JABABRICH (I)

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Canberra_1961-25-Sydney_thumb[5]Una narración en tres entregas. Jababrich es más o menos el sonido de Harbour Bridge en inglés. El original fue escrito en Sydney, Australia, en 1983. Esta versión acaba de ser retocada.

Néstor Wired 

Néstor Wired, que salía de casa vestido con el mono de faena de las Royal Australian Air Forces, se mordió la lengua para no decir a su hija: “Cuando vayas a pasar por debajo del puentecito, fíjate si viene alguien detrás de ti. Si viene, déjale que pase. Luego, pasa tú. Pero procura siempre no meterte debajo del puentecito con ningún desconocido”.

La razón de Néstor se sobrepuso a su angustia de padre y ahorró a la inocente criatura una inquietud. No podía quitarse de la cabeza que la niña sufriera una mala experiencia por no estar prevenida.

Néstor Wired trabajaba para la Patria. Su trabajo en las fuerzas armadas consistía en prevenir incidencias informáticas que pusieran en peligro las alertas aéreas del ejército australiano. Pero había decidido no convertir en personal el paroxismo profesional de un hecho improbable, que los cielos australianos fueran invadidos por misiles o aeronaves enemigas.

Muchas veces a Néstor Wired le asaltaba la indecisión. Le asaltaba en los tiempos muertos. Algunos funcionarios empapan su aburrimiento en alcohol, otros levantan castillos en el aire y los derrumban a cañonazos. Otros, preparan su ascenso poniendo trampas a izquierda y a derecha y aprendiendo a no morder los cebos de las trampas ajenas.

En los ratos que Néstor Wired no estaba trabajando para la Patria inventaba pesadillas. Lo cierto es que las pesadillas se le presentaban sin acabar, como nubes con forma de torpedo. Néstor terminaba de esculpirlas arrastrado por un fatalismo que llevaba en la sangre.

Por ejemplo, soñó varias veces que el ejército argentino desembarcaba en las islas Falkland, y llegó a comentarlo con su mujer. Y el día que se dio la noticia (de la que él se enteró con horas de anticipación, debido a su trabajo relacionado con la prevención de incidencias militares súbitas) fue el peor de su matrimonio, porque ambos cónyuges temieron que el gobierno australiano decidiera participar en aquella crueldad estúpida, cosa que no sucedió.

Otro de sus sueños reiterados era que a su hija la asaltaba un sádico, que la criatura sufría un trauma irrecuperable, y que él se volvía un fanático de la disciplina, un déspota, un presunto golpista contra el equilibrado orden de Westminster. Puesto que su pesadilla de las Malvinas se había hecho realidad, el sueño recurrente de su hija asaltada empezó a obsesionarle. Lo peor es que sufría solo, pues esta vez no cometió la imprudencia de comentarlo con su esposa.

Néstor era un tipo de apariencia endeble. Tenía el pelo y el bigote negros y los ojos como turquesas. Unos ojos que no echaban chispas, sino fuego. Nacido en Elche en una familia murciana de apellido Guirao (en boca de un australiano, “güirao”, y de ahí “wired”, debido a su trabajo como experto en protocomputadoras), se hizo australiano de un modo natural, al descubrir que llevaba viviendo más años en el Hemisferio Sur que en ningún otro sitio, desde que desembarcó en Sydney Cove siendo un niño.

Se casó con una rubita de Whyalla, South Australia, todavía más pequeña y delgada que él, una inglesa, de oficio peluquera, que también había desembarcado en Australia siendo niña.

Néstor había llegado al grado de sargento en el ejército del aire. Sargento especialista en Computing Services. Se dejó envolver en el campo magnético infinitesimal de los inmensos ordenadores de los años setenta, y era enlace en un centro de trasmisiones de la RAAF en Canberra, una ciudad hermosa como el proyecto fin de carrera de un estudiante de arquitectura con la imaginación de una IBM.

A Néstor Wired le mandaban de vez en cuando a Malasia, fiel aliada de la atenta Australia, para componer algún desaguisado en el sistema de defensa que mantenían las computadoras.

Su posición y su trabajo eran inmejorables. Y sin embargo Néstor padecía por dos razones, la ambición y el miedo. Tan imprescindible era en su puesto que no le ascendían. Para la RAAF su habilidad y su conocimiento valían más que los galones de teniente. Los intereses de la Patria se habían convertido en un obstáculo en la codicia profesional de Néstor.

Para acabar de enredar las cosas, se zambulló en una congoja siniestra: la de que algún gitano surhemisférico, algún aborigen etilizado, algún emigrante insólito, algún sajón incontinente, asaltara a su hija Beatriz.

“Asciende a cuatro el número de víctimas por el tiroteo de McGregor. El joven Tim Parkinson, que sufría herida de bala en la cabeza, falleció anoche en el Royal Canberra Hospital. Su padre y otros dos hermanos fueron encontrados muertos, todos con disparos mortales en la cabeza, en su casa de Mc Gregor el día anterior”.

Néstor pensó que no tendría más remedio que hablar con su hija. Tendría que decírselo. En Canberra nunca había pasado nada semejante. ¡Qué horror! ¡A lo que se está llegando en Australia! ¡Si esto parece el Mau-Mau! ¡Cuidado con el puente!

El puente.

El altísimo puente de Canalejas sobre el Vinalopó, un hondo cauce árido, abierto a martillazos por un sol que cae sobre el barranco a plomo, sin rebotar. Dos burros grises ramonean unos arbustos en lo hondo de los terraplenes ocres. Atada a uno de los baluartes del puente, la tienda improvisada de una familia de nómadas.

Antón, Antón

no pierdas el son,

porque en la Alameda

Dicen que hay un hombrón

con un camisón,

que a los niños lleva.

El Huerto del Cura, el Parque municipal, los huertos interminables de palmeras que hay al otro lado de la vía del ferrocarril son para Néstor alamedas tenebrosas donde le aguarda el hombrón del camisón, el sacamantecas que le rajará con una larguísima faca de Albacete como la del tío José María, y le comerá las vísceras.

Néstor es un mañaco. Un mañaco acosado por leyendas terroríficas. Si no te portas bien, te llevará el hombre-del-saco, la guardia-civil, los gitanos-de-bajo-el-puente, el portero de la fábrica de alpargatas. Le fascinan las turbas ebrias que vienen de Altábix, ahítas de rugir y de devorar árbitros chulos, cuervos, burros, hijos de puta. Le gustaría mezclarse con ellas y desahogarse hasta quedarse ronco.

Huele a cuero cocido, a plástico quemado, a zapatos calientes, nuevecitos. Huele a goma, a abarcas con suela de neumático. Huele a pólvora.

Cae un sol despiadado sobre las calles sin asfaltar de Elche, un sol que no rebota, que rueda como una apisonadora ingrávida de fuego. Huele a pimiento frito, a arroz con costra, a sardinas de Santa Pola a la brasa, a leche merengada, que no suele oler. Huele a sudor.

-Lo que estos cabrones quieren es vernos otra vez en alpargatas a los obreros. Pues yo no. Yo me voy con mi familia a Australia.

– ¡Néstor! ¡Néstor! Que no te voy a volver a ver, hijo mío.

El último recuerdo de Elche lo tiene grabado Néstor en las mejillas: dos besazos como mordiscos de su tía Ramona.

Una noche de domingo Néstor Wired soñó que era Tikamporn Vongphachanh, hijo de un pu-ya-ban, un alcalde pedáneo y juez de paz de Koh Sa Mui, la isla de los Cocos, a unas cien leguas al sur de la Krung Thep Bangkok, la capital de Thai1andia, antiguo reino de Siam.

(Continúa en Jababrich II)

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