Un debate sobre el periodismo

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Fuertes tormentas agitan los aires. Boceto de Josep Renau frmado en Berlín, marzo de 1958. El título se lo he puesto yo.
Fuertes tormentas agitan los aires. Boceto de Josep Renau firmado en Berlín, marzo de 1958. Legado de JR en el IVAM de Valencia, foto del autor del artículo, que también ha inventado el título

Julià Àlvaro es un periodista con conciencia combativa que proclama sus convicciones y sus pensamientos en su bitácora. Esto merece respeto y atención.

Las dos últimas entradas son un análisis airado de las enfermedades casi terminales del periodismo español, y una docena de propuestas para el mejoramiento del paciente en grave estado. Algunas propuestas en defensa del periodismo. Ni cebrianes ni pedrojotas: periodismo.

Me parece oportuno recoger el guante y contribuir con mis propias ideas a esto que debería ser un debate abierto en el variado mundo de los profesionales de la comunicación, que incluye diversos oficios, desde los dedicados a la (supuesta) información, a los dedicados al (llamado) entretenimiento.

En dos largos ensayos he osado tratar este tema, incribiéndolo en un marco histórico y geográfico mayor, situándolo en una perspectiva más larga y más ancha. El cerco a la información. De la telebasura  la parodia informativa. Entiendo que esto es necesario para avanzar hacia una meta que compartimos los periodistas españoles, los griegos, los australianos y los senegaleses. Porque si bien las realidades políticas y sociales son diferentes, la esencia del oficio es la misma: informar con rigor, veracidad y del modo más comprensivo, y en el caso del entretenimiento, hacerlo de acuerdo a las virtudes elementales ya descritas por Aristóteles, las éticas (afectivas) y las dianoéticas (intelectuales), que se resumen en una, el bien común.

Sabido es que la naturaleza de las esencias pertenece al ámbito de la filosofía, y que el mundo del periodismo se mueve en las aguas cenagosas del interés y los narcóticos (mentales). Por eso el debate es urgente y necesario, y requiere la participación de profesionales y de público en general, y una difusión lo más amplia posible.

Consciente de las limitaciones que tanto a Julià Àlvaro como al resto de los periodistas con espíritu moral y combativo nos afligen, entro en ello.

Para empezar, la mayoría de los profesionales de la información y la comunicación observan con desconfianza este tipo de debates.  A unos, los que detentan (Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público, RAE) puestos de decisión u ocupan despachos desde los que sirven basura a grandes audiencias, porque este tipo de debates no les interesa, les pone en un brete. A otros, la mayoría desbordante de periodistas y comunicadores, porque no esperan ningún beneficio de ellos.

El periodista pertenece a la categoría profesional del escritor, el artista, el docente, oficios que se basan en la opinión y no en la ciencia, en la doxa y no en la verdad. Lo único que la Información o la Comunicación tiene de ciencia son las facultades abiertas en beneficio de pocos, y sostenidas por una clientela que se paga las carreras con un fundamento muy poco sólido: la ilusión de hacerse un hueco en los medios de comunicación.

Una ilusión insostenible ya. La constitución, la arquitectura, los cimentos de los medios de comunicación no es que estén cambiando, es que se están disolviendo ante nuestros ojos, y todavía no hay ningún indicio de en qué acabarán.

Los medios impresos están condenados a desaparecer. Los medios audiovisuales están perdiendo su razón de ser: la argamasa de una sociedad que dejó de deber su cohesión a la religión y a la ideología (partidista, nacional, etc). La Red, Internet, se ha convertido ya en el vehículo dominante, pero su versatilidad, su fundamento abierto y de libre accesibilidad la convierten en un instrumento difícil de dominar por los grandes intereses, las grandes fortunas, las grandes finanzas.

Sólo habría un modo de hacerlo, privatizarla férreamente, cobrar obligatoriamente por acceder a sus servicios. Ya sé que Internet está en manos de grandes empresas privadas, y que si no tienes un acceso telefónico a redes estás fuera. Pero yo me refiero a restringir este acceso al pago por todos y cada uno de los servicios, desde el de mirar los periódicos al correo electrónico, pasando por las redes sociales en toda su variedad. Esto acabaría con Internet, ya no sería Internet.

De momento, Internet es una jungla para todos. Los más fuertes, las grandes empresas de la comunicación tienen más posibilidades que Julià Àlvaro o que yo en mi bitácora de llegar a una audiencia inmensa. Pero no deja de ser significativo que la bitácora de Julià, por poner un ejemplo, tenga miles de entradas diarias (en contraste con la mía, que tiene media docena). El que sepa o acierte en abrirse un hueco, adquiere ventajas.

La Red funciona, calculo, de un modo semejante a la evolución de las especies, con la particularidad de que las leyes de la seleccion natural o la supervivencia de los más aptos (que no son los más fuertes, ni los más guapos ni los más ricos ni los más despabilados, sino los más adaptables y numerosos) no tienen nada que ver con la selección sexual, el cruce de individuos. O sí, quizá haya una manera desconocida todavía de fecundarse en la Red.

La gran incognita de la Red es su explotación económica. De momento, un puñado de empresas controlan la publicidad, que es el alimento financiero de quien desee ganar dinero en ella.

Ganar dinero. He ahí la clave. Por primera vez en la historia de los seres humanos existe un instrumento de comunicación que puede usarse gratis y en el que son una infinidad las personas que trabajan, ocupan su talento y su tiempo en ella sin ganar ni un maldito céntimo. Sólo por el placer de comunicarse. Sólo por gusto o por vanidad o por ambición de poder. Da igual. El resultado es el mismo: esforzarse a cambio de nada.

Por eso los fundamentos, las leyes del periodismo y de la comunicación están ahora mismo en el aire. Internet es un medio de comunicación (sí, técnicamente un instrumento) al que puede acceder casi todo el mundo, y (relativamente) gratis.

En esta evidencia irrebatible me baso para poner en cuestión algunas propuestas de Julià Àlvaro. ¿Qué sentido tiene un Consejo Audiovisual en la Red? ¿Qué sentido un Defensor del Usuario? Sin duda Julià se refiere a las grandes empresas, a la necesidad de controlarlas, de pararles los pies ante los desmanes a los que nos tienen acostumbrados: despidos sin justificar (porque los directivos siguen adjudicándose sueldos insultantes). Pero es que esas grandes corporaciones no tardarán en disolverse. Puede que se transformen en otra cosa, en otro monstruo. Cuando hayan adquirido su nueva sustancia es cuando habrá que pensar en formas de acorralarlas antes de que acaben con todos nosotros, los periodistas y los comunicadores.

El resto de las propuestas de Julià me parecen plausibles, y un debate sobre ellas ayudaría a obtener un mejor fruto. La más urgente me parece la Ley de Transparencia, porque afecta a ámbitos de la vida ciudadana que trascienden al de los medios.

De momento, entiendo que lo mejor que podemos hacer los periodistas y los comunicadores en general, además de hablar públicamente de todas estas cosas, es organizarnos en colectivos que ocupen espacios de la Red. Iniciativas ya hay. Están en pañales. Seguro que dentro de un tiempo habrán evolucionado de acuerdo con las leyes señaladas por el gran Darwin. Pero, según estas leyes, cuantas más iniciativas salgan, cuando más flexibles sean, más posibilidades hay de que cuajen en algo próspero y beneficioso para los seres humanos.

Para terminar cito suscribiéndolo el párrafo final de mi amigo y compañero Julià Álvaro: Deberíamos empezar a dicutir todas estas cuestiones y mil más. Ante la voluntad de los poderes de secuestrar el periodismo y, por esa vía, poner la democracia a su servicio, es urgente que la sociedad arbitre fórmulas para evitarlo. Tan simple como eso.

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