UN SACO DE MILLONES (I)

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(La ilustración es un dibujo de Paco Campos de 1980. Este relato está dividido en cuatro partes.)

 

La voz de Isabel sonaba muy cerca de mí, con un timbre real, pero mi pesadilla era tan sofocante que no me permitía advertir la diferencia.

─¡Hermes! ¡Hermes!

Luego dijo,

─¿En qué sueñas? Estás llorando.

Yo no lloraba. Gemía, aullaba, resistiéndome al secuestro. Se lo expliqué.

Me he sobresaltado murmuró Isabel en mi oído–. Pensaba que era el Chiqui.

Encendió la luz de la mesilla. Miramos a la cunita. El bebé dormía profundamente. Su expresión de indiferencia parecía burlarse de nuestras inquietudes.

─¿Es lo de siempre? ─me preguntó Isabel.

─Sí. Pero cada vez me arrastra más lejos del barrio.

─Nos acabarán expropiando. No lo dudes.

En el tono de Isabel no había resignación ni desdén, sino calma y fatalismo.

─No pueden ─susurré.

─Quiero decir que nos dejarán en el jardín un saco de millones, y no podremos rechazarlos sin sentirnos unos idiotas. ¿Por qué no me traes un vaso de agua, porfa?

Me levanté, pisándome los bajos del pijama. Estos pijamas me venían grandes, pero me gustaba llevarlos. Sentía más mi pertenencia al hogar. Isabel se rió de mi facha. Cuando volví con el agua, me dijo:

─ Por qué no te lo quitas?

Al incorporarse fuera de las sábanas entendí la sugerencia. Se había desnudado.

Después de calmar su sed, hizo un movimiento ambiguo ofreciéndome sus pechos prodigiosos. Mi boca acudió a ellos ávida, movida por otra sed. Me desprendí del pijama y me deslicé a su lado, acariciándola. Enseguida fui preso de sus brazos y me revolqué en su cuerpo como un niño juguetón.

Los últimos espasmos de la carne coincidieron con el aullar de un perro. Era el mastín de un vecino que acababa de mudarse a un piso cercano. El animal, quizá perdido en su nuevo domicilio, se asomaba al balcón y manifestaba su desconcierto en la oscuridad. Era grande, feo, baboso, pero inofensivo.

Dormimos de un tirón hasta las seis y media. El reloj emitió su timbre seco. Detuve la alarma para que no despertara al niño, y volví a quedarme dormido.

─Venga, que se te hace tarde ─me zarandeó Isabel.

Eran casi las siete. Una débil claridad empezaba a imponerse a la luz de las farolas. Antes de alejarme tiré un pellizco a uno de sus pezones jugosos que no tardarían en amamantar al Chiqui

Desde la ventana del cuarto de baño se veía el jardín llenándose de claridad, con los dos olmos, la morera y el abedul, y el pilón de piedra en medio, casi oculto bajo las madreselvas y la hojarasca acumulada. Llevaba años sin cuidar. Eché algunos vistazos hacia el exterior, mientras me afeitaba. Mis ojos se desviaban automáticamente hacia el hotelito de al lado, abandonado y al borde de la ruina, con los huecos de puertas y ventanas tapiados para evitar su ocupación. De él emanaba una suerte de pesar, de angustia.

Por la calle pasó un coche con la radio alta y escuché una ráfaga de información deportiva. Gruñí. Se me escapó el gruñido. No quería salir del Paraíso, y lo único que podía hacer era gruñir o aullar como aquel mastín en la noche, porque había fuerzas mucho más potentes que yo que me acabarían echando.

Me sentía tan a gusto en aquel cuarto de baño decrépito, ancho y de techo elevadísimo, con bañera, bidé y lavabo, todos desconchados o rajados, porque eran de la época en la que la casa se había construido, en los años veinte del siglo anterior. Con el suelo de tablero de ajedrez y las paredes cubiertas de azulejo sólo hasta la mitad. Con ese aroma a podrido que salía de los sumideros y de la taza del váter, la única renovación, incompleta, porque se tambaleaba al reposar en ella el cuerpo.

En la cocina me preparé un café. Me lo estaba tomando, de pie, revisando a la luz del nuevo día, junto a la ventana, el cuaderno de anillas en el que anoto ideas para mis guiones, cuando sonó la puerta del jardín. No era un golpe propinado por un transeúnte madrugador. No era un chirrido accidental. Alguien estaba entrando.

Pablo entró en la casa por la puerta de la cocina, con sus andares de oso, su media sonrisa y su mirada insomne de burlona indiferencia.

─¡Buenos días!

─¡Qué tal, Pablo!

─Hemos acabado antes de lo previsto. Los buitres se han quedado sin carroña y han levantado el vuelo.

Los buitres eran los periodistas, los productores y los cámaras de las cadenas de televisión. Pablo trabajaba en las unidades móviles de Retevisión, que daban soporte a transmisiones en directo vía satélite. Pasaba mucho tiempo fuera de Madrid, cubriendo eventos de variada índole.

Dejó sobre la mesa una bolsa de papel llena de lamparones aceitosos, que contenía porras.

─Están todavía calientes. Prueba una.

Llené de nuevo la taza de café con leche, mientras Pablo se preparaba un te.

─Me ha vuelto a preguntar por ti uno de Precisa ─dijo.

─¡Qué pesados! Yo les necesito para presumir de intelectual. El prestigio me importa un “güevo”. Solo quiero que me dejen tranquilo.

─Lo saben. Pero creen que pueden colocarte debajo de las narices un cheque imposible de rechazar.

─¿Y han decidido ya la cantidad? Pero si cualquier becario con imaginación y ambición es capaz de hacer lo que nosotros, por cuatro duros…

Pablo se metió una porra chorreando te con leche por la boca.

─¿Cómo está el Chiqui?

─Ayer tuvo decimillas. Pero no ha dado guerra por la noche.

─Estoy hecho polvo… Voy a pegarme una ducha.

Mientras terminaba su desayuno, subí a la habitación de invitados, dispuesta para mí, revolví el lecho y abrí la ventana de par en par. Era un artificio innecesario, pero me hacía sentir más a gusto. Y creo que a Pablo, también.

Tanto Isabel como yo teníamos la seguridad de que Pablo era consciente de que su mujer y yo dormíamos juntos durante sus ausencias.

Pablo y yo éramos amigos desde la infancia. Habíamos hecho el bachillerato en el mismo colegio, de donde él salió antes que yo para estudiar formación profesional. Hicimos la mili juntos, por pura casualidad; él, como soldado, yo, como alférez de milicias universitarias. Después habíamos entrado en TVE; él, como técnico, yo, como guionista. A ambos nos había ido razonablemente bien.

Yo me casé con su hermana Helena. El, años después, se casó con Isabel, una chavala preciosa, bastante más joven, a quien conoció gracias a mí, pues había sido alumna mía en la Facultad, donde yo creía servir al intelecto con más mérito que en TVE. La hermana de Pablo y yo habíamos tenido dos hijos, que ya eran adolescentes con barba cuando Isabel se quedó embarazada por primera vez. Pablito iba a cumplir cuatro años, cuando nació el Chiqui.

Unos meses antes, a mi mujer la venció un cáncer. Luego, mis hijos se marcharon a estudiar al extranjero. Durante un tiempo estuve acogido en casa de Pablo e Isabel. Luego, volví a la mía.

La atención afectuosa de Pablo e Isabel conmigo no era un tributo a la fallecida, sino una consideración hacia mí. Mi matrimonio con la hermana de Pablo había sido un infierno. Su muerte, una liberación. Todo el mundo lo sabía. Su enfermedad me dejó exangüe, porque ya no era libre de despreciarla.

Una vez recuperado del duelo y de la culpa terrible, volví a instalarme en mi casa. No obstante, en las ausencias largas de Pablo, yo pasaba la noche en el hotelito, porque el primer parto de Isabel había sido prematuro, y podía dar a luz en cualquier momento; le habían impuesto reposo casi absoluto. No era conveniente dejarla sola, y no podía contar con su familia: era hija única, y sus padres estaban internados en una residencia geriátrica, en Córdoba.

 (Ir a II parte)

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