La gran paradoja: una sociedad sana dirigida por mangantes

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Acabo de vivir una corta experiencia que refuerza mi convencimiento sobre la fortaleza de la ciudadanía española, y la contradicción en la que incurre votando a una clase política que dista mucho de estar a su altura moral y cívica.

El 27 de noviembre inicié un curso relacionado con el mundo internáutico en las instalaciones del Servef (Servicio Valenciano de Empleo y Formación) de Paterna. Me habían convocado días atrás para hacerme una prueba, y fui seleccionado. Me encontré catorce personas de diferentes extracciones profesionales, casi todas tocadas en algún momento de sus vidas laborales por la experiencia informática. Había desde jóvenes de veintipocos a adultos de cincuenta. Yo era el mayor, pero me encontraba casi tan muchacho como el de menos edad, quiero decir que congeniaba con ellos y ellas. Por una vez, dominaban los varones. Creo que no más de cuatro personas poseíamos formación universitaria. Ciudadanos corrientes, aunque no vulgares. Ninguno estaba empleado, aunque estar en paro no era requisito para ser admitido en el curso. Y los había con varios años sin empleo remunerado convencional, aunque con los recursos necesarios para superar las tormentas de esta crisis falaz.

Observada la clase con una mirada rigurosa o pesimista, nos habíamos concentrado allí una selección de la mayor tragedia española de nuestro tiempo, el paro. Mirado con otros ojos, el aula estaba llena de hombres y mujeres decididos a sacar partido a esta oportunidad de formarse.

Quiero nombrar al profesor, Alfonso Lapaz, un empresario audaz y valiente de los negocios relacionados con la Red, porque reúne simbólicamente los méritos y virtudes de la sociedad civil que debería estar dirigiendo España en lugar de los mangantes que tienen sus riendas. Es un tipo joven, profesional indiscutible, seguro de su capacidad y de sus posibilidades, y con una competencia poco común para la docencia.

Lo que él nos enseñaba, y todavía sigue enseñando, desbordaba mis expectativas y mis necesidades, que son las de aprender a manejar con habilidad mediana los mecanismos de Internet. Por eso lo he dejado, después de comprender que seguir allí era privar a alguien de la posibilidad de aprovecharlo. Este curso del Servef se orienta a la preparación de profesionales, con una duración de seis meses y asistencia cinco días a la semana.

Digo todo esto para que quede patente que los españoles (incluidos los que no quieren serlo) son en su mayoría personas honradas y competentes, trabajan en empresas más o menos honradas y competentes, y se sirven de una Administración que, en la medida que está dirigida por técnicos y especialistas, es tan honrada y competente como la francesa o la alemana. En el Servef de Paterna se realizan cursos de muy diverso tipo, todos interesantes y prácticos, con alumnos que desean formarse y ocupar un puesto digno en la sociedad y profesores muy capacitados. Hay oficinas del servicio de formación y empleo en toda España,  con características semejantes.

Nuestra sociedad es sana y es fuerte. ¿Por qué permitimos que la dirijan los menos preparados, los más codiciosos, tipos con pocos escrúpulos? Estas reflexiones me han venido a la cabeza cuando me he despedido de mis compañeros de dos semanas de curso. Deseo que los que aguanten la lluvia de conocimiento que allí les dan aprendan lo que necesitan para mantenerse a flote en ese océano de estupidez y poca conciencia que entre todos hemos fabricado y permitido. No nos merecemos los políticos que nos gobiernan. Démonos cuenta y hagamos algo para remediarlo.

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