Jababrich (III)

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(Tercer parte de Jababrich I y Jababrich II)

Wolfgang Kreutznaer

Wolfgang llevaba, en el momento de ser capturado por el sueño del siamés, dos años de peregrino en Australia. Había trabajado durante algún tiempo en la edición de Colonia del Bild Zeitung, , hasta que le cogió tanto asco al periodismo que temió perder el juicio. Durante el año 1977 había admirado secretamente la violenta determinación de la Rotte Armee Franktion. Siguió de cerca el trabajo de sus compañeros que cubrieron el asesinato del banquero Ponto. Habían acusado del crimen a una chica amiga de la familia del muerto, pero afortunadamente la muchacha pudo probar que en el instante del asesinato viajaba en un tranvía.

En septiembre le invadió el pánico. No supo muy bien por qué. Era un pánico irracional, prekantiano, antihegeliano. Abandonó a su mujer y a su hija, y se puso a viajar por todo el país. El primer día de la primavera le cogió en Weimar, al otro lado del Muro. Se inscribió en el hotel “El Elefante”. Por la tarde, después de la cena, se arrellanaba en un sillón y leía “Los años de aprendizaje de Wilhem Meister”. Se absorbía en la lectura como si estuviera leyendo un libro de memorias escrito por él mismo en otra vida. Por la mañana visitaba los hogares vacíos y polvorientos de Goethe, Schiller, Listz, y buscaba en el patio de butacas del Teatro Nacional Alemán las cenizas de la Constitución de Weimar.

Antes de abandonar la ciudad dio un paseo largo por el Goethepark y se llegó hasta la casita de verano del gran hombre. Subió hasta el cuarto donde solía trabajar Goethe y allí le entró un fugaz escalofrío. Se quedó inmóvil durante un rato mirando a través de la ventana el paisaje del que todavía no había levantado el invierno su sudario.

Regresó Wolfgang al mundo libre, y sintió también allí que le perseguían. En la Deutsche Demokratische Republik era palpable, ostensible, el control al que era sometido como súbdito de la Bundesrepublik Deutschland sin oficio ni beneficio, vagando por un país de irreprochables y públicas costumbres. Pero al menos Wolfgang sabía que las costumbres eran allí irreprochables y públicas para todo el mundo. Sin embargo, en su trozo de Alemania, donde las costumbres eran reprochables y privadas, advertía en detalles insignificantes que le seguían los pasos con mayor sigilo. Acaso por haberse paseado sin razón aparente al otro lado de la muralla. “¿Son ellos los que se separan de nosotros o nosotros los que los separamos de nosotros? ¿Quién levantó el Muro?”, se preguntaba Wolfgang. En algún archivo computerizado, funcionarios dóciles almacenarían en unos cuantos miles de bits el expediente de su peregrinaje. “¿Por qué? ¿Para qué? Absurdas preguntas”, se decía Wolfgang. Entró en Colonia tan aturdido como salió. Volvió con su mujer. Se puso a estudiar informática en una Volkshochschule. Tres años después emigraba con su familia a Australia.

Pronto encontró trabajo en la firma Wang, que tenía un edificio monstruosamente moderno en Milsons Point, North Sydney. Luego, en otra empresa pequeña, pero más agresiva, de la City.

Un fin de semana largo fue a Canberra a visitar a un primo que jamás había visto. Era hijo de la hermana de la madre de Wolfgang, una mujer que se había casado con un holandés antes de la guerra. Klaus, el primo, tenía diez años cuando llegó a Wollongong, NSW, donde creció. Era fontanero, y vivía plácidamente en Wanniassa, entre patos, gallinas, conejos y docenas de palomas. Klaus era un sabio colombófilo. Le enseñó su granja a Wolfgang y le dijo: “Mira, mañana vamos a hacer una barbacoa con algunas de las palomas de esta jaula. Son Birmingham Rollers, pero no todas son buenas. Las soltaremos, y a las que vuelen peor, les cortaremos el pescuezo y nos las comeremos”.

Klaus era un hombre a quien horrorizaba la indecisión; tras el primer embate de la duda, la machacaba con el recurso aplastante de una fe ciega. “Este país es el mejor del mundo”, decía. “La igualdad es un hecho. Si tú no te metes con los demás, los demás no se meten contigo. Se puede vivir”.

Después de esta visita, Wolfgang volvió a notar en su interior la desazón que le inquietaba en Alemania. En el trabajo, en los ratos libres, en lugar de juguetear con la computadora o ponerse a prueba con nuevos programas experimentales, se ponía a escribir poesías. Se las daba a leer a su mujer, y notó que, desde entonces, a la pobre le entraban pesadillas.

Wolfgang y su familia empleaban largos weekends en Queensland, por la costa espectacular del Pacífico, y también hacia el desesperante interior de New South Wales. Ambos paisajes eran estereotipos de lo opuesto a su experiencia europea, fría, gris y en los peores días, agobiante. El outback desértico podía ser amenazador y hasta peligroso si no hacías caso a las recomendaciones del Australian Automobile Club, llevar bidones con gasolina y agua de repuesto. Pero la sensación que producía en Wolfgang era de euforia, se encarnaba en la figura de Wilhem Meister y se veía cruzando el continente, del Pacífico al Índico a lomos de un camello importado de Asia por un proscrito redimido.

Lo que más jolgorio producía a Wolfgang era que en Australia se encontraban individuos por completo excéntricos, según la etimología de la palabra. Por ejemplo, en una barbacoa conoció a un francés entrado en años, elegante y culto, nacido en Pekín antes de la revolución comunista, criado en Cantón y con doble pasaporte, uno francés y otro australiano. Aquel caballero con la apostura de un miembro de la Legión de Honor, no había pisado jamás Francia.

Soñó que era él. Soñó que sorbía alegremente cerveza en el capuchón de una pluma estilográfica y que declamaba con voz profunda como la que se supone que tenía Lutero: “Todo lo que se aprende y se estudia en la juventud no sirve para nada. Pronto uno descubre que la sociedad no se conduce de acuerdo a ninguna norma extraída de los libros, y que los conocimientos técnicos que uno ha ido acumulando no pueden aplicarse a nada inmediato ni efectivo. Nada puede calmar nuestra mano temblorosa. La adolescencia se prolonga hasta la muerte, pero sin esperanzas y sin el refugio del hogar paterno. La mejor computadora también vive en la inopia.”

Otra noche Wolfgang Kreutznaer soñó que era Néstor Wired, un sargento especialista en computadoras de la RAAF, casado, con una hija, y la mujer en estado de buena esperanza. Néstor Wired se llamaba en realidad Néstor Guirao. Era hijo de murcianos que habían emigrado en los años 60 a Sydney desde Elche, Spain, porque no querían volver a calzarse alpargatas.

El mes de junio de 1983 tuvo lugar la más larga huelga de trenes en la historia de los últimos doscientos años de NSW.

A Wolfgang Kreutznaer le dio por volver andando hasta su casa, atravesando el Harbour Bridge por encima de la ría de Sydney. Al hacerlo, se ponía a imaginar el fondo sucio de aquel brazo de mar rodeado de barrios residenciales. Los tiburones que se habían colado desde el Pacífico tenían que sortear barcos hundidos, coches de suicidas, maletas, máquinas tragaperras, botas sin suelas y bolsas de plástico llenas de basura

Tikamporn Vongphachanh se había echado otra novia nueva, esta vez de origen ruso-argentino, que vivía en Kirribilli, en North Sydney, y algunas veces cruzaba el puente de vuelta a su casa en Balmain andando en dirección contraria a la del alemán.

Una tarde, durante la huelga, llovía torrencialmente. Wolfgang se armó de valor y de un paraguas y se encaminó hacia el norte. Se refugió durante un rato en el gigantesco contrafuerte de la parte sur, esperando que amainara el temporal. De vez en cuando sacaba la cabeza por la alta barandilla y observaba a los ferries envueltos en una niebla gris navegando a sus pies. Las crestas del Opera House aparecían desdibujadas, como si hubieran sido carcomidas por la tormenta. Más allá del Jardín Botánico y de Neutral Bay estaba todo tan borroso que parecía que desde Double Bay hasta el South Head, el extremo sur de la boca de la ría, y desde Cremorne hasta Manly, la punta norte de la boca, todo hubiera dejado de existir.

Volfgang echó a andar de nuevo al mismo tiempo que Tikamporn se dirigía hacia él desde el otro lado del Harbour Bridge.

Mientras tanto, una congestión de tráfico detenía todos los vehículos en el puente. Néstor Wired, al volante de un camión de matrícula militar con base en Russell, ACT, miraba con apatía la lluvia que se derramaba como un telón sobre lo que, en un día de sol, es uno de los más hermosos paisajes urbanos del planeta. Observó que dos hombres encogidos bajo sus paraguas se cruzaban en medio de la pasarela peatonal del puente y se alejaban el uno del otro. Luego, metió la primera, y avanzó unos metros más hacia The Rocks.

Un ferry procedente de Mosman Bay, al otro lado de la bahía, entraba con elegancia transtlántica en los embarcaderos de Sydney Cove, el primer asentamiento occidental en Australia.

FIN

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