Un jubileo de ciudadanos decentes

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He pasado un fin de semana en Sevilla con mis cuñados, porque ambos cumplían seis décadas de vida y querían celebrarlo. Organizaron una velada con medio centenar de amigos y familiares en un castizo chiringuito de Tomares, donde sirvieron unas tapas excelentes, se bebió, se bailó y se celebró todo lo que la vida tiene de hermoso.

Sesenta años no son nada.
Sesenta años no son nada.

Durante la fiesta me venía una sensación insistente a la cabeza, el fantasma de la juventud evocándome una imagen remota, la de los guateques. Prácticamente todos y todas los que participábamos en aquel jubileo habíamos asistido a guateques en nuestra adolescencia. Somos la generación del guateque. Y esto implica características definitorias.

Clase obrera y media baja en ascenso. Esos eran nuestros sacrificados padres. Nosotros nos hemos situado ya en la clase media media, y algunos en la media alta. La cualificación de la mayoría de esos antaño jóvenes es universitaria o casi universitaria. Sus trabajos, nuestros trabajos, son de funcionario o de profesional más o menos liberal: médicos/as, abogados/as, arquitectos/as, profesores/as, biólogos/as, físicos/as, enfermeras, maestras, y algún elemento descarriado como yo, que practico el periodismo.

Han pasado cuarenta y tantos años como un suspiro, hermoso tópico. Intentaba imaginarme el aspecto de los señores y señoras que pegábamos brincos con la yenka, el twist, el rock, y que aullábamos con burlón cachondeo las letras del Dúo Dinámico, Los Secretos, Juan y Junior, Los Pequeniques, y quienes fueron sucediéndolos en las décadas de los setenta y ochenta, cuando todavía éramos jóvenes, empezábamos a tener hijos y a despegarnos de una post adolescencia un poco más larga que la común hasta esa fecha, y que hoy se estira y estira como una goma irrompible.

La segunda sensación con tinte de idea que me rondó la cabeza aquella velada fue la de la salud excelente de nuestra sociedad, en contraste con la enfermedad crónica de los políticos… que hemos elegido.

Guateque de carrozas
Guateque de carrozas

España, vista desde el extranjero, donde pasé unas semanas antes de ir a Sevilla, es un pozo de corrupción y de inmundicias. Imagen cierta si se mira solo a la clase política y a la elite financiera, temo que con pocas excepciones.

Pero cuando uno fija la vista en la clase media de profesionales, funcionarios y especialistas de diversos oficios, se ve un agua muy poco turbia, bastante clara.

Los/as asistentes al cumpleaños de mi cuñado eran, como he dicho, funcionarios/as y profesionales. Algunos con una vida que siempre ha sido próspera, otros con algún altibajo, y también ciertos casos de tragedias familiares, muchos/as divorciados, incluso vueltos a casar, pero no todos. Sin embargo, la integridad cívica de esos que se lo estaban pasando pipa en un chiringuito de Tomares estoy seguro que bordea lo intachable.

El mismo retrato encontramos si recorremos pueblos y ciudades de fiesta en fiesta, de reunión en reunión, sea de cumpleaños, sea de boda, de comunión o de juerga flamenca o fallera. La mayoría aplastante de la población española es lo que, en términos generales, se podría decir, una sociedad cumplidora, casi virtuosa.

¿Cómo dejamos que nos gobiernen una banda de filibusteros, en su literalidad? ¿Cómo es que los hemos elegido? Porque cuando hablo de dignidad cívica incluyo a todas las ideologías. Es verdad que la mayoría de los que festejaban los sesenta años de su amigo son gente progresista, más o menos de izquierda. Pero eso no significa que otras fiestas y reuniones con personas de centro o de derecha deban excluirse por definición del retrato de virtud que refleja nuestra sociedad.

Da la impresión (¿o es una realidad palpable?) de que la sociedad española se divide en dos castas, la mayoría cívica, y una minoría de politicastros, carguillos obedientes, especuladores y tipejos entregados a la concupiscencia del poder y del dinero.

¡Esto no puede ser! ¡Tenemos que cambiar las cosas! Hagamos que nuestra vida cívica sea como esas celebraciones, un compromiso con la autenticidad, con la amistad, con la emoción, y no una pamema diaria en el trabajo y en la convivencia con aquellos a quienes hemos otorgado con tanta inconsciencia el poder de decidir.

Esto pensaba yo, meneándome al ritmo de la salsa, el pasodoble o el rock clásico, en el jubileo de unos parientes cuya vida es como la de la mayoría de los españoles, un ejemplo de decencia.

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