UN SACO DE MILLONES (II)

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(Segunda parte de Un saco de millones)

Una noche, Isabel se dio un porrazo en la rodilla con el grifo al salir del baño, y se sentó en el suelo, sin fuerzas. Me llamó. Me pidió disculpas por recibirme con el pelo desgreñado y chorreando agua. Antes de cogerla, me puse a buscar su albornoz o una toalla, porque estaba desnuda.

─No seas tonto, Hermes. Levántame y ayúdame a sentarme en la taza del váter. Luego me cubriré… Debo estar horrible… Y con esta panza… No sé si podrás conmigo.

La verdad es que pesaba y, además, su piel enjabonada se me escurría. Yo intentaba cogerla por detrás, evitando el contacto con sus pechos. De esa forma era difícil sino imposible ponerla sobre sus pies.

─Mira, Hermes. Cógeme por delante, así no me escurriré.

La obedecí, con las mismas precauciones.

─Coño, Hermes. Olvídate de que soy una mujer y de que estoy desnuda, por favor. O lárgate a esperar que se me pase el atontamiento. Ya me pondré yo de pie.

La dejé que se abrazara a mí. Yo también me abracé, y tiré de ella. A medida que se incorporaba y yo tenía que hacer el esfuerzo de mantenerla pegada a mí para que no me venciera el peso inerte de su cuerpo, notaba la presión de su abultada barriga.

─¡Ay, ay! –Isabel se puso a reír –. Me está dando pataditas. ¿No lo notas?

─No.

Y entonces Isabel se pegó a mí.

─Mira, mira. ¿Lo notas ahora?

─Sí.

Nos movimos hacia la taza del váter en un baile patoso. Luego fui a buscar el albornoz, que colgaba de un gancho en la puerta.

Cuando regresé, Isabel estaba secándose los pechos con una toalla.

─Muchas gracias, cariño. Eres un sol… ¿No te parezco una vaca?

─Una ballena… Pero puede que yo sea uno de esos pervertidos a los que ponen cachondos las embarazadas… Me voy, para no quedarme en evidencia.

Sentía en la nuca que me estaba mirando. Su voz me alcanzó como un dardo.

─¿Estás pensando en mí?

Yo dije que sí con la cabeza, sin darme la vuelta.

─¿Por qué no te quedas y te das un baño, tontito?

Después del sexo, ya en la alcoba, mientras Isabel se untaba con multitud de cremas y yo me vestía, me volvió a llamar tonto y a decir que no era necesario que me fuera a dormir al cuarto de invitados. Yo dudé. Estaba abrumado, con los nervios a punto de tumbarme en una crisis. ¿Era sólo un canalla o en verdad un pervertido? ¿Con qué cara iba yo a mirar a Pablo?

─¿Piensas en Pablo?

─Sería un cerdo si no lo hiciera.

─¿Te parece más cerdada dormir en su cama que hacer el amor con su mujer? Bueno, si a lo que hemos hecho tu y yo se le puede llamar hacer el amor… con este bombo. ¿Temes que se presente sin avisar?

─No es eso. Es… la cabronada… Quiero desaparecer. Volver a ser un niño sólo con el pecado original.

En su mirada había una pizca de sorna.

─Te estoy hablando en serio–. Le dije con un timbre desasosegado–. Siento sobre mis hombros toneladas y toneladas de culpa y de miseria.

Se puso el camisón.

─¿Sabes una cosa? Pablo sospecha que tú y yo estamos enrollados desde hace tiempo.

─No es posible… Lo habría manifestado de algún modo. Yo me habría dado cuenta de sus recelos. Eso se disimula muy mal. Se acaba notando.

─Puede que no necesite disimular nada. Hace años…

─¿Cree que estamos enrollados desde hace años?

─No tanto. Desde que murió tu mujer. Pero hace años, hace años ya, ¿eh?, me dijo que le dolía mucho el fracaso de tu matrimonio, que no podía entender que no te hubieras dado cuenta de cómo era su hermana antes de casarte, y que le sorprendía que no os hubierais divorciado. Después de la muerte de Helena, me dijo, ¿por qué no le buscas novia a Hermenegildo?

─Eso ─la interrumpí yo, incapaz de contener mis nervios─. ¿Por qué no me la buscaste?

─Porque eres muy mayor para tener suerte. ¿Tú no sabes que encontrar una pareja adecuada es una lotería? No seas idiota, Hermes. Me gustaría que me quisieras.

─Pero si lo he hecho siempre. Desde que apareciste por la facultad. Pero es un sueño. Dos hombres y una mujer…

─¿Quién lo ha dicho? ¿La Santa Madre Iglesia? ¿Martín Lutero? ¿El señor Freud?

─Esto es demasiado. Me siento… me siento… sepultado por la culpa en un foso, ahogándome allí al fondo en una ciénaga.

En las pupilas verdes de Isabel brilló una chispa de decepción. Mi conciencia imbécil pensó, “Necesito decepcionarla.”

Aquella mujer me había vuelto loco desde que se presentó en mi despacho del Departamento, en la facultad. Pero entonces yo estaba casado y a Helena le acababan de descubrir el cáncer que la mató años después. El único consuelo fue que se casara con mi mejor amigo y le hiciera feliz. ¿Sería posible que yo pudiera ser también feliz con ella sin herir a Pablo?

La chispa de decepción se había extinguido. Ahora me miraba con una seriedad expectante, conteniendo la manifestación de su belleza, como si intentara velarla en beneficio de algo inmaterial, de su afecto. Su hermosura tenía algo de vulgar, de agreste. Tan sólo su pelo leonado, abundante y cayendo en ondas sobre sus hombros era esplendoroso. Entonces dije:

─Me da miedo algo.

─¿Desear que Pablo desaparezca?… Tú no eres así. No lo serás nunca, Hermenegildo.

Después del nacimiento del Chiqui, alguien tenía que cuidar a Isabel. Así que me mudé provisionalmente al hotelito, donde trabajaba en mis guiones de programas basura para la televisión, que enviaba por Internet. A veces tenía que acudir al estudio o reunirme con productores y presentadores. Era divertido. Era una locura. Nos lo pasábamos bien, como cochinillos inocentes gruñendo en el corral. Pero la mayoría del tiempo estaba muy cerca de Isabel. ¡Cómo iba a desear que Pablo se esfumase, si estaba fuera de casa la mayoría del tiempo!

(Ir a la III parte)

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