Un año más o menos

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La redacción de Fin de Semana de Canal 9, alucinando. Fotos Montserrat Català

El mes que viene la revista Perinquiets cumplirá un año.

Salió semanas después de que una gran hornada de becarios abandonara RTVV: una docena de periodistas de la redacción y otros tantos profesionales del aparato tecnológico. Es significativo el hecho de que unos y otros eran licenciados en Ciencias de la Información, con alguna salvedad.

Hoy, un año después, la mayoría aplastante de esos becarios, que en realidad eran profesionales hechos y derechos (al rededor de los 30), no trabaja en un medio, se gana la vida en una tienda, haciendo sustituciones por baja en un colegio, ejecutando todo tipo de trabajillos, reconcomiéndose por la pérdida de tiempo y de esfuerzo que ha supuesto su carrera y su ilusión. El panorama es para decepcionar a cualquiera.

La Aventura Perinquiets

La idea original de la aventura Perinquiets fue que aquellos que se quedaban sin trabajo en un medio convencional, oficial incluso, pudieran continuarlo en un medio anticonvencional y antioficial. En cualquier caso un medio que se pretendía (y se pretende) de calidad profesional, no competitivo, experimental y abierto a todo aquel que tuviera algo bueno que decir. El nombre Perinquiets fue una notable ocurrencia de Víctor Rey; pertenece a una etapa anterior de la revista, cuando era sólo una bitácora profesional, y viene a ser una contracción de “Periodistas Inquietos” o “Para Inquietos”, con aroma valenciano

Los cuatro compañeros que lo lanzamos, Nacho Olmedilla y Rebeca Valor en el trabajo periodístico, Juan de la Cruz en el papel de esforzado webmáster y yo éramos conscientes de que la empresa no era ni sencilla ni baladí. Pero nos habíamos propuesto intentarla. Yo calculaba que mi aguante sería de cuatro meses; ignoraba cual sería el de mis colegas.

Basaba mi estimación en la tibia respuesta de los becarios, colegas y amigos a quienes invitamos a participar en la revista.

Pronto fueron evidentes algunos fenómenos.

Los periodistas (becarios o con contrato) se resistían a colaborar. Les parecía que hacerlo a cambio de nada (pues nada podíamos ofrecer) no les convenía a su currículo o a su prestigio, y desde luego a su bolsillo, la razón más humana y lógica. Mis argumentos eran que en Perinquiets tenían un medio en el que decir, escribir, publicitar aquello que querían y no podían permitirse en el medio en el que sustentaban su vida. En casi todos los casos era Canal 9, no precisamente un paraíso de la independencia y la rectitud informativas.

Sin duda eran argumentos pobres, porque jamás han conseguido calar. Como mucho ha habido excepciones puntuales.

Por otro lado, los profesionales más jóvenes no veían en Perinquiets un ejemplo de lo que ellos entendían que era el periodismo presente: artículos cortos, divertidos, sabrosos, llamativos y directos. Puede parecer una simplificación, y lo es. Hoy, el periodismo que domina es el del, como mucho, un folio (en digital, 30 líneas de texto). En cuanto a la presentación y contenido de ese periodismo, lo que abunda es lo trivial, la nota de prensa precocinada, la pincelada anecdótica. Faltan fuentes, referencias, hechos. Falta información.

No puede achacarse esta estrechez física y profesional a la miopía de los periodistas jóvenes. Hacen lo que les han enseñado en la universidad, lo que a su juicio tiene éxito, lo que llena los diarios impresos, digitales, radios y televisiones. La noticia fundamentada, documentada, importante es aburrida, insípida. De ahí que muchos medios no convencionales larguen diatribas y soflamas (largas, eso sí) disfrazadas de información.

Una crisis furibunda

En otras ocasiones y lugares he expuesto mi impresión de la crisis furibunda que acusan todos los medios de comunicación, españoles y extranjeros.

Su naturaleza es la misma que la que afecta a la industria, a la sanidad, a la educación, al comercio, a las finanzas y a la agricultura.

La tecnología es tan compleja y tan vasta, ha conseguido adaptarse tan bien a todos los sectores del trabajo, que se puede producir mucho más con mucho menos personal.

Esto es una pura (he estado a punto de escribir puta) apariencia. Lo que se produce no es en beneficio de los seres humanos, sino para colmar su avidez consumista. Una avidez consumista estimulada (irónica paradoja, por los medios en crisis) a fondo. Los medios impresos llegaban a una fracción de la sociedad. La radio, a muchos más, la televisión, a casi todos, e Internet a todos. Y esto último no es una exageración desmentida por las estadísticas: las novísimas normas de consumo se establecen en Internet, van dirigidas a la población internauta, mayoritariamente joven.

Es el fenómeno llamado “redes sociales”. Las “redes sociales” son un montaje, una estafa cultural edificada sobre un instinto de los jóvenes, comunicarse, parlotear, sólo para que consuman. De momento, telefonía, que es lo que pueden pagar. Luego, ya veremos. (Los supuestos efectos colaterales, reunir a multitudes indignadas, difundir fuegos de artificio, tienen una razón técnica, no política.)

En definitiva, lo que se produce, se vende, se compra y se difunde no son productos elaborados por manos y mentes humanas, sino objetos hechos por máquinas, ideas producidas por máquinas, memes para memos.

Esto vale para los medicamentos, para los libros de texto, para la vestimenta, los adornos, los viajes, el ocio, los alimentos, los ahorros… Y para la supuesta información gratuita, palpitante, conmovedora y atractiva. Así son los buenos venenos.

La diferencia entre un productor de tomates, de zapatos, de aspirinas, o una compañía de transportes, un profesor, un médico, un bancario… y un periodista es que a los primeros no se les va acabar la clientela como no desaparezca por una catástrofe. Y aunque los tomates crezcan solos, los zapatos y las aspirinas salgan de una máquina, los trenes y autobuses no necesiten más que un chofer, y los maestros, los médicos y los bancarios dispensen sus servicios a través de una ventanilla, siempre habrá alguien que coma, calce, enferme, necesite aprender a sumar y restar y pagar sus gastos (con tarjetas de crédito).

Los bienes intangibles

Pero, ¿y la información?

La información es un intangible. La cultura es un intangible. Si la gente consume basura digital, basura literaria, basura plástica, basura cinematográfica, basura informativa, ¿para qué narices necesitamos profesionales con experiencia? “Contratamos” becarios, una tanda tras otra, y nos hacen ese producto dulzón para paladares no exigentes.

A los periodistas de mi generación y de la siguiente no nos gusta admitir que somos profesionalmente obsoletos. Los medios impresos que no desaparezcan regresarán a los tiempos en los que nacieron, hace dos siglos: un director, un gerente (o ambas cosas a la vez), un redactor-jefe y decenas de colaboradores mal pagados. En la radio y en la televisión, el resultado será el mismo, con un aparato tecnológico mayor, y por tanto con una elite de profesionales cualificados al servicio de los dueños del tinglado. Los periodistas y los técnicos multiuso serán todos dentro de nada becarios, mano de obra sin calificar

¿Y en Internet?

En Internet, igual. Habrá grandes imperios mediáticos rebosantes de basura, medianas empresas que sobrevivirán pagando poco o nada (está pasando, aunque nadie lo diga), y multitud de pequeñas iniciativas de individuos o pequeñas colectividades de ideas o doctrinas afines.

La evolución de este panorama es un misterio.

Lo que pretendíamos hacer con Perinquiets era, explícitamente, un experimento. A ver qué pasaba, a ver si reuníamos unos poquitos de la multitud de periodistas en paro, sin empleo o subempleados que pululan por doquier.

En cierta forma ha sido un éxito: hemos durado más de los cuatro meses que yo preveía.

En otra forma ha sido un fracaso, porque no hay manera de atraer profesionales con la sana ambición de hacer lo que les venga en gana y hacerlo bien.

En mis derivas internáuticas compruebo la cantidad de iniciativas como Perinquiets que navegan por la Red. Algunas, de gran calidad. Pero tengo la impresión de que, en el fondo, no son muy distintas a Perinquiets, su itinerario vital es semejante. Vamos por ahí flotando en el océano digital, mirándonos unos a otros, incluso saludándonos. Pero no nos atrevemos a reunirnos, a juntarnos. ¿Porque presumimos ser mejores que los demás? ¿Porque sabemos que no lo somos y nos da vergüenza admitirlo en público? ¿Por cortedad de miras? ¿Porque no podemos desprendernos del lastre de la política de campanario?

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Me siento incapaz de responder a estas preguntas. La verdad es que teorizar sobre periodismo me importa un pimiento. Estoy cansado de profesionalismo de anaquel, de titulitis, de competir, de buscarme la vida. Por eso, al volver a mirar el video “Beca-no. El Musical”, he estado a punto de hacer lo que casi todos los que lo vieron en los monitores de la redacción Fin de Semana de Canal 9 aquella despedida en junio de 2012: echarme a llorar.

No estoy cansado de mi profesión, de hacer lo que me gusta y hacerlo bien.

Lo digo por si a alguien todavía le interesa la idea y la podemos desarrollar juntos. Perinquiets sigue abierto, aunque no sé por cuánto tiempo más.

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