Mi entrevista a Nelson Mandela

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Nelson Mandela es la única personalidad universal que he llegado a conocer como periodista. Fue en Johannesburgo, creo que en el otoño austral de 1991. Para ser más preciso tendría que recurrir a los archivos audiovisuales de Canal 9, empresa de la que sigo siendo empleado a día de hoy, pero donde me está vetada la entrada. Esto es algo parecido al Apartheid, sistema contra el que luchó Mandela incluso con la violencia, y por lo que tuvo que pasar varias décadas en la cárcel. Allí meditó largamente, y concluyó que al Apartheid había que combatirlo con algo más sutil que la fuerza bruta.

Yo había pasado parte del invierno austral de ese año en Ciudad del Cabo, en casa de un viejo compañero de colegio que se había casado con una blanca de origen británico y trabajaba allí reparando ordenadores. Dediqué varios días a entrevistarme con políticos de casi todas las posiciones (dejé fuera a los de Inkhata Freedom Party y a los racistas boere (léase bure), visitando ghettos como el de Kayelitsa, y barrios de mestizos, con mi amigo y una monja española de la misma orden que Teresa de Calcuta, que servía a Dios y a los hombres en un limpio y eficiente dispensario, en mitad de la miseria más pavorosa.

Antes de regresar a España, pasé unos días en Johannesburgo, donde solicité una entrevista con Nelson Mandela. Sería la guinda de una serie de crónicas que enviaba al diario “El Observador”, de Barcelona. La sede del ANC, el Congreso Nacional Africano, era un hormiguero de gente. Recuerdo que la secretaria personal de Mandela era una señora oronda, por no decir gorda, blanca británica, seria y poco afectuosa, pero que según he sabido era el colmo de la eficacia. Pasó el tiempo y no obtuve respuesta, y llegó el día de mi vuelta.

A la semana de reincorporarme a la redacción de Canal 9 llegó un fax concediendo la entrevista. Tuve la idea de proponerlo al redactor jefe de entonces, Juli Esteve, suponiendo que me diría que no. Pero la aceptó. A toda prisa, producción buscó un vuelo a Johannesburgo. Lo encontraron vía Frankfurt y en primera clase, porque no había billetes en clase turista. Es la única vez en mi vida que he viajado a lo grande.

Canal 9 contrató un cámara y un operador de sonido creo que a Visnews, una empresa norteamericana o inglesa que prestaba esos servicios en too el mundo, dos zulúes muy simpaticos y excelentes profesionales. Hicimos incursiones en el antiguo ghetto de Soweto, donde los esbirros de Inkhata tiroteaban las residencias de trabajadores negros, en una estrategia al servicio de la llamada entonces “Tercera Fuerza”, pagada con dinero de los racistas y, acaso, de los servicios secretos más radicales del gobierno de Klerk, que negociaba a la vez con Mandela. Inkhata representaba a los zulúes, y el ANC tenía una mayoría de afiliados xhosa, etnias rivales en el sentido que han sido rivales los franceses y los alemanes, ninguna cosa muy distinta a lo que en Occidente han hecho las nacionalidades en los últimos dos siglos, combatirse, matarse, reconciliarse.

También estuvimos en Pretoria, y entrevistamos a algún político boer, y a blancos antirracistas.

Por fin llegó el día de la entrevista con Mandela. Me habían advertido que nos la concedía a nosotros y a un periodista serbio de la televisión yugoslava, país que en aquel momento estaba a punto de estallar en mil pedazos. Se me ocurrió que lo mejor era ponerme de acuerdo con él en las preguntas, que yo llevaba preparadas. La secretaria oronda e inflexible nos habían concedido media hora justa. Pensé, si el serbio tiene preguntas parecidas a las mías, que haga las suyas, y así nos aprovechamos los dos. Pero el tipo se dedicó a leer las preguntas de la lista numerada que yo le había entregado. O bien no había preparado nada, o las mías le parecieron más interesantes. Tuve que aguantarme la rabia, porque algunas de las cuestiones que él hacía eran interesantes para mí.

Una de las que me dejó era la más comprometida. Quería saber yo de la boca de Mandela cual era su estrategia para evitar que una democracia interracista en Suráfrica, con mayoría negra, no se desviara por la senda de la corrupción que afligía al resto del continente sin ninguna excepción.

La respuesta de Mandela fue decepcionante. No recuerdo exactamente lo que dijo, pero fue una salida diplomática por la tangente.

Mandela era un hombre grande, atlético, a sus setenta y pocos años. En su juventud había practicado el boxeo. Me pareció un hombre honrado y sin revueltas políticas. Supongo que con los negociadores boere debía de ser igual que en mi entrevista, diplomático, pero quizá algo más nítido en cuanto a las expectativas de su gente. Lo que consiguieron él y el primer ministro de Klerk fue milagroso, porque en mi corta estancia en Suráfrica yo no saqué la impresión de que en el país pudiera prosperar una solución pacífica, me pareció que en cualquier momento podía estallar una revolución negra o una contrarrevolución blanca.

Dos productos saqué de aquellas visitas a Ciudad del Cabo, el desierto del Little Karoo, Johannesburgo y Pretoria. La primera fue una tesina para obtener el título de licenciado en Ciencias de la Información, ya que mis estudios los hice en la Escuela Oficial de Periodismo. Me dieron sobresaliente. La verdad es que en aquellos momentos debía ser de los pocos periodistas españoles con buena información sobre aquel conflicto.

El segundo producto fue una novela titulada “Bula Matari”, que todavía está por publicar. Es la historia de una búsqueda que empieza en Valencia y termina en Nueva York, pasando por los ghettos de Soweto y Alexandra, en Johannesburgo, por la selva congoleña y por la mata angoleña. Aventuras bastante reales, extraídas de la información que publicaban los periódicos y la que yo había obtenido. En todos los escenarios mostrados había estado yo presente, gracias a mi trabajo com “foreign editor” en Canal 9, salvo en Angola y el Congo, aunque me documenté a fondo en la biblioteca de Mundo Negro y en la de los Padres Blancos en Madrid.

La muerte de Mandela ha sido una tragedia, pero no para el mundo, sino para él y su familia. Es una barbaridad, creo yo, mantener a un ser humano de noventa años vivo a toda costa, por el hecho de ser una personalidad. Mandela no se lo merecía. Solo cabe decir que fue un gran hombre y un hombre bueno, cualidades raras a lo largo de la historia de las figuras notables de la humanidad.

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