Formación y sabiduría

Posted on Actualizado enn

Jamás una de las más notables cualidades humanas, la de encontrar la sabiduría doquiera se produzca, ha estado más al alcance de nuestra mano que en los tiempos que vivimos.

A esa cualidad hay que añadir dos complementos, que sea libre y que proceda del interior del ser humano, de su íntima necesidad de aprender.

Así completada, ya no resulta tan evidente y común.

La mayoría aplastante de las personas, la gente, la masa, siente casi repulsión hacia la sabiduría, quizá porque el ejemplo que tiene de ella procede de falsos sabios promovidos por los medios de comunicación.

¿Cuál es la fuente mayor de conocimientos que hoy existe? La televisión, precedida hace medio siglo por el cine.

Excluyo deliberadamente Internet de la nómina porque Internet, a efectos educativos, no es más que una biblioteca, una cinemateca, una fonoteca y una ludoteca universales. Internet no es un medio sino un vehículo.

¡Cuántas cosas no habrá aprendido en el cine mi generación! ¡Cuántas habrá servido la televisión a la generación que hoy engrosa las listas del paro!

¿Qué tipo de conocimiento? El más útil: el de la sutilidad de las emociones, el de la amplitud de los recursos, el escepticismo, el descreimiento.

Compárese una buena película de los años 50 ó 60 con otra, concedamos que buena, de la actualidad. En los tiempos de postguerra cuajaron los mensajes antidogmáticos, pesimistas, apocalípticos. La forma en la que llegaban a sus receptores era asimilable por la razón y el sentimiento. Los protagonistas eran seres humanos con conflictos que les situaban en el límite de sus capacidades, pero verosímiles.

En paralelo a esta potencia “alternativa” del cine y la televisión corría la forma oficial de conocimiento: la escuela, el instituto, la formación profesional, la universidad. Un abismo separaba a ambas vías. El abismo de la realidad.

La realidad que nos enseñaban en las aulas era limitada o exagerada, cernida por la ideología imperante, práctica o moralizante, y tenía una utilidad de corto alcance, aunque solía ser eficaz.

La realidad del cine (en pantalla grande o pequeña) ahormaba nuestras creencias, nuestras emociones, nuestra visión de la sociedad, sus problemas y sus soluciones. Y por lo general, era falaz.

Pero la una complementaba a la otra. El mecanismo por el que este rompecabezas se configuraba era la familia, las amistades, los grupos humanos por los que íbamos transitando físicamente a lo largo de nuestro aprendizaje. Así se creaba lo que antes se llamaba mentalidad de los tiempos, y ahora “imaginario colectivo”

Algo pasó en los años 80 y 90, especialmente en Europa. Acaso lo explique la imperiosa necesidad de homogeneizar leyes y costumbres, esa furia equiparadora que brotó del Mercado Común, luego Comunidad Europea y hoy Unión (menuda falacia) Europea. A los burócratas les entró la manía de aproximar la educación a la “realidad”, una realidad que brotaba de sus cabezas, no de la tierra que pisaban (en su vida laboral, un burócrata sólo pisa moqueta o parquet).

Así es como llegamos al Plan Bolonia.

El Plan Bolonia pretende formar robots, no seres humanos. Debe ser muy práctico, su aplicación al pie de la letra debe dar magníficos resultados. Pero para el hormiguero social, para la colmena colectiva.

El problema de la sabiduría es que se encuentra dispersa, es ajena a las instituciones, flota sobre ríos, mares, llanuras y montañas como átomos de hidrógeno, de helio y de otros gases raros, y las personas la adquieren cuando y como quieren, pueden y les dejan.

Mientras tanto, el cine y la televisión, o el cine para televisión, mediante la red de acceso general de Internet, distribuyen mensajes y conocimientos burdos, mendaces, estúpidos, aturdidores, bien envueltos, bien disimulados.

A eso le llaman la sociedad de la información.

La información nos asedia desde que exhalamos el primer llanto hasta que largamos el último suspiro. Una información ajena a nuestro pequeño mundo de familias y amigos.

Es una de las cualidades que más nos diferencian de nuestros ancestros de poco más de un siglo, el agobio de información.

Antaño la información enseñaba a sobrevivir. Hoy, que la vida es una rutina, nos enseña sobre todo a comprar. Lo más importante no es sobrevivir, sino consumir. Nos domina el supuesto de que si no hay consumo no hay trabajo. Así que trabajamos para seguir consumiendo.

Pero, ¿qué pasa cuando la vida deja de ser una rutina, cando se convierte en una lucha “a muerte”? Por ejemplo, lucha a muerte para conseguir un empleo. Lucha a muerte para que no te mate un obús o una carga de gas tóxico. Lucha a muerte para salir del furgón de cola y situarte en los de primera clase. Lucha a muerte por garantizar alimento y bebida, energía y vivienda.

¿Nos espera una lucha a muerte por colmar nuestras necesidades más perentorias? ¿Deberemos dejar para otro momento la necesidad de adquirir conocimientos valiosos para nosotros y para los seres humanos con los que convivimos? ¿Deberemos luchar para ser sabios? ¿Deberemos abrirnos paso a machetazos en el tumulto de individuos deseosos, como nosotros, de garantizar su supervivencia?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s