Un trabajo de hormiga

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He colgado en Perinquiets una cumplida crónica de un evento notable. Se realizó el sábado 4 de mayo en la Casa de la Cultura de Burjassot, ciudad pegada a la de Valencia por el oeste, con el título “Trobada de Consum Conscient i Creatiu”, “Encuentro de Consumo Consciente y Creativo”. Lo organizó, con rigor y pulcritud, la Red Sostenible y Creativa, y se invitaba a los concurrentes a “conectar con el poder del consumo consciente”, y a fomentar “la economía humanizada, la agroecología, la alimentación consciente, la eficiencia energética, la moneda alternativa, los bancos de tiempo, la etnobotánica, la salud integrativa, la educación creativa, y la inmobiliaria humanizada”.

El Encuentro es un ejemplo más de esa actividad alternativa al sistema económico vigente y dominante, que he calificado alguna vez de “capilar”, porque su impacto en la sociedad pletórica de Occidente (cada vez menos pletórica) es inapreciable. Las propuestas que hacen se habrían considerado en otra época subversivas, porque pretenden la eliminación del capitalismo tal y como hoy funciona y es concebido y mantenido por las democracias más ricas (cada vez menos ricas) del planeta. En realidad recuerdan los planteamientos de los utopistas y libertarios del siglo XIX.

Que esa subversión parezca atenuada puede deberse a que el Sistema se cree lo suficientemente fuerte como para resistir el acoso de un enjambre de (supuestos) mosquitos, o a que apartar y borrar esas propuestas contradiría el tuétano constitucional de la libertad en la que se apoya el Sistema para ejercer sus efectos.

La mayoría de los publicistas y académicos consideran las propuestas de una economía dirigida firmemente hacia el bien común un intento utópico, abocado al fracaso. Pero también saben que continuar por la senda del crecimiento constante y el consumo pletórico es inviable. Esperan que la Naturaleza, la ley de la evolución, resuelva el problema de un modo no oneroso.

A mí, y a muchos, esto nos parece muy difícil. Pero también me resulta difícil admitir que esta actividad capilar, que no afecta más que a unos centenares de personas en las ciudades medianas y a unos miles en las grandes, termine forzando un cambio de rumbo.

Entre estas dos incertidumbres, me quedo con la fe de los que apuestan pacífica y machaconamente por la transformación del modelo político y económico: que las finanzas se humanicen (¿cómo?, ¿quién dará el primer paso?, ¿dónde?, ¿qué efectos tendrá?) y se erradique la especulación, y que la democracia sea lo que en teoría es, un servicio al ciudadano votante. Es un trabajo “capilar”, de hormiga, que sólo se reconoce cuando el hormiguero emerge en la sabana.

La fe no mueve montañas, sino los brazos y las máquinas de los creyentes. La retórica de estos discursos antisistema está con frecuencia teñida de un eco apostólico. Quizá sea esto inevitable, incluso necesario para contrarrestar el tremendo peso inerte de la costumbre, la comodidad, el convencimiento engañoso de que seguiremos creciendo sin límite. Se detecta tanto en los que se apoyan en una ideología considerada tradicionalmente de izquierdas, materialista, radical, como en los que atribuyen al ser humano una bondad natural roussoniana, espiritualista o integradora de un karma universal disperso en el Cosmos.

Imagino que del contraste de las propuestas de unos y otros con la tozuda realidad surgirá un camino, una orientación. Mi imaginación también se basa en una fe más pesimista que estimulante: el mundo no tiene más arreglo que dejar de conducirse como ahora se conduce.

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