JABABRICH (II)

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(Segunda parte de Jababrich I)

Tikamporn Vongphachanh

Tikamporn Vongphachanh era un indochino menudo y de piel tostada, pelo lacio, boca abultada, nariz brahmánica y ojos almendrados. Estudiaba ingeniería electrónica en la universidad de Sydney cuando su vida se introdujo en el sueño de Néstor.

Por aquellos días Tikamporn estaba resolviendo una duda dolorosa: mudarse a un reducido apartamento de Glebe Point Rd. o no mudarse. Heather Eversley era una inglesa fondona, de pelo rubio largo y lacio, y mirada inquisitiva, que hablaba rápido como harían los pájaros si pudieran hablar.

Le machacaba con que te vengas, que te vengas conmigo. Que te quiero. Que podemos vivir juntos y ser felices.

Heather era funcionaria contratada de la Universidad. Algunas veces llegaba a la oficina con los ojos como tomates y se pasaba la mañana fumando, bastante silenciosa, con la mirada ausente, y dando cabezadas. Heather era voluntaria del Teléfono de la Esperanza, y en ocasiones tenía que hacer turno de noche. A Heather le gustaba ayudar a los demás.

Tikamporn Vongphachanh había experimentado los ardores y las frialdades de cuatro sajonas, contando a la absorbente Heather. Esta última era la que más le conmovía. Le conmovían sus nalgas desbordantes, retenidas por braguitas siempre ostensibles debajo de la falda o de los pantalones, como si en lugar de vestirse con tela lo hiciera con celofán. Y le conmovían sus tetas rústicas, como las copas de cobre de una corte bárbara bañada apenas por la luz de la civilización.

Tikamporn le daba largas, y no sabía qué hacer para no acercarse, de vez en cuando al apartamento diminuto de Glebe Point Rd. Los argumentos de la inglesa demolían la resistencia espiritual del tailandés.

¿Qué hay después de la carne? ¿Quién puede retener el placer? ¿De qué nos sirven los deleites de este mundo? ¿Por qué insistimos en morir agarrados a ellos con desesperación, en volver a nacer, en volver a someter nuestra existencia, en morir otra vez, en errar siglos y siglos víctimas del deseo?

Como un eco que se debilita, se alejaban las palabras del abad del wat de su pueblo, el templo budista donde aprendió a leer, se ordenó monje y entendió la virtud inestimable del namjai, que los cristianos como Néstor Wired llaman caridad, y la regla sedante del krengjai, que integra la tolerancia y la urbanidad de las culturas occidentales.

Acodado en la baranda de la terracita del apartamento, Tikamporn aspiraba el aroma seboso de las patatas fritas, el kebab y los pollos asados del restaurante libanés de un poco más abajo. Después del libanés había otro español, sucio y tenebroso que se llamaba “Casa Manolo”, otro francés, con fotos de París y sus monumentos en las paredes, un café en donde servían bebidas exóticas sin alcohol, una librería de viejo atendida por una chica con gafas y cara de solterona empedernida; y la iglesia de Saint John. Por el otro lado, el Post Office, la oficina de Correos blanca como una ermita sorprendida por el asalto de la expansión urbana.

De súbito, como un misil enemigo que penetra el espacio aéreo patrio, le entró un miedo irreprimible. Temía que Heather se aproximara por detrás, felina, descalza, medio desnuda, y le atenazara con sus tentáculos. Se metió en la casa, se puso la camisa, y dijo que iba a comprar algo de comer.

No su voluntad, sino su resistencia interior, una sofocada voz de alarma tomó por él la decisión de olvidar para siempre a la turgente Heather y volver la ilusión hacia Vasaana Sornvongsa, que era su novia y esperaba su vuelta para casarse santamente en una pagoda vieja, veneranda y fastuosa de la ciudadela de la Krung Thep.

“Yo iré contigo a Thailandia”, le decía la culona. “Me haré budista”. Pero él sabía que una mujer nacida en Liverpool, Inglaterra, criada en la árida inmensidad de Goulburn, New South Wales, entre rebaños de ovejas, bien comida, regalada, asegurada, feliz, próspera como todos los hijos del padre Menzies, no podría entender jamás el sentimiento colectivo de los thais, su frugalidad obligada, su disposición obediente, su respeto a los pu-yai, a los mayores.

“Todo esto está cambiando”, le escribía al mismo tiempo Vassana Somvongsa. “Bangkok es una ciudad caótica, llena de truhanes, de chóferes frenéticos, de multitudes con la infelicidad pintada en las pupilas. La tasa de crecimiento industrial en determinados sectores como el textil y el de maquinaria ligera es superior al diez por ciento, pero esta sociedad se está partiendo a cachos. Te puede parecer absurdo, pero quiero casarme contigo e irme a vivir a Australia, porque allí no hay tradición y nadie sufre por lo que se corrompe y se pierde. Todo es nuevo allí. Sólo se destruye nuestro mundo, el Tercer Mundo, y la ironía es que lo vamos demoliendo nosotros mismos, los tercermundistas. En Occidente se vive mejor, más libre, menos preocupado. Nuestro mundo se sacrifica en aras del progreso”.

Vassana exponía sus ideas con la precisión de una estudiante de ciencias políticas en la universidad de Chulalongkorn.

“¿Qué progreso?”, preguntaba Tikamporn a su novia. “Al que tú sirves con tu carrera”, contestó Vassana en la siguiente carta.

Heather no le dejaba en paz. Y hasta se buscó un novio falso para darle celos. Un medio aborigen de Townsville, Queensland, que se llamaba Sean. Un tipo grande como un elefante, de ojos verdes como el légamo de los billabong. Era barrigón y escandaloso, pero manso y de buenos sentimientos. Sean había estado en Vietnam matando comunistas, pero ocultaba esta aventura como un episodio vergonzoso.

Tikamporn sucumbió a algunas provocaciones. En cierta ocasión estuvo partido en dos mitades y casi descargó la mano sobre la desesperada súbdita británica. Dormía mal. Soñaba con frecuencia que tenía de nuevo quince años y que con su vestido de azafrán y su cazo de aluminio salía a mendigar una ración de comida todas las madrugadas.

“Santo, Santo, Santo”. La voz se deslizaba como una balsa sobre la corriente imperceptible del Chao Phya. “Mantente fuerte ante las tentaciones. Sé siempre honesto, siempre bueno. No peques. Vive limpio” Cuando Tikamporn se despertaba, un pensamiento impío se vertía sobre un obsceno molde de palabras: “Pasamos la vida pecando para poder vivir”.

A raíz de estas vigilias es cuando Tilkamporn Vongphachanh empezó a soñar que era Wolfgang Kreutznaer, natural de Aachen o Aquisgrán, Alemania. Wolfgang tenía treinta y cuatro años. Uno ochenta. Pelo trigueño. Pecho hundido. Ojos indescifrables tras unas gafas de culo de vaso. Casado. Una hija. Con domicilio en Wollstonecraft, North Sydney.

(Continúa y finaliza en Jababrich III)

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