Un ágora cívica contra el desenfreno

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Este artículo ha sido publicado en la revista digital Perinquiets, dentro de la sección Ágora Cívica, que promueve el libre intercambio de ideas en torno a la plasmación del bien común social en la economía y en el gobierno.

Como ha ocurrido con bastantes ciudadanos desconcertados por la crisis, vengo sospechando desde hace años que esta no es más que una fabricación, algo urdido artificialmente aprovechando la deriva natural de una economía “recalentada”.

No soy docto en economía, pero esto es más una ventaja que un defecto, porque la mente está libre de prejuicios y de fórmulas, cosas sin las cuales no pueden respirar muchos doctos, y tampoco soy un memo.

Las claves de esta sospecha son las que he expuesto: uno, alguien está manipulando los factores políticos y económicos en los que se mueve la sociedad; dos, el mecanismo se alimenta de los trastornos provocados en la economía por la avidez predicada y fomentada por los silenciosos manipuladores.

En otras palabras, los grandes financieros hacen sus negocios conscientes de las consecuencias de sus actos, y la población occidental, narcotizada y favorecida por este mercadeo, cree ponerse las botas, comprando lo que no podrá pagar. Sigue el ejemplo de las administraciones públicas y de las grandes corporaciones industriales y financieras, difundido por los medios de comunicación masivos y convencionales: “¡Disfrutemos de la vida, gastemos!”

Llega el recalentamiento, y la admonición de los ricos sabihondos es que la deuda se acumula, y el dinero para pagarla cuesta más que la propia deuda. Así que, a recortar.

Falaz argumento. ¿Dónde está el valor del dinero con el que hasta ahora ellos han estado especulando y nosotros comprando como idiotas?

La riqueza no es la cantidad de billetes o lingotes guardados en una caja ni los guarismos astronómicos en una cifra en una cuenta bancaria. La riqueza es el trabajo de los seres humanos y los bienes raíces, agrarios o industriales, que una sociedad ha creado. Lo reveló Adam Smith y no parece que la esencia haya cambiado, ni siquiera merced a la maldita ingeniería financiera, que no tiene nada que ver con la riqueza de las naciones, sino con la riqueza de los dueños de las naciones. El desempleo que se deduce de los recortes, es la forma más directa de empobrecer a una sociedad.

¿Quieren los poderosos hacernos más pobres a los que no tenemos casi nada? ¿Les mueve una codicia y un egoísmo desmedidos?

Temo que en bastantes casos, sí. La naturaleza del capitalismo es la obtención de los máximos beneficios con el mínimo esfuerzo, y le llaman rentabilidad. Pero no puede ser esa la causa eficiente y final del desvarío económico de nuestra época.

Me parece un rebuscamiento conspiranoico atribuir la crisis a un deliberado plan de una secta de aristócratas del dinero de los cinco continentes: bajar los ingresos (los salarios, básicamente), subir los precios de bienes y servicios, provocar el cierre de industrias e instituciones productivas, y empobrecer a la población por el gusto de sentirse los dueños del planeta.

Es insensato matar a la gallina de los huevos de oro, sobre todo cuando los granjeros que las explotan son personajes inteligentes y con medios para anticipar las consecuencias de sus decisiones. Si se paraliza el consumo, la riqueza de los más ricos acabará afectada.

Entonces, ¿qué demonios está pasando?

Ni más ni menos que lo que Marx y unos cuantos otros previeron hace siglo y medio: el final del capitalismo.

En su época, toda una generación de críticos atinó con precisión, y se propuso construir algo que podría remediar las peores consecuencias de un sistema suicida y construir una nueva sociedad basada en la igualdad de los hombres.

Se han escrito ríos de tinta y llenado lagos de sangre a cuenta de la razón o falta de razón de los cálculos y prédicas de Marx, los marxistas, los bakuninistas, los proudhonianos, los bolcheviques, los trotskistas, los maoístas…

Es posible que el fracaso del socialismo real se haya debido, básicamente, a esas desavenencias, a los doctrinarismos excluyentes de quienes estaban convencidos de que sólo ellos podían cambiar el mundo a sangre y fuego.

Pero también ese fracaso ha tenido mucho que ver con la perspicacia y el ingenio de quienes estaban convencidos de que el sistema capitalista era el mejor y único posible; lo sostenían a sangre y fuego cuando hacía falta, y fomentaban al mismo tiempo el mercado pletórico narcotizante.

El problema más fuerte, más difícil de resolver de nuestra sociedad hasta hace nada pletórica es la narcolepsia consumista a la que se ha acostumbrado. Luego vienen los problemas ecológicos: el derroche, la sobre explotación del planeta, el agotamiento de las fuentes energéticas y minerales y el cambio climático (del que, ignoro por qué, últimamente no se habla nada).

Estos segundos problemas son menos graves porque son más graves. Me explico, la naturaleza se reequilibrará ella sola. Si nos quedamos sin recursos, empezaremos a morirnos o a matarnos, hasta que la “justicia” de la evolución de las especies torne a establecerse.

Pero el primer problema lo considero peor porque es más fácil de resolver. Sólo hace falta reducir el consumo y el crecimiento.

Pero esto, ¿cómo se hace?

Haciéndose, es la mar de sencillo. Pero la mayoría de la población se resiste porque está acostumbrada, estamos acostumbrados, a un ritmo de vida escandalosamente próspero y muy cómodo. Escandaloso para los miles de millones de seres humanos a quienes les falta lo que a nosotros nos sobra. Y lo que no puede esperarse es que sigan en su miseria cruzados de brazos.

Parece que lo que se espera de ellos es que emprendan la carrera desatinada de crecimiento y consumo que a nosotros nos ha hecho tan idiotas. Eso nos lleva, sin remedio, al acabose de la segunda serie de problemas mencionada antes.

Así pues, los seres humanos no tenemos más salida que la de renunciar al derroche del consumo y el crecimiento. Cueste más o cueste menos, lleve más o menos tiempo, sobrevenga de golpe como una plaga o vaya convenciendo poco a poco a mayores sectores de la población, no hay más salida que esa.

En definitiva, la tarea mayor de quienes tenemos claro este estado de cosas es prepararnos y preparar a quienes están alrededor nuestro. Las propuestas son innumerables. En muchos países occidentales y en otros menos esclavizados al consumo brotan como hongos grupos que ponen en práctica soluciones, vías alternativas. Nadie es mejor que otros. Nadie tiene más razón que otros. En todo caso, si hay alguna verdad, se pondrá en evidencia de un modo palpable e incruento. La exclusión nos perjudica y beneficia a los mangantes y egoístas patológicos.

Una consecuencia inmediata de este planteamiento es que no podemos alcanzar esa meta sin un cambio político sustancial. Sólo llevando la democracia a sus últimas consecuencias, a su coherencia total, podremos avanzar en esa dirección. Pero eso es tema de otra reflexión.

El Ágora Cívica Perinquiets nace con el propósito de empujar en ese sentido natural y sensato de la evolución. Nos identificamos con quienes persiguen el mismo objetivo con los mismos instrumentos, la reflexión, la autoayuda, la cooperación y el respeto a las propuestas y a la acción de quienes trabajan por un mundo mejor para todos.

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