SIMULACRO DE REALIDAD (II)

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(Segunda parte de Simulacro de Realidad)

Carlota Warden había pasado muchas horas identificando fantasmas. Gran parte de su tiempo libre lo había dedicado a los fantasmas. Cuando era niña, se privaba de jugar con sus amiguitas en una calle por la que entonces apenas pasaban coches, para reflexionar sobre los fantasmas. No los de las películas o los de cuentos de miedo, sino los que descubría en su familia, en el colegio, y en las visitas que hacía con sus padres a los parientes o a las amistades; visitas protocolarias, visitas rituales, cargadas de esperanza, de ambición, de buenas intenciones, de angustia y desesperación. Era increíble la cantidad de falsedad e hipocresía que fabricaban los adultos, cosas que llegaban a adquirir tanto crédito, que se convertían en verdades, en realidades húmedas y pringosas. Todo el mundo se comportaba como si aquella sarta de mentiras fueran hechos ciertos, probados. De adolescente, las fantasías y apariciones, a cuyo análisis Carlota Warden dedicó grandes esfuerzos, fueron las de sus compañeras y compañeros. Tardó, sin embargo, en reconocer los duendazos de tamaño de hipopótamo. Le costó comprender que ella y los demás no podían ser tan dispares: ella tan insegura, tan acobardada, tan acomplejada, y los demás tan campantes, tan guapos, tan atrevidos.

Al adquirir la certeza de que no eran más que fantasmas, se originó en su interior un desprecio a sus coetáneos en forma de sarcasmo. Esto le valió la enemiga de casi todos, en especial de los jóvenes varones, a quienes exasperaba que les cogieran en las trampas. Estuvo a punto de arrepentirse de su pasión desenmascaradora, pero antes que aceptar la impostura, optó por consagrarse a la Verdad y se metió a monja. Lo hizo movida por el pánico. Durante su última juventud, Carlota Warden se enfrentó por primera vez a los fantasmas, derrotada, y sintió por fin un gran miedo, ya no desprecio. Lo que más temía era quedarse sola, sobre todo de noche. Pero la vida conventual construyó en ella disciplinas, y consiguió dominar el pánico. Después de agradecerle a la orden su generosa ayuda, colgó los hábitos y se volvió a matricular en cuarto de Economía y Derecho. Al terminar la carrera, gracias a la influencia de los hábitos, se colocó en una empresa mixta. Luego en el IOPEDET, donde hizo amistad con Sabine Poehlmann, una mujer vulgar cuya mayor angustia era sentirse abandonada por la suerte y haber carecido de maestras.

Ahora, Carlota estaba en casa de Sabine, un chalecito con un jardín tan lustroso que parecía de charol: arriates de flores, césped fino, rocalla cubierta en parte de líquenes, y diminuto huerto invernadero.

Tomaban café en el salón de estar, en unas sillas rústicas de estilo alemán, frente a un gran espejo de marco metálico repujado, y de espaldas al hueco de comunicación con la cocina.

El ambiente era hogareño, cálido, quizá a causa de la luz de una lámpara de mesa de tulipa geométrica, y porque fuera una tormenta estival había precipitado un falso ocaso.

“Tienes razón. Yo no sé amar. No puedo amar.”

“Perdona, Carlota.”

“No te disculpes, Sabine. A mí no me ofende nada. No tengo sentimientos, sólo reflejos emocionales: lealtad, resistencia, responsabilidad. Parece que siento, pero no me inmuto ni un pelo.”

“Entonces, ¿estás a mi lado sólo porque debes de estar? ¿Sólo por eso?”

“No lo sé. Perdona. ¿Quieres que me vaya?”

“¿No, por favor? Aunque pretendas ser de hielo.”

“¿Sabes que me llaman Hembra Impecable y Ojos de Hielo? Merezco que me llamen así, ¿no te parece?”

Sabine Poehlmann y Carlota Warden bebían café. Habían vaciado ya una jarrita. Sabine se marchó a la cocina a preparar más. En el mostrador separador se encontraba la Melita automática. Retiró el cucurucho lleno de posos mojados y lo sustituyó por otro. Mientras lo hacía, se vio en el espejo sin reconocerse, es decir, sin darse cuenta de que allí había un espejo, y por tanto admitiendo que en el salón podía haber una tercera persona. Al descubrir esto tuvo un sobresalto: ¿He cambiado yo o ha cambiado mi cabeza? Echó varias cucharadas de café molido en el nuevo filtro, rellenó el depósito de la cafetera, y la puso en marcha. Entonces, dijo en voz alta:

“No quiero más café. Me voy a poner como una moto.”

Calló, dejando una mano en el mostrador. Al volver a hablar, se dirigió a la mujer del espejo.

“Es la única prueba de que soy adulta. Los niños no toman café. Y de todos modos, no puedo dormir… Me paso la noche dando vueltas en la cama, dejándome asaltar por las sensaciones. Son como olas: me inundan, se retiran, me inundan, se retiran. Todas las sensaciones de la adolescencia. ¿Te imaginas? Una detrás de otra. Contradictorias, absurdas… De pronto, me siento muy a gusto, protegida, como cuando jugaba a ser mamá a los cinco años, y ponía la mesa igual que mamá, y subía a la terraza detrás de ella con las pinzas, y la veía planchar las camisas de mi padre, y aparecía mi padre y me daba un beso, y yo creía que ese era el mejor de los mundos, que era seguro, que era eterno. Eterno… Aunque mi padre y mi madre no podían pasar veinticuatro horas sin pelearse…”

“¿Pero tú no eras una niña cuando se separaron?”

Sabine regresó al salón de estar con la jarrita rellena de café humeante.

“Sí. Siete años. Por eso. ¿No? ¿De dónde saco yo esas sensaciones de tranquilidad espiritual, precisamente lo que menos había en mi casa…? Y luego, me viene el miedo.”

“¿Pesadillas?”

“¡Si no duermo! El miedo, la angustia, la soledad. Pienso en mis hijos y creo que soy ellos, y siento lo mismo que cuando se marchó mi padre.”

“¿Os dejó?”

“No. Fue una separación sin escándalo, sin números. Mi madre se comportó como si se hubiera marchado de viaje. Pero yo sí que la sentí. Yo sí… Y me digo, ¿qué sentirán mis hijos, ahora, sin su padre? Y en unos segundos la ola se va, y viene otra ola. El hastío de las fiestas, el aburrimiento de los domingos lluviosos. La misma sensación de culpa por no hacer nada, por no tener nada que hacer, y por no querer hacer nada. Yo creía haberla dominado, olvidado, esa sensación de culpa. Pero no, aquí está… El caso es que los primeros días después de la desaparición de Daniel estaba eufórica. ¡Se había esfumado! Él solo, sin que ni yo ni nadie hubiera intervenido. ¡Me había dejado en paz! Se había marchado. Me había abandonado. Me había dejado libre. Ahora podía conocer la felicidad… Está en la Constitución americana: todos tienen derecho a la felicidad. Pero al cabo de los días, la culpa regresó con su sigilo acostumbrado. Y fue como si Daniel no hubiera desaparecido. Fue como si se hubiera escondido y estuviera esperando el momento oportuno para reaparecer… en mi vida.”

“¿Conoces a un tal Mr Godeye?”, preguntó Carlota Warden, echándose azúcar en la taza rellena de café.

“No me suena ese nombre. ¿Quién es?”

“Me pareció un mago, o un prestidigitador. Va vestido con una capa de tela de gabardina, y habla como si fuera un profeta sin patria.”

“Te pareció…” Sabine sacudió su cuerpo como si hubiera sufrido un calambrazo.

“Se presentó el otro día en IOPEDET y preguntó por ti.”

“¿Qué quería?” La voz de Sabine era un susurro.

“Transmitirte un mensaje.”

“¿Qué mensaje?”, ahora su tono fue defensivo, violento.

“Era un mensaje cifrado. Lo soltó y se largó corriendo. Bueno, casi se evaporó antes de salir de Recepción.”

“¿Un mensaje cifrado? ¿Qué quieres decir?”, preguntó conteniendo un temblor.

“Es una tontería mía. Soltó una sarta de sandeces. Procuré no darle importancia, porque imaginé que sería un asunto privado tuyo.”

“No te entiendo.”

“Un amante despechado”, terminó admitiendo Carlota Warden.

“¿Mr Godeye?” Sabine meditó un segundo. “Traducido significa Ojo de Dios.”

“Sigo creyendo que era un prestidigitador. ¿Seguro que no has tenido una aventura con un prestidigitador?”

“Ojo de Dios. Ojo de Dios. ¿Cuándo apareció ese tipo en IOPEDET?”

“El día de la desaparición de tu marido.”

“¿A qué hora?”

“A las doce.”

(Ir a la Tercera Parte)

 

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