La etiqueta de la muerte

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Sangre islámica empapa cada día durante unos minutos los telediarios. Saciado el morbo televidente, desaparece la matanza y la televisión nos dirige poco a poco al agitado pero irrelevante teatrillo de los deportes, tras una histérica pausa publicitaria.

Me gustaría saber cómo son hoy los telediarios en Siria y en Egipto. Sospecho que no muy diferentes, porque no se puede ahogar en sangre a los ciudadanos y servirle aun más en el frágil refugio de sus hogares.

Los estereotipos brotan como hongos en este panorama monstruoso.

Los musulmanes se han vuelto locos, los musulmanes carecen del sentido de la contención que ha hecho próspero al occidente cristiano, los musulmanes viven estancados en la Edad Media, el espolio colonialista se está cobrando su peaje, los intereses petroleros intentan destruir la identidad islámica en colaboración con unas pocas familias árabes codiciosas y egoístas, los vendedores de armas están haciendo su agosto, el Islam es una religión violenta, el Islam no soporta el laicismo, los intereses de los militares árabes intentan restablecer la dictadura en Egipto y mantener el poder en Siria, Israel manipula las revueltas todo desde las sombras, Irán manipula las revueltas desde las sombras, la CIA manipula las revueltas desde las sombras, los Hermanos Musulmanes están infiltrados de agentes provocadores de todas las potencias, los musulmanes laicos son una minoría progresista perseguida por alyatolás malvados …

Supongo que escarbando en algunas de estas hipótesis y mezclando la selección, podrá hacerse un retrato aproximado de la tragedia árabe, consecuencia aparentemente inevitable de la primavera árabe. Yo no puedo hacerlo porque me falta conocimiento y experiencia de lo islámico.

Pero sí me atrevo a especular sobre la violencia recurrente de las sociedades modernas. Porque los ciudadanos egipcios y sirios pertenecen al mismo mundo que habitamos los que nos creemos modernos y a salvo de la crueldad.

Me pongo en el lugar de un ciudadano egipcio o sirio como yo, me veo involucrado en uno de los bandos en conflicto, da igual el que sea. Yo soy un tipo vulgar que sólo he disparado fuego real en la mili contra dianas y en contadas ocasiones, que la última vez que me pegué con alguien fue a los diez o doce años, que tengo muy claro quiénes son mis amigos y quiénes mis despreciables vecinos, que no mantengo una enemistad con nadie más allá de una semana de cabreo caliente, que, en primera instancia, sería incapaz de abrirle la cabeza a nadie por mal que me caiga.

Y me pregunto: ¿Qué hago? ¿Me encierro en casa o salgo a la calle a ver lo que pasa y a intentar seguir una vida lo más parecida a lo normal, lo habitual, lo rutinario?

Lo primero es imposible, porque nadie tiene una despensa capaz de guardar bebida y alimento para un mes, para seis meses, para un año. Además, todo ser humano en una situación de incertidumbre necesita relacionarse con otros seres humanos para saber a qué atenerse, y para sentirse dentro de un grupo más o menos protector.

Por tanto, saldría a la calle. Acabaría reuniéndome con los más afines a mi carácter y a mi forma de entender el mundo. Recorrería la ciudad con ellos gritando consignas, en principio poco belicosas. Me encontraría tras una esquina, en un puente, en una plaza a otra multitud de la facción opuesta. Nos empezaríamos unos y otros a cagar en nuestros respectivos padres. Se caldearía el ambiente. Alguien irritable lanzaría una piedra. Otro, que ha venido preparado para ello (es decir, un imbécil cabrón o un agente de la policía, de los militares, de los radicales furiosos, de los ayatolás…) tira de pistola y se lía a tiros.

Este tipo de incidentes, estas algarabías cotidianas se van sumando y dan lugar a mil muertos en una semana.

Al margen está el caso de Siria, donde las armas corren como torrentes en día de lluvia y ahí sí que hay que encontrar una de las muchas causas de la matanza.

No, Egipto no es una sociedad atrasada. Puede que sea una sociedad más desequilibrada, con más miseria que la nuestra (de momento); pero eso no explica el serio avance hacia la guerra civil que estamos viendo.

No hay que ir muy lejos en el pasado para ver espectáculos similares en la cristiana Europa. Durante las décadas que precedieron a la Segunda Guerra Mundial no hubo país donde no saltara la violencia cada poco. Aquí, en España, acabamos matándonos. Pero en Francia, en Alemania, en el Reino Unido, en Italia, los disturbios de aquí y de allí desembocaron en los millones de muertos en el conflicto internacional. Y Europa era la avanzada de la civilización.

Si desplazamos la mirada a América, vemos unos Estados Unidos donde los saqueos en las grandes ciudades proliferan en los años sesenta. Y en Centroamérica, las guerras de Nicaragua, El Salvador, las guerrillas en Colombia, en Perú, en Bolivia, en Argentina, en Uruguay, en Brasil, el golpe de Chile, las dictaduras de otras repúblicas… Y en Asia, no digamos. Civilizaciones estables y sólidas se retuercen en conflictos que no por internacionales (Vietnam, Camboya) están originados en la idiosincrasia de sus países, en enfrentamientos menos étnicos, menos religiosos de lo que parecen.

¿Por qué se mata la gente? ¿Por qué nos matamos las personas?

La mayoría de las veces por inercia, por contagio. Sólo hay que crear las condiciones necesarias y alimentarlas.

Y de regreso al principio, no valen los estereotipos, no vale dividir con una raya la frontera entre los buenos y los malos. Cada desastre tiene unas raíces, un desarrollo, una explosión y un remedio.

Casi nada de lo que leo en los medios me sirve para explicarme el origen de la violencia en Egipto y en Siria.

A ver si van a ser son los medios los que se han vuelto idiotas, incongruentes, ávidos de espectáculo, canallas, indiferentes al sufrimiento. Me gustaría que alguien me diera explicaciones aceptables. De momento, la violencia campa por sus respetos allá donde ha sido avivada. Aquellas muertes son nuestras muertes.

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