Móviles y epígonos

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Los viajes en metro o en autobús son tiempos inexistentes, vacíos, muertos. La prueba está en un fenómeno cada vez más extendido: más de la mita de los usuarios de transportes públicos, se aísla de esa realidad molesta de moverse de un lugar a otro en su móvil.

Rebajo la cifra por prudencia sociológica. Mis observaciones son que de las diez personas más próximas a mí en un vagón de metro, siete están enfrascadas en su móvil. Lo acarician, lo miran, se ríen, ponen cara de susto, hablan con misteriosos personajes que acaso están a miles de kilómetros o quizá a diez metros de distancia, en otro vagón, escuchan lo que alguien les cuenta o les canta, leen y escriben mensajitos…

Es sorprendente la habilidad del cerebro humano para atender varias realidades sin pasarse de estación.

A veces me sorprendo a mí mismo matando el tiempo con el móvil. Es una peste que no causa de momento víctimas.

También he observado escenas fantásticas. Camino por la acera detrás de dos muchachas, admirando castamente sus juveniles propiedades. Llegamos a un semáforo. Nos detenemos. Y ellas, dos amigas, extraen cada una su móvil y se ponen a curiosear en él; se abre el semáforo, los móviles regresan al bolso y echamos a andar. Me han contado de dos personas que, cruzando un paso de peatones, han chocado entre ellas, absorbidas cada una en su móvil.

¿Es esto un Zeitgeist, un espíritu de los tiempos, o es una enfermedad que pronto empezará a cobrarse víctimas y alegrará la vida a las industrias farmacéuticas, que producirán pastillas para desintoxicar y rehabilitar semejante adicción? ¿No será que existe una alianza secreta entre las industrias farmacéuticas y las compañías telefónicas para crear un círculo vicioso que contribuirá a sacarnos de la crisis? El teléfono móvil es la quintaesencia del consumo onanista. El día que se pueda comer, defecar y ejecutar coitos por teléfono, será el de la prueba definitiva de que vivimos en un engaño, la demostración de que vivimos en un mundo virtual.

Un espacio donde ser en plenitud

El final del siglo XX y lo que llevamos del XXI es una época de epígonos. Poco nuevo hay bajo el sol, si no son sutilezas tecnológicas, que aportan poco a la civilización y a la cultura.

En la capital del reino se ha inaugurado una exposición de artes plásticas abrumadoramente instalacionista llamada “Espacio+identidad”, en alemán Raum und Identität, porque está organizada por la embajada de la RFA. Los montadores han aprovechado un pasaje comercial arruinado entre las calles de Fuencarral y la Corredera Alta de San Pablo para desplegar un escaparate de pintura, poesía visual, escultura, fotografía, videoarte, instalaciones, y donde se realizan performances, conferencias y talleres.

Alguien ha mencionado Tacheles, el espacio ocupado por artistas indóciles en Berlín, pero cuesta creer que sea esa la referencia de Raum und Identität, porque la muestra cuenta con todos los permisos y bendiciones institucionales, diplomáticas y financieras.

He aquí lo que dice el embajador de la RFA, señor Reinhard Silberberg: Un encuentro, un diálogo de artistas de diferentes generaciones y culturas, con vivencias y estilos muy distintos, que con sus obras nos acercan a los polifacéticos temas del espacio y la identidad. Antes, el señor Silberberg cita al extinto filósofo español Xavier Zubiri, que veía las fronteras como heridas o como posibilidad de encuentro…

Por su parte, Jesus Gironés, crítico de arte, comisario y coordinador de exposiciones en El Foro de Pozuelo, afirma: Arte que nunca es solo arte en una tumba del comercio, que nos haga ver que ocupar el espacio y la vida de otra manera es todavía posible.

Y, en fin, Almudena Mora, coordinadora artística de “Espacio e Identidad”, asegura que el título representa dos ejes fundamentales alrededor de los cuales se articula el equilibrio social en un tiempo de grandes cambios y de desorientación del grupo. A partir de esas dos premisas esta muestra de arte se ofrece al paseante como un espacio para al reflexión, un espejo donde mirarse, interrogarse o preguntarse y, en definitiva, un espacio donde ser en plenitud.

Ahí es nada.

Pienso en la situación, los anhelos, las realizaciones y los efectos de los dadaístas alemanes y franceses, de los cubistas sin patria, de los futuristas rusos e italianos, pienso en las toneladas de ingenio, creatividad y mala leche contra un sistema que hacía aguas en los inicios del siglo XX. Me pongo a comparar todo aquello con todo esto, y me pregunto si los 69 artistas de Raum und Identität son la flor y nata del arte contemporáneo, una selección de tipos con suerte y buenos contactos, un grupo de antisistema que el sistema quiere atrapar a toda costa… No sé. El folleto destaca una frase de Walter Benjamin, intelectual alemán de origen judío que se suicidó en los Pirineos franceses antes de dejarse atrapar por los nazis: “Los pasajes son el crucero no solo de transeúntes y cosas, sino de pensamientos y voluntades con múltiples orígenes”.

Líbreme Dios de juzgar el contenido y la forma de Raun und Identität. La he visitado y tiene cosas verdaderamente ingeniosas. Pero no sé qué pintan en ella Xavier Zubiri y Walter Benjamin; quizá la evocación de sus nombres sea el conjuro mágico necesario para conseguir “un espacio donde ser en plenitud”.

Si el comercio es un tumba para el arte, ¿de qué demonios van a vivir los artistas? Los artistas son personas con una sensibilidad formada y cultivada tras años de estudios y experimentos, muy por encima de la mayoría de los mortales. Pero, de algo tendrán que comer. Porque si los artistas exhiben sus obras a merced de la fortuna, las amistades y los intereses de galerías y otros mecanismos comerciales, es decir, si no son profesionales más que gracias al título expedido por la facultad en la que han estudiado, son en realidad aficionados, y por tanto, cualquiera puede ser artista, no hace falta ni ingenio ni medios ni amigos.

Estas trampas las razona muy bien Marta Hofmann en el artículo publicado en la revista digital Perinquiets.

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