquí todos nos conocemos los rollos. Vamos a ser sinceros ─ Y dirigiéndose al grupo: ─ .A ver, vamos a confesar que el secreto que más nos ha intrigado en toda la temporada es con quién coño folla el Profesor. Porque lo que es con nosotras… ¡Y que no me entere yo que ninguna se lo ha llevado al huerto sin mi permiso! ¿Vale?

Entonces se asomó la recepcionista.

─¿Habéis acabado?

Nadie respondió, porque era obvio que sí.

─Pues encended los móviles, que no paran de llamarme preguntando por vosotros… A ti, Hermes, te busca desesperadamente un tío de Precisa, un tal Modesto. Que le llames.

─¡Que vuelva a llamar él, coño! ─ dije en un tono panfletario.

─No te hagas el tonto, Hermes ─ dijo la productora, endureciendo su carita de Nôtre Dame –. Lo sabías. Te has arreglado la salida. Te piras con Precisa. ¿Qué te han encargado? ¿Una “Operación Triunfo” de artistas contra la guerra? ¿Un “Gran Hermano” políticamente correcto?

─No. Van a hacerme subdirector de la sección de Deportes. ¿Y quién será mi jefe?

El clamor debió llegar a la Moncloa. Fue un grito unánime, seguido de una carcajada estentórea, u “ostentórea”, no lo sé muy bien.

─¡¡¡Jorgito Valdano!!!

En ese instante sonó mi móvil. Salí de la habitación, porque allí no me iban a dejar hablar.

─¡Hola! Soy tu otro yo… El que te molesta en tus sueños…

No era la voz de Pablo. Me asusté de veras. Llegué a temer que me estaban llamando de otra dimensión.

─Explícate o te cuelgo ─ advertí con voz de susto.

─Soy Modesto, hombre… ¿Qué? ¿Estáis echando el cierre?

Este tipo lo sabía casi todo. Le habría estrangulado.

─Nos vamos a Hollywood. No te preocupes por nosotros. ¿Qué coño quieres?

─A ti. Soy Mefistófeles. ¿No te acuerdas? Te puedo devolver “el impulso sin mesura, la dicha dolorosa en lo profundo, la fuerza del odio y el poder del amor.”

─Aunque pudieras devolverme la juventud, no me interesas. Cometería las mismas gilipolleces.

─Quiero tu firma, para el Manifiesto.

─Tú no eres Mefistófeles. Tú eres el Diablo Cojuelo de la Antiglobalización.

─Yo no importo nada, soy un granito de arena. Pero tu firma es valiosa. La firma de un sabio.

─Mira, te lo voy a decir con palabras de un colega: “Cien individuos que, por separado, pueden formar un conjunto distributivo de cien sabios, cuando se reúnen para hacer un manifiesto constituyen un conjunto atributivo formado por un único idiota.” ¿Te vale?

─Piénsatelo, Hermenegildo. Y cuando quieras, vienes a verme.

Comí con el grupo. Teníamos la sensación de que era una despedida auténtica, que nos tendríamos que buscar la vida por separado. Me sentía igual que si Isabel me hubiera dicho que teníamos que dejarlo. Peor todavía, como si Pablo se hubiera presentado de improviso una noche en el dormitorio y hubiese dicho, “Lo siento, pero ya está bien. Os lo habéis pasado de puta madre durante unos meses, pero lo bueno no puede durar. Ahueca el ala, Hermenegildo, que esta es mi cama. ¿Verdad que sí, Cielito?” E Isabel se hubiera encogido de hombros, haciéndome un puchero.

Después de la comida del grupo me entró un sopor escandaloso. Mientras todos tomaban sus cafés y sus chupitos, yo bostezaba como un niño. Pedí disculpas y subí a la redacción. Había un saloncito de espera en una habitación retirada y oscura que daba a un patio interior. Me encerré, con la consigna de que no se me molestara, y de inmediato que quedé frito.

(Ir a la IV y última parte)

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