La lucha por la vida (II)

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SONY DSCLos neoliberales pseudo darwinianos por un lado y los promotores de la guerra final contra el sistema por otro mantienen la postura vital de que la lucha y el conflicto son motores de la naturaleza. Adaptan su práctica y su teoría a esta idea probadamente falsa, aunque conviene rebajar el calificativo a “errónea” para restarle agresividad, y ser consecuentes con nuestra propuesta.

Su argumento es que basta un somero repaso a la historia de las sociedades humanas para comprobar que la guerra ha venido a ser el motor de cambio; que, gracias a los enfrentamientos de seres humanos y de ideas la sociedad ha ido transformándose y enriqueciéndose en términos físicos y morales; que el conflicto, llámese dialéctico, llámese vital, llámese espiritual, entre seres vivos, tanto los que no son conscientes de sí mismos, como los que lo son, ese conflicto de infinitas caras es la base de la evolución.

Argumento basado en una observación errónea, superficial, estúpidamente acientífica, y digo esto último porque se supone que vivimos un periodo histórico en el que la ciencia rige el mercado y la existencia común de los individuos. Es una proposición tan insostenible como que cuando uno cala una superficie de agua con una vara, esta, visiblemente, se dobla en el plano de contacto del líquido con el aire, y que al sacar la vara, se endereza.

No es que la historia la hayan escrito los vencedores, es que la han escrito los menos lúcidos, tan poco lúcidos que cabría llamarlos dementes, sino fuera porque se trata de escribas, funcionarios a sueldo de una institución académica.

A mediados del siglo XX, una corriente propuso que la Historia no era una sucesión de reinados y batallas, y que había que fijarse en la micro historia, en las peripecias sufridas por pueblos, villas, ciudades, y documentadas en sus archivos administrativos o lo más parecido a eso al remontarse hacia el pasado. La micro historia ponía patas arriba a la Historia de siempre. Pero, como quedó reservada al territorio académico, causó poco impacto fuera de él.

Lo cierto es que la historia de una sociedad basada en el relato documentado de los acontecimientos más llamativos, más escandalosos, es fascinante, como todos los relatos bien hechos. Pero, como muy bien dicen los historiadores modernos y post modernos, es solo eso, un relato de entre tantos que pueden escribirse. Cada persona que toma la pluma o el ordenador y redacta un relato nuevo sobre la historia que le compete, lo hará de acuerdo con su formación, sus intereses, su ideología y sus creencias, no en una observación objetiva.

Supongo que hacer una Historia basada en las micro historias es un trabajo imposible, algo así como intentar leer cada día todas las bitácoras que se publican en el universo internáutico, y hacer un resumen de ellas. Quizá debemos conformarnos con que la Historia es un relato, no puede ser otra cosa, y hay que tomarla como tal; es decir, la Ciencia de la Historia no tiene nada de Ciencia.

Para entender la esencia de las sociedades humanas, el verdadero motor de su conservación y evolución basta con echar una mirada al alrededor de cada cual. Lo que descubrimos es colaboración más o menos intuitiva, generosidad y altruismo. Suprimamos la masa indocumentada de pequeñas o grandes renuncias y sacrificios, de actos de entendimiento, de buena voluntad, de ignorar el mal café con el que nos topamos o que nosotros mismos creamos cada día, borremos todo eso, y lo que quedará es el paisaje apocalíptico, que recrean hoy innumerables películas y series de televisión. Los apocalipsis descritos en casi todas las culturas, desde las más antiguas, las más primitivas, hasta las más modernas y más evolucionadas (por emplear un adjetivo con el que entendernos), son producto del miedo de mentes conspicuas, bien porque ese miedo lo ha producido en ellas su propio sectarismo, bien porque lo ha inducido un grupo dirigente interesado en crear el miedo para seguir dominando.

Si la guerra, la lucha, el conflicto, la violencia, el crimen, la intervención abusiva contra la naturaleza, en definitiva, el apocalipsis fuera lo común en la historia de las sociedades humanas, no quedarían en la superficie del planeta más que ruinas, devastación, ratas y cucarachas.

Ahora bien, si eso no se ha producido es porque quienes se empeñaban en que la lucha era la ley básica de la vida carecían de los medios necesarios para imponerse. Eran una minoría vergonzante, aunque muy poderosa, porque había conseguido engañar al planeta.

El problema de la actualidad presente es que, por fin, hemos llegado a un momento en el que tenemos instrumentos y poder para acabar con la vida, para demostrar de una vez por todas que la ley de la vida es la lucha a muerte, la destrucción, el saqueo, el odio. Esa minoría tiene en sus manos la capacidad de arrasar con bosques, con ciudades, con naciones. Quizá parezca que si hasta ahora no han calcinado el planeta es porque no pueden. Sí pueden. Pero por alguna razón inexplicable, la intuición colectiva ha funcionado y ha servido de barrera.

En estos momentos en los que ha entrado en crisis la tradición, la modernidad, la industrialización, el crecimiento, el dominio de una potencia sobre las demás, es cuando la posibilidad de demostrar que la lucha no sirve más que para aplastar posibilidades de entendimiento y de tránsito pacifico y creativo hacia el futuro se hace más evidente.

 

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