El desorden de la entropía-ficción

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Entropía”, cuarta parte de la serie “Autre Monde”, del francés Maxime Chattam. Cogido al azar de la biblioteca del Institut Français.

Escrito con precisión, economía de elementos (descripciones de individuos, escenarios y emociones brevísimas, pero eficaces) y un ritmo que se incrementa metódicamente. Esto quiere decir que es una obra prefabricada o fabricada de acuerdo con un modelo probado.

Se dirige a un público juvenil o de “jóvenes adultos”, como he leído en algún portal del autor. De ahí la sólida y estudiada estructura: para no aburrir, sin divagaciones, peligro y acción.

Sin embargo, “Entropía” tiene el mismo defecto que la mayoría de los libros de ciencia ficción o fantasía que he leído últimamente (me refiero a los libros considerados buenos, no a la morralla que anda por ahí impresa o digitalizada). La solución del enigma, del misterio, del argumento que mantiene viva la historia, la trama, es decepcionante. En este caso, una idea insostenible, ni siquiera sobre las amplias y plásticas bases del género fantástico, en el que no todo vale, sino sólo lo coherente con lo que se está contando.

En “Entropía” los malos, el Mal, es algo impreciso (suele serlo) vinculado con Internet, con un modelo digital, que ha adquirido un poder monstruoso y se dedica a hacer daño a la naturaleza, siendo los seres humanos los más perjudicados por ser los únicos conscientes. No se explica por qué ocurre esto, me figuro que es imposible explicarlo. El Bien y el Mal tienen sólidos cimientos, pero en esta clase de literatura, encontrarlos es algo excepcional. Una pena.

La búsqueda del origen del desastre que afligió al planeta en un momento dado lleva a un grupo de valientes adolescentes hacia un Norte oscuro y relampagueante. El supuesto del que parten los chicos (ignoro si se plantea en los libros anteriores, porque no los he leído) es que la Naturaleza ha desarrollado una tormenta autodefensiva que se ha cargado el Sistema (el estado de cosas) en su conjunto, y ha producido estragos entre los seres humanos, aberraciones, trastornos mentales, violentos enfrentamientos intergeneracionales (niños y adolescentes por un lado, adultos por otro). Hacia la mitad de la segunda parte de “Entropía” los chicos descubren (tras un esforzadísimo viaje con elementos tan viejos y eficaces como los de la Odisea) que no es la Naturaleza quien domina el desastre (al parecer, después de haberlo provocado), sino un ser más digital (virtual) que físico, con una imbatible y destructiva voluntad de dominio y ansia de venganza.

A medida que se acerca el final, la narración se convierte en algo demasiado convencional: el héroe logra escapar milagrosamente de las entrañas del ogro digital, un rey bueno libera a una muchacha a punto de ser esclavizada por otro ogro, esta vez físico.

Otro caso reciente en los que me he topado con un defecto parecido, resolución decepcionante o incoherente, es el de “Darwinia”, de Robert C. Wilson. Hasta que aparece ante el héroe la verdadera dimensión del problema (de nuevo una fuerza alienígena y virtual traducida en monstruos casi invencibles), la narración corre fluida, absorbente, vibrante, pletórica de imaginación y de vigor narrativo. Pero a partir de ese momento, el autor patina, al intentar describir un mal universal (un desastre ecológico hacia principios del siglo XX, que hace retroceder la tecnología del planeta en un momento en el que la ciencia empezaba a adquirir dimensiones industriales) que no es moral, no es filosófico, no es tecnológico, no es científico, no es alienígena, y es todo eso a la vez.

Robert C. Wilson y Maxime Chattam son dos autores relativamente coetáneos (el primero lleva casi 20 años al segundo). Pero puede decirse que se han educado en un campo muy bien abonado por estupendos escritores de ciencia ficción y fantasía. Tan buenos, que la “renovación” del género es algo casi imposible. Ellos y otros colegas suyos, lo intentan, pero con argumentos a mi entender endebles, lo cual no les resta mérito literario.

Al leer estas narraciones me pregunto si la causa de su fragilidad es el profesionalismo de sus autores. Enseguida me digo que no puede ser sólo eso: en los años dorados de la ciencia ficción, que coinciden con los años dorados de la fantasía, los autores norteamericanos, británicos y soviéticos (y algún alemán, algún francés) también eran escritores profesionales, y la mayoría de sus obras respiran frescura, desbordan ingenio, están bien plantadas en la imaginación, son bastante coherentes en su planteamiento-nudo-desenlace.

Estoy pensando en Arthur Clark, en Asimov, Ray Bradbury, C.S. Lewis, Joe Haldeman, Philip K. Dick, Kurt Vonnegut, Tolkien, Orwell, Stanislaw Lem, Mijail Bulgakov, Ivan Yefremov.

Acaso el problema esté en el agotamiento del género. De tanto uso, se ha desgastado, y se ha convertido en una galería comercial de delirios. La prueba de este deterioro está en el cine. Hoy de cada dos películas, una es de fantasía o de ciencia ficción; y lo único que las diferencia es el tratamiento tecnológico de la imagen, que la historia parezca real, que cada vez haya más trompazos por minuto; todo lo demás, el contenido, la trama, la psicología de los personajes, la naturaleza de los conflictos, es tan endeble que no tardará en vaciar las salas, o en medio llenarlas de un público cada vez más descerebrado.

Es significativo el peso de Internet en los autores más jóvenes. La Red es un instrumento formidable en sus incursiones publicitarias y en su rendimiento comercial; una vez que te has hecho con un nombre en un campo, en un género literario popular, por ejemplo, la Red es un elemento potenciador que debe alimentarse cada día con combustible barato. Por eso resulta desconcertante que uno de los argumentos más usados en la ciencia ficción y la fantasía, los males derivados del progreso científico, se convierta en el instrumento más fuerte que utilizan estos escritores profesionales en su promoción comercial. Frente a la actitud de los primeros escritores de ciencia ficción, a quienes preocupaba la deriva de la ciencia, pero no se servían de ella más que para construir sus fantasías. Que la Red sea un océano de banalidades es algo inevitable. El problema es que para navegar en ella hay que estar apartando constantemente basura, sargazos, troncos podridos, peces muertos, manchas de petróleo. Hay que estar preparado.

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