Cuando acaba septiembre

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2013-09-22 12.17.20

La “Canción de septiembre” la compuso Kurt Weil para Knickerbocker Holiday, un musical estrenado en 1938, sobre los delirios de uno de los fundadores de Nueva York, Peter Stuyvesant, déspota y mujeriego. La letra era de Maxwell Anderson, y en ella el protagonista evoca sus aventuras amorosas de juventud primaveral, en contraste con los días cada vez más cortos de septiembre, que representan su madurez.

Al parecer, September Song no tuvo éxito hasta que se incluyó en la película September Affair, en 1955, con cambios amables en la letra. Luego fue haciéndose famosa a medida que la interpretaron Frank Sinatra, Bing Crosby, Nat King Cole y, por fin, Lou Reed, que le imprimió el sentimentalismo rasgado y canalla que le dieron sus creadores.

Cuando acaba septiembre, casi todo el mundo evoca su primavera, en especial los que tenemos cierta edad.

Me acometió un ramalazo el otro día entre las calles Fuencarral y Hortaleza de Madrid. Y para reponerme de él me fui a sentar en un velador de la plaza de Chueca, donde me vino otro ramalazo todavía mayor y más inesperado.

Hay allí un edificio de no mas de sesenta años, encajonado entre otros de la misma época, donde estuve a punto de convertirme en fotógrafo. Siendo todavía un mocito, tuve una pájara, y decidí que no quería seguir estudiando. Mi padre, que había cifrado en su primogénito la ilusión de ganar un título universitario para una familia originaria de agricultores, se sobrepuso a su tremenda decepción, y me buscó un empleo de meritorio. El amigo de un amigo poseía un estudio de fotografía en la plaza de Chueca, entonces un lugar sin ningún tipo de renombre o prestigio. Justo en el edificio encajonado, donde ahora luce un cartel que anuncia algo estupendo: “Art Gallery Art Science”.

No aguanté ni una semana. Y no porque nadie me maltratara o me explotara. La pájara siguió se volvió circular, y resolví volver a estudiar. El escándalo que este capricho de joven mantenido provocó en mi padre fue formidable. Me echó en cara mi caprichoso egoísmo. Mi pájara no era eso, pero él la veía así porque su juventud estuvo envuelta en bombas y fusilamientos. Sin embargo, como volví a la disciplina escolar, se aguantó, y siguió con su pluriempleo pagando mis estudios y otros gastos.

Mientras miraba el edificio encajonado y calculaba en cual de los pisos estaría el estudio fotográfico, me preguntaba qué habría sido de mí de haber perseverado en él. Quizá ahora una de mis obras estaría colgada de una galería de arte y de ciencia.

Venía yo haciendo fotos con el móvil desde Fuencarral. Hay un tema que me atrae como la luz a una polilla, la superposición de carteles en una tapia o en una puerta obsoleta, medio arrancados, casi invisibles. Para mí, esto ilustra la esencia creadora de nuestro tiempo, la imaginación al servicio de la publicidad de espectáculos de medio pelo o de negocios efímeros. Se suceden vertiginosamente, unos sobre otros, tapándose, estorbándose en su sordidez o en su fantasía. En un año pueden acumularse cincuenta papelones con reclamos que hace un lustro todavía resultaban llamativos. Hoy ya no sorprenden, por ingeniosos y provocadores que sean.

Cuelgo aquí unas de las instantáneas. Sacadas de su contexto, hacen gracia, pero si uno pasa junto a ellas, ni se entera.

¿Qué fotografías no habría yo tomado el otro día de haber perseverado en mi empleo de meritorio?

La letra original de Maxwell Anderson terminaba así: En septiembre y noviembre, los días se reducen a ese puñado de horas preciosas que pude pasar contigo, pero que no pasé.

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