Falacias históricas y bélicas

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P7190052Leer Regreso a Berlín, del periodista norteamericano William Shirer, Editorial Debate, 2010, es una fuente de placer y de estímulo intelectual. Shirer vivió en las grandes capitales europeas, más en Berlín que en las otras, durante los años anteriores a la invasión nazi de Polonia; permaneció en territorio alemán u ocupado por Alemania hasta diciembre de 1940; y regreso a Europa, la mayor parte del tiempo a la Alemania derrotada y destruida, hasta el otoño de 1947. Antes de recalar en Lloret de Mar, donde pasó unos meses de “retiro” en 1933, había estado en la India, y trabajado largos años en París, como corresponsal del Chicago Tribune.

Periodista de prensa impresa primero, y después uno de los pioneros de las noticias en la radio, con una sólida formación literaria e histórica, con dominio del francés, el alemán y algo de italiano y de español, ofrece una visión privilegiada de acontecimientos que han quedado grabados a sangre en la historia contemporánea.

Leer Regreso a Berlín tiene el doble valor de adentrarse en una crónica o narración histórica y periodística a la vez. El libro contiene sus impresiones, sus reflexiones y una selección de documentos nazis capturados por los ejércitos aliados de ocupación. Su experiencia personal y su conocimiento fundamentado de los hechos le permitieron escribir un par de libros estupendos sobre la Alemania Nazi.

Cuando uno repasa y revive los acontecimientos decisivos de la historia contemporánea, no puede evitar compararlos con el tiempo presente. A primera vista, nuestra época se muestra átona, sin color, vulgar y aburrida. Es esta una grave distorsión, peligrosa incluso, según el camino por el que deriven las emociones que provoca la lectura de la historia de los grandes momentos.

Considerar la paz y la prosperidad algo por debajo de la tensión bélica o de la misma guerra es una aberración de la que pocas veces somos conscientes. Se tiende a valorar a la guerra como el mejor escenario para la efervescencia de la creatividad, y donde la vida lleva a los seres humanos a los mayores extremos de la emoción.

Esta falacia se basa en la transfiguración de la guerra en un espectáculo, tanto en la cinematografía y en la televisión, como en los noticieros audiovisuales. Asistir desde la sala de estar al bombardeo de una ciudad no se diferencia de las imágenes bestiales recreadas mediante tecnología sofisticada en series y en películas. Las vemos desde el mismo sitio, el sofá, y nos afectan casi igual, cuanto más habituales se nos hacen.

Pero la revisión del pasado también nos ofrece otro término de comparación. La dimensión de los líderes de antaño nos parece gigantesca comparada con la de quienes hoy dirigen las naciones y los organismos internacionales.

Es otra deformación que pasamos por alto. Ni Roosevelt, ni Churchill, ni Stalin, ni Hitler, ni Mussolini, ni todos aquellos políticos y militares que “escribieron” la historia de las décadas de los Treinta y los Cuarenta en el planeta Tierra eran superiores intelectual, moral o políticamente a los actuales. Hubo algo que les engrandeció, que les convirtió en héroes o villanos mitológicos: la muerte. A ninguno de ellos parece que les afectó mucho las miles o millones de muertes que ocasionaron sus decisiones. Hitler porque estaba convencido de que la lucha era el destino de todos los seres, y en una lucha lo que importa no son las víctimas, sino los que salen victoriosos, el pueblo alemán, superior o con más voluntad de supervivencia que el resto de las naciones. Y los dirigentes de los países democráticos porque se vieron obligados a movilizar hombres armados e instrumentos destructivos para defenderse y, en cuanto se volvieron las tornas de la lucha, machacar al adversario. Hicieron suyas las palabras del demente nazi: “las guerras sólo concluyen cuando se destruye al adversario. Si alguien opina lo contrario, es un irresponsable”.

La clave de lo que ocurrió en Europa en la terrible década de los Treinta (ocupación de Austria y de Checoslovaquia por el ejército alemán, guerra de Abisinia emprendida por Italia, victoria de Franco en la guerra vicil española…) no fue la decisión de sus líderes y sus estados mayores, sino la inercia que arrastró a masas de seres humanos a la guerra.

Una de las reflexiones más lúcidas y tremendas de Shirer es que, en 1945, muchos alemanes con los que habló no reprochaban a Hitler el haber arrastrado a Alemania a la catástrofe, sino el haber perdido la guerra; lo que más les dolía era haber confiado en un tipo que les había engañado, al convencerles de su superioridad inquebrantable. En la mayoría de las estafas, la ingenuidad del estafado es culposa, porque se basa en la concupiscencia.

Por último, una idea producida por la lectura de Regreso a Berlín me carcome. La de que nuestros dirigentes pueden llevarnos a catástrofes de esa envergadura. Si no lo hacen, es porque no se dan las circunstancias, gracias a Dios o a lo que sea. No hace falta dirigir la mirada muy lejos. Basta echar un vistazo a nuestro alrededor, para ver un panorama de despilfarro, despotismo, corrupción, ineficacia, poca vergüenza, mediocridad mental y moral en nuestros políticos con poder de decisión. Imagino esta gestión política en un escenario desequilibrado e incierto, y el resultado inevitable sería un conflicto violento, una guerra civil, motines, saqueos…

¿Son nuestros líderes mejores o peores que los que destruyeron Europa en los años Cuarenta? ¿Son mejores o peores que los bárbaros políticos africanos que siembran la muerte en todos los rincones de su continente?

La respuesta carece de importancia. Es nuestra responsabilidad, no la de la Historia, la que nos permitirá prosperar en beneficio del bien común.

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