SIMULACRO DE REALIDAD (I)

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En tromba entró Mr Godeye en Recepción. Sin avisar. Como un okupa perseguido por los antidisturbios.

“¡Soy Mr Godeye, y quiero hablar con Sabine Poehlmann!”

Retumbaba su voz con ecos míticos, aunque tenía cara de vendedor de aspiradoras, y venía envuelto en un mantón con esclavina.

“¿Quién dice usted que es, señor?”, trinó una maniquí de poca monta. Mas antes de acabar sintió un tironcito en el borde de la falda y supo que no debía haber hablado.

Por un instante interminable la escena se congeló como un anuncio de automóviles. Figurines con atuendos oscuros, porteros de librea minimalista, servicio de seguridad con tahalíes de diseño, la escenografía zen del escaparate receptivo, todo estaba vuelto hacia la mítica voz. Pero en unos segundos perdieron interés, y regresaron a su rol publicitario, convencidos de que el visitante no era digno de su tiempo. La inconstancia de lo efímero.

“¡Soy Mr Godeye, y…!”

“Señor Godeye”, le interrumpió una voz que arañaba igual que la punta de un cuchillo en un espejo. “La señorita Poehlmann está de vacaciones.”

Era Hembra Impecable. Había saltado desde unas bambalinas de pórfido rosado, y con ojos de hielo miraba al energúmeno del capote.

“Sé que está de vacaciones. Suelo saberlo todo. Pero necesito dejarle un mensaje. Una transmisión física, no una teofanía”

“Entréguemelo a mí. Se lo daré en cuanto aparezca. Soy su supervisora.”

Hembra Impecable dio un paso hacia Mr Godeye con un bloc de notas inservible y un bolígrafo tan postmoderno en las manos que podía haber sido hurtado del mismísimo despacho de Martin Heidegger. El membrete del cuaderno rezaba IOPEDET. No era ni una broma ni un enigma, sino el Instituto Oficial de Promoción Empresarial y Desarrollo Tecnológico, la realidad gris tras el zaguán fulgente.

“Este es el mensaje. Apunte.” Y Mr Godeye se abrió el capote al hablar, pero no apareció nada. Sólo un hueco, un vacío, un más allá. Con su voz de trueno cavernoso dictaba lentamente: “Siempre te observo. Ojos en secreto te observo. Ojos conspirativos. Ojos vigilantes. Ojos de la Ley. Ojos de guarda con tahalí de cuero, chapa de bronce y linterna de pila ancha, colilla apagada entre los labios… ¿Te acuerdas? Los ojos del firmamento te observo despiadado, vengativo halcón, sin asomo de misericordia. Te observo Ojos de la Ley que has quebrantado. La Ley no hay otra vida dice que clavada en el corazón. Llevar.”

“¿Qué?”, soltó Hembra Impecable sin levantar la vista del cuaderno, perdido el rumbo de sus anotaciones.

“¿Qué?”, repitió Mr Godeye.

“¿Es eso todo?”

“Esto sólo es el principio.” Había un tono de sarcasmo o quizá de amenaza. “¿Ha tomado buena nota?”

Cerró sobre la nada su mantón, se dio media vuelta (entonces fue cuando pudo verse la esclavina) y abandonó como un relámpago la aséptica sede del IOPEDET.

Durante unos minutos fue como si Mr Godeye no hubiera estado nunca. Al final, uno de los maniquíes con el torso cruzado por tirantes descolgó el pescuezo por encima del hombro de la gélida elegante. Mas no pudo leer nada, pues nada había escrito en el cuaderno.

“¿Qué decía ese pavo de Sabine?”

“Creo que le ha lanzado una maldición.”

“Olía raro.”

“A vagabundo. A sin techo. A refugio de pobres.”

“¿Una maldición, dices?”

“¿No lo crees?”, dijo Hembra Impecable apartándose de Cabeza Curiosa, dirigiéndole una mirada destructora como un acorazado de bolsillo.

Una marea oleaginosa inundaba periódicamente de fatiga a Sabine. Crecía en su interior, anunciando que al retirarse dejaría las vísceras pringadas de alquitrán (más diluido que el asfalto, pero alquitrán).

Remontaba el hastío cada una de sus vértebras. Y al llegar a la garganta superaba todas las marcas previas de desdicha. Con el paso de las horas, la desdicha se convertía en fatiga. Luego, la fatiga se transformaba en vergüenza. Y finalmente, de nuevo en abatimiento.

Mas ahora ya no era igual. Ahora él no estaba. Se lo había llevado el sol de mediodía, a él y a una descacharrada bicicleta. Una fuerza misteriosa había borrado su existencia al filo de las doce, entre campos de cereal y girasoles. Una Fuerza Imperceptible.

Sabine no creía en las fuerzas ocultas, pero no podía encontrar otra explicación mejor. Se había evaporado casi delante de sus ojos.

Había hecho dragar el río. Partidas de agricultores ávidos de morbo, de gendarmes con kepis de charol, de braceros negros y de tuaregs habían peinado el término municipal, corrales, caseríos, bosques, cunetas, descampados, sin encontrar ni rastro. Nada.

Nada anormal había ocurrido aquel día sofocante, ni antes ni después de que los campanarios de las viejas iglesias desgranaran el Ángelus. Pasó el día entero y ni siquiera llovió. Se puso el sol entre los nubarrones, y Daniel Poehlmann, el esposo de Sabine, no apareció. Jamás volvió del secretísimo lugar en el que se había precipitado: ¿el légamo del río?, ¿engullido por un monstruo burlón de lo moderno?, ¿el nítido interior de una nave industrial extraterrestre?, ¿el Limbo de los Santos Inocentes? ¿Otra dimensión, otra vida desde la que seguir emitiendo sobre ella su consistente proyección espacio-temporal?

“El otro lado del espejo”, se dijo Sabine. “Me está observando desde el otro lado del espejo.”

En su vida anterior hubo un hecho destacable. Un amante. Un hecho que le parecía más extraordinario que su doble maternidad. Por coincidencia o por una confusa relación causa – efecto, la aventura comenzó poco después de haber leído “La educación sentimental”, de Gustavo Flaubert. Los amantes apenas se veían, pero hablaban mucho por teléfono. El no decía Te echo de menos, o Echo de menos tu olor, o Echo de menos tus caricias y tus besos. El decía, Tengo mono de tu gruta manante o de tus volcanes pálidos, o Cuando te vea te voy a poner la mano encima del universo y la voy a dejar allí hasta que se convierta en un fósil. Y Sabine acercaba los labios al auricular y le provocaba con voz ardiente: ¿Me comerás? Mmm. ¿Qué? Toda; empezaré por la selva negra. Esto le daba celos, porque Sabine era rubia; tenía la convicción de que la confundía con otra. Mas todo era artificio. Como cuando le decía de espaldas a él, sentada al borde de la cama, ¿Cuántas amantes tienes, mi rey? Ninguna. ¿Y yo? Tú eres mi mujer objeto.

También era mentira, porque después de todo, no era una amante excepcional, aunque ella aparentase creerlo. Los actos sexuales (clamorosos, sincrónicos) eran tan sensatos, tan cuerdos que de haber sido más frecuentes no habrían tardado en volverse una rutina. Sin embargo, con su amante, Sabine había conocido la pasión, la exaltación, las turbulencias del amor y del sexo. Pero sobre todo había experimentado una relación sin asechanzas, sin angustia, sin pensamientos ocultos, sin falsas esperanzas, sin decepciones. Se habían amado tan intensa como armoniosamente. Sabine, que siempre se había tenido por una mujer maldita por la suerte, se había reconciliado con su horóscopo, y había comprendido que la mejor fantasía es la que se alcanza con las manos y viene servida por el capricho del destino.

(“¡Vaya! ¡Vaya!”,diría Mr Godeye sin levantar su voz mitológica, un poco meditabundo.)

Ya no necesitaba un hombre fascinante, poderoso, muy rico, atrevido, insaciable. Sólo le bastaba esto: sentirse deseada, sin dudas, sin reproches; que estuviera dispuesto, siempre, hasta a mentir por ella, a no tener vergüenza, a besarla a escondidas, a hacer cosas vulgares, a reírle las gracias por sosas que fueran, a despedirse con una carantoña sentimentaloide, a llamarla por teléfono en horas inoportunas, a no hablarle nunca de lo hundido que estaba, a comprarle picardías y lápices de labios de colores circenses, a decirle, te quiero, pero no te lo creas, que te puedes dar una hostia. No, esto último no le gustaba.

Al final se la había dado. Él a ella. Con otra. Pasa casi todos los días. Sale en las películas, en las novelas y en las series de televisión. Sobre todo en primavera y en otoño, cuando cambia la estación y llueve los fines de semana; el cielo encapotado parece llevar años así, y no hay signos en el horizonte, como si alguien hubiera detenido el tiempo cronológico y atmosférico a las cuatro y cuarto de la tarde.

Nos vemos mañana en la salida del Metro de Opera. O Espérame en el jardín que hay al lado de la iglesia de San Sulpicio, te leeré unos versos.

Durante algunos años había sido así. Luego, dejó de serlo.

Ahora, constatada la desaparición de su marido, le sorprendió reconocer que ni siquiera la plomiza tensión del ocaso había hecho renacer la nostalgia de su amante. Durante tanto tiempo, una herida sin cerrar. Y de pronto, una cicatriz a punto de convertirse en un surco más acumulado sobre su piel.

Pensó, me gustaría llamarle y decirle, Daniel se ha ido, no sé dónde ha ido, pero ya no está, se ha perdido con su bicicleta por las llanuras de Borgoña. Iba delante de mí, como a un kilómetro, y al llegar a un cambio de rasante quizá debió de tirar por otro camino, el caso es que no sé nada de él desde entonces, hace ya… ¿Te parece absurdo? A mí también. Y a la policía. ¿Tú qué haces? ¿Nos vemos a la salida del metro?

Era una fantasía.

Sabine también se acordó de Gustavo Flaubert, de quien ya había leído “Madame Bovary” y “Salambo”. Le habían fascinado tanto ambas protagonistas, que cuando la inercia matrimonial se le hacía insoportable, descarrilaba de ella y pasaba ratos alternativamente en Yonville y en Cartago. La desaparición de Daniel le trajo a la memoria aquellas evasiones literarias, con leves efectos emocionales, como si fueran estaciones desiertas durante un viaje nocturno en un tren correo.

(Ir a la Segunda Parte)

 

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