Russell y Joyce, dos terroríficos autores ingleses

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WaspNovelMe refiero a Eric Frank Russell y a Graham Joyce.

El primero vivió entre 1905 y 1978, fue un notable escritor de ciencia ficción, y es el autor de Wasp, “Avispa”, que voy a comentar.

El segundo, nacido en 1954 en Inglaterra, escribe novelas de un género inclasificable según los clasificadores. Buena señal. Es el autor de The Tooth Fairy (equivalente a Ratoncito Pérez) traducida al español como “Amigos Nocturnos”, ante la imposibilidad de sacarle provecho al título original.

Wasp, de Eric Frank Russell

He encontrado estos libros en “París Valencia”, una moderna librería de viejo con varias sucursales en la ciudad del Turia. Los compré al azar, porque no sabía nada de sus autores, movido por el olfato o la intuición. Otras veces me he equivocado, en esta ocasión acerté de pleno.

“Avispa” es un manual de acciones terroristas. Trata de las actividades subversivas y de los sabotajes de un agente terrícola infiltrado en un planeta de la constelación de Sirio, en guerra con los buenos, que somos los de aquí abajo. El solito consigue desequilibrar las fuerzas sirianas y facilitar el desembarco de los buenos en territorio enemigo.

Wikipedia dice que la trama está basada en la actividad de contraespionaje y desinformación que realizó Eric Frank Russell durante la Segunda Guerra Mundial. Es una posibilidad, que otros niegan, restando importancia al trabajo de Russell en la contienda.

El contenido cienciaficcional de “Avispa” es una convención. El autor sitúa la acción en el supuesto planeta Jaimec, porque proporciona más emoción literaria a la historia que si se desarrollara en la URSS, superpoblada de novelas en su época. Hay más en “Avispa” de espionaje, aventuras y humor que de ciencia. El gran mérito es la limpieza e ingenio de la historia, que se sucede en riguroso orden cronológico a un ritmo ancestral; quiero decir asimilable, creíble, casi verificable. Lo único que tenemos que hacer para tomarnos en serio al protagonista es aceptar que ha adquirido en su entrenamiento (que el autor nos ahorra, con buen criterio) los nervios y el físico de un atleta olímpico (de Olimpia, Grecia Antigua), y es capaz de mantener la cordura y la astucia comiendo y durmiendo poco.

En “Avispa” accedemos en la ficción a lo que después la realidad nos ha mostrado con contundencia, que las masas y los gobiernos despóticos pueden ser engañados si se utilizan los resortes adecuados. Ejemplos, la ejecución de los atentados del 11-S y del 11-M, curiosamente sin gobiernos literalmente despóticos. Si a alguien le apasiona el género y no la conoce, corra a “París Valencia” a comprarla. Está en la veterana y desaparecida colección Acervo de tapas duras, y fue publicada en España en 1981 (1957 en Inglaterra).

Adenda del 18 de julio. Se me pasó una observación cuando escribía esta reseña. En la ciencia ficción son frecuentes los escenarios sociales y tecnológicos avanzados. Por avanzados se entiende que son más complejos que los presentes o el presente del autor al escribir su historia. En lo social, el panorama suele presentarse tenebroso, y pocas veces utópico. En los tecnológico, los autores de la Edad de Plata de la Ciencia Ficción patinan de lo lindo. Casi todos atribuyen al futuro la rutina de los viajes espaciales, la colonización de otros mundos y el intercambio de conocimientos o de cohetazos entre alienígenas y terrícolas, cosas todavía muy lejanas. Sin embargo, en muy pocas ocasiones se anticipa la presencia ubicua de Internet o de algo que se le parezca. Resulta curioso que la tecnología de los sirianos sea una proyección poco atrevida de la que existía en vida de Eric Frank Russell. El mundo digital que hoy es la base de toda nuestra parafernalia doméstica está por completo ausente en “Avispa”. Sin la tecnología cibernética presente no sería posible un panorama social y científico como sugieren la mayoría de las novelas de ciencia ficción, ni viajes espaciales ni conflictos interplanetarios. A lo más que se han atrevido los escritores más sesudos de este género en los años 60 e incluso 70 es a aplicar los descubrimientos de la astronomía y a crear nuevos modelos cosmológicos sobre al base de los agujeros negros, la antimateria y la posible multiplicación de Big Bangs. Pero de la intercomunicación universal gracias a la tecnología digital, pocas anticipaciones.

The Tooth Fairy, de Graham Joyce

En español le llamamos “El Ratoncito Pérez”, que cambia a los niños sus dientes de leche por calderilla. La traducción era inviable, porque el co-protagonista de la historia es un duende que se lleva los dientes, que no tiene nada que ver con la imagen o la idea de un ratón. Es un ser infrahumano (o sobrehumano) que un niño, vecino de una ciudad provinciana inglesa en la década de los 50, descubre en su habitación. El duende (que cuando el protagonista crezca se convertirá en una libidinosa duende) queda “atrapado” al ser descubierto, y convivirá con el niño, luego jovencito y al final adolescente. Las tremendas y fabulosas situaciones en las que el protagonista se verá envuelto a lo largo de su crecimiento tienen siempre que ver con el duende de los dientes.

No voy a dar más detalles. Subrayo e insisto en los ingredientes que acabo de mencionar. Una ciudad de provincias, años cincuenta-sesenta, pandilla de chavalitos parecida a la del Guillermo Brown de Richmal Crompton, entorno familiar de clase trabajadora; todo esto descrito con una maestría, un pulso y el realismo de novelista anglosajón de altura, y bordado en una urdimbre fantástica y un pelín terrorífica, trabajada con la misma pericia. Añádanse dosis calculadas de ironía y un minucioso cuidado en la coherencia de los hechos extraordinarios.

Joyce pone en cuestión la moral pequeñoburguesa de la working class británica en conflicto con su instinto bárbaro, los sistemas de enseñanza pública y privado, la sanidad mental pública y los clubes de juventud de su país. Las extravagantes perversiones de este último medio (que también tiene estupendos méritos) las debe conocer bien Joyce, porque, según Wikipedia, perteneció a la National Association of Youth Cubs hasta 1988.

Cuando digo “instinto bárbaro”, me refiero a instinto bárbaro. La clase trabajadora británica, igual que la alemana y toda la nórdica en general, en contraste con la mediterránea, es especialmente bárbara, como los bárbaros que temía Roma. Básicos, violentos, entregados a sus instintos, noblotes, obedientes a la porra del orden, en una palabra, salvajes. Quien haya estado en Benidorm en verano lo ha podido comprobar.

El estereotipo (a mi entender bastante acertado) se agudiza entre las mujeres. Las mujeres anglosajonas de la working class son dominadoras y salvajes. No es casual que la patología sexual anglosajona sea tan rica. Esto es algo que aprovecha Graham Joyce con brillantes resultados literarios en The Tooth Fairy.

Dice Wikipedia que la temática de Joyce es realismo fantástico. A mi entender no tiene nada que ver con García Márquez o con Julio Cortázar, autores de otro fuste, ibérico, latino, mediterráneo, más cercanos a la Iliada o a la Odisea que a Beowulf. Es muy posible que se haya aprovechado de ellos con inteligencia y justicia. Al fin y la cabo es doctor en Literatura Inglesa y profesor de escritura creativa.

“Amigos nocturnos” está editada por La Factoría de Ideas en 2009 (publicación original 1997), que tiene un apreciable listado de autores de buena fantasía, entre otros Jonathan Carrol, que avala a Graham Joyce en la bitácora de este último. También se encuentra en las estanterías de “Paris Valencia” a un precio de esos que se llaman irrisorios.

 

 

 

 

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