La lucha por la vida (I)

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SONY DSCVeo encima de mi escritorio una hoja de periódico plegada, que yo mismo he recogido y guardado. Todavía me acuerdo de por qué, aunque el para qué es impreciso. El titular está a medias, y solo se lee el final de las dos líneas que, transformadas en una, dicen así: ca como to de lucha. El original reza: La música como instrumento de lucha.

La versión incompleta tiene sonido de tragedia griega. La palabra “lucha” impera en él con una fuerza abrumadora. La lucha ha de ser así, total, si no, es un juego de perdedores o de tontos del haba. En el titular completo, la lucha adquiere un sentido, la forma sinuosa de un instrumento musical. Un violonchelo de quince pulgadas con recarga automática, un oboe de repetición con balas explosivas, flautas, violines, trompetas, bombos de gran alcance y precisión.

La lucha, la guerra. La fracción de mi generación comprometida con en antifranquismo se codificó el término lucha, y ha dejado esta atrocidad o esta ligereza en herencia a las nuevas generaciones, para quienes casi todo es lucha. Luchan por el amor, luchan por un empleo, luchan por sacar una carrera, luchan por conseguir un viaje low cost, luchan por un smart phone nuevo, por una subvención, un Erasmus, la sanidad y la educación públicas, la derrota del bipartidismo… y así hasta llenar un saco con objetos, objetivos y abstracciones.

¿Y en qué consiste esa lucha? En poca lucha, si es que hay alguna. Se sobreentiende que luchar es salir a la calle y manifestarse contra lo que toque. Oponerse en público y en colectivo a algo o a alguien no es luchar. Pedir, aunque sea a gritos, la dimisión o la cárcel de uno o varios sinvergüenzas no es luchar. Esto son actos pacíficos de justicia, no lucha. Si la policía reprime, la mayoría de la gente se retira, no se enfrenta con los armados. Y si lucha, acaba descalabrada o en la comisaría.

Con la lucha no se consigue más que perder o vencer. Y vencer es derrotar a alguien o a algo. Este uso del término en la vida cotidiana llega a convertirlo en una falacia, porque quien lo pronuncia no tiene el menor propósito de luchar en serio.

El origen de la idea de que la vida es una competición entre fuertes y débiles está en la desgraciada interpretación del venerable padre Darwin hecha por ciertos intelectuales de la época, de los cuales el más escandaloso fue Nietzche. De él la tomaron los liberales, que luchaban por la integridad del esfuerzo individual, los comunistas, que luchaban por la integridad del proletariado, los nazis y fascistas, que luchaban por la integridad del más fuerte y a los demás que les den candela.

Lucha. Peligrosa estupidez que llena la boca de militantes, empresarios, sindicalistas, misioneros, artistas, niños en el patio del colegio y asociaciones de amas de casa. Los afectados por un Ere luchan por defender su puesto de trabajo. Los parados luchan por conseguir un empleo. Los que van a ser expulsados de sus viviendas por un desahucio luchan para que no les echen. Luchas cuyo resultado pocas veces beneficia al luchador, ninguna en sentido estricto, pues su mayor éxito consiste en transformarlo en heroe difunto.

Así es como se veía y se escribía la historia social a principios del siglo XX. Luchaban los pueblos sometidos por el colonialismo, luchaban las naciones afligidas por una dictadura. Todavía siguen luchando. La lucha no tiene fin.

No es que proclame yo la inutilidad de la lucha, y el valor superior de la resistencia, la defensa pasiva. Si alguien intenta atacarme, lo más probable es que, si no tengo escapatoria, me prepare a darle donde más le duela, si acierto. Pero eso es instinto de sobrevivencia, no una ley natural.

Lo que sí sostengo, porque las investigaciones científicas lo avalan, es que la naturaleza, la vida, no evoluciona gracias a la lucha, sino al concierto, a la flexibilidad, a la adaptación. Esta idea tiene una carga moral demoledora y antigua, porque la han empleado (inútilmente, hay que reconocerlo) los mejores mesías de los más diversos pueblos. La sabiduría forjada por filósofos de diversas procedencias señala que la violencia catastrófica es una excepción en la naturaleza y en todos los seres que la constituyen, orgánicos e inorgánicos. Todo lo contrario de lo que han sostenido los ideólogos occidentales de los siglos XIX y XX, conmocionados por la literatura épica, que en realidad es literatura bélica.

La lucha, dicen los pseudo darwinianos de todo género y postura política, es congénita a la naturaleza, a la vida, a la existencia. Vivir consiste en sobrevivir a toda costa.

Sus argumentos no se apoyan en observaciones plausibles, sino en miradas focalizadas. Abra un poco más los ojos, hombre, mire usted bien, y verá que el dolor y la muerte no son males inevitables, el destino, la moira, sino fenómenos tejidos en la vida. ¿Luchan los médicos contra la enfermedad y la muerte? No. A la enfermedad no se la combate, se intenta entenderla para remediar los malos efectos producidos en el cuerpo y sobre todo en el alma del afectado por ella. ¿Imagina alguien una guerra armada contra la muerte? Esto no es una paradoja, es una estupidez.

Pues la mayoría de los seres humanos nos lo tomamos en serio cada día, porque apenas nos levantamos y ponemos la radio, ya están con la matraca de la lucha judicial, de la lucha contra la corrupción, de la lucha contra la mafia, de la lucha contra el islamismo, de la lucha contra el fanatismo, de la lucha contra la pobreza, de la lucha contra el sursum corda. Hasta algo tan bello y sublime como la música es ya un instrumento de lucha.

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