Elogio de los buenos cine clubs

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Acabó el 28 Festival Internacional de Cine Joven de Valencia. Es el más conocido de los pocos que perviven en la capital, tras el fallecimiento de la veterana Mostra de Cinema del Mediterrani, que no se sabe si murió de enfermedad o porque los médicos la mataron administrándole veneno. El caso es que los doctores y doctoras del cine valencianos son personas competentes, como se acaba de ver en Cinema Jove, como se advierte en el festival Dones i Cinema y en la media docena de pequeños festivales que la iniciativa privada organiza con esfuerzo y entusiasmo.

También hay mucho fantasmón en el cine valenciano, pero por lo general están fuera de órbita y cada vez se escuchan menos sus gemidos.

Para alguien que no es gramático del cine, como yo, este Festival Internacional de Cine Joven de Valencia es una bendición. Yo voy al cine a que me cuenten historias, de ficción o por medio de documentales. No entiendo nada de planos, secuencias, montaje, negros, fundidos, cámara por aquí, luz por allá. La gramática del lenguaje cinematográfico me apasiona tanto como la del camarada Chomski. Sí entiendo de sensibilidad, de buena factura, de mensajes transmitidos con inteligencia y elegancia. De eso entendemos casi todos, aunque parece que haya cineastas a quienes eso les importe un pijo.

En este Festival he visto tres películas y he podido hablar con dos directores extranjeros. Conocido el palmarés, me he perdido las premiadas. Como todos hablarán de ellas, bien está que me ciña a lo experimentado. Puede parecer muy poco, pero es lo que un cinéfilo no gramático como yo da de sí. Ver una película y darse el lujo de comentarla personalmente con el director es algo que no se puede ni se debe hacer todos días, sin riesgo de empacharse. Imagino que personas como el director del Festival, Rafael Maluenda, y todo su equipo acabarán con la mente en blanco después de una semana de cine en vena. Por cierto, que Rafael Maluenda, a quien no tengo el gusto de conocer privadamente, me parece un profesional como la copa de un pino. Está a pie de obra, y parece tratar a todo el mundo con el mismo rasero, no desde la torre de marfil de esos impostores que se las dan de íntimos de David Lynch.

Comentaré las dos películas con cuyos directores pude hablar. Pero antes, una mención a la primera que vi, Tinker, Tailor, Soldier, Spy, de Tomas Alfredson, basada en la novela de John Le Carré , que interviene en la producción del filme. Lector de Le Carré desde mi juventud, gocé de esta versión cinematográfica de “El Topo”. ¡Qué interpretación! ¡Qué ambientación! ¡Qué inteligente combinación de tramas y subtramas! ¡Qué historia tan bien narrada!

La diferencia de Tinker, Tailor, Soldier, Spy con I Kori (La Hija, La Muchacha) y con Krugovi (Círculos) es que estas dos películas necesitan, por lo menos, de un desahogo. Quiero decir que uno no puede salir del cine e irse a casa después de asistir a la narración del drama, necesita hablar con alguien, intercambiar opiniones y sensaciones. En definitiva, I Kori y Krugovi son películas de cine-club, lo cual las aleja de los circuitos comerciales, donde la gente acude para adormecerse, enajenarse o emborracharse (no me excluyo, ni tampoco los gramáticos del cine, ojo). Es una pena que los cine-clubs hayan caído en desuso, aunque haya excepciones. El problema de los cine-clubs era (quizá lo siga siendo) que al final los que hablaban eran los gramáticos y los eruditos del cine, y los que sentíamos horror por la pedantería nos aburríamos de oír sus ditirambos o sus diatribas, que sonaban a pregones indigestos.

Círculos viciosos en un pantano pestilente

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Srdan Golubovic, el director de Krugovi, tuvo la gentileza de acudir a la cafetería del Rialto, un rato después de haberse marchado. No se pudo hacer coloquio en la sala porque empezaba otra proyección, y al salir se quedó unos minutos en la calle para ver si se le acercaba alguien. Al final, se marchó. Pero tres personas preguntamos por él, y los servicios de inteligencia del Festival se pusieron en marcha, le telefonearon, el hombre dijo que, nada, que volvía encantado. Y fue así que estuvimos media hora reunidos con él dos chavalitas y el autor de este reportaje.

Nos habló de cómo en la antigua Yugoslavia, en menos de un mes, los convecinos de un bloque de viviendas empezaron a matarse entre ellos, sin que hubiera otro motivo de odio que el inducido por los mercaderes de armas y de fes. Golubovic sostiene que la guerra yugoslava o balcánica tiene orígenes religiosos, y que el hecho de que hubiera matrimonios mixtos (serbios con bosnios u ortodoxos con musulmanes, croatas (católicos) con serbios o con bosnios… que esto convirtió el conflicto en algo especialmente cruel.

Mar de fondo había, porque los odios en Yugoslavia venían de antiguo, y no está tan claro que la religión jugara el papel clave. Confirmaba Golubovic que el fratricidio se debió a una diabólica campaña de propaganda y a que empezaron a distribuirse armas como caramelos.

Krugovi, Círculos, es una historia que empieza en la guerra y acaba en la guerra, con un largo intermedio en el que podemos observar a los personajes enfurecidos del principio y el final en un escenario controlado por el orden, Alemania, y en lo que quedó de la ciudad en la que se produjeron las salvajadas (reales) en las que se basa la película. Decía Golubovic que quizá había un exceso de personajes, porque las chicas y yo le confesamos que nos perdimos un poco al saltar la narración en el tiempo. No obstante, la clave de la historia está en el enlace del final con el principio.

Si Krugovi hubiera sido producida en Hollywood, estaría llena de sangre, de persecuciones, de puñetazos, de intriga prefabricada, de estereotipos. Afortunadamente, Golubovic ha tenido la oportunidad de rodarla en su tierra, y ha compuesto una película sobria, a un ritmo europeo, es decir anticonvencional, y con personajes que no se comportan como autómatas emocionales, que sufren y piensan, que son ellos mismos. Dice que hubo multitud de serbios que la consideraron antiserbia, sólo porque en ella se describe la mezquindad de los seres humanos que se matan empujados no por el interés o la perversidad, sino por la mano criminal de los mercaderes de armas y de ideologías y religiones. También afirma que a los serbios y bosnios (la acción se centra en una pequeña ciudad de mayoría serbia en territorio de la actual Bosnia-Herzegovina) se resisten a ver este tipo de cine, porque les obliga a repensar algo que quieren olvidar.

Korai en peligro

Los que estudiamos Historia del Arte conocimos los Kuroi y las Korai, esculturas de jóvenes hombres y mujeres erguidos del periodo arcaico griego. I Kori se ha traducido como “La Hija”, porque la protagonista es una muchacha hija de un hombre en bancarrota que “secuestra” al hijo, un niño, no un kuroi, del socio de su padre, a quien tiene por responsable de la ruina.

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Thanos Anastopoulos (pronúnciese Zanos Anastópulos) es el director, y tuve la oportunidad de entrevistarle formalmente para el portal 9exili. En unos días tendré la transcripción de la entrevista, que colgaré en Perinquiets. Tuve tiempo de preparar la conversación y de reflexionar sobre la película. Quería saber si mi impresión de que se trataba de una moderna tragedia ática (la de Esquilo, Sófocles y Eurípides) tenía alguna base o era una pájara mía. Anastópulos me dijo que, con el debido respeto a sus antecesores, había querido aproximarse al género.

Los trágicos griegos del siglo V representaron las epopeyas que acababan de vivir en la guerra con los persas, las que estaban viviendo en las guerras peloponesas, y las atroces relaciones de los dioses con los hombres de la mitología. En ambos casos, el que tenía como referencia una realidad histórica y el fantástico, el tono de la obra solía ser grandioso, con personajes que se ofrecían al público como metáforas de sufrimientos y conflictos de los que ellos eran responsables, pero que se les venían encima como golpes del destino, la moira. Con frecuencia los protagonistas (agón es conflicto, sufrimiento) eran víctimas de sus despropósitos, de la hybris; y también con frecuencia, la tragedia se resolvía en un sacrificio que restauraba la diké, la justicia, el orden.

Confesé a Anastópulos que viendo I Kori estas palabras y estos conceptos se me venían a la cabeza, y me contestó que esto le confortaba, porque veía que había atinado.

El espectador que vea I Kori sale de allí con una idea muy precisa de lo que están pasando los griegos de hoy. En ese sentido es una película realista, aunque no naturalista, porque las peripecias que se muestran con una belleza implacable, son las que viven los griegos normales y corrientes, pasadas por el tamiz del arte. Supongo que las películas premiadas en el Festival serán muy buenas, porque a mí I Kori me pareció digna de laurel.

Coincidía Anastópulos en una cosa con su colega serbio Golubovic, el poco gusto de sus compatriotas por ir a ver una historia que les habla de sus miserias. Existe la inclinación a ver a los griegos actuales como víctimas inocentes de las desgracias que les afligen (o al contrario, de ser sus únicos responsables). Pues bien, Anastópulos ha hecho un ejercicio de equilibrio, y de un modo metafórico, pero nítido, hace un retrato tremendo de su pueblo. Un pueblo, me figuro, muy parecido pero muy distinto al que estuvo a punto de ser devorado por Darío, y luego se autodestruyó en una larga guerra peloponesa. Entonces, la tragedia les hablaba de todo esto, y los teatros se llenaban. Hoy es al revés. Qué paradoja. Quizá si en aquellos tiempos hubiera habido compañías con repertorio angloyanqui, Esquilo no se habría comido una rosca. Nunca se sabe. El cine yanqui es venenoso, porque está bien hecho.

No quiero anticipar ni resumir la entrevista que pronto colgaré en esta página, para no privarle de interés. En ella está todo esto, cómo vive la gente de la calle esta crisis, los problemas del cine griego, una visión muy ecuánime y crítica de la televisión pública griega y su cierre brutal, y algunas cosas más.

Termino recalcando la necesidad de ver este cine no convencional, donde la violencia no se ve, pero se percibe con mayor intensidad, donde los seres humanos tienen una psicología que nos produce pudor, porque es la misma que la nuestra, donde al acabar la película uno no tiene más remedio que comentarla con alguien. ¡Ójala vuelva la costumbre del buen cine club!

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