SIMULACRO DE REALIDAD (y III)

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(Tercera parte de Simulacro de Realidad)

Fue en el pequeño supermercado del barrio, a última hora. Estaban cerrando. Mientras Sabine sacaba el dinero para pagar, la cajera le soltó a bocajarro, con ese tono de inocencia que gastan los perversos:

“Señora, ¿es verdad que su marido ha desaparecido de repente junto a un río…, con su bicicleta?… Lo he leído en un periódico.”

Sabine levantó la cabeza hacia ella. Muda, aterrada. Se quedó con el monedero a medio abrir. Sintió que su marido estaba esperando turno al final de la cola.

“Es que sabe usted, señora… La prensa dice tantas mentiras.”

La cajera debió sentir en la cola algún signo de desaprobación a su impertinencia, o algún signo de impaciencia, y cobró a Sabine sin más comentarios.

Sabine salió del local, pero se quedó en la acera, pegada a la jamba de la puerta. Los clientes pasaron uno a uno por la caja hasta que el pequeño supermercado de barrio se vació. Entonces apareció Mr Godeye por detrás de una estantería con productos de limpieza. Llevaba en un carrito vituallas y artículos suficientes para sobrevivir un mes en el fondo de un pozo con cuarto de baño y cocina.

La cajera fue pasándolos por el identificador de barras codificadas, y luego tendió el recibo a Mr Godeye, declamando el precio a pagar.

Sabine observaba la escena como una liebre oculta a la vista de un perro cazador, pero no a su olfato, consciente de que lo mejor es salir corriendo antes de que el can perciba su presencia en la punta de su morro húmedo, pero congelada de terror.

“¿Cree usted en los políticos y en los periodistas?”, preguntó Mr Godeye a la cajera, tendiéndole un billete que había sacado por arte de birlibirloque de la nada que tapaba su capote.

“¿En los políticos?”, emitió la cajera, hipnotizada por su cliente. Y al decirlo, vio que se había olvidado de los periodistas. No conviene olvidarse de los periodistas, son muy peligrosos cuando hay algún micrófono abierto.

“Medite usted sobre el siguiente mensaje. Abro comillas, dos puntos: ‘Los periodistas y los políticos se parecen en dos cosas, su desprecio hacia los ciudadanos, y su esmero en producir simulacros de la realidad. Este simulacro es mucho más peligroso que la realidad misma, porque la gente se acostumbra a él y deja que oriente su destino.’ Fin de la cita, fin de las comillas. Punto final. Créame señorita. Todo lo que nos rodea es simulación.”

El principio de la cita fue señalado por Mr Godeye con una de sus manos en alto, encogiendo y estirando los deditos. El final, con la otra mano, haciendo lo mismo. A Sabine Poehlmann le pareció un gesto ridículo, se imaginó a Mr Godeye tocando unas castañuelas en mitad de la Asamblea Nacional, subido al pupitre de los taquígrafos, mirando desafiante a la tribuna de la Prensa. Y se echó a reír en el preciso instante en que Mr Godeye desapareció de golpe. En realidad había cogido un racimo de bolsas de plástico y había salido a la calle. Al pasar por delante de Sabine, el reflejo de un rayo de sol en un cristal la deslumbró, y al recuperar la claridad de visión, Mr Godeye se había marchado con su mantón y sus bolsas de la compra a su hogar gaseoso, que quizá estuviera en la nada tapada por su inmenso mantón con esclavina, encerrado en el interior, vuelto del revés, devorado por sí mismo.

Me gustaría saber, se intrigaba Sabine de madrugada, cómo conciben mis hijos la desaparición de su padre. ¡Qué lástima no poder convertirme en aire, flotar hasta su habitación y entrar en sus pulmones, recorrer sus venas hasta sus cerebritos en crecimiento, y buscar en ellos su conciencia! La conciencia tierna de mis hijos. Lugar inaprensible, indesignable. Pensamientos que circulan como ráfagas por la bóveda craneal, y salen disparados de allí para comprobar que no estaban en ningún sitio, que habían salido de la inexistencia y se habían fijado en la fina red de un gran colador cóncavo de cocina, como un chorro de caldo de cocido espeso de grasa y menudillos.

¡Qué pena no ser un espejo y que mis hijos no sean de cristal! ¿Sentirán dolor, desesperación? ¿Sentirán tristeza? ¿Sentirán resentimiento? ¿Qué explicación darán a sus compañeros de escuela? ¿Que su padre está de viaje? ¿Que les ha abandonado? ¿Que se lo ha tragado la tierra? ¿Que se ha convertido en un fantasma con horario nocturno variable disfrazado de mil cosas?

¡Ah! Me gustaría tanto ser aire y llegar hasta las neuronas de los cerebros de mis hijos (¿o hasta su corazón?), para coger a su padre en una pesadilla y decirle lo imbécil que es, lo inhumano que es, lo despreciable que merece que yo le desprecie, que tenía que haberme ido yo antes con mis hijos, dejándole ahí despreciado en medio del sueño, flotando en el revés de la conciencia, desprecio es lo que siento y estoy sola y no sé qué voy a hacer, qué estoy haciendo, por qué lloro, merezco mi desprecio. ¿No?

Semanas después, pasaba Sabine con los niños una mañana de fiesta, en su cuarto-leonera. Sin apenas percibirlo, se fue saliendo de los juegos o quizá es que sus hijos (ambos párvulos, niño y niña) fueron prescindiendo de la adulta poco a poco. Por fin, Sabine se quedó del todo fuera. Sentada en la esquina de la litera baja, inclinada hacia delante, encogida sobre las rodillas para no dar con la cabeza en el travesaño de la litera superior, les observaba.

La postura de Sabine forzaba una respiración difícil. De pronto se estiró hacia arriba, y se dio un golpe doloroso en la nuca. Cerró los ojos y sintió que la arrebataba un torbellino de tiempo; es decir, que el tiempo se transformaba en un ciclón concentrado sobre ella, que la absorbía, que la llevaba girando por siglos, épocas, edades y civilizaciones, para devolverla finalmente, escupida fuera del huracán, a la acogedora habitación de sus hijos. Durante esos segundos en que los que el tiempo fue un caos, Sabine pudo ver que había un hombre jugando con los párvulos. Pero no era su padre, el de ellos, ni siquiera el padre fugado de Sabine. Era su bisabuelo, un tipo venerable que murió poco después del divorcio de los padres de Sabine. Lo supo por la conversación que mantenía con ellos: empleaba oraciones largas, se explicaba a base de metáforas caducas, pronunciaba con precisión y claridad, y parecía contarles a los niños historias de una lejana guerra en la que todavía no había cámaras de cine. Al volver a la realidad presente, Sabine vio que el niño y la niña estaban solos, y que seguían jugando ajenos a la cronología y a la historia.

De súbito se puso melancólica, y pensó nada ha cambiado salvo los personajes; ahora no estoy yo tirada en la moqueta, manipulando un Mecano, ahora estoy aquí, mirando cómo construyen ellos cosas absurdas con piezas de plástico de colores. Y tuvo ganas de volver de un salto a la casa en la que vivió con su familia mientras fue familia, y buscar en el armario de los trastos el Mecano a medio hacer, estudiarlo atentamente y encontrar algo de sentido en él, indicios, premoniciones, una ayuda.

Luego de otra sucesión de semanas, entrado el otoño, también una mañana de fiesta, escuchó una serie de timbrazos. No era la puerta de la calle. Eran chisporroteos afónicos de bicicleta. Su corazón dio un vuelco, y se quedó paralizada. Los timbrazos volvieron a llamarla. Con lentitud de gata renuente se dirigió al recibidor y se quedó plantada ante la puerta, que tenía paneles de vidrio cubiertos por visillos. Más timbrazos. Sabine se atrevió a correr una de las telas y a mirar al exterior. Estaba tan segura de que sería Daniel regresando del légamo del río en el que se había ahogado meses atrás, que le extrañó encontrárselo radiante, más joven, muy serio, como era él, y en actitud solemne, junto a la bicicleta, de la que había desmontado, estirado con aire atlético frente a la puerta del jardín, hecha de tablas verticales terminadas en punta.

Abatida, pero incapaz de oponer resistencia al Destino, abrió. Y en ese instante pensó lo absurdo que era que Daniel no hubiera entrado por su cuenta en la casa, en su casa, puesto que tenía llave, si no la había perdido en su misteriosa égira.

Y la verdad se impuso. La Verdad. La Realidad. En realidad no era Daniel sino un cartero.

“Buenos días, señor.”

“Buenos días, señora. Soy Mr Godwings, y vengo de parte de Mr Godeye. Traigo un mensaje suyo urgente.”

El ciclista no portaba cartera ni mochila. Pero Sabine se quedó ante él, esperando que sacara un sobre o un telegrama de algún bolsillo.

“¿Tiene usted papel y lápiz? Es un mensaje oral.”

“Puede recitarlo. Tengo buena memoria.”

“En la verde pradera emerge el cachalote, con su cara de pena, su pijama y su hueco, que no troncha ni dobla los dientes de león.” Calló el mensajero unos segundos. “¿Tiene algo que decir?”

Sabine se estiró y sonriendo, dijo.

“Por supuesto. Tengo dos preguntas: ¿Puede una puesta de sol ser gris macizo? Y ¿puede un tren en marcha detenerse una fracción de segundo en la pupila del transeúnte?”

Por un instante la vida quedó en suspenso. Luego siguió su curso inexorable.

 

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